Contención física en salud mental: revisión ética, seguridad y alternativas

Physical restraint in mental health: ethical review, safety and alternatives

Incluido en la revista CADICE. Vol. I . N.º 8 – Agosto 2026

Pág. Inicial: Vol. I; N.º 8:196

Autor principal (primer firmante): Lucía Ortega Ramos

Fecha recepción: 28/06/26

Fecha aceptación: 01/08/26

Fecha de publicación: 09/08/26

Ref.: CADICE. 2026;1(8):196

Autores:
Lucía Ortega Ramos
Sergio Martín Delgado

Categoría: Enfermería

Palabras clave: Salud mental; Contención física; Cuidados de Enfermería; Intervención en crisis; Enfermería basada en la evidencia; Agitación psicomotora; Apoyo psicosocial; Ética clínica; Relaciones enfermera-paciente; Seguridad

Keywords: Mental Health; Physical Restraint; Nursing Care; Crisis Intervention; Evidence-Based Nursing; Psychomotor Agitation; Psychosocial Support; Ethics, Clinical; Nurse-Patient Relations; Safety

Resumen

Introducción: La contención física en el ámbito de la salud mental constituye una medida de alta complejidad clínica, ética y relacional. Aunque puede llegar a emplearse ante situaciones de agitación intensa, riesgo inminente de daño o fracaso de otras estrategias, su uso plantea implicaciones relevantes para la dignidad, la seguridad y la alianza terapéutica. La Enfermería ocupa una posición central en la valoración de la situación, la prevención de escaladas conductuales, la aplicación segura de medidas restrictivas cuando resultan inevitables y la promoción de alternativas menos coercitivas.

Objetivos: Revisar el papel de la contención física en salud mental desde la perspectiva enfermera, analizar sus implicaciones éticas y de seguridad, y describir alternativas asistenciales orientadas a la prevención y al abordaje terapéutico de la agitación psicomotora.

Metodología: Se presenta una revisión teórica de carácter narrativo basada en el análisis conceptual del problema, su relevancia clínica en salud mental y las principales líneas de actuación enfermera descritas de forma general, sin atribuir recomendaciones a documentos concretos no aportados.

Resultados: La contención física debe considerarse una medida excepcional, limitada en el tiempo y subordinada a una valoración clínica individualizada. Su indicación requiere explorar causas potencialmente reversibles de la conducta agitada, evaluar el riesgo inmediato y priorizar estrategias menos restrictivas. Entre los principales aspectos asistenciales destacan la observación continuada, la protección frente a complicaciones físicas y psicológicas, la preservación de la dignidad y la comunicación con la persona y su entorno. Las intervenciones alternativas incluyen de-escalada verbal, abordajes ambientales, apoyo psicosocial, presencia terapéutica y planificación preventiva.

Discusión/Conclusiones: El abordaje enfermero de la contención física no puede reducirse a una maniobra de control conductual. Exige juicio clínico, competencia ética, habilidades relacionales y trabajo interdisciplinar. La reducción del uso de medidas coercitivas se asocia a modelos de cuidados centrados en la persona, formación específica y revisión crítica de la práctica asistencial.

Abstract

Introduction: Physical restraint in mental health care is a highly complex intervention from clinical, ethical and relational perspectives. Although it may be used in situations of severe agitation, imminent risk of harm or failure of other strategies, it raises significant concerns regarding dignity, safety and therapeutic alliance. Nurses play a central role in assessment, prevention of behavioural escalation, safe implementation of restrictive measures when unavoidable and promotion of less coercive alternatives.

Objectives: To review physical restraint in mental health from a nursing perspective, to analyse its ethical and safety implications, and to describe care alternatives aimed at preventing and managing psychomotor agitation.

Methodology: A narrative theoretical review was conducted through conceptual analysis of the topic, its clinical relevance in mental health care and the main nursing approaches described in general terms, without attributing recommendations to specific unprovided guidelines.

Results: Physical restraint should be regarded as an exceptional, time-limited measure based on individual clinical assessment. Its indication requires exploration of potentially reversible causes of agitation, evaluation of immediate risk and prioritisation of less restrictive strategies. Key nursing issues include continuous observation, prevention of physical and psychological complications, preservation of dignity, and communication with the person and relatives when appropriate. Alternative interventions include verbal de-escalation, environmental measures, psychosocial support, therapeutic presence and preventive care planning.

Discussion/Conclusions: Nursing management of physical restraint cannot be reduced to behavioural control. It requires clinical judgement, ethical competence, relational skills and interdisciplinary collaboration. Reducing coercive practices is linked to person-centred care models, specific staff training and critical review of routine practice.

Introducción

La contención física sigue siendo uno de los procedimientos más controvertidos en la atención a personas con trastorno mental o con alteraciones conductuales graves en contextos asistenciales. Su presencia en unidades de hospitalización psiquiátrica, urgencias, dispositivos de corta estancia o entornos sociosanitarios pone de manifiesto una tensión persistente entre dos obligaciones profesionales que a veces entran en conflicto: proteger la seguridad inmediata y respetar la autonomía, la dignidad y los derechos de la persona atendida.

En la práctica clínica, la indicación de una medida restrictiva suele aparecer en escenarios de agitación psicomotora, agresividad, desorganización conductual o grave pérdida de control. Sin embargo, estos fenómenos no constituyen un diagnóstico en sí mismos, sino la expresión final de múltiples procesos posibles: descompensación psicopatológica, delirium, intoxicación o abstinencia, dolor, miedo intenso, traumatización previa, sobreestimulación ambiental, barreras comunicativas o experiencias asistenciales vividas como amenazantes. Por ello, la contención física no puede analizarse solo como una técnica, sino como un punto crítico del proceso de cuidados.

Desde Enfermería, la cuestión adquiere especial relevancia. El personal enfermero suele desempeñar una función decisiva en la detección precoz de signos de escalada, en la relación terapéutica continuada, en la implementación de medidas de desescalada y, cuando no existe otra alternativa segura, en la aplicación, vigilancia y retirada de la contención. Esa posición de proximidad confiere también una responsabilidad ética singular. La forma en que se acompaña a la persona antes, durante y después del episodio puede condicionar no solo la seguridad clínica inmediata, sino la vivencia subjetiva del cuidado, la confianza en el equipo y la disposición posterior a colaborar con el tratamiento.

La literatura profesional ha ido desplazando progresivamente el foco desde la mera indicación de la restricción hacia la prevención de su uso y la reducción de prácticas coercitivas. Este cambio responde a una comprensión más amplia del daño potencial asociado a estas medidas. Junto a posibles lesiones físicas, la contención puede favorecer sentimientos de humillación, indefensión, rabia o retraumatización, especialmente en personas con antecedentes de violencia o experiencias previas de institucionalización coercitiva. También puede generar impacto moral en los profesionales, que a menudo viven estas intervenciones con ambivalencia, desgaste emocional o sensación de fracaso terapéutico.

Por otra parte, la contención física no se produce en un vacío organizativo. El diseño de los espacios, la dotación de personal, la cultura de la unidad, la formación específica, la experiencia del equipo y la disponibilidad de alternativas modulan su frecuencia y su modo de aplicación. Un entorno con elevada sobrecarga, comunicación fragmentada o escasos recursos relacionales puede favorecer respuestas más reactivas y menos preventivas. En sentido inverso, un modelo de cuidados centrado en la persona y orientado a la intervención temprana puede contribuir a reducir situaciones de confrontación.

Revisar este tema desde la perspectiva enfermera permite integrar tres dimensiones inseparables: la seguridad clínica, la ética asistencial y la calidad de la relación terapéutica. Esa integración es especialmente pertinente en salud mental, donde el cuidado no se limita al control del riesgo, sino que implica sostener a la persona en situaciones de gran vulnerabilidad sin convertir la protección en una forma rutinaria de coerción.

Objetivos

Analizar la contención física en salud mental desde una perspectiva enfermera, considerando su significado clínico, sus implicaciones éticas y de seguridad, y las alternativas asistenciales orientadas a minimizar su empleo.

De forma específica, se persigue:

  • Describir los contextos clínicos en los que puede plantearse una medida de contención física.
  • Examinar los riesgos físicos, psicológicos y relacionales asociados a su utilización.
  • Revisar los elementos de valoración enfermera previos, concomitantes y posteriores al procedimiento.
  • Explorar la dimensión ética del uso de medidas restrictivas en personas con sufrimiento psíquico.
  • Identificar estrategias alternativas y preventivas basadas en la relación terapéutica, la intervención en crisis y la adecuación del entorno.
  • Señalar implicaciones para la práctica clínica, la formación y la organización de los cuidados.

Metodología

Se ha desarrollado una revisión teórica de carácter narrativo orientada a sintetizar contenidos clínicos y éticos relevantes para la práctica enfermera en salud mental. El abordaje se centra en el análisis conceptual de la contención física, su uso en situaciones de agitación o crisis conductual, sus riesgos potenciales y las principales alternativas de intervención descritas de forma general en el campo asistencial.

La metodología empleada no pretende establecer una revisión sistemática ni cuantificar resultados de investigación, sino ofrecer una integración razonada y prudente de aspectos útiles para la práctica profesional. Para ello, se han organizado los contenidos en torno a varios ejes: definición y alcance del procedimiento, valoración clínica previa, consideraciones de seguridad, repercusiones éticas, cuidados enfermeros durante el episodio y estrategias orientadas a la prevención y reducción del uso de medidas coercitivas.

Este enfoque permite abordar la complejidad del tema sin presentar la contención física como un procedimiento aislado. Por el contrario, se sitúa dentro de un continuo asistencial en el que intervienen la observación enfermera, la comunicación terapéutica, la gestión del ambiente, la coordinación interdisciplinar y la revisión posterior del episodio. La exposición se formula en términos generales y debe interpretarse como marco de reflexión clínica aplicable de forma individualizada según la situación de la persona, el contexto asistencial y la normativa vigente.

Resultados

Conceptualización clínica de la contención física

La contención física puede entenderse como la limitación mecánica o manual de la movilidad de una persona con el fin de prevenir un daño inmediato para sí misma o para terceros. En salud mental, esta medida suele vincularse a episodios de agitación psicomotora grave, conductas violentas, impulsividad extrema o imposibilidad transitoria de mantener una conducta segura. No obstante, definirla solo por su finalidad protectora resultaría insuficiente. Se trata de una intervención con alto potencial iatrogénico, cuya indicación exige especial prudencia.

Desde la práctica enfermera, conviene diferenciar entre seguridad y control. Asegurar la protección ante un riesgo inminente no equivale a neutralizar cualquier conducta disruptiva ni a responder de forma automática ante la desorganización conductual. La valoración debe contemplar intensidad del riesgo, reversibilidad de los factores desencadenantes, capacidad de respuesta a medidas menos restrictivas y significado subjetivo de la crisis para la persona. En este sentido, la agitación no debe interpretarse exclusivamente como un problema de orden, sino como una manifestación de sufrimiento, amenaza percibida o pérdida de regulación emocional.

Valoración enfermera previa al uso de medidas restrictivas

Antes de considerar una contención física, la valoración enfermera debe orientarse a identificar la causa probable del episodio, el nivel de riesgo y los factores que pueden modular la respuesta. Entre los aspectos relevantes se encuentran el estado de conciencia, la presencia de confusión, la capacidad de comunicación, los signos de consumo de sustancias, el dolor, la privación de sueño, la ansiedad intensa, la vivencia paranoide, la respuesta al entorno y los antecedentes de episodios previos. También resulta útil reconocer señales tempranas de escalada, como inquietud creciente, aumento del tono de voz, hostilidad verbal, hiperreactividad, deambulación constante o dificultad para aceptar límites.

La información aportada por la persona, la familia o el equipo puede ayudar a detectar desencadenantes y estrategias previamente eficaces. Algunas personas responden mejor a una interlocución calmada y breve; otras requieren disminuir estímulos, disponer de espacio, beber agua, contactar con una figura de apoyo o poder expresar el motivo de su malestar antes de alcanzar un punto de mayor desorganización. Esta lectura individualizada es una de las aportaciones más valiosas de la Enfermería de salud mental, ya que permite actuar de forma anticipada y no exclusivamente reactiva.

Asimismo, la valoración debe considerar condiciones físicas que podrían incrementar el riesgo de complicaciones si llegara a aplicarse una medida restrictiva. La fragilidad, determinadas enfermedades médicas, las dificultades respiratorias, el embarazo, la obesidad, la edad avanzada o algunas limitaciones neurológicas pueden requerir una vigilancia particularmente estrecha y reforzar la necesidad de agotar alternativas previas siempre que la seguridad lo permita.

Implicaciones éticas y relacionales

La dimensión ética de la contención física no se limita al momento de su aplicación. Afecta a la manera en que se define el riesgo, a quién se escucha durante la crisis, qué alternativas se han intentado y cómo se preserva la condición de sujeto de la persona atendida. En salud mental, el peligro de reducir al paciente a su conducta más disruptiva es especialmente elevado. Cuando esto ocurre, la intervención puede deslizarse desde la protección proporcional hacia una lógica de control centrada en la obediencia o en la comodidad organizativa.

La práctica enfermera obliga a sostener una doble mirada. Por un lado, debe responder ante un riesgo real e inmediato; por otro, ha de evitar que la urgencia borre el deber de respeto, información y trato digno. Incluso en un episodio de gran agitación, la persona mantiene necesidad de reconocimiento, privacidad razonable, lenguaje no humillante y acompañamiento terapéutico. El modo en que el equipo nombra lo que está ocurriendo, explica la intervención y mantiene la presencia durante el episodio tiene un impacto asistencial tangible.

La contención puede dañar la relación terapéutica si se vive como castigo, imposición arbitraria o respuesta despersonalizada. También puede reforzar sentimientos de desconfianza hacia los profesionales y dificultar el vínculo posterior. Por ello, tras el episodio resulta pertinente abrir un espacio de revisión y elaboración. Escuchar cómo vivió la persona la situación, qué percibió como amenazante y qué podría ayudar en futuras crisis favorece una práctica menos repetitiva y más orientada al aprendizaje clínico.

Riesgos y complicaciones potenciales

Los riesgos de la contención física son diversos y abarcan dimensiones corporales, psíquicas y organizativas. En el plano físico, pueden producirse lesiones cutáneas, dolor, compromiso circulatorio, dificultades respiratorias, inmovilidad prolongada, caídas durante la maniobra o empeoramiento de condiciones médicas preexistentes. Estos riesgos no dependen solo del tipo de dispositivo empleado, sino también de la técnica de aplicación, la postura, la duración de la medida y la calidad de la vigilancia posterior.

En el plano psicológico, la experiencia puede resultar intensamente aversiva. No todas las personas la viven del mismo modo, pero algunas refieren miedo extremo, vergüenza, rabia, sensación de pérdida de humanidad o reactivación de recuerdos traumáticos. Estas reacciones pueden persistir más allá del episodio agudo y condicionar la relación con el sistema sanitario. De ahí que la seguridad no deba entenderse únicamente como ausencia de autolesión o heteroagresión, sino también como prevención del daño emocional evitable.

Existen además riesgos para los profesionales y para la dinámica de la unidad. Una intervención improvisada, mal coordinada o realizada en un clima de tensión puede favorecer lesiones del personal, respuestas defensivas excesivas y normalización de prácticas coercitivas. Cuando la contención se convierte en recurso frecuente, la cultura asistencial puede deteriorarse y orientarse más al control del comportamiento que al cuidado terapéutico.

Cuidados enfermeros durante la contención física

Si, tras la valoración clínica y el intento de medidas menos restrictivas, la contención física resulta necesaria, la intervención enfermera debe orientarse a garantizar la máxima seguridad y el menor daño posible. La actuación requiere coordinación del equipo, delimitación clara de funciones y comunicación continua. La persona debe recibir explicaciones breves, comprensibles y respetuosas sobre lo que está ocurriendo y sobre la finalidad protectora de la medida, siempre que su estado lo permita.

Una vez aplicada la contención, la observación no puede relajarse. La vigilancia enfermera incluye el estado respiratorio, el nivel de conciencia, la circulación distal, la integridad cutánea, la aparición de dolor, signos de agotamiento, incontinencia, malestar intenso y cambios en la conducta o en la capacidad de colaboración. También debe atenderse a necesidades básicas como hidratación, eliminación, higiene, temperatura y confort posicional, evitando que la inmovilización se convierta en abandono relacional.

La comunicación terapéutica mantiene su valor durante todo el procedimiento. Hablar con tono contenido, evitar comentarios descalificadores, informar de cada actuación y ofrecer la posibilidad de recuperar progresivamente el control contribuye a disminuir la vivencia de indefensión. Del mismo modo, la retirada de la medida debe plantearse tan pronto como la situación clínica lo haga posible, de forma escalonada si procede y con reevaluación constante del riesgo.

Registro, continuidad y revisión del episodio

La documentación enfermera del episodio forma parte de la seguridad asistencial y de la calidad de los cuidados. El registro debe recoger, de manera clara, la situación que motivó la intervención, las medidas previas intentadas, la respuesta de la persona, la evolución durante la contención y los cuidados proporcionados. Un registro preciso no tiene solo valor legal u organizativo; también permite análisis posteriores orientados a detectar patrones, desencadenantes repetidos y oportunidades de prevención.

Tras la resolución de la crisis, resulta recomendable revisar el episodio con la persona cuando exista capacidad para ello. Esta conversación puede favorecer comprensión mutua, reparación del vínculo y elaboración de estrategias preventivas individualizadas. En algunos casos, también es pertinente implicar a la familia o allegados si forman parte del plan de cuidados y si la persona lo consiente. La continuidad asistencial se beneficia cuando el equipo incorpora lo aprendido al plan terapéutico: señales tempranas, preferencias de abordaje, factores precipitantes y formas de apoyo percibidas como útiles.

Alternativas y estrategias de reducción

La alternativa más relevante a la contención física no es una única técnica, sino una forma distinta de organizar el cuidado. La prevención comienza con una observación clínica sensible a cambios de conducta y con la disponibilidad de intervenciones precoces. La de-escalada verbal ocupa un lugar preferente: aproximación no amenazante, escucha activa, validación emocional sin reforzar ideas delirantes, mensajes breves, límites claros y oferta de opciones concretas. Estas habilidades requieren entrenamiento y tiempo asistencial efectivo.

El entorno también puede convertirse en una herramienta terapéutica. Reducir estímulos, evitar la presencia innecesaria de múltiples profesionales, ofrecer un espacio más tranquilo, modular el tono de la interacción y minimizar desencadenantes conocidos puede disminuir la intensidad de la crisis. En determinadas situaciones, la simple permanencia cercana de un profesional de referencia, sin confrontación y con actitud contenida, facilita la recuperación del autocontrol.

El apoyo psicosocial y la planificación anticipada son igualmente relevantes. Identificar con la persona, en fases de estabilidad, qué situaciones aumentan su malestar y qué respuestas le ayudan puede traducirse en planes individualizados para futuras crisis. Este enfoque fortalece la autonomía y desplaza el cuidado desde la reacción coercitiva hacia la prevención compartida. La participación del equipo interdisciplinar y la coherencia en los mensajes terapéuticos resultan esenciales para que estas medidas sean sostenibles.

Finalmente, la reducción del uso de contención física depende también de factores institucionales. La formación continuada en intervención en crisis, la supervisión de casos complejos, la revisión periódica de incidentes y una cultura organizativa no punitiva pueden favorecer prácticas más reflexivas. Cuando el equipo dispone de recursos relacionales, apoyo mutuo y espacios de análisis, es más probable que la contención deje de ser una respuesta automática.

Discusión/Conclusiones

La contención física en salud mental representa una de las intervenciones más exigentes para la práctica enfermera porque obliga a actuar en la frontera entre protección y coerción. Esa complejidad no puede resolverse mediante una visión simplificadora del riesgo ni mediante la asunción de que toda conducta agitada justifica por sí misma una restricción. El problema central no es solo cuándo se aplica la medida, sino qué lectura clínica y ética la precede, cómo se ejecuta y qué consecuencias deja en la persona y en el equipo.

Desde una perspectiva asistencial, la principal aportación de la Enfermería no se limita a participar en la maniobra física, sino a intervenir antes de que esta se vuelva necesaria. La observación continuada, la capacidad para detectar cambios sutiles, la relación terapéutica de proximidad y el conocimiento individual de la persona sitúan al personal enfermero en una posición privilegiada para prevenir la escalada. Cuando esta prevención fracasa o resulta insuficiente, la calidad del cuidado se expresa en la proporcionalidad de la respuesta, en la vigilancia estrecha y en la preservación del trato digno.

La dimensión ética atraviesa toda la secuencia asistencial. Aplicar una contención sin humillar, sin cosificar y sin desatender el sufrimiento subjetivo constituye una obligación profesional, aunque no elimine el carácter gravoso de la medida. En este sentido, una práctica verdaderamente segura no es la que solo evita lesiones inmediatas, sino la que intenta reducir el daño global, incluyendo el impacto emocional y relacional. La conversación posterior al episodio y la revisión crítica del caso son componentes del cuidado, no añadidos opcionales.

También debe subrayarse que la frecuencia de estas medidas no depende exclusivamente de la clínica del paciente. La organización de la unidad, el liderazgo enfermero, la formación específica, la estabilidad del equipo y la orientación del modelo asistencial influyen de forma importante. Allí donde predominan la saturación, la fragmentación comunicativa y la escasez de recursos relacionales, es más probable que aumenten las respuestas coercitivas. Por el contrario, los entornos que favorecen el abordaje temprano, la reflexión clínica y la personalización del cuidado pueden contribuir a disminuir su uso.

Las alternativas a la contención física no deben entenderse como un repertorio accesorio, sino como parte del núcleo competencial de la Enfermería de salud mental. La de-escalada verbal, la gestión terapéutica del ambiente, el apoyo psicosocial y la planificación preventiva ofrecen vías para sostener la crisis sin reducir a la persona a un problema de control conductual. Su efectividad práctica depende de que se integren de manera coherente en la cultura del equipo y no solo como recomendaciones teóricas.

En conjunto, la revisión permite sostener que la contención física, cuando llega a plantearse, debe permanecer en el marco de la excepcionalidad, con indicación individualizada, vigilancia intensiva y retirada precoz. La práctica enfermera tiene un papel determinante tanto en la seguridad del procedimiento como en la transformación del modelo asistencial hacia cuidados menos coercitivos, más relacionales y más respetuosos con la dignidad de la persona con sufrimiento mental.

Conflicto de intereses

Los autores comunican que no tienen conflictos de intereses vinculados al desarrollo o publicación de este artículo.

Financiación

Los autores declaran que este artículo no ha contado con financiación externa.

Bibliografía

  1. Chong Y, Wang C, Min H, Zhang L, Zhi T, Wu X, et al.. Physical Restraint Experience of Patients with Mental Disorders in Mainland China: A Qualitative Study.. J Multidiscip Healthc. 2024;17:431-444. doi: https://doi.org/10.2147/JMDH.S438269
  2. Morisset J. [Reclusion and physical restraint in psychiatry: Influencing factors and alternatives.].. Rech Soins Infirm. 2018;(132):78-90. doi: https://doi.org/10.3917/rsi.132.0078
  3. Manzano-Bort Y, Mir-Abellán R, Via-Clavero G, Llopis-Cañameras J, Escuté-Amat M, Falcó-Pegueroles A. Experience of mental health nurses regarding mechanical restraint in patients with psychomotor agitation: A qualitative study.. J Clin Nurs. 2022;31(15-16):2142-2153. doi: https://doi.org/10.1111/jocn.16027
  4. Taxis JC. Ethics and praxis: alternative strategies to physical restraint and seclusion in a psychiatric setting.. Issues Ment Health Nurs. 2002;23(2):157-70. doi: https://doi.org/10.1080/016128402753542785
  5. Salehi Z, Joolaee S, Hajibabaee F, Ghezeljeh TN. The challenges of using physical restraint in intensive care units in Iran: A qualitative study.. J Intensive Care Soc. 2021;22(1):34-40. doi: https://doi.org/10.1177/1751143719892785
  6. Richmond I, Trujillo D, Schmelzer J, Phillips S, Davis D. Least restrictive alternatives: do they really work?. J Nurs Care Qual. 1996;11(1):29-37. doi: https://doi.org/10.1097/00001786-199610000-00010
  7. Eladi J, Sanga S, Ambikile JS. Patients' experiences and perceptions of physical restraint in psychiatric care: A descriptive qualitative study at Muhimbili National Hospital.. PLOS Ment Health. 2026;3(5):e0000608. doi: https://doi.org/10.1371/journal.pmen.0000608
  8. Anastasi G, Latina R, Longobucco Y, Stievano A, Bambi S. Mental Health Nurses' Perceived Appropriateness of Coercive Measures and Security Technologies in Psychiatric Settings: A National Cross-Sectional Study.. J Nurs Scholarsh. 2026;58(3):e70097. doi: https://doi.org/10.1111/jnu.70097
  9. Liukkonen A, Laitinen P. Reasons for uses of physical restraint and alternatives to them in geriatric nursing: a questionnaire study among nursing staff.. J Adv Nurs. 1994;19(6):1082-7. doi: https://doi.org/10.1111/j.1365-2648.1994.tb01191.x
  10. Chien WT. The use of physical restraints to psychogeriatric patients in Hong Kong.. Issues Ment Health Nurs. 1999;20(6):571-86. doi: https://doi.org/10.1080/016128499248376
Scroll al inicio