Nursing care in hip fracture from emergency care to hospitalization
Incluido en la revista CADICE. Vol. I . N.º 7 – Julio 2026
Pág. Inicial: Vol. I; N.º 7:37
Autor principal (primer firmante): Marina Solís Navarro
Fecha recepción: 27/05/26
Fecha aceptación: 04/07/26
Fecha de publicación: 08/07/26
Ref.: CADICE. 2026;1(7):37
Autores:
Marina Solís Navarro
Andrés Fernández Rivas
Categoría: Enfermería
Palabras clave: Atención inicial; Dolor; Fractura de cadera; Movilidad; Enfermería de urgencias; Triaje; Servicio de urgencias; Cuidados de Enfermería; Proceso de Enfermería; Caídas
Keywords: Initial Care; Pain; Hip Fractures; Mobility Limitation; Emergency Nursing; Triage; Emergency Service, Hospital; Nursing Care; Nursing Process; Accidental Falls
Resumen
Introducción: La fractura de cadera constituye un proceso asistencial de alta complejidad para Enfermería, especialmente en personas mayores con fragilidad, comorbilidad y riesgo de deterioro funcional. El periodo comprendido entre la llegada a urgencias y la hospitalización requiere una atención continuada orientada al alivio del dolor, la seguridad del paciente, la prevención de complicaciones y la preparación para la recuperación posterior.
Objetivos: Describir el abordaje enfermero de una persona con fractura de cadera desde el triaje hasta la unidad de hospitalización, integrando valoración inicial, identificación de problemas de cuidados, planificación de intervenciones y seguimiento evolutivo.
Metodología: Se expone una situación clínica del ámbito hospitalario estructurada mediante el proceso de Enfermería. El análisis se organiza desde la atención inicial en urgencias, el control sintomático, la vigilancia clínica, los cuidados derivados de la inmovilidad y la continuidad asistencial durante el ingreso.
Resultados: La valoración enfermera permitió priorizar dolor agudo, deterioro de la movilidad física, riesgo de confusión aguda, riesgo de deterioro de la integridad cutánea, estreñimiento y ansiedad situacional. La actuación incluyó triaje, monitorización, posicionamiento cuidadoso, medidas de confort, colaboración en pruebas y tratamiento, prevención de caídas y lesiones por presión, apoyo emocional, educación a la familia y preparación para la movilización progresiva. La evolución fue favorable, con mejor control del dolor, estabilidad clínica y continuidad de cuidados durante la hospitalización.
Discusión/Conclusiones: La atención enfermera en la fractura de cadera debe entenderse como un proceso longitudinal y no como una sucesión de tareas aisladas. La detección precoz de necesidades, la vigilancia de complicaciones asociadas a la inmovilidad y la coordinación entre niveles asistenciales pueden contribuir a una atención más segura y centrada en la funcionalidad de la persona.
Abstract
Introduction: Hip fracture represents a complex care process for nurses, particularly in older adults with frailty, comorbidity, and functional vulnerability. The period from emergency admission to inpatient care requires continuous nursing attention focused on pain relief, patient safety, complication prevention, and preparation for recovery.
Objectives: To describe the nursing management of a person with hip fracture from triage to hospitalization, integrating initial assessment, identification of care problems, care planning, and clinical follow-up.
Methodology: A hospital-based clinical situation is presented and organized through the nursing process. The analysis includes emergency assessment, symptom control, clinical surveillance, immobility-related care, and continuity of care during admission.
Results: Nursing assessment allowed prioritization of acute pain, impaired physical mobility, risk for acute confusion, risk for impaired skin integrity, constipation, and situational anxiety. Nursing actions included triage, monitoring, careful positioning, comfort measures, collaboration in diagnostic and therapeutic procedures, prevention of falls and pressure injuries, emotional support, family guidance, and preparation for progressive mobilization. The clinical course was favorable, with improved pain control, stable condition, and consistent continuity of care during hospitalization.
Discussion/Conclusions: Nursing care in hip fracture should be understood as a longitudinal process rather than a set of isolated tasks. Early identification of needs, surveillance of immobility-related complications, and coordination across care settings may contribute to safer care and better preservation of function.
Introducción
La fractura de cadera es uno de los motivos de ingreso traumatológico con mayor repercusión funcional en la persona adulta mayor. No se trata únicamente de una lesión ósea. Suele aparecer en un contexto de fragilidad, pluripatología, polimedicación, dolor intenso, miedo a moverse y pérdida brusca de autonomía. Desde la llegada al servicio de urgencias, el paciente puede presentar limitación severa para los cambios posturales, dificultad para colaborar en las exploraciones, riesgo de complicaciones derivadas de la inmovilidad y elevada necesidad de apoyo emocional.
En este escenario, la atención enfermera ocupa una posición central. La enfermera participa en el triaje, la identificación inicial de signos de alarma, el control del dolor, la vigilancia de la respuesta clínica, la prevención de lesiones secundarias y la continuidad de cuidados en el tránsito hacia hospitalización. Además, en un número importante de casos, la fractura de cadera se produce tras una caída, lo que obliga a valorar no solo la lesión principal, sino también el estado basal previo, las circunstancias del evento, el riesgo de nuevas caídas y la situación cognitiva y social.
El abordaje requiere una mirada amplia. El paciente con fractura de cadera puede evolucionar con retención urinaria, estreñimiento, deshidratación, alteraciones del sueño, desorientación, intolerancia a la actividad, deterioro cutáneo o dependencia para las actividades básicas de la vida diaria. Por ello, la atención no debe limitarse a la preparación prequirúrgica o al control del dolor, sino incorporar medidas de confort, seguridad, apoyo a la familia y preservación de la funcionalidad en la medida que el estado clínico lo permita.
La transición entre urgencias y hospitalización es especialmente sensible. Las demoras, los traslados, las pruebas diagnósticas y la espera quirúrgica pueden aumentar la incomodidad y el riesgo de complicaciones. Una planificación enfermera ordenada, con prioridades claras y reevaluación frecuente, favorece la detección precoz de cambios clínicos y permite adaptar los cuidados a la evolución del paciente.
El interés de presentar este abordaje reside en su utilidad práctica. La fractura de cadera obliga a integrar conocimientos de Enfermería de urgencias, cuidados traumatológicos, prevención de eventos adversos y acompañamiento a personas mayores en situación de vulnerabilidad. Analizar este proceso desde el marco enfermero ayuda a visibilizar la continuidad de cuidados y la aportación específica de la profesión en resultados clínicos y funcionales.
Objetivos
Describir el proceso de atención enfermera en una persona con fractura de cadera desde su ingreso por urgencias hasta la estancia en hospitalización, poniendo el foco en la valoración integral, la priorización de problemas de cuidados y la prevención de complicaciones asociadas.
Como objetivos específicos se plantean los siguientes:
- Identificar los elementos prioritarios de valoración en el triaje y en la primera atención enfermera.
- Analizar los principales problemas de cuidados asociados al dolor, la inmovilidad, la fragilidad y el riesgo de complicaciones durante el ingreso.
- Describir intervenciones enfermeras orientadas a la seguridad del paciente, el confort, la movilidad protegida y la continuidad asistencial.
- Reflexionar sobre el papel de la enfermera en la coordinación con el equipo interdisciplinar y en el acompañamiento de la persona y su familia.
Metodología
Se desarrolla una situación clínica del ámbito hospitalario estructurada mediante el proceso de Enfermería. La exposición se organiza de forma secuencial, desde la llegada al servicio de urgencias hasta el ingreso en la unidad de hospitalización, con especial atención a la valoración enfermera, la identificación de necesidades, la planificación de cuidados y la evolución inicial.
La situación presentada corresponde a una mujer de 84 años, identificada como M.R., trasladada a urgencias tras una caída en domicilio. Como antecedentes de interés refería hipertensión arterial, artrosis y deambulación habitual con ayuda técnica para trayectos largos. Vivía con una hija, mantenía cierto grado de autonomía para actividades básicas y no constaban alteraciones cognitivas previas relevantes según la información aportada por la familia. Tras la caída presentó dolor intenso en la cadera derecha e incapacidad para incorporarse.
La metodología se apoya en la valoración por patrones funcionales y en la priorización clínica habitual en urgencias: estabilidad hemodinámica, intensidad del dolor, limitación de la movilidad, riesgo de complicaciones y necesidades emocionales. La descripción integra problemas de cuidados formulados con lenguaje enfermero estandarizado cuando resultan reconocibles en la práctica clínica, sin convertir el caso en una enumeración taxonómica. El interés principal radica en mostrar la continuidad del cuidado, más que en una clasificación exhaustiva.
En la fase de resultados se describen el motivo de consulta, la exploración enfermera, los problemas detectados, la planificación de intervenciones y la evolución durante las primeras horas y el ingreso inicial. El abordaje se mantiene en un plano prudente y clínicamente aplicable, sin plantearlo como protocolo cerrado, ya que las decisiones deben adaptarse a la situación de cada paciente, a la disponibilidad de recursos y a los procedimientos vigentes en cada centro.
Resultados
Atención inicial en urgencias y priorización asistencial
A su llegada a urgencias, M.R. se encontraba consciente, muy limitada por el dolor y con importante temor al movimiento. En el triaje se identificó una situación urgente no demorable por la combinación de traumatismo, dolor severo, incapacidad para la marcha y vulnerabilidad asociada a la edad. La primera actuación enfermera se orientó a preservar la seguridad física, evitar movilizaciones innecesarias y facilitar una valoración rápida por el equipo asistencial.
Durante la acogida se confirmó el mecanismo lesional, el momento aproximado de la caída, la ausencia de golpe craneal referido por la familia y la toma habitual de medicación. La paciente verbalizaba dolor intenso localizado en cadera y región inguinal derecha, con aumento marcado ante cualquier intento de movilización. Se observó actitud antálgica y dependencia completa para el traslado en camilla. En esta fase, la enfermera mantuvo una comunicación breve y tranquilizadora, explicando cada maniobra antes de realizarla para disminuir el miedo y favorecer la colaboración.
La valoración inicial permitió considerar como prioridades el dolor agudo, el deterioro de la movilidad física y el riesgo de nuevas lesiones durante la movilización. También se tuvo en cuenta el riesgo de confusión aguda, frecuente en personas mayores sometidas a dolor intenso, cambios ambientales, privación de sueño o ayuno prolongado.
Valoración enfermera integral
Desde el patrón percepción-manejo de la salud, la paciente mostraba comprensión parcial de la situación y dependencia de la hija para aportar información complementaria. En el patrón nutricional-metabólico se identificó ayuno desde el ingreso y necesidad de vigilar hidratación, tolerancia posterior y estado de la piel. En el patrón eliminación no refería alteraciones previas significativas, aunque la inmovilidad y la analgesia hacían previsible riesgo de estreñimiento y posible dificultad miccional.
El patrón actividad-ejercicio fue el más afectado. M.R. no podía cambiar de postura de forma autónoma, no toleraba la sedestación y precisaba ayuda completa para cualquier desplazamiento. El dolor condicionaba además respiraciones superficiales ocasionales durante los picos de molestia, lo que obligaba a vigilar confort y expansión torácica, sobre todo en periodos prolongados de encamamiento. En relación con el sueño-descanso, la paciente refería cansancio y ansiedad por la incertidumbre sobre el tratamiento.
En el patrón cognitivo-perceptivo destacaba dolor persistente, atención fluctuante en momentos de mayor sufrimiento y necesidad de reevaluación frecuente. No presentaba inicialmente desorientación franca. En el patrón afrontamiento-tolerancia al estrés se apreciaba ansiedad situacional, verbalizaciones de temor a no volver a caminar y dependencia emocional de la hija durante las primeras horas. Desde el patrón rol-relaciones, la familia se mostraba colaboradora y disponible para participar en la información y en el acompañamiento.
Problemas de cuidados identificados
La síntesis valorativa permitió priorizar varios problemas de cuidados. El primero fue el dolor agudo relacionado con la lesión traumática y exacerbado por el movimiento. En segundo lugar, el deterioro de la movilidad física con dependencia para el traslado, los cambios posturales y el autocuidado inmediato. Se identificó además riesgo de deterioro de la integridad cutánea asociado a inmovilidad, edad avanzada y permanencia en superficie de apoyo durante periodos prolongados.
Se consideró también riesgo de confusión aguda por edad, dolor, entorno desconocido, posible privación de sueño y procedimientos diagnósticos. A ello se sumaron estreñimiento probable por inmovilización, ansiedad situacional relacionada con la hospitalización y riesgo de caídas ante futuros intentos de movilización no supervisada. Aunque no todos estos problemas se manifiestan con la misma intensidad en las primeras horas, su identificación temprana facilitó una planificación preventiva.
Intervenciones enfermeras en urgencias
El control del dolor fue una línea prioritaria. La enfermera realizó valoración sistemática de la intensidad del dolor, localización, factores que lo agravaban y respuesta a las medidas instauradas. Se colaboró en la administración del tratamiento prescrito y se complementó con medidas no farmacológicas: alineación corporal cuidadosa, limitación de maniobras innecesarias, ambiente más tranquilo, explicación de procedimientos y apoyo verbal durante los traslados para pruebas.
La movilización se realizó siempre con ayuda suficiente y técnica protectora, evitando tracciones o giros bruscos. La colocación en camilla buscó minimizar el dolor y reducir puntos de presión. En la práctica, estos pequeños ajustes tienen un efecto relevante en el confort del paciente y en la prevención de eventos adversos derivados de movilizaciones improvisadas.
La enfermera colaboró en la preparación para pruebas diagnósticas y en la canalización de acceso venoso, manteniendo vigilancia de la respuesta clínica general. También verificó la situación de ayuno cuando fue preciso, la correcta identificación de la paciente y la transmisión de información relevante en cada cambio de ubicación dentro del circuito de urgencias.
Otro aspecto importante fue la prevención del deterioro cognitivo durante la estancia. Se procuró mantener orientaciones simples sobre lugar, motivo de ingreso y pasos previsibles de atención. La presencia de la hija se utilizó como apoyo para reducir ansiedad y favorecer la reorientación. Asimismo, se vigilaron cambios en el nivel de atención, inquietud no habitual o dificultad creciente para seguir instrucciones, signos que podían anticipar descompensación clínica o síndrome confusional.
Transición a hospitalización y continuidad de cuidados
Una vez confirmada la fractura de cadera y decidida la necesidad de ingreso, la preparación del traslado a la unidad de hospitalización exigió una comunicación estructurada. La información transmitida incluyó intensidad y evolución del dolor, grado de dependencia para la movilización, presencia de ansiedad, estado cutáneo observable, acceso venoso, tolerancia a las medidas aplicadas y necesidad de vigilancia por riesgo de confusión y caídas.
En el ingreso en planta, la valoración enfermera se amplió con el objetivo de adaptar el plan de cuidados a una estancia más prolongada. Se revisó el estado basal funcional, la presencia de ayudas técnicas en domicilio, el apoyo familiar, la continencia habitual y la capacidad previa para actividades básicas. Esta información resultó útil para anticipar necesidades durante la recuperación y para orientar de forma realista las expectativas de la paciente y de su familia.
El dolor seguía siendo el principal factor limitante, aunque ya con mejor respuesta a las medidas instauradas. La paciente aceptaba mejor los cambios posturales si se realizaban de manera coordinada y tras explicación previa. El reposicionamiento periódico, el cuidado de prominencias óseas, la vigilancia de la piel y la comprobación del confort tras cada movilización pasaron a formar parte de la rutina de cuidados.
Cuidados durante la hospitalización inicial
Durante las primeras horas de ingreso, el plan de cuidados se centró en seis líneas asistenciales. La primera fue mantener un control adecuado del dolor, combinando observación clínica, registro evolutivo y coordinación con el equipo médico para ajustar la respuesta terapéutica según la situación de la paciente. La segunda consistió en prevenir complicaciones de la inmovilidad mediante cambios posturales, protección cutánea, ejercicios respiratorios sencillos si la tolerancia lo permitía y vigilancia del confort en reposo.
La tercera línea fue la prevención de caídas y lesiones accidentales. Se explicaron a paciente y familia las limitaciones de movilidad y la necesidad de solicitar ayuda antes de cualquier intento de incorporarse. Se mantuvo el entorno ordenado, los dispositivos de llamada accesibles y una supervisión adaptada al riesgo. La cuarta se dirigió a la eliminación, con observación del patrón miccional y del tránsito intestinal, promoviendo medidas que favorecieran la regularidad dentro de las limitaciones del ingreso.
La quinta se centró en la esfera emocional y cognitiva. M.R. alternaba momentos de calma con episodios de preocupación por la intervención y por la posibilidad de perder autonomía. La enfermera utilizó escucha activa, información comprensible y mensajes ajustados a la situación clínica, evitando tanto la banalización como el exceso de información técnica. El acompañamiento familiar, cuando fue posible, tuvo un papel modulador del miedo y facilitó la colaboración de la paciente.
La sexta línea fue la preparación para la movilización progresiva y la coordinación con otros profesionales. Aunque la capacidad funcional estaba gravemente limitada por la fractura, el planteamiento enfermero no se restringió al reposo. La observación de la tolerancia a pequeños cambios posturales, la protección durante transferencias y la planificación anticipada de necesidades de ayuda fueron esenciales para una recuperación posterior más segura.
Evolución clínica de la situación presentada
Durante el periodo descrito, la paciente permaneció hemodinámicamente estable y no mostró signos manifiestos de deterioro neurológico agudo. El dolor, inicialmente muy intenso, disminuyó de forma progresiva hasta hacerse más tolerable en reposo, aunque persistía ante la movilización. No se observaron lesiones cutáneas iniciales, pero el riesgo seguía presente por la combinación de edad e inmovilidad. La hija comprendió las indicaciones principales y colaboró de forma adecuada en el acompañamiento.
La continuidad entre urgencias y hospitalización permitió que problemas previsibles, como el estreñimiento, la desorientación transitoria o el deterioro cutáneo, se abordaran desde una perspectiva preventiva. La evolución inmediata fue, por tanto, favorable en términos de confort, estabilidad clínica y organización de los cuidados. Aun así, la situación seguía requiriendo vigilancia estrecha, especialmente por el potencial impacto funcional de la fractura y por la vulnerabilidad inherente al perfil de la paciente.
Discusión/Conclusiones
La fractura de cadera obliga a Enfermería a trabajar en una doble dimensión. Por un lado, debe dar respuesta a necesidades inmediatas y visibles, como el dolor, la inmovilidad o el temor ante el ingreso. Por otro, ha de anticiparse a complicaciones menos evidentes al inicio, pero frecuentes durante la evolución: deterioro cutáneo, estreñimiento, desorientación, dependencia creciente o pérdida de capacidad funcional. Este carácter anticipatorio distingue un cuidado meramente reactivo de un cuidado verdaderamente integral.
El caso presentado muestra que la atención desde urgencias no puede considerarse una fase aislada del proceso. El triaje, la valoración inicial, la forma de movilizar al paciente, la calidad de la comunicación y la transmisión de información al ingreso condicionan en gran medida la experiencia posterior de hospitalización. Una atención precoz orientada al confort y a la seguridad puede reducir sufrimiento evitable y facilitar la adaptación del paciente a un episodio asistencial que suele vivirse con miedo e incertidumbre.
Otro elemento de interés es la necesidad de incorporar la valoración funcional y cognitiva desde el inicio. En personas mayores, la fractura de cadera no solo interrumpe la marcha, sino que puede precipitar un deterioro global si no se preservan al máximo el descanso, la orientación, la integridad cutánea y la participación en los cuidados. La enfermera, por su contacto continuado con el paciente, se encuentra en una posición privilegiada para detectar cambios sutiles y activar respuestas tempranas.
La familia también adquiere relevancia. Su presencia puede aportar datos sobre el estado basal, reducir ansiedad y favorecer la continuidad de los cuidados tras el alta. No obstante, esta participación debe canalizarse con información comprensible y con límites claros sobre seguridad, movilización y prevención de caídas. El acompañamiento familiar útil no es espontáneo; suele requerir orientación enfermera.
Desde el punto de vista organizativo, la fractura de cadera ejemplifica la importancia de la coordinación entre ámbitos asistenciales. Urgencias, hospitalización, traumatología, rehabilitación y trabajo social pueden intervenir en distintos momentos del proceso. La Enfermería actúa como hilo conductor, garantizando que la información clínica y funcional no se fragmente y que las necesidades de la persona permanezcan visibles más allá del diagnóstico traumático.
En suma, los cuidados de Enfermería en la fractura de cadera deben entenderse como una secuencia continua de valoración, prevención y acompañamiento. El control del dolor, la movilización segura, la vigilancia de complicaciones, la protección de la funcionalidad y la comunicación con la familia constituyen ejes de una práctica asistencial que puede influir de forma directa en la seguridad y en la recuperación posterior. Más que una lesión aislada, la fractura de cadera representa un episodio de alta vulnerabilidad que exige cuidados técnicamente solventes y clínicamente atentos a la persona en su conjunto.
Conflicto de intereses
Los autores declaran no presentar conflictos de intereses relacionados con la elaboración y publicación de este artículo.
Financiación
Este trabajo no ha recibido financiación externa ni apoyo económico específico para su realización.
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