Alternatives to physical restraint in psychomotor agitation: an orientative clinical case
Incluido en la revista CADICE. Vol. I . N.º 7 – Julio 2026
Pág. Inicial: Vol. I; N.º 7:113
Autor principal (primer firmante): Marta Vidal Herrera
Fecha recepción: 24/06/26
Fecha aceptación: 18/07/26
Fecha de publicación: 23/07/26
Ref.: CADICE. 2026;1(7):113
Autores:
Marta Vidal Herrera
Raúl Gómez Salcedo
Irene Campos Núñez
David León Morales
Paula Ríos Fuentes
Categoría: Enfermería
Palabras clave: Contención física; Apoyo psicosocial; Ética clínica; Relaciones enfermera-paciente; Intervención en crisis; Agitación psicomotora; Seguridad; Cuidados de Enfermería; Salud mental; Proceso de Enfermería
Keywords: Physical Restraint; Psychosocial Support; Ethics, Clinical; Nurse-Patient Relations; Crisis Intervention; Psychomotor Agitation; Safety; Nursing Care; Mental Health; Nursing Process
Resumen
Introducción: La agitación psicomotriz constituye una situación clínica de elevada complejidad asistencial por su impacto simultáneo sobre la seguridad, la dignidad de la persona atendida, la relación terapéutica y la organización de los cuidados. En este contexto, la contención física puede aparecer como una medida de último recurso, pero su uso plantea implicaciones éticas, emocionales y clínicas que obligan a explorar antes intervenciones menos restrictivas.
Objetivos: Describir, a través de un caso clínico orientativo, un abordaje enfermero centrado en alternativas a la contención física ante un episodio de agitación psicomotriz; analizar la valoración inicial, la identificación de problemas de cuidados, la planificación de intervenciones y la evolución clínica; y reflexionar sobre los elementos éticos y relacionales implicados.
Metodología: Se expone una situación clínica del ámbito de salud mental estructurada mediante el proceso de Enfermería. El análisis integra valoración de riesgos, observación conductual, necesidades de seguridad, intervención verbal, adecuación ambiental, apoyo emocional, coordinación interdisciplinar y seguimiento evolutivo.
Resultados: La persona atendida presentó inquietud motora creciente, discurso acelerado, aumento de la suspicacia y dificultad para aceptar límites. La actuación enfermera priorizó la contención verbal, la reducción de estímulos, la presencia terapéutica, el establecimiento de límites claros, la escucha activa y la propuesta de alternativas de regulación. La intervención precoz y sostenida favoreció una disminución progresiva de la activación, evitó la escalada conductual y permitió mantener la seguridad sin recurrir a medidas físicas restrictivas.
Discusión/Conclusiones: El caso orienta sobre la utilidad de un abordaje enfermero temprano, individualizado y relacional en episodios de agitación psicomotriz. La prevención de la escalada, la lectura clínica del malestar, la comunicación terapéutica y la adecuación del entorno pueden contribuir a reducir el recurso a la contención física. La toma de decisiones debe individualizarse según el riesgo, la respuesta de la persona y el marco asistencial disponible.
Abstract
Introduction: Psychomotor agitation is a highly complex clinical situation because it affects safety, patient dignity, the therapeutic relationship, and the organization of care at the same time. In this setting, physical restraint may be considered a last-resort measure, but its use raises ethical, emotional, and clinical concerns that support the prior use of less restrictive interventions.
Objectives: To describe, through an illustrative clinical case, a nursing approach focused on alternatives to physical restraint during an episode of psychomotor agitation; to analyze initial assessment, identification of care problems, care planning, and clinical progression; and to reflect on the ethical and relational dimensions involved.
Methodology: A clinical situation in the mental health setting is presented and structured according to the nursing process. The analysis includes risk assessment, behavioral observation, safety needs, verbal intervention, environmental adjustment, emotional support, interdisciplinary coordination, and follow-up.
Results: The patient showed increasing motor restlessness, pressured speech, growing suspiciousness, and difficulty accepting limits. Nursing care prioritized verbal de-escalation, stimulus reduction, therapeutic presence, clear limit-setting, active listening, and the offering of self-regulation alternatives. Early and sustained intervention promoted a gradual reduction in arousal, prevented behavioral escalation, and helped preserve safety without resorting to physical restraint.
Discussion/Conclusions: This case illustrates the value of an early, individualized, and relationship-based nursing approach in psychomotor agitation. Prevention of escalation, clinical understanding of distress, therapeutic communication, and environmental adaptation may help reduce the use of physical restraint. Decision-making should be individualized according to risk, patient response, and the available care setting.
Introducción
La agitación psicomotriz representa una urgencia asistencial frecuente en distintos dispositivos sanitarios, especialmente en salud mental, urgencias generales, hospitalización y contextos sociosanitarios. No se expresa de forma homogénea: puede manifestarse como inquietud motora, incremento de la tensión verbal, oposicionismo, impulsividad, conducta amenazante o imposibilidad para mantener una mínima colaboración con el cuidado. En muchas ocasiones constituye la expresión visible de un sufrimiento psíquico intenso, de miedo, desorganización del pensamiento, vivencias perceptivas alteradas, dolor, abstinencia, sobrecarga ambiental o pérdida de control emocional.
Desde la perspectiva enfermera, el episodio de agitación obliga a una doble lectura. Por un lado, requiere una valoración rápida del riesgo para la propia persona, para otras personas usuarias y para el equipo. Por otro, exige no reducir el problema a una mera alteración conductual. La conducta agitada suele tener significado clínico y relacional, de manera que la respuesta asistencial no debería limitarse a neutralizar el movimiento o imponer inmovilidad, sino a comprender el origen probable del malestar y a intervenir de forma proporcionada.
La contención física ha sido utilizada históricamente como recurso ante situaciones de agitación intensa. Sin embargo, su aplicación conlleva una carga ética notable y puede deteriorar la alianza terapéutica, aumentar la vivencia de amenaza y generar consecuencias físicas y emocionales. Por ello, en la práctica profesional actual adquiere especial relevancia la búsqueda de alternativas menos restrictivas, orientadas a prevenir la escalada y a sostener la seguridad mediante estrategias de intervención verbal, regulación ambiental, presencia terapéutica y coordinación clínica.
El papel de Enfermería es especialmente significativo porque suele mantener un contacto continuado con la persona, detecta cambios precoces en la conducta y dispone de oportunidades reales para modular el entorno y la interacción. La relación enfermera-paciente, cuando se despliega con contención emocional, escucha activa, límites claros y respeto por la dignidad, puede transformar el curso del episodio. Esta capacidad no elimina la necesidad de medidas más restrictivas en situaciones extremas, pero sí puede reducir su frecuencia cuando existe una actuación precoz, organizada e individualizada.
El presente artículo desarrolla un caso clínico orientativo sobre agitación psicomotriz en una unidad de hospitalización de salud mental. Su interés no reside en proponer un protocolo cerrado, sino en mostrar cómo el proceso de Enfermería puede ayudar a estructurar un abordaje centrado en la seguridad, la ética clínica y las alternativas a la contención física.
Objetivos
Describir un abordaje enfermero ante un episodio de agitación psicomotriz en el que se priorizan medidas no coercitivas antes de considerar intervenciones más restrictivas.
Como objetivos específicos se plantean:
- Analizar la valoración inicial de la situación clínica, incluyendo factores precipitantes, indicadores de escalada y necesidades inmediatas de seguridad.
- Identificar problemas de cuidados relacionados con el riesgo de violencia, la alteración del control de impulsos, la ansiedad intensa, la desorganización conductual y el deterioro de la interacción terapéutica.
- Describir intervenciones enfermeras orientadas a la desescalada verbal, al apoyo psicosocial, a la regulación del ambiente y al mantenimiento de límites terapéuticos.
- Examinar la evolución de la persona atendida tras la puesta en marcha del plan de cuidados.
- Reflexionar sobre las implicaciones éticas y asistenciales del uso de medidas menos restrictivas en salud mental.
Metodología
Se desarrolla una situación clínica estructurada mediante el proceso de Enfermería, con finalidad de análisis asistencial. El caso se organiza a partir de la valoración inicial, la identificación de problemas prioritarios de cuidados, la planificación de objetivos, la intervención enfermera y el seguimiento evolutivo durante el episodio agudo.
La valoración se apoya en la observación clínica continuada y en la información obtenida durante la interacción con la persona, así como en los datos disponibles del ingreso. Se consideran especialmente relevantes la conducta motora, el tono y contenido del discurso, el grado de colaboración, la respuesta a límites, la presencia de factores ambientales estresores, la tolerancia a la frustración, la posibilidad de daño autoinfligido o heteroagresivo y la capacidad para beneficiarse de la comunicación terapéutica en ese momento.
La planificación de cuidados se orienta a mantener la seguridad, disminuir la activación psicomotriz, contener el malestar sin aumentar la coerción y preservar la relación terapéutica. El abordaje integra actuaciones progresivas y ajustadas a la respuesta de la persona: aproximación calmada, escucha activa, validación emocional sin reforzar contenidos delirantes, establecimiento de límites claros, reducción de estímulos, oferta de alternativas de afrontamiento y coordinación con el equipo asistencial.
El análisis presentado responde a un enfoque clínico y prudente. No pretende sustituir los protocolos vigentes de cada centro ni fijar una secuencia universal de actuación, ya que la intensidad de la agitación, el contexto asistencial, los recursos humanos y el riesgo inmediato condicionan necesariamente la toma de decisiones.
Resultados
Presentación de la situación clínica
M.A., varón de 34 años, ingresó en una unidad de hospitalización de salud mental tras varios días de progresiva desorganización conductual, reducción del descanso nocturno, irritabilidad y aumento de la desconfianza. En las primeras horas del ingreso se mostró receloso, con escasa tolerancia a la espera y tendencia a interpretar las intervenciones del equipo como intentos de control. Aunque inicialmente aceptó permanecer en la unidad, con el paso del tiempo comenzó a deambular de forma incesante, elevó el tono de voz y cuestionó de manera reiterada la presencia de otros pacientes y profesionales.
El episodio de mayor activación se desencadenó tras una situación de frustración relacionada con la imposibilidad de abandonar la unidad en ese momento. La persona incrementó la inquietud motora, golpeó una puerta con la mano abierta, profirió expresiones de amenaza inespecífica y rechazó sentarse para hablar. No portaba objetos peligrosos y no había agredido a nadie, pero la tensión ambiental aumentó de forma visible. Parte del riesgo residía tanto en la posible escalada conductual como en la dificultad creciente para aceptar indicaciones.
Valoración enfermera inicial
La enfermera responsable observó varios elementos de alarma: aumento progresivo de la actividad motora, tono verbal expansivo, disminución de la capacidad de escucha, respuestas defensivas ante límites sencillos y focalización en ideas de perjuicio. Paralelamente, identificó factores que podían favorecer la intervención no coercitiva: la persona mantenía contacto visual intermitente, respondía a su nombre, no presentaba compromiso evidente del nivel de conciencia y, pese a la hostilidad verbal, todavía conservaba momentos breves de capacidad para atender consignas simples.
La valoración también consideró el entorno. La unidad se encontraba especialmente ruidosa por cambios de turno y circulación de personas, lo que probablemente incrementaba la sobrecarga sensorial. Otros pacientes observaban la escena, generando un efecto de exposición pública que podía intensificar la vivencia de amenaza y pérdida de control. Desde el punto de vista enfermero, no solo debía contenerse la conducta; también era necesario reorganizar el contexto para disminuir la estimulación y reducir la probabilidad de confrontación.
Entre los problemas prioritarios de cuidados destacaron el riesgo de lesiones derivado de la agitación, la alteración del control conductual, la ansiedad o angustia intensa expresada mediante conducta motora desorganizada, la dificultad para la interacción terapéutica efectiva y la vulnerabilidad de terceros presentes en la unidad. De forma paralela, se valoró la necesidad de preservar la dignidad de la persona y de evitar intervenciones que pudieran ser vividas como castigo o humillación.
Planificación de cuidados
Se establecieron como metas inmediatas reducir la activación motora, disminuir la tensión relacional, preservar la seguridad del entorno y favorecer que la persona aceptara una intervención clínica sin necesidad de recurrir a inmovilización física. Como metas a corto plazo se planteó recuperar un nivel suficiente de colaboración, facilitar la expresión del malestar en términos verbales y promover medidas de regulación compatibles con el control del episodio.
La planificación incluyó varias líneas de actuación simultáneas. La primera fue designar una interlocutora principal para evitar mensajes contradictorios y reducir la sensación de cerco. La segunda consistió en disminuir estímulos ambientales, alejando a curiosos, cerrando parcialmente el espacio y favoreciendo un lugar con menor carga sensorial. La tercera se dirigió al encuadre terapéutico: mantener una distancia segura, utilizar frases breves, tono calmado y límites claros, evitando discusiones sobre el contenido de las ideas expresadas. La cuarta línea contempló la coordinación con el resto del equipo para disponer de apoyo próximo sin convertir la presencia profesional en una demostración intimidatoria.
Intervenciones enfermeras aplicadas
La enfermera se aproximó de forma lateral, respetando la distancia interpersonal y evitando movimientos bruscos. Se presentó con claridad, llamó a la persona por su nombre y formuló un primer mensaje centrado en la seguridad: se le indicó que se le iba a ayudar y que era necesario bajar el tono para poder entender qué estaba ocurriendo. Este tipo de inicio buscó reducir la percepción de enfrentamiento y trasladar la idea de acompañamiento sin renunciar al límite.
Ante la verbalización de desconfianza, la respuesta no consistió en contradecir ni confrontar directamente las creencias del paciente. Se optó por validar la emoción subyacente con expresiones orientadas a reconocer su malestar y su sensación de sentirse amenazado, redirigiendo la conversación hacia necesidades concretas: encontrar un lugar más tranquilo, beber agua, sentarse o caminar acompañado en un espacio menos estimulante. La finalidad era desplazar el foco desde la confrontación ideativa hacia acciones inmediatas de regulación.
De forma paralela, otra profesional retiró discretamente a otros pacientes de la zona y disminuyó el ruido ambiental. Este ajuste, aparentemente simple, tuvo valor terapéutico porque redujo el componente escénico del episodio y limitó estímulos adicionales. La enfermera evitó acumular preguntas, empleó mensajes cortos y repetibles, y mantuvo una actitud consistente: comprensión del malestar, límites frente a la amenaza y ofrecimiento de alternativas.
Cuando la persona elevó nuevamente la voz y realizó un ademán de golpear el mobiliario, se reforzó el límite conductual de manera clara: no se aceptarían daños a objetos ni acercamientos amenazantes a otras personas. El límite se expresó sin gritos, sin juicios morales y acompañado de una propuesta inmediata: desplazarse a un espacio tranquilo con presencia profesional continua. La persona dudó, pero terminó accediendo a caminar hacia una sala de menor estimulación.
Una vez allí, la enfermera sostuvo la interacción con escucha activa y preguntas de baja exigencia cognitiva. Se exploraron de forma sencilla el cansancio, el descanso de las últimas noches, el nivel de tensión corporal y la disposición a recibir ayuda. El discurso seguía siendo parcialmente desorganizado, pero se observó una menor intensidad motora. En ese momento se ofreció una intervención farmacológica prescrita para la situación aguda, explicando su finalidad en términos comprensibles y evitando presentarla como amenaza. La aceptación fue inicialmente ambivalente; sin embargo, tras unos minutos de acompañamiento, la persona accedió.
Durante el periodo posterior, Enfermería mantuvo observación estrecha, control del entorno, vigilancia del riesgo y presencia terapéutica no invasiva. Se facilitó una postura de descanso, disminución de estímulos, hidratación y permanencia en espacio tranquilo. La comunicación continuó orientada a reforzar cualquier señal de autocontrol: bajar la voz, verbalizar antes de actuar, pedir ayuda o aceptar pausas. Esta fase resultó especialmente importante para evitar una recaída inmediata de la activación.
Evolución clínica
Tras la intervención inicial y el periodo de acompañamiento, la inquietud motora fue disminuyendo de forma gradual. La persona pasó de la deambulación incesante a poder permanecer sentada durante intervalos breves, redujo la intensidad del tono verbal y dejó de realizar amenazas. Persistía un fondo de suspicacia, pero aparecía mayor capacidad para aceptar la presencia del equipo sin interpretarla automáticamente como hostil.
En las horas siguientes se reforzó el vínculo terapéutico mediante contactos breves, previsibles y no intrusivos. La enfermera retomó con la persona lo ocurrido durante el episodio, no desde una lógica sancionadora, sino para identificar detonantes y señales tempranas: sensación de encierro, ruido excesivo, dificultad para tolerar la espera y vivencia de no ser escuchado. También se exploraron preferencias útiles para futuros momentos de tensión, como hablar en un espacio reservado, reducir interlocutores o recibir indicaciones de una sola profesional referente.
La evolución permitió mantener la seguridad sin necesidad de recurrir a sujeción física. Aunque el riesgo no desapareció de forma inmediata y fue necesario continuar con observación intensiva y reevaluación frecuente, el episodio se resolvió con una combinación de contención verbal, adecuación ambiental, apoyo emocional, límites consistentes y tratamiento indicado para la fase aguda.
Elementos enfermeros especialmente relevantes
El caso pone de relieve varios aspectos prácticos. El primero fue la detección precoz del aumento de activación antes de la agresión consumada. El segundo, la importancia de evitar la sobreintervención verbal: demasiados profesionales hablando a la vez, preguntas complejas o explicaciones extensas pueden aumentar la confusión. El tercero fue el valor del entorno, a menudo infravalorado; reducir estímulos y preservar la intimidad puede modificar de manera sustancial la evolución del episodio.
También resultó determinante la coherencia del equipo. La enfermera que lideró la interacción transmitió un mensaje único y sostenido: acompañamiento, seguridad y límites. Esta consistencia redujo la ambigüedad y favoreció que la persona encontrara un marco relacional más predecible. Finalmente, la revisión posterior del episodio permitió transformar una situación de crisis en una oportunidad de conocimiento clínico sobre detonantes, respuestas útiles y necesidades de cuidado individualizadas.
Discusión/Conclusiones
La agitación psicomotriz obliga a intervenir con rapidez, pero no todas las respuestas rápidas son equivalentes desde el punto de vista clínico o ético. Este caso orientativo muestra que, cuando el riesgo lo permite, una actuación enfermera temprana y estructurada puede abrir un margen de intervención suficiente para evitar medidas físicas restrictivas. Ello no depende solo de la habilidad comunicativa individual, sino de una lectura integral de la situación: conducta observada, estado emocional, estímulos del entorno, historia reciente y capacidad residual de la persona para vincularse con la ayuda.
Una idea central es que la seguridad no se opone a la relación terapéutica. En salud mental, ambas dimensiones suelen sostenerse mutuamente. La persona agitada puede experimentar miedo, invasión o pérdida de control; si la respuesta asistencial amplifica esas vivencias mediante confrontación, ruido o exceso de presencia intimidatoria, la escalada resulta más probable. En cambio, una intervención basada en presencia calmada, validación emocional, límites claros y opciones concretas puede facilitar una disminución de la amenaza percibida y mejorar la colaboración.
El caso también subraya la relevancia del apoyo psicosocial en plena crisis. Este apoyo no equivale a una conversación extensa ni a una negociación sin límites. Consiste más bien en ofrecer una relación suficientemente contenedora para que la persona recupere, aunque sea de manera parcial, capacidad de regulación. Nombrar el malestar, reducir la exposición pública, hablar con un solo interlocutor y proponer acciones simples son medidas de alto valor clínico en muchas situaciones.
Desde el punto de vista ético, la búsqueda de alternativas a la contención física se vincula con los principios de proporcionalidad, mínima restricción y respeto por la dignidad. No toda agitación puede resolverse sin intervenciones más intensas, y existen contextos en los que el riesgo inmediato obliga a priorizar otras medidas de seguridad. Sin embargo, considerar la contención física como recurso automático o prematuro empobrece el razonamiento clínico y puede invisibilizar posibilidades reales de abordaje enfermero.
Entre las limitaciones del análisis figura la imposibilidad de generalizar una única secuencia de actuación a todos los escenarios. La edad, el diagnóstico de base, la presencia de consumo de sustancias, el grado de desorganización psicótica, la accesibilidad del entorno y la dotación de personal condicionan profundamente las decisiones. Por ello, el valor del caso no reside en ofrecer una receta, sino en ilustrar principios transferibles: valoración continua, detección precoz, individualización, coordinación de equipo y prioridad de las medidas menos restrictivas cuando son clínicamente viables.
En términos de práctica enfermera, resulta recomendable consolidar competencias específicas en intervención en crisis, comunicación terapéutica y manejo ambiental de la agitación. Igualmente, conviene registrar de forma cuidadosa los desencadenantes, la respuesta a las distintas medidas y las preferencias identificadas de la persona, ya que esta información mejora la continuidad asistencial y permite anticipar nuevas crisis con estrategias más ajustadas.
La experiencia clínica sugiere que muchas situaciones de agitación no comienzan con una conducta violenta, sino con señales tempranas de desbordamiento. Reconocer esas señales y actuar antes de la ruptura conductual amplía el espacio para cuidados más respetuosos y eficaces. Ahí la Enfermería ocupa una posición privilegiada: observa, acompaña, contiene y reorganiza el entorno en tiempo real. Cuando esa labor se articula con criterio clínico y sostén de equipo, puede contribuir de forma significativa a reducir el recurso a la contención física y a preservar una atención más segura y más humana.
Conflicto de intereses
Los autores declaran que no existen conflictos de intereses personales, profesionales o económicos relacionados con este trabajo.
Financiación
La realización de este trabajo no recibió ayudas económicas ni financiación institucional específica.
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