Caso clínico de niño con crisis febril: valoración y educación familiar

Clinical case of a child with febrile seizure: assessment and family education

Incluido en la revista CADICE. Vol. I . N.º 9 – Septiembre 2026

Pág. Inicial: Vol. I; N.º 9:357

Autor principal (primer firmante): Clara Benítez Romero

Fecha recepción: 12/08/26

Fecha aceptación: 04/09/26

Fecha de publicación: 10/09/26

Ref.: CADICE. 2026;1(9):357

Autores:
Clara Benítez Romero
Álvaro Molina Serrano
Nerea Castillo Pardo

Categoría: Enfermería

Palabras clave: Niño; Proceso de Enfermería; Enfermería pediátrica; Salud infantil; Convulsiones febriles; Cuidados de Enfermería; Informes de casos; Fiebre; Educación familiar; Familia

Keywords: Child; Nursing Process; Pediatric Nursing; Child Health; Seizures, Febrile; Nursing Care; Case Reports; Fever; Family Education; Family

Resumen

Introducción: La crisis febril en la infancia constituye un motivo frecuente de consulta urgente y genera un elevado impacto emocional en la familia. Aunque en muchas ocasiones presenta una evolución favorable, la situación exige una valoración enfermera ordenada, dirigida tanto a la seguridad inmediata del niño como a la identificación de necesidades de cuidados y de aprendizaje familiar.

Objetivos: Describir el abordaje enfermero de un niño que acude por un episodio compatible con crisis febril, exponer la valoración clínica inicial, priorizar problemas de cuidados y desarrollar una intervención educativa orientada a la familia para el manejo posterior de la fiebre y la actuación ante nuevos episodios.

Metodología: Se presenta una situación clínica pediátrica estructurada mediante el proceso de Enfermería. La valoración se organiza a partir de la observación del estado general, la situación respiratoria y circulatoria, el nivel de consciencia, la temperatura, la tolerancia oral, la respuesta emocional familiar y las necesidades de información. A partir de esta valoración se plantea un plan de cuidados individualizado y un seguimiento evolutivo durante la atención.

Resultados: El niño llega somnoliento tras una crisis autolimitada asociada a fiebre. La intervención inicial se centra en garantizar la vía aérea permeable, mantener una posición segura, controlar la temperatura, vigilar la evolución neurológica y reducir estímulos innecesarios. Posteriormente se desarrollan cuidados de observación, apoyo emocional y educación sanitaria a los progenitores sobre fiebre, medidas físicas y farmacológicas prescritas, signos de alarma y conducta ante una posible recurrencia. La evolución clínica es favorable, con recuperación progresiva del estado basal y mejor comprensión familiar de la situación.

Discusión/Conclusiones: La actuación enfermera ante la crisis febril pediátrica debe combinar vigilancia clínica, capacidad de priorización y educación familiar clara. La experiencia asistencial muestra que la incertidumbre de los cuidadores puede mantenerse incluso cuando el episodio ha cedido, por lo que la información estructurada y adaptada a su capacidad de comprensión forma parte del cuidado. Un abordaje integral puede contribuir a mejorar la seguridad del niño y la capacidad familiar para afrontar episodios posteriores.

Abstract

Introduction: Febrile seizures in childhood are a common reason for emergency consultation and usually cause marked distress in families. Although many episodes have a favorable course, nursing assessment is required to ensure the child’s immediate safety and to identify care needs as well as family educational needs.

Objectives: To describe the nursing management of a child presenting with an episode consistent with febrile seizure, to outline the initial clinical assessment, to prioritize care problems, and to develop a family-centered educational intervention regarding fever management and response to possible new episodes.

Methodology: A pediatric clinical situation is presented and organized through the nursing process. Assessment focuses on general condition, airway and circulation, level of consciousness, body temperature, oral intake, family emotional response, and information needs. Based on this assessment, an individualized care plan and short-term follow-up are established.

Results: The child arrives drowsy after a self-limited seizure associated with fever. Initial nursing care is focused on airway safety, side positioning, temperature control, neurological observation, and reduction of unnecessary stimuli. Ongoing care includes monitoring, emotional support, and family education about fever, prescribed measures, warning signs, and actions to take if a new event occurs. Clinical progress is favorable, with gradual return to baseline condition and improved family understanding.

Discussion/Conclusions: Nursing care in pediatric febrile seizures should integrate clinical surveillance, prioritization of immediate needs, and clear family education. Even when the acute event resolves, caregivers may remain highly anxious, so structured and understandable information is part of essential care. A comprehensive nursing approach may improve child safety and family preparedness.

Introducción

La fiebre es uno de los motivos de consulta más habituales en pediatría y, cuando se acompaña de una crisis convulsiva, suele generar una vivencia de urgencia intensa por parte de la familia. La aparición brusca de movimientos tónicos o clónicos, la alteración transitoria de la consciencia y el posterior periodo de somnolencia pueden ser interpretados por los cuidadores como una amenaza vital inmediata, incluso cuando el episodio haya cesado antes de la llegada al servicio de urgencias. En este escenario, la enfermera ocupa una posición central para ordenar la asistencia, detectar signos de compromiso clínico y traducir la complejidad del episodio a un lenguaje comprensible para la familia.

En la infancia, la convulsión asociada a fiebre obliga a una valoración rigurosa del estado general y del contexto clínico. No toda crisis relacionada con hipertermia tiene la misma significación, ni todos los niños presentan el mismo riesgo inmediato. La respuesta enfermera no debe limitarse al control de la temperatura o a la observación del niño tras el episodio. Requiere una valoración integral que incluya la situación respiratoria, la perfusión, la recuperación neurológica, la tolerancia oral, el confort, la presencia de nuevas crisis y la capacidad de la familia para comprender y participar en los cuidados.

La práctica clínica muestra además que uno de los problemas más relevantes no siempre es exclusivamente fisiológico. La ansiedad de los progenitores, el miedo a una nueva convulsión y las dudas sobre cómo actuar en domicilio condicionan la experiencia asistencial y pueden afectar a la seguridad en episodios posteriores. La educación sanitaria, por tanto, no debe considerarse un elemento accesorio, sino una intervención terapéutica orientada a disminuir errores, favorecer una observación adecuada del niño y promover una utilización más segura de los recursos sanitarios.

El interés del caso reside en integrar la atención aguda con la continuidad de cuidados. Desde la perspectiva enfermera, la crisis febril es una situación que exige priorizar necesidades inmediatas, observar la evolución a corto plazo y reforzar competencias familiares antes del alta o de la derivación. Esta combinación de vigilancia clínica y educación familiar constituye una de las aportaciones más características de la Enfermería pediátrica en el entorno urgente.

Objetivos

Describir el proceso de atención enfermera en un niño que presenta una crisis febril, con especial atención a la valoración inicial, la identificación de problemas prioritarios y la intervención educativa dirigida a su familia.

Objetivos específicos

  • Valorar de forma sistemática el estado del niño tras el episodio convulsivo, atendiendo a seguridad, recuperación neurológica y control de la fiebre.
  • Identificar necesidades de cuidados relacionadas con el riesgo de nuevas crisis durante la observación, el confort físico y la respuesta emocional de la familia.
  • Planificar e implementar intervenciones enfermeras centradas en la monitorización clínica, el apoyo emocional y la educación sanitaria.
  • Favorecer que la familia adquiera pautas básicas de actuación ante la fiebre y ante una eventual repetición del episodio, dentro del marco de las indicaciones clínicas establecidas para el caso.

Metodología

Se expone una situación clínica pediátrica atendida en un dispositivo de urgencias y estructurada mediante el proceso de Enfermería. El abordaje se organiza en cuatro momentos: valoración inicial, priorización de problemas, planificación e implementación de cuidados, y seguimiento evolutivo durante la estancia asistencial.

La valoración inicial se desarrolla con enfoque sistemático, comenzando por la observación del estado general del niño a su llegada. Se atiende a la permeabilidad de la vía aérea, la calidad de la respiración, la coloración cutánea, la respuesta a estímulos, el tono postural y la presencia o ausencia de actividad convulsiva en curso. Una vez descartado el compromiso vital inmediato, se amplía la recogida de datos a la temperatura corporal, el tiempo transcurrido desde la crisis, la duración referida por los cuidadores, la existencia de episodios previos, los antecedentes personales de interés, la posible presencia de foco infeccioso conocido y la tolerancia a la ingesta.

La valoración incluye asimismo la dimensión familiar. Se explora el grado de ansiedad de los progenitores, su interpretación del episodio, las medidas realizadas en domicilio y el nivel de conocimientos previos sobre fiebre y convulsiones. Este componente resulta especialmente relevante porque la comprensión inadecuada del episodio puede condicionar conductas posteriores poco seguras, como la introducción forzada de líquidos o medicación por vía oral durante una nueva crisis, la inmovilización del niño o el retraso en la solicitud de ayuda sanitaria ante signos de alarma.

Para la planificación se parte de los problemas de cuidados identificados durante la valoración. Se priorizan la seguridad física del niño tras la crisis, la observación de la recuperación neurológica, el control del malestar asociado a la fiebre, la prevención de complicaciones durante la estancia y la necesidad de educación familiar. La intervención se adapta a la evolución clínica y a la respuesta emocional de los cuidadores, manteniendo coordinación con el equipo médico para la administración de tratamiento prescrito y la toma de decisiones sobre observación, pruebas complementarias o alta.

El seguimiento evolutivo se basa en la reevaluación continuada del nivel de consciencia, la aparición de nuevos episodios, la tolerancia oral, el comportamiento del niño cuando recupera su estado basal y la capacidad de la familia para verbalizar las recomendaciones recibidas. De este modo, el proceso enfermero no se entiende como una sucesión de tareas, sino como una secuencia dinámica de valoración, intervención y nueva valoración.

Resultados

Presentación de la situación clínica

Niño de 2 años, previamente sano según refieren sus progenitores, que acude acompañado de ambos tras presentar en domicilio un episodio brusco de desconexión del medio con rigidez inicial, seguido de sacudidas generalizadas de corta duración en el contexto de fiebre. La familia describe que el niño había mostrado irritabilidad y sensación febril desde horas antes, con menor apetito y rinorrea leve. No refieren traumatismo previo ni ingesta de tóxicos. A su llegada, el episodio ha cedido espontáneamente y el niño se encuentra somnoliento, reactivo al estímulo, con piel caliente y llanto débil al ser manipulado.

Los progenitores se muestran muy angustiados. La madre verbaliza temor a que “vuelva a pasar en cualquier momento” y el padre pregunta de forma insistente si el niño “puede quedarse con secuelas”. Ambos expresan dudas sobre si actuaron correctamente en domicilio, ya que intentaron bajarle la fiebre y colocarlo en brazos mientras se producía la crisis.

Valoración enfermera inicial

En la primera valoración se constata vía aérea permeable, respiración espontánea eficaz, adecuada expansión torácica y coloración sin datos de cianosis. Se mantiene vigilancia estrecha del patrón respiratorio y de la respuesta neurológica durante el periodo poscrítico. El niño presenta somnolencia compatible con recuperación posterior al episodio, pero responde al contacto, emite llanto y moviliza extremidades. No se observan movimientos anómalos ni focalidad evidente en la exploración básica de observación enfermera.

La temperatura se encuentra elevada al tacto y se confirma fiebre mediante control térmico. El niño presenta mucosas discretamente secas y rechazo inicial a la ingesta, sin vómitos en ese momento. Se aprecia malestar general, necesidad de reposo y búsqueda de contacto con su madre. Durante la observación, alterna fases de adormecimiento con despertares breves e irritabilidad.

Desde la dimensión psicosocial, destaca la ansiedad intensa de la familia, con necesidad de información inmediata y tendencia a formular preguntas repetitivas. Se identifica también un conocimiento limitado sobre el significado clínico de una crisis febril, sobre la conducta segura durante el episodio y sobre los signos por los que deberían volver a consultar con urgencia.

Problemas de cuidados priorizados

A partir de la valoración se priorizan varios problemas. En primer lugar, el riesgo de lesión relacionado con una posible repetición del episodio durante el periodo de observación y con la alteración transitoria del nivel de consciencia. En segundo lugar, la hipertermia y el malestar asociado al proceso febril. En tercer lugar, la ansiedad de los progenitores ante la situación clínica aguda. Finalmente, se identifica una necesidad relevante de conocimientos sobre el manejo de la fiebre, la observación del niño y la actuación ante una nueva convulsión.

Estos problemas orientan un plan de cuidados centrado en la seguridad, la vigilancia clínica y la educación familiar. Aunque la prioridad inmediata recae sobre el niño, el estado emocional de la familia se aborda de forma simultánea porque interfiere con su capacidad de comprensión y con la futura continuidad de cuidados en domicilio.

Planificación e intervenciones enfermeras

La primera intervención consiste en situar al niño en una posición segura, evitando restricciones físicas innecesarias y facilitando la permeabilidad de la vía aérea. Se reduce la estimulación ambiental y se mantiene observación directa mientras persiste la somnolencia poscrítica. Se controla la temperatura y se aplican las medidas indicadas para el manejo de la fiebre según la prescripción y el contexto asistencial, evitando prácticas bruscas que incrementen el disconfort.

Se realiza monitorización clínica periódica del estado general, la reactividad, el patrón respiratorio, la coloración y la aparición de nuevos eventos sugestivos de actividad convulsiva. También se vigila la tolerancia a líquidos cuando el niño muestra mayor nivel de alerta, procurando no forzar la ingesta en una fase de recuperación incompleta. La observación de la diuresis reciente y del aspecto de mucosas ayuda a valorar de forma global el riesgo de deshidratación asociado a la fiebre y al rechazo inicial de alimentos o bebidas.

En el plano emocional, la enfermera adopta una comunicación breve, clara y repetida cuando es necesario. Se explica a los progenitores qué se está observando en cada momento y por qué se prioriza la vigilancia de la respiración, la consciencia y la evolución de la temperatura. Se valida su preocupación sin reforzar mensajes alarmistas. Este acompañamiento reduce la sensación de descontrol y facilita que la familia pase de una respuesta puramente reactiva a una participación más ordenada en los cuidados.

Una vez el niño inicia recuperación progresiva del estado basal, se desarrolla la intervención educativa. Se revisa con ambos progenitores qué hacer si apareciera otra crisis: mantener la calma dentro de lo posible, colocar al niño en una posición segura, evitar introducir objetos o líquidos en la boca, no sujetarlo con fuerza y solicitar ayuda sanitaria según la evolución y las características del episodio. Del mismo modo, se aclara que la fiebre debe vigilarse y tratarse según las indicaciones recibidas, pero que el objetivo principal durante una convulsión no es administrar medicación oral ni intentar maniobras improvisadas, sino preservar la seguridad del niño.

La educación incluye además recomendaciones sobre observación en domicilio: cambios en el nivel de consciencia, dificultad respiratoria, rigidez mantenida, repetición de crisis en un corto intervalo, mala perfusión, rechazo persistente de líquidos o aparición de signos que sugieran empeoramiento clínico. Se insiste en que cualquier pauta debe individualizarse según la valoración médica y la evolución posterior, de manera que la familia comprenda la diferencia entre una orientación general y las indicaciones concretas para su hijo.

Evolución durante la observación

Con el transcurso de la asistencia, el niño muestra una recuperación gradual. Disminuye la somnolencia, establece contacto visual, llora con más fuerza al ser explorado y posteriormente acepta pequeñas cantidades de líquido. La fiebre se mantiene en descenso tras las medidas instauradas y el malestar cede parcialmente. No se observan nuevas crisis durante el periodo de seguimiento en urgencias.

La familia modifica de forma perceptible su actitud a medida que recibe información y observa la mejoría. Las preguntas dejan de centrarse en la amenaza inmediata y pasan a orientarse al cuidado posterior en domicilio. Los progenitores son capaces de repetir con sus propias palabras las medidas básicas de seguridad ante una eventual recurrencia y reconocen cuáles serían los motivos para una nueva consulta urgente. Esta capacidad de verbalización se considera un indicador clínico útil de comprensión, especialmente en situaciones de alta carga emocional.

Antes de finalizar la atención, se refuerzan las indicaciones sobre administración de tratamiento prescrito, control de la temperatura y necesidad de seguimiento según el criterio clínico establecido. La intervención enfermera concluye con reevaluación del estado general del niño y confirmación de que la familia ha recibido información comprensible y suficiente para continuar los cuidados inmediatos.

Discusión/Conclusiones

La crisis febril en un niño pequeño constituye una situación donde la Enfermería debe actuar con una doble mirada. Por un lado, resulta necesario asegurar la estabilidad clínica inicial y detectar signos que obliguen a una respuesta asistencial más intensiva. Por otro, debe atenderse el impacto emocional del episodio sobre la familia, que a menudo persiste más allá de la resolución de la convulsión y condiciona la forma en que los cuidadores afrontarán la fiebre o episodios posteriores.

El caso expuesto muestra que la valoración enfermera va más allá del registro de constantes o de la mera observación del periodo poscrítico. Implica interpretar la somnolencia dentro de la evolución esperable, discriminar cambios que puedan sugerir deterioro, valorar la hidratación y el confort, y reconocer cuándo la ansiedad familiar interfiere con la comprensión de las indicaciones. En pediatría, esta capacidad de integrar lo biológico y lo relacional es especialmente relevante porque el cuidado siempre incluye al niño y a su entorno cuidador.

Otro aspecto destacado es la necesidad de educación sanitaria específica. Muchas familias llegan a urgencias tras haber tomado decisiones precipitadas, motivadas por el miedo y la falta de información. La enseñanza enfermera debe ser concreta y operativa: cómo colocar al niño, qué no hacer durante una crisis, qué observar después y cuándo buscar atención urgente. No basta con entregar recomendaciones generales sobre la fiebre; es preciso adaptarlas al episodio vivido y verificar que han sido entendidas. La repetición de la información en un lenguaje sencillo y la comprobación de la comprensión son intervenciones tan relevantes como las medidas físicas iniciales.

Desde la práctica clínica, este tipo de situaciones también recuerda la importancia de la continuidad asistencial. El alta de un niño tras una crisis febril no marca el final del problema percibido por la familia. Con frecuencia se inicia en ese momento una etapa de hipervigilancia, miedo a dormir o inseguridad ante cualquier elevación térmica. Una despedida asistencial adecuada, con mensajes claros y coherentes entre profesionales, puede reducir consultas motivadas exclusivamente por incertidumbre y favorecer un manejo domiciliario más seguro.

El abordaje presentado tiene límites inherentes a la singularidad de cada situación clínica. La respuesta del niño, la edad, los antecedentes, la duración del episodio, la presencia de signos asociados y el contexto familiar obligan a individualizar decisiones. Por ello, las intervenciones descritas deben entenderse como una orientación profesional basada en prioridades de cuidados frecuentes y no como una secuencia cerrada aplicable a todos los casos.

En conjunto, la atención enfermera al niño con crisis febril requiere observación clínica competente, capacidad para priorizar y habilidad educativa. Cuando estos componentes se integran de forma coherente, puede mejorarse la seguridad durante la fase aguda, facilitarse la recuperación del niño y aumentar la preparación de la familia para afrontar la evolución inmediata con menor incertidumbre.

Conflicto de intereses

Los autores declaran que no existen conflictos de intereses personales, profesionales o económicos relacionados con este trabajo.

Financiación

La realización de este trabajo no recibió ayudas económicas ni financiación institucional específica.

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