Typical case of depression and loneliness in an older person cared for by Nursing
Incluido en la revista CADICE. Vol. I . N.º 9 – Septiembre 2026
Pág. Inicial: Vol. I; N.º 9:393
Autor principal (primer firmante): Marina Solís Navarro
Fecha recepción: 18/08/26
Fecha aceptación: 13/09/26
Fecha de publicación: 17/09/26
Ref.: CADICE. 2026;1(9):393
Autores:
Marina Solís Navarro
Andrés Fernández Rivas
Categoría: Enfermería
Palabras clave: Fragilidad; Informes de casos; Actividades de la vida diaria; Anciano; Depresión; Enfermería geriátrica; Soledad; Apoyo social; Cuidados de Enfermería; Proceso de Enfermería
Keywords: Frailty; Case Reports; Activities of Daily Living; Aged; Depression; Geriatric Nursing; Loneliness; Social Support; Nursing Care; Nursing Process
Resumen
Introducción: La depresión y la soledad en la persona mayor constituyen problemas de salud con repercusión clínica, funcional y social. Suelen presentarse de forma entrelazada con fragilidad, pérdida de roles, viudedad, deterioro del apoyo percibido y disminución de la participación en actividades cotidianas. Desde Enfermería, la valoración integral permite identificar manifestaciones emocionales, necesidades de apoyo y problemas de cuidados que no siempre se expresan como demanda principal.
Objetivos: Describir el abordaje enfermero de una persona mayor con sintomatología depresiva y soledad no deseada, analizar la valoración integral realizada y exponer la planificación de cuidados orientada a mejorar el estado emocional, la funcionalidad y la vinculación social.
Metodología: Se desarrolla una situación clínica estructurada mediante el proceso de Enfermería. La información se organiza a partir de la valoración por patrones funcionales, la identificación de problemas de cuidados, la planificación de objetivos asistenciales y la descripción del seguimiento evolutivo en coordinación con familia y recursos comunitarios.
Resultados: Se presenta el caso de una mujer de edad avanzada, viuda, con fragilidad, disminución progresiva de la actividad diaria, pérdida de interés, aislamiento y verbalizaciones de vacío emocional. La valoración enfermera evidenció afectación del afrontamiento, reducción de la interacción social, alteración del patrón sueño-descanso, ingesta irregular y riesgo de deterioro funcional. El plan de cuidados incluyó escucha terapéutica, seguimiento emocional, estructuración de rutinas, fomento de autocuidados, implicación familiar, promoción del contacto social y coordinación con atención médica y trabajo social. Durante el seguimiento se observó mejoría discreta del vínculo terapéutico, mayor participación en actividades básicas y mejor aceptación del acompañamiento.
Discusión/Conclusiones: La detección precoz de la soledad y de los síntomas depresivos en personas mayores requiere una mirada enfermera que integre aspectos clínicos, funcionales y relacionales. La intervención no debe limitarse al control de síntomas, sino orientarse a sostener la autonomía posible, reforzar la red de apoyo y prevenir la progresión del aislamiento y la dependencia. El abordaje continuado y coordinado puede favorecer una evolución más estable y ajustada a las necesidades de la persona.
Abstract
Introduction: Depression and loneliness in older adults are health problems with emotional, functional, and social consequences. They often coexist with frailty, bereavement, role loss, perceived lack of support, and reduced engagement in daily activities. From a nursing perspective, comprehensive assessment helps identify emotional distress and care needs that may remain hidden during routine encounters.
Objectives: To describe the nursing management of an older person presenting depressive symptoms and unwanted loneliness, to analyse the comprehensive assessment performed, and to outline a care plan aimed at improving emotional status, functional ability, and social connection.
Methodology: A clinical situation is presented and organised through the nursing process. Data are structured according to functional assessment, identification of care problems, care planning, and follow-up in coordination with family members and community resources.
Results: The case involves an older widowed woman with frailty, progressive reduction in daily activity, loss of interest, social withdrawal, and expressions of emotional emptiness. Nursing assessment identified impaired coping, reduced social interaction, disturbed sleep-rest pattern, irregular food intake, and risk of functional decline. The care plan included therapeutic listening, emotional follow-up, daily routine structuring, support for self-care, family involvement, promotion of social contact, and coordination with medical care and social work. Follow-up showed modest improvement in therapeutic engagement, greater participation in basic daily activities, and better acceptance of support.
Discussion/Conclusions: Early detection of loneliness and depressive symptoms in older adults requires a nursing approach that integrates clinical, functional, and relational dimensions. Interventions should go beyond symptom monitoring and focus on preserving autonomy, strengthening support networks, and preventing progression toward isolation and dependency. Ongoing and coordinated care may contribute to a more stable and person-centred outcome.
Introducción
La depresión en la vejez presenta una expresión clínica heterogénea. En muchos casos no se manifiesta mediante una queja emocional explícita, sino a través de apatía, enlentecimiento, insomnio, pérdida de apetito, cansancio persistente, abandono de actividades habituales o una disminución progresiva del autocuidado. Esta forma de presentación puede dificultar la identificación temprana, sobre todo cuando coexisten enfermedades crónicas, fragilidad o situaciones de pérdida recientes. Del mismo modo, la soledad no deseada puede mantenerse invisibilizada durante largo tiempo, ya sea por normalización social, por pudor al verbalizarla o por ausencia de espacios asistenciales donde explorarla de forma sistemática.
En la persona mayor, depresión y soledad suelen relacionarse de manera bidireccional. La reducción del círculo social, la viudedad, las limitaciones de movilidad, el deterioro sensorial o la percepción de carga para la familia pueden contribuir al retraimiento. A su vez, la falta de vínculos significativos y de participación cotidiana puede intensificar sentimientos de inutilidad, tristeza y desesperanza. Este fenómeno no afecta solo al bienestar subjetivo; también puede repercutir sobre la adherencia terapéutica, la nutrición, el sueño, la actividad física y la capacidad para mantener las actividades de la vida diaria.
La Enfermería geriátrica ocupa una posición especialmente relevante en la detección y acompañamiento de estas situaciones. La continuidad del contacto, la cercanía en el seguimiento y la valoración centrada en la persona facilitan reconocer cambios sutiles en el estado de ánimo, en la funcionalidad y en las rutinas. Además, el proceso de Enfermería permite integrar dimensiones físicas, emocionales, familiares y sociales, favoreciendo un plan de cuidados ajustado a la realidad del paciente.
El interés de exponer un caso tipo radica en mostrar cómo una demanda aparentemente inespecífica, como el cansancio o la falta de apetito, puede ocultar un cuadro de sufrimiento emocional y aislamiento. También permite ilustrar la importancia de la coordinación con la familia y con otros profesionales cuando la respuesta asistencial requiere más que intervenciones aisladas. El abordaje enfermero, en este contexto, se orienta tanto a la observación clínica como a la construcción de una relación terapéutica capaz de sostener cambios pequeños pero significativos.
Objetivos
El objetivo general es describir el abordaje enfermero de una persona mayor con síntomas compatibles con depresión y soledad no deseada, destacando la utilidad de la valoración integral y de la planificación individualizada de cuidados.
Como objetivos específicos se plantean:
- Identificar manifestaciones emocionales, funcionales y sociales relevantes para la práctica enfermera.
- Analizar factores que pueden contribuir al mantenimiento del aislamiento y del deterioro en las actividades de la vida diaria.
- Exponer una propuesta de cuidados orientada a la contención emocional, el mantenimiento de la autonomía y la activación del apoyo social.
- Describir la evolución clínica y funcional tras un seguimiento enfermero continuado.
- Reflexionar sobre las implicaciones de este tipo de casos para la atención a personas mayores en situación de fragilidad.
Metodología
Se expone una situación clínica del ámbito ambulatorio y domiciliario estructurada mediante el proceso de Enfermería. El abordaje se organiza a partir de la valoración inicial, la identificación de problemas de cuidados prioritarios, la planificación de intervenciones, el establecimiento de objetivos asistenciales realistas y el seguimiento evolutivo.
La valoración se realizó con enfoque integral, atendiendo a estado general, capacidad funcional, patrón de sueño, ingesta, movilidad, red de apoyo, vivencia emocional, percepción de soledad y respuesta ante las pérdidas recientes. La recogida de información incluyó entrevista clínica, observación del entorno inmediato, conversación con un familiar de referencia y reevaluaciones sucesivas, con especial atención a cambios en el nivel de actividad, interacción y autocuidado.
En la organización del caso se priorizaron los problemas de cuidados con repercusión más directa sobre la seguridad, la funcionalidad y el bienestar emocional. La planificación se orientó a intervenciones de Enfermería factibles en seguimiento longitudinal: escucha terapéutica, observación de signos de agravamiento, apoyo al afrontamiento, educación a la familia, estructuración de rutinas, prevención del deterioro funcional y coordinación con otros recursos. El seguimiento se adaptó a la respuesta de la paciente y a la aceptación progresiva de ayuda.
La exposición se formula de manera clínica y no identificable, preservando la confidencialidad y evitando cualquier dato que permita reconocer a una persona concreta. El propósito es mostrar un razonamiento enfermero aplicable a situaciones frecuentes en la práctica con personas mayores vulnerables.
Resultados
Presentación de la situación clínica
M.P. es una mujer de 84 años, viuda desde hace algo más de un año, que vive sola en su domicilio. Tiene una hija que reside en la misma ciudad y la visita varios días por semana, aunque por motivos laborales no puede acompañarla de forma continuada. Entre sus antecedentes destacan hipertensión arterial, artrosis generalizada y cataratas intervenidas previamente, sin otros datos de especial relevancia para el análisis de cuidados. Hasta meses antes mantenía una vida bastante estructurada: salía a comprar pequeñas cosas, acudía a reuniones vecinales y preparaba sus comidas. De manera progresiva comenzó a reducir las salidas, a delegar tareas sencillas y a pasar gran parte del día sentada, refiriendo cansancio y falta de ganas.
El motivo inicial de contacto con Enfermería fue la percepción familiar de decaimiento. La hija describía a su madre como “apagada”, con menos conversación, menor interés por el aseo personal y abandono de actividades que antes realizaba sin dificultad. La paciente no refería dolor intenso ni un síntoma agudo concreto, pero expresaba que dormir le costaba, que muchas veces no encontraba motivo para levantarse temprano y que las horas se le hacían largas. Reconocía echar de menos a su marido y afirmaba sentirse sola incluso cuando recibía visitas breves.
Valoración enfermera integral
En la entrevista, M.P. se mostraba consciente, orientada y colaboradora, aunque con discurso lento, tono monótono y escasa espontaneidad. No presentaba signos evidentes de deterioro cognitivo grosero en la conversación habitual, pero sí dificultades para iniciar temas y una tendencia a responder de manera breve. El contacto ocular era intermitente y aparecían silencios prolongados al hablar de su rutina diaria.
En el patrón percepción-manejo de la salud, se observó cumplimiento aceptable del tratamiento pautado, aunque con menor iniciativa para acudir a revisiones o comunicar molestias. La paciente restaba importancia a su malestar emocional y lo atribuía a “cosas de la edad”. En relación con la nutrición, refería apetito disminuido y comidas poco elaboradas, con tendencia a resolverlas de forma repetitiva y escasa. La hija señalaba que con frecuencia encontraba alimentos sin consumir y que su madre ya no disfrutaba cocinando.
Respecto al sueño-descanso, describía despertares frecuentes, conciliación difícil y sensación de no haber descansado al despertar. En el patrón actividad-ejercicio se apreciaba reducción importante del movimiento espontáneo, menor tolerancia al esfuerzo habitual y abandono de paseos. Aunque conservaba deambulación dentro del domicilio, la movilidad estaba enlentecida y condicionada por temor a cansarse o a salir sola. En el área de autocuidados destacaban descuido en el arreglo personal y simplificación de las tareas domésticas. Seguía siendo capaz de realizar actividades básicas, pero con menor constancia e iniciativa.
La esfera psicosocial resultó especialmente significativa. La viudedad había supuesto una ruptura profunda de su organización cotidiana. La paciente afirmaba que desde la muerte de su esposo la casa se había vuelto “demasiado grande y demasiado callada”. Mantenía contacto ocasional con vecinas, pero rechazaba con frecuencia propuestas para salir, alegando cansancio o falta de interés. Expresaba sentimientos de inutilidad y la percepción de no tener nada relevante que aportar. No verbalizaba deseos autolesivos en la entrevista, aunque sí frases de desánimo mantenido y de pérdida de sentido en actividades que antes le resultaban gratificantes, lo que obligaba a seguimiento clínico estrecho y a exploración continuada del riesgo.
En la observación del domicilio se identificó un entorno ordenado pero empobrecido en actividad: persianas parcialmente bajadas, escasa ventilación y ausencia de señales de rutina reciente en algunas estancias. Estos elementos no permitían por sí mismos establecer conclusiones diagnósticas, pero reforzaban la impresión de retraimiento y de disminución de la participación en la vida diaria.
Problemas de cuidados identificados
Tras la valoración, se consideraron prioritarios los siguientes problemas de cuidados: estado de ánimo deprimido con repercusión sobre la motivación y el autocuidado; soledad no deseada y disminución de la interacción social; afrontamiento comprometido ante la viudedad y los cambios vitales; alteración del patrón de sueño; ingesta insuficientemente estructurada; riesgo de deterioro funcional por inactividad y fragilidad; y sobrecarga potencial de la cuidadora principal en el contexto de apoyo familiar limitado en tiempo.
Junto a estos problemas se identificaron factores protectores relevantes: existencia de una hija implicada, conservación de capacidades básicas, ausencia de deterioro cognitivo evidente en la valoración inicial, disposición aceptable al diálogo cuando se establecía confianza y posibilidad de vinculación con recursos comunitarios del entorno.
Planificación de cuidados
La planificación se orientó a objetivos realistas y progresivos. En primer lugar, favorecer la expresión emocional y consolidar una relación terapéutica que permitiera explorar la vivencia de soledad sin banalizarla ni medicalizarla de forma precipitada. En segundo lugar, mantener el mayor nivel posible de autonomía en actividades básicas e instrumentales sencillas. También se planteó recuperar cierta estructura en la rutina diaria, mejorar la regularidad de la ingesta, reducir el aislamiento doméstico y facilitar la conexión con apoyos familiares y sociales tolerables para la paciente.
Entre las intervenciones enfermeras destacaron la escucha activa y la validación emocional, evitando respuestas correctoras del tipo “tiene que animarse”, que suelen incrementar la sensación de incomprensión. Se trabajó sobre pequeños objetivos cotidianos, como levantarse a una hora pactada, asearse antes del mediodía, ventilar la vivienda, sentarse a desayunar con calma y realizar un trayecto breve dentro o fuera del domicilio si el estado físico lo permitía. La estructuración de actividades no se planteó como imposición, sino como elemento de sostén para disminuir la pasividad.
Se recomendó a la familia priorizar visitas con significado relacional más que un control exclusivamente instrumental. En lugar de centrar todos los encuentros en tareas domésticas, se propuso reservar tiempos para conversación, revisión de fotografías, preparación conjunta de una comida sencilla o paseo corto acompañado. Con la hija se abordó la importancia de evitar mensajes culpabilizadores y de observar signos de empeoramiento emocional, abandono alimentario o aislamiento más intenso.
Asimismo, se valoró la conveniencia de coordinación con medicina de atención primaria para evaluación clínica completa del estado de ánimo, revisión terapéutica y consideración de otras medidas si la evolución lo requería. También se contempló contacto con trabajo social sanitario para explorar recursos de apoyo domiciliario y participación comunitaria, siempre desde la aceptación de la paciente y respetando su ritmo de adaptación.
Seguimiento evolutivo
Durante las primeras semanas, la evolución fue lenta. M.P. mantenía discurso pesimista y escasa iniciativa, aunque comenzó a anticipar las visitas de Enfermería con mejor disposición. La posibilidad de hablar sobre la ausencia de su marido sin ser interrumpida o minimizada facilitó mayor apertura emocional. En una de las entrevistas reconoció que evitaba salir porque le resultaba doloroso encontrarse sola en lugares a los que antes acudía acompañada. Esta verbalización permitió reinterpretar parte de la inactividad no solo como apatía, sino también como evitación ligada al duelo.
De manera progresiva se observaron cambios modestos pero consistentes. La paciente recuperó el hábito de vestirse por la mañana con mayor regularidad, aceptó abrir ventanas y permanecer un tiempo en el balcón, y comenzó a colaborar en la preparación de comidas sencillas cuando la hija acudía al domicilio. Refirió dormir algo mejor algunas noches al mantener horarios más estables y reducir las siestas prolongadas durante el día. No llegó a retomar por completo sus actividades sociales previas, pero aceptó recibir a una vecina de confianza para tomar café una vez por semana.
En el plano funcional, no se objetivó un deterioro acelerado de las actividades básicas, lo que se consideró un resultado clínicamente favorable dadas las circunstancias. Persistían lentitud, tristeza intermitente y baja motivación, pero con menor grado de retraimiento absoluto. La hija manifestó sentirse más orientada para acompañar sin forzar y menos inclinada a interpretar la pasividad de su madre como simple falta de voluntad.
El seguimiento confirmó la necesidad de sostener una vigilancia clínica continuada. La persistencia de síntomas emocionales, aunque con cierta mejoría, hacía necesario mantener coordinación con el equipo asistencial y revisar periódicamente tanto la situación afectiva como el riesgo de mayor dependencia, malnutrición o descompensación de patologías previas.
Discusión/Conclusiones
Este caso pone de manifiesto la dificultad de delimitar con nitidez lo emocional, lo funcional y lo social en la persona mayor. La depresión no puede abordarse únicamente como un problema del estado de ánimo, del mismo modo que la soledad no debe reducirse a ausencia objetiva de compañía. En M.P., la viudedad, la reorganización fallida de la rutina, la fragilidad y la disminución de la participación cotidiana conformaban un cuadro de vulnerabilidad acumulativa. La intervención enfermera resultó útil precisamente porque no fragmentó el problema en síntomas aislados.
Uno de los aspectos más relevantes fue reconocer que la paciente no demandaba ayuda psicológica de forma explícita. Su malestar aparecía traducido en cansancio, desgana, pérdida de apetito y renuncia a actividades habituales. Esta forma de presentación es frecuente en personas mayores y puede favorecer infradetección si la entrevista se limita a síntomas físicos o a controles de tratamiento. La observación longitudinal, unida a la escucha clínica y a la información aportada por la familia, permitió identificar un problema de mayor profundidad asistencial.
También merece atención la dimensión del duelo. No todo proceso de tristeza tras una pérdida debe interpretarse como trastorno depresivo, pero cuando el sufrimiento se cronifica y afecta al sueño, la alimentación, la autonomía y la relación con el entorno, se impone una valoración profesional más amplia. Enfermería puede desempeñar un papel de contención y seguimiento, ayudando a diferenciar reacciones esperables de signos de complicación clínica, sin sustituir la necesaria valoración interdisciplinar cuando esta sea pertinente.
La evolución observada fue gradual y parcial. En este tipo de situaciones, esperar cambios rápidos o una recuperación lineal suele generar frustración tanto en la familia como en los profesionales. Resulta más ajustado plantear objetivos intermedios: mejorar la vinculación terapéutica, recuperar rutinas básicas, prevenir el deterioro funcional, ampliar mínimamente el contacto social y favorecer la aceptación de apoyos. Estos logros, aunque discretos, pueden modificar de forma significativa la trayectoria de dependencia y sufrimiento.
Desde la práctica enfermera, conviene subrayar varios elementos aplicables a casos similares:
- La valoración debe incluir preguntas directas y respetuosas sobre soledad, sentido de utilidad, pérdidas recientes, deseo de relacionarse y cambios en la vida diaria.
- La funcionalidad y el estado emocional deben analizarse conjuntamente, ya que el descenso de actividad puede ser causa y consecuencia del malestar psíquico.
- La familia necesita orientación para acompañar sin infantilizar, sin discutir la tristeza y sin convertir toda la ayuda en supervisión de tareas.
- La coordinación con medicina y trabajo social amplía las posibilidades de respuesta y evita que el problema quede restringido al ámbito doméstico.
- La continuidad de cuidados es especialmente importante en personas mayores frágiles, porque las fluctuaciones emocionales pueden traducirse con rapidez en deterioro físico y social.
El caso tiene las limitaciones propias de cualquier exposición clínica individual. No pretende representar todas las formas de depresión en la vejez ni establecer un itinerario único de actuación. Tampoco permite desvincular el peso relativo de cada factor implicado, ya que la realidad asistencial suele ser multifactorial y cambiante. Aun así, ilustra con claridad que la soledad no deseada constituye un problema de cuidados con capacidad para agravar la vulnerabilidad, y que su abordaje requiere tiempo, presencia profesional y coordinación.
En síntesis, la atención enfermera a la persona mayor con depresión y soledad debe apoyarse en una valoración integral, en la relación terapéutica y en intervenciones orientadas a sostener la vida cotidiana. Identificar precozmente el retraimiento, la pérdida de sentido y la disminución de autocuidados puede contribuir a prevenir mayor aislamiento y dependencia. La práctica clínica muestra que, incluso cuando la mejoría es lenta, el acompañamiento enfermero continuado puede ofrecer un marco de seguridad y de reconstrucción progresiva del vínculo con uno mismo y con el entorno.
Conflicto de intereses
Los autores declaran no presentar conflictos de intereses relacionados con la elaboración y publicación de este artículo.
Financiación
Este trabajo no ha recibido financiación externa ni apoyo económico específico para su realización.
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