Ansiedad y crisis de pánico: revisión de cuidados enfermeros en salud mental

Anxiety and panic attacks: review of nursing care in mental health

Incluido en la revista CADICE. Vol. I . N.º 7 – Julio 2026

Pág. Inicial: Vol. I; N.º 7:19

Autor principal (primer firmante): Marta Vidal Herrera

Fecha recepción: 03/06/26

Fecha aceptación: 26/06/26

Fecha de publicación: 04/07/26

Ref.: CADICE. 2026;1(7):19

Autores:
Marta Vidal Herrera
Raúl Gómez Salcedo
Irene Campos Núñez
David León Morales
Paula Ríos Fuentes

Categoría: Enfermería

Palabras clave: Entrevista clínica; Relaciones enfermera-paciente; Enfermería basada en la evidencia; Cuidados de Enfermería; Apoyo psicosocial; Crisis de pánico; Respiración; Salud mental; Ansiedad; Intervención en crisis

Keywords: Clinical Interview; Nurse-Patient Relations; Evidence-Based Nursing; Nursing Care; Psychosocial Support; Panic Disorder; Breathing Exercises; Mental Health; Anxiety; Crisis Intervention

Resumen

Introducción: La ansiedad forma parte de un amplio espectro de respuestas humanas, desde reacciones adaptativas hasta manifestaciones clínicas de elevada intensidad. Cuando se presenta en forma de crisis de pánico, el malestar subjetivo, la vivencia de pérdida de control y la expresión somática pueden generar una alta demanda asistencial y comprometer la seguridad percibida por la persona. En este escenario, la actuación enfermera resulta especialmente relevante por su proximidad, capacidad de observación continuada y papel en la contención emocional, la entrevista clínica y la coordinación del cuidado.

Objetivos: Revisar los principales cuidados enfermeros aplicables a personas con ansiedad y crisis de pánico en el ámbito de la salud mental, describiendo elementos clave de valoración, relación terapéutica, apoyo psicosocial e intervención inmediata.

Metodología: Revisión teórica de carácter narrativo centrada en aspectos clínicos y asistenciales de interés para la práctica enfermera. Se integran contenidos sobre presentación clínica, entrevista, observación enfermera, estrategias no farmacológicas y criterios generales de seguimiento, manteniendo una formulación prudente y orientada a la práctica profesional.

Resultados: La atención enfermera a la ansiedad y a la crisis de pánico se articula en torno a una valoración integral, la creación de una relación terapéutica segura, la identificación de desencadenantes y factores de vulnerabilidad, la regulación del entorno y el acompañamiento durante la crisis. Entre las intervenciones con mayor aplicabilidad se encuentran la presencia terapéutica, la comunicación breve y estructurada, las técnicas de respiración guiada cuando están indicadas, la orientación a la realidad, el apoyo psicosocial y la educación sanitaria adaptada al momento clínico. La continuidad asistencial y la coordinación interprofesional favorecen un abordaje más consistente.

Discusión/Conclusiones: El cuidado enfermero en ansiedad y crisis de pánico requiere individualización, juicio clínico y especial atención a la vivencia subjetiva de amenaza. Más que centrarse solo en la reducción inmediata de síntomas, la práctica enfermera debe contemplar la prevención de recurrencias, la mejora del afrontamiento y la detección de situaciones que precisen valoración médica o psiquiátrica adicional. La entrevista clínica, la relación enfermera-paciente y el apoyo sostenido constituyen ejes fundamentales de calidad asistencial en salud mental.

Abstract

Introduction: Anxiety ranges from adaptive responses to severe clinical manifestations. When it appears as a panic crisis, intense subjective distress, perceived loss of control, and prominent physical symptoms may lead to urgent care demands and a strong sense of threat. In this setting, nursing care is highly relevant due to continuous patient contact, close observation, emotional containment, and coordination of care.

Objectives: To review the main nursing care approaches for people experiencing anxiety and panic crises in mental health settings, focusing on assessment, clinical interview, therapeutic relationship, psychosocial support, and immediate intervention.

Methodology: Narrative theoretical review focused on clinical and care-related issues relevant to nursing practice. The article integrates general aspects of clinical presentation, nursing assessment, therapeutic communication, non-pharmacological strategies, and follow-up considerations, using a cautious and practice-oriented approach.

Results: Nursing care in anxiety and panic crises is based on comprehensive assessment, establishment of a safe therapeutic relationship, identification of triggers and vulnerability factors, environmental regulation, and supportive presence during the episode. Commonly applicable interventions include therapeutic presence, brief and structured communication, guided breathing strategies when appropriate, reality orientation, psychosocial support, and tailored health education. Continuity of care and interdisciplinary coordination contribute to a more consistent approach.

Discussion/Conclusions: Nursing care for anxiety and panic crises requires individualized assessment, clinical judgment, and careful attention to the patient’s subjective experience of threat. Beyond immediate symptom relief, nursing practice should address recurrence prevention, coping improvement, and early identification of situations requiring additional medical or psychiatric assessment. Clinical interviewing, nurse-patient relations, and sustained support remain central to high-quality mental health care.

Introducción

La ansiedad es una respuesta compleja en la que confluyen componentes emocionales, cognitivos, conductuales y fisiológicos. En determinados contextos puede constituir una reacción proporcionada ante una amenaza identificable, pero en otras ocasiones adquiere intensidad, frecuencia o persistencia suficientes para interferir de forma significativa en el funcionamiento cotidiano. Dentro de este continuo, la crisis de pánico representa una manifestación aguda caracterizada por un comienzo brusco de miedo intenso o malestar extremo, acompañado de síntomas físicos y cognitivos que la persona suele interpretar como señales de gravedad inminente.

En la práctica asistencial, no es infrecuente que quienes sufren una crisis de pánico consulten por palpitaciones, sensación de falta de aire, opresión torácica, temblor, mareo o miedo a morir, a perder el control o a “volverse locos”. Esta vivencia de amenaza puede resultar tan intensa que dificulte la comunicación, aumente la conducta de evitación y refuerce la hipervigilancia corporal. A ello se suma la angustia familiar y la posible reiteración de consultas si no se ofrece una atención clara, contenida y comprensible.

El papel de Enfermería en salud mental, urgencias, atención primaria y otros dispositivos asistenciales es particularmente relevante por varias razones. La enfermera suele ser una de las primeras profesionales en establecer contacto, realizar una valoración inicial del estado general, detectar signos de descompensación emocional, explorar factores precipitantes y modular el entorno terapéutico. Además, la continuidad de cuidados permite identificar patrones de afrontamiento, adherencia al tratamiento prescrito, factores relacionales y necesidades educativas que no siempre emergen en un contacto puntual.

La intervención enfermera no debe reducirse a tranquilizar de forma inespecífica. Requiere una aproximación clínica estructurada, capaz de discriminar la ansiedad como respuesta principal de otras situaciones orgánicas o psiquiátricas que pueden presentarse con sintomatología semejante. También exige una relación terapéutica basada en la escucha, la validación emocional y la comunicación adaptada al nivel de activación de la persona. Cuando el abordaje es precipitado, excesivamente directivo o poco explicativo, puede aumentar la sensación de incomprensión y reforzar el temor.

Desde una perspectiva de cuidados, la ansiedad y la crisis de pánico plantean necesidades relacionadas con la seguridad percibida, el control respiratorio, el manejo del miedo, la capacidad de comprensión de lo que está ocurriendo, la reorganización del afrontamiento y la recuperación de la autonomía. Estas necesidades no son homogéneas: varían según antecedentes personales, presencia de acontecimientos vitales estresantes, comorbilidad somática o mental, consumo de sustancias, apoyo familiar, experiencias asistenciales previas y significado subjetivo atribuido a la crisis.

Una revisión de cuidados enfermeros sobre este problema resulta útil porque permite ordenar elementos dispersos de la práctica clínica cotidiana y reforzar una atención prudente, centrada en la persona y compatible con entornos asistenciales diversos. Más allá del episodio agudo, interesa considerar la entrevista clínica, el apoyo psicosocial, la educación para la autogestión y la continuidad asistencial como componentes de un mismo proceso de cuidados.

Objetivos

El objetivo general de esta revisión es analizar los cuidados enfermeros aplicables a personas que presentan ansiedad intensa o crisis de pánico en el ámbito de la salud mental y en dispositivos asistenciales donde estas situaciones pueden ser atendidas inicialmente.

Como objetivos específicos, se plantean los siguientes:

  • Describir los elementos de valoración enfermera que ayudan a identificar necesidades prioritarias y a orientar la toma de decisiones clínicas.
  • Examinar el papel de la entrevista clínica y de la relación enfermera-paciente en la contención emocional y en la construcción de seguridad terapéutica.
  • Revisar intervenciones enfermeras no farmacológicas de utilidad durante la crisis y en la fase posterior inmediata.
  • Analizar la importancia del apoyo psicosocial, la educación sanitaria y la coordinación interprofesional para reducir recurrencias y favorecer el afrontamiento.
  • Señalar consideraciones de prudencia clínica ante síntomas que requieren ampliar la valoración o reconsiderar el abordaje inicial.

Metodología

Se presenta una revisión teórica de carácter narrativo orientada a la práctica enfermera. El texto se ha estructurado a partir de contenidos clínicos habitualmente relevantes en la atención a la ansiedad y a la crisis de pánico: delimitación conceptual, expresión sintomática, valoración enfermera, entrevista clínica, relación terapéutica, intervenciones de apoyo durante la crisis, cuidados posteriores y continuidad asistencial.

El enfoque adoptado prioriza una lectura clínica útil para profesionales de Enfermería, evitando la formulación de protocolos cerrados y manteniendo un criterio de prudencia en aquellas cuestiones cuyo manejo depende del contexto asistencial, de la situación de la persona y de la necesidad de valoración médica o psiquiátrica complementaria. No se incluyen datos cuantitativos concretos ni atribuciones a guías específicas no aportadas, y se evita extrapolar recomendaciones como si fueran universales.

La organización del contenido responde al proceso asistencial habitual. En primer lugar, se abordan las claves para reconocer la experiencia de ansiedad y diferenciar la crisis de pánico de otras situaciones que pueden compartir síntomas somáticos. Después se desarrollan los componentes de la valoración enfermera y de la entrevista clínica, seguidos de las intervenciones de contención, respiración guiada, apoyo psicosocial y educación sanitaria. Finalmente, se discuten implicaciones para la práctica y aspectos que condicionan la continuidad de cuidados.

Resultados

Comprensión clínica de la ansiedad y de la crisis de pánico

La ansiedad puede manifestarse de forma anticipatoria, persistente o episódica. En muchos pacientes se combina con preocupación excesiva, dificultades de concentración, insomnio, irritabilidad, tensión muscular o evitación de determinadas situaciones. La crisis de pánico, por su parte, suele aparecer con una escalada rápida de síntomas y una sensación de amenaza inmediata que desborda los recursos de afrontamiento disponibles en ese momento.

Desde el punto de vista enfermero, resulta útil considerar que la sintomatología física no es accesoria: forma parte central de la experiencia subjetiva. La taquicardia percibida, la disnea, el mareo, la opresión torácica, la sudoración o las parestesias pueden ser interpretados por la persona como indicadores inequívocos de muerte inminente o colapso físico. Esta interpretación alimenta el círculo ansiedad-síntomas-miedo, incrementando la activación fisiológica y dificultando el razonamiento sereno durante la crisis.

La comprensión del fenómeno debe integrar también su dimensión interpersonal. El paciente puede sentirse avergonzado, incomprendido o temer ser juzgado como exagerado. En otros casos aparece una intensa dependencia de figuras de apoyo o una búsqueda repetida de asistencia urgente. La respuesta profesional influye de manera notable en la evolución inmediata del episodio: una actitud calmada, clara y sostenida puede reducir la vivencia de amenaza, mientras que la minimización o la confrontación prematura pueden aumentar el sufrimiento.

Valoración enfermera inicial

La valoración comienza por la observación del estado general, el nivel de consciencia, la capacidad de contacto, la conducta motora y la intensidad del malestar. Conviene explorar cómo describe la persona lo que está sintiendo, qué cree que le está ocurriendo, cuándo comenzaron los síntomas, si identifica desencadenantes y si ha presentado episodios similares con anterioridad. El objetivo no es obtener una anamnesis exhaustiva en pleno pico de ansiedad, sino discriminar prioridades asistenciales y ofrecer un marco de seguridad.

Además del componente emocional, la enfermera debe atender a signos y síntomas que orienten hacia la necesidad de una valoración médica sin demora, especialmente cuando existen antecedentes somáticos relevantes, consumo de sustancias, alteraciones del nivel de conciencia, dolor torácico no habitual, síntomas neurológicos llamativos u otros hallazgos que no encajen con una presentación conocida por el paciente. La prudencia clínica es esencial porque la ansiedad puede coexistir con otros problemas de salud y no debe utilizarse como explicación automática de toda sintomatología física.

En la valoración también adquieren importancia los antecedentes de salud mental, tratamientos en curso, adherencia, patrón de sueño, consumo de alcohol u otras sustancias, red de apoyo, experiencias traumáticas y acontecimientos vitales recientes. Del mismo modo, debe explorarse la presencia de desesperanza intensa, ideas autolesivas, desorganización conductual o dificultades graves para el autocuidado, ya que estos elementos modifican el plan de atención y las necesidades de protección.

Entrevista clínica y relación terapéutica

La entrevista clínica en ansiedad intensa debe adaptarse al estado de activación de la persona. Durante la crisis son preferibles mensajes breves, concretos y en tono sereno. Presentarse, explicar de manera simple lo que se va a hacer y permanecer disponible suele resultar más útil que formular preguntas largas o introducir información compleja. La cercanía física debe ajustarse a la tolerancia del paciente, respetando su espacio personal y observando cómo responde a la presencia profesional.

La relación enfermera-paciente se construye mediante validación emocional y contención. Validar no implica confirmar interpretaciones catastróficas, sino reconocer la realidad del sufrimiento: la persona no está fingiendo ni exagerando deliberadamente. Expresiones como “entiendo que lo está pasando muy mal” o “voy a permanecer con usted mientras disminuye esta sensación” pueden facilitar la alianza terapéutica. En cambio, mensajes como “no tiene nada” o “cálmese” suelen ser poco eficaces y, en algunos casos, contraproducentes.

La escucha activa permite identificar el significado que la crisis tiene para la persona. Algunas la vinculan a experiencias previas de enfermedad, pérdidas, conflictos relacionales o estrés laboral sostenido; otras la viven como una irrupción inexplicable que mina la confianza en el propio cuerpo. Esta diferencia es clínicamente relevante porque condiciona el trabajo posterior de educación sanitaria, afrontamiento y prevención de evitaciones.

Intervenciones enfermeras durante la crisis

La primera intervención suele ser ambiental y relacional: reducir estímulos innecesarios, favorecer un espacio tranquilo cuando sea posible y mantener una presencia profesional estable. La sensación de caos externo puede potenciar la desorganización interna, de modo que pequeñas medidas organizativas adquieren valor terapéutico. La enfermera puede limitar interrupciones, disminuir ruidos y modular el número de personas presentes si la situación lo permite.

La comunicación debe orientarse a restaurar sensación de control. Es útil ofrecer consignas simples, de una en una, verificando comprensión. En algunos pacientes puede ayudar centrar la atención en estímulos concretos del entorno o en tareas breves que reduzcan la focalización exclusiva sobre los síntomas corporales. La orientación a la realidad, cuando se realiza de forma cuidadosa, contribuye a disminuir la percepción de catástrofe inminente.

Las estrategias respiratorias pueden ser útiles, pero no deben aplicarse de manera automática ni uniforme. Si la persona presenta respiración rápida y superficial asociada a la ansiedad, puede beneficiarse de una guía pausada que favorezca un ritmo respiratorio más regular, evitando instrucciones complejas o exigencias de rendimiento. En quienes viven la respiración con especial hipervigilancia, insistir de forma repetida en “respirar bien” puede aumentar la autoobservación ansiosa; por ello conviene valorar tolerancia, respuesta y momento clínico.

La presencia terapéutica adquiere un papel central. Permanecer junto al paciente, sostener el contacto verbal de forma dosificada y transmitir que el episodio está siendo atendido puede reducir el sentimiento de abandono. En algunos contextos, la enfermera también participa en la administración y vigilancia de tratamiento farmacológico prescrito, monitorizando respuesta, posibles efectos adversos y cambios en el estado mental, siempre en coordinación con el resto del equipo.

Cuidados tras la fase aguda

Cuando la intensidad de la crisis desciende, se abre una fase especialmente relevante para Enfermería. Muchas personas refieren cansancio, vergüenza, temor a que el episodio se repita y dudas sobre su significado. Es un momento apropiado para reconstruir con ellas lo sucedido, identificar precipitantes inmediatos, explorar pensamientos automáticos asociados y valorar qué recursos les resultaron útiles o inútiles.

La información ofrecida en esta fase debe ser clara, gradual y adaptada al nivel de comprensión. Explicar que los síntomas físicos pueden formar parte de una respuesta intensa de ansiedad puede aliviar la incertidumbre, siempre que no se use esta explicación para descartar de forma imprudente otros problemas. La educación sanitaria puede incluir pautas generales para reconocer señales tempranas de escalada ansiosa, buscar ayuda con antelación, evitar el aislamiento y revisar hábitos que agravan la vulnerabilidad, como la privación de sueño o determinados consumos.

También conviene valorar las conductas de evitación que aparecen tras la crisis. El miedo a sufrir un nuevo episodio en lugares abiertos, en transporte, en el trabajo o en ausencia de acompañantes puede deteriorar de forma importante la autonomía. La enfermera puede detectar precozmente este patrón y favorecer la derivación o seguimiento oportunos, además de reforzar estrategias de afrontamiento que no se basen exclusivamente en la evitación o en la dependencia constante de tranquilización externa.

Apoyo psicosocial y participación de la familia

El entorno próximo puede actuar como factor de protección o, en ocasiones, reforzar involuntariamente la ansiedad. Algunas familias interpretan la crisis como un problema exclusivamente orgánico y multiplican consultas urgentes sin un marco claro de actuación; otras tienden a restar importancia al cuadro, generando sentimientos de soledad e incomprensión. La intervención enfermera puede ayudar a ofrecer una lectura más ajustada, sin dramatizar ni banalizar.

El apoyo psicosocial incluye escuchar preocupaciones, identificar sobrecargas y explorar recursos comunitarios o asistenciales disponibles. En personas con dificultades laborales, aislamiento, conflictos familiares o situaciones de violencia, la ansiedad puede no entenderse al margen del contexto. Por ello, el cuidado no debería limitarse al control sintomático del episodio agudo. La valoración de necesidades sociales y relacionales forma parte del abordaje integral.

Cuando la familia participa, resulta útil orientar sobre cómo acompañar durante una crisis: mantener un tono calmado, evitar discusiones sobre la veracidad del malestar, no incrementar el estímulo ambiental y favorecer la búsqueda de ayuda profesional si los síntomas se intensifican o aparecen signos de riesgo. Esta intervención requiere sensibilidad para no desplazar la autonomía del paciente ni convertir a la familia en único sostén del proceso.

Continuidad asistencial y coordinación

La recurrencia de la ansiedad y de las crisis de pánico obliga a pensar en términos de continuidad. La atención fragmentada, centrada solo en el episodio agudo, puede aliviar de forma transitoria pero dejar intactos factores de mantenimiento como la interpretación catastrófica de los síntomas, la evitación, la baja adherencia terapéutica o la ausencia de seguimiento. Enfermería ocupa una posición estratégica para detectar estas discontinuidades y promover una transición asistencial coherente.

La coordinación con profesionales de medicina, psicología clínica, psiquiatría, trabajo social y atención primaria favorece una respuesta más completa. En función del caso, puede ser necesario revisar tratamiento, valorar psicoterapia, reforzar educación sanitaria o intervenir sobre factores sociales concurrentes. La documentación enfermera del episodio, de la respuesta a las intervenciones y de las necesidades detectadas mejora la comunicación entre dispositivos y da continuidad al plan de cuidados.

El seguimiento también permite observar evolución funcional: reincorporación a actividades, tolerancia a situaciones previamente evitadas, manejo de señales corporales y capacidad para solicitar ayuda de forma proporcionada. Estos indicadores cualitativos son útiles para valorar progreso clínico desde una perspectiva centrada en la vida cotidiana y no solo en la presencia o ausencia de crisis.

Discusión/Conclusiones

La ansiedad y la crisis de pánico constituyen problemas de alta relevancia para Enfermería por su frecuencia asistencial, su expresividad somática y su impacto sobre la percepción de seguridad, el funcionamiento diario y la utilización de recursos sanitarios. El análisis de cuidados muestra que la intervención enfermera es más eficaz cuando combina observación clínica, capacidad de contención emocional y una comunicación terapéutica ajustada al nivel de activación del paciente.

Uno de los principales retos consiste en evitar dos reduccionismos frecuentes: interpretar toda la sintomatología física como puramente ansiosa sin una valoración suficiente, o bien atender solo a los signos somáticos sin explorar el significado emocional del episodio. Entre ambos extremos se sitúa el juicio clínico enfermero, que exige integrar datos objetivos, relato subjetivo, contexto biográfico y respuesta conductual. Esta integración es especialmente importante en primeros episodios, en personas con comorbilidad médica, en contextos de urgencias y cuando concurren factores de riesgo psicosocial.

La revisión también pone de relieve que la relación terapéutica no es un complemento secundario del cuidado, sino una intervención en sí misma. La manera de acercarse al paciente, de nombrar su sufrimiento y de estructurar la entrevista puede modular la intensidad de la crisis y condicionar la experiencia asistencial posterior. La presencia calmada, la validación emocional y la explicación comprensible ayudan a reducir la sensación de amenaza y facilitan la adherencia al plan de atención.

Las técnicas de respiración, la regulación del entorno y el apoyo psicosocial tienen un lugar relevante, pero su aplicación debe individualizarse. No todas las personas responden igual a las mismas estrategias, y algunas pueden sentirse más ansiosas ante intervenciones vividas como invasivas o excesivamente centradas en el control corporal. De ahí la necesidad de observar continuamente la respuesta del paciente y ajustar el cuidado a su tolerancia y capacidad de colaboración en cada momento.

Otro aspecto de interés es la continuidad asistencial. La repetición de crisis, la evitación progresiva y la dependencia de consultas urgentes suelen reflejar necesidades no resueltas en educación sanitaria, afrontamiento o seguimiento especializado. Enfermería puede contribuir de forma decisiva a identificar estos patrones, reforzar recursos personales y familiares y mejorar la coordinación entre dispositivos. Esta labor resulta particularmente valiosa en personas con trayectorias asistenciales fragmentadas o con dificultades para sostener el vínculo terapéutico.

En síntesis, el cuidado enfermero ante la ansiedad y la crisis de pánico debe entenderse como un proceso que abarca la acogida inicial, la valoración prudente, la contención durante el episodio, la reconstrucción de lo sucedido y la proyección de un plan de seguimiento. La práctica clínica se beneficia de intervenciones realistas, comprensibles y centradas en la experiencia del paciente, evitando respuestas estandarizadas que no contemplen su contexto. En salud mental, cuidar en estas situaciones implica acompañar sin invadir, sostener sin invalidar y ayudar a recuperar sentido de control sin simplificar un sufrimiento que, para quien lo padece, es profundamente real.

Conflicto de intereses

Los autores declaran la ausencia de conflictos de intereses en la preparación de este manuscrito.

Financiación

El presente manuscrito se ha realizado sin financiación externa específica.

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