Cuidados enfermeros en la prevención de lesiones por presión durante el ingreso

Nursing care in the prevention of pressure injuries during hospitalization

Incluido en la revista CADICE. Vol. I . N.º 8 – Agosto 2026

Pág. Inicial: Vol. I; N.º 8:299

Autor principal (primer firmante): Miriam Castillo Ruiz

Fecha recepción: 25/07/26

Fecha aceptación: 24/08/26

Fecha de publicación: 29/08/26

Ref.: CADICE. 2026;1(8):299

Autores:
Miriam Castillo Ruiz
Guillermo Pérez Navarro
Nadia Torres Aguilera

Categoría: Enfermería

Palabras clave: Escalas de valoración; Hospitalización; Atención hospitalaria; Planificación de la atención al paciente; Lesión por presión; Cuidados de Enfermería; Seguridad del paciente; Prevención; Enfermería basada en la evidencia; Cambio de posición

Keywords: Risk Assessment; Hospitalization; Hospital Care; Patient Care Planning; Pressure Ulcer; Nursing Care; Patient Safety; Prevention; Evidence-Based Nursing; Patient Positioning

Resumen

Introducción: Las lesiones por presión continúan siendo un problema relevante durante la hospitalización por su relación con la inmovilidad, la dependencia funcional, la fragilidad clínica y la complejidad de los cuidados. Su aparición puede asociarse a dolor, deterioro de la integridad cutánea, aumento de la carga asistencial y riesgo para la seguridad del paciente. La Enfermería ocupa una posición central en su prevención mediante la valoración continuada del riesgo, la planificación individualizada de cuidados y la vigilancia de la piel y de los factores que comprometen la tolerancia tisular.

Objetivos: Analizar el papel de los cuidados enfermeros en la prevención de las lesiones por presión durante el ingreso hospitalario, describiendo los principales factores implicados, los componentes de la valoración clínica y las intervenciones preventivas que pueden incorporarse a la práctica asistencial.

Metodología: Se presenta una revisión teórica de carácter narrativo, orientada a la práctica enfermera hospitalaria. Se abordan de forma integrada los elementos conceptuales, clínicos y organizativos más vinculados a la prevención de lesiones por presión, con especial atención a la identificación del riesgo, la movilización, el cuidado cutáneo, el soporte nutricional, el uso prudente de superficies de manejo de la presión y la continuidad del plan de cuidados.

Resultados: La prevención eficaz requiere una valoración inicial precoz y reevaluaciones periódicas, especialmente ante cambios del estado clínico. Entre los elementos más relevantes destacan la inmovilidad, la humedad, la fricción y el cizallamiento, la alteración de la perfusión, el estado nutricional y el nivel de conciencia. Las intervenciones enfermeras más consistentes incluyen la inspección sistemática de la piel, el cambio de posición adaptado a la tolerancia de la persona, la protección de prominencias óseas, el control de la humedad, la adecuación del soporte de la superficie de descanso, la educación a paciente y familia cuando procede y el registro estructurado de los cuidados.

Discusión/Conclusiones: La prevención de lesiones por presión no depende de una medida aislada, sino de una estrategia de cuidados planificada, individualizada y sostenida en el tiempo. El juicio clínico enfermero resulta determinante para ajustar las intervenciones al riesgo real, a la situación funcional y a la respuesta del paciente. Su abordaje debe integrarse en la seguridad del paciente y en la calidad asistencial, favoreciendo una atención hospitalaria más segura, continuada y centrada en la persona.

Abstract

Introduction: Pressure ulcers remain a relevant concern during hospitalization because of their relationship with immobility, functional dependence, clinical frailty and care complexity. Their development may be associated with pain, impaired skin integrity, increased workload and patient safety risks. Nursing plays a central role in prevention through ongoing risk assessment, individualized care planning, and surveillance of the skin and factors affecting tissue tolerance.

Objectives: To analyse the role of nursing care in preventing pressure ulcers during hospital admission, describing the main related factors, the components of clinical assessment and the preventive interventions that may be incorporated into hospital practice.

Methodology: A narrative theoretical review focused on hospital nursing practice is presented. Conceptual, clinical and organizational aspects related to pressure ulcer prevention are addressed, with particular attention to risk identification, mobilization, skin care, nutritional support, prudent use of pressure management surfaces and continuity of care planning.

Results: Effective prevention requires early initial assessment and periodic reassessment, especially when the clinical condition changes. The most relevant factors include immobility, moisture, friction and shear, impaired perfusion, nutritional status and level of consciousness. The most consistent nursing interventions include systematic skin inspection, repositioning adapted to patient tolerance, protection of bony prominences, moisture control, appropriate support surfaces, education for patients and relatives when applicable, and structured documentation of care.

Discussion/Conclusions: Pressure ulcer prevention does not rely on a single measure but on a planned, individualized and sustained care strategy. Nursing clinical judgement is essential to adapt interventions to actual risk, functional status and patient response. This approach should be integrated into patient safety and quality of care, promoting safer, continuous and person-centred hospital care.

Introducción

La prevención de las lesiones por presión constituye una línea prioritaria de cuidados durante el ingreso hospitalario. Estas lesiones aparecen como consecuencia de una combinación de presión mantenida o intensa, a menudo asociada a fuerzas de cizallamiento, sobre tejidos con tolerancia disminuida. En el entorno hospitalario confluyen con frecuencia inmovilidad, enfermedad aguda, deterioro funcional, dispositivos terapéuticos, alteración del estado nutricional y cambios hemodinámicos, circunstancias que incrementan la vulnerabilidad cutánea y tisular.

Desde la perspectiva enfermera, la lesión por presión no debe considerarse únicamente un problema cutáneo. Se trata de un evento ligado al conjunto de necesidades de cuidado de la persona hospitalizada, a su capacidad para movilizarse, a la continencia, al nivel de consciencia, a la perfusión tisular y al apoyo requerido para mantener la integridad de la piel. Su prevención exige una valoración clínica continuada, una planificación de cuidados realista y la coordinación entre profesionales y turnos asistenciales.

La relevancia sanitaria de este problema se relaciona con su impacto sobre el bienestar del paciente y con las implicaciones organizativas que genera. La aparición de una lesión por presión puede asociarse a dolor, limitación funcional, retraso en la recuperación, incremento de la necesidad de cuidados y mayor complejidad del alta. Por ello, la prevención forma parte de la seguridad del paciente y de los estándares de calidad de la atención hospitalaria.

Enfermería desempeña un papel decisivo porque mantiene una observación continuada de la persona ingresada y puede detectar precozmente cambios en la piel, en la movilidad o en la tolerancia al reposicionamiento. Además, integra intervenciones de naturaleza diversa: valoración del riesgo, movilización, uso de superficies de alivio de presión, cuidados de la piel, control de la humedad, apoyo nutricional en coordinación con el equipo y educación a paciente y familia. La efectividad de este abordaje depende menos de acciones aisladas que de la coherencia del plan de cuidados y de su adaptación a cada situación clínica.

En los últimos años, el enfoque preventivo ha evolucionado hacia una comprensión más amplia de la integridad tisular. No basta con aplicar cambios posturales de manera rutinaria si no se valora la estabilidad clínica, la perfusión, el dolor, la presencia de dispositivos, la tolerancia al movimiento o el riesgo de descompensación. Del mismo modo, las escalas de valoración resultan útiles como apoyo, pero no sustituyen al juicio clínico. En este sentido, la prevención de lesiones por presión requiere una práctica reflexiva, estructurada y centrada en la persona.

Objetivos

Analizar los cuidados enfermeros implicados en la prevención de lesiones por presión durante el ingreso hospitalario, con atención a la valoración del riesgo, la planificación de la atención y las intervenciones preventivas aplicables a la práctica clínica.

De manera específica, se pretende:

  • Describir los principales factores clínicos y asistenciales relacionados con la aparición de lesiones por presión en pacientes hospitalizados.
  • Examinar el valor de la valoración enfermera inicial y de la reevaluación periódica durante la estancia hospitalaria.
  • Desarrollar las intervenciones preventivas más relevantes en movilidad, posicionamiento, cuidado de la piel, manejo de la humedad, soporte nutricional y utilización de superficies de apoyo.
  • Subrayar la importancia del registro, la comunicación entre profesionales y la continuidad del plan de cuidados como elementos de seguridad del paciente.

Metodología

Se ha realizado una revisión teórica de carácter narrativo orientada al ámbito de hospitalización. El contenido se organiza a partir de conceptos clínicos y asistenciales habitualmente implicados en la prevención de lesiones por presión, priorizando aquellos aspectos con aplicación directa a la práctica enfermera.

La exposición integra elementos de valoración, planificación y ejecución de cuidados. Se han incluido los factores intrínsecos y extrínsecos que pueden comprometer la tolerancia tisular, así como intervenciones preventivas de uso frecuente en unidades de hospitalización médica, quirúrgica y de cuidados de mayor dependencia. El planteamiento no pretende establecer un protocolo cerrado, sino ofrecer un marco razonado para la toma de decisiones enfermeras según el contexto clínico, la situación funcional y los recursos disponibles.

La revisión se centra en la observación clínica de la piel y de las prominencias óseas, la utilización prudente de escalas de valoración del riesgo, la movilización y el cambio de posición, el control de la humedad, la adecuación de la superficie de apoyo, la valoración nutricional y la coordinación asistencial. También se consideran aspectos organizativos, como la documentación de los cuidados y la transmisión de la información relevante en los cambios de turno y en las transiciones asistenciales.

Resultados

Valoración enfermera del riesgo durante el ingreso

La prevención comienza en las primeras horas de la hospitalización. La valoración enfermera inicial debe recoger el grado de movilidad, la capacidad para realizar cambios posturales de manera autónoma, el nivel de dependencia, el estado cognitivo, la percepción del dolor, la continencia y la presencia de factores que reduzcan la perfusión o la oxigenación tisular. También es pertinente identificar situaciones clínicas que favorecen la fragilidad cutánea, como la fiebre mantenida, el edema, la deshidratación, la sudoración, la sedación o la necesidad de dispositivos de inmovilización.

Las escalas de valoración del riesgo pueden aportar una aproximación estructurada y facilitar la priorización de cuidados, especialmente en unidades con elevada presión asistencial. Sin embargo, su utilidad es mayor cuando se interpretan junto con la valoración clínica individual. Un resultado de riesgo no sustituye la observación directa de la piel ni la reevaluación cuando la situación del paciente cambia. En personas con inestabilidad hemodinámica, deterioro neurológico, cirugía reciente o reposo prolongado, el riesgo puede modificarse en poco tiempo y exigir ajustes del plan de cuidados.

La inspección cutánea debe ser sistemática. Resulta recomendable prestar especial atención a sacro, talones, caderas, maléolos, codos, escápulas, occipucio y zonas sometidas a presión por dispositivos. La presencia de eritema persistente, cambios en la temperatura local, aumento de la consistencia, dolor o alteraciones del color cutáneo obliga a reforzar la vigilancia y revisar las medidas preventivas. En personas con piel más frágil, con alteración de la sensibilidad o con pigmentación cutánea que dificulte la detección visual de cambios, la exploración debe apoyarse en la palpación y en una observación más detallada.

Factores implicados en el desarrollo de lesiones por presión

La presión sostenida sobre una prominencia ósea compromete el flujo sanguíneo capilar y puede favorecer daño tisular cuando el tiempo de exposición supera la capacidad de adaptación de los tejidos. A ello se suman fuerzas de cizallamiento, que aparecen cuando las capas cutáneas y subcutáneas se desplazan en sentidos diferentes, por ejemplo en posiciones semisentadas mantenidas con deslizamiento corporal. La fricción contribuye al deterioro superficial, sobre todo durante movilizaciones inadecuadas o arrastres sobre la ropa de cama.

La humedad es otro factor de relevancia. La exposición prolongada a orina, heces, sudor o exudados macera la piel y reduce su resistencia. Por esta razón, la incontinencia y el manejo ineficaz de la humedad aumentan la susceptibilidad al daño, particularmente en región perineal y glútea. También intervienen factores sistémicos: desnutrición, baja ingesta, alteraciones de la perfusión, anemia, estados inflamatorios, sedación, disminución del nivel de consciencia y presencia de comorbilidades que reducen la capacidad de tolerancia tisular.

El ingreso hospitalario añade circunstancias concretas. Los dispositivos terapéuticos pueden generar puntos de presión localizados; la cirugía y la anestesia condicionan inmovilidad prolongada; algunas técnicas diagnósticas obligan a mantener posiciones sostenidas; y el dolor limita la participación activa en los cambios posturales. Todo ello obliga a una prevención no estandarizada, sino ajustada al riesgo real y a la evolución clínica.

Planificación de cuidados y estratificación de prioridades

Una vez identificados los factores de riesgo, la planificación enfermera debe traducirse en medidas concretas, temporalizadas y registradas. La individualización es un criterio central. No todas las personas hospitalizadas requieren la misma frecuencia de vigilancia, ni toleran las mismas maniobras de movilización, ni precisan iguales recursos de soporte. El plan preventivo debe incorporar el nivel de ayuda necesario, las posiciones preferentes o contraindicadas, la vigilancia de zonas vulnerables y las medidas de protección frente a la humedad y al cizallamiento.

En pacientes con alta dependencia, la anticipación es especialmente relevante. Es preferible programar cuidados coordinados que eviten periodos prolongados sin movilización y que integren higiene, inspección de la piel, control del dolor y reposicionamiento. Cuando la situación clínica limita los cambios posturales amplios, pueden valorarse modificaciones más pequeñas y frecuentes, siempre dentro de la tolerancia hemodinámica y respiratoria de la persona. La planificación también debe considerar la noche, periodo en el que la continuidad preventiva puede verse comprometida si no existe un registro claro.

Movilización y cambio de posición

El cambio de posición es una de las intervenciones más reconocidas en la prevención, pero su aplicación requiere criterio clínico. No se trata de movilizar de forma mecánica, sino de redistribuir la presión evitando maniobras que incrementen fricción o cizallamiento. Debe fomentarse la movilidad activa siempre que sea posible, favoreciendo la autonomía del paciente y la participación en los cuidados. Cuando se precisa ayuda, el uso de técnicas seguras de movilización reduce el riesgo de lesión cutánea y de sobrecarga para el profesional.

La frecuencia del reposicionamiento debe individualizarse según la tolerancia tisular, el estado general, el tipo de superficie de apoyo y la estabilidad clínica. En algunas personas será factible un programa de cambios posturales más amplio; en otras, con dolor, disnea, inestabilidad o dispositivos múltiples, se requerirán modificaciones adaptadas y reevaluación continua. Las posiciones deben evitar el apoyo directo mantenido sobre áreas ya enrojecidas o vulnerables, y conviene extremar la protección de los talones mediante descarga adecuada cuando exista riesgo elevado.

La cabecera elevada de la cama puede ser necesaria por motivos clínicos, pero si se mantiene en exceso puede favorecer deslizamiento y cizallamiento. Por ello, la postura debe ajustarse al equilibrio entre necesidad terapéutica y prevención de daño tisular. En sedestación prolongada, especialmente en personas con debilidad o poca capacidad de recolocarse, es importante vigilar puntos de apoyo y tiempo de permanencia.

Cuidado de la piel y manejo de la humedad

La vigilancia de la integridad cutánea forma parte del cuidado diario. La piel debe mantenerse limpia, seca y protegida, evitando fricciones innecesarias y productos irritantes. La higiene no debe entenderse solo como una tarea básica, sino como un momento de valoración clínica que permite detectar cambios precoces, revisar prominencias óseas y comprobar la respuesta a las medidas instauradas.

En pacientes con incontinencia o sudoración intensa, el control de la humedad requiere actuaciones regulares y productos adecuados de protección cutánea, según la situación de la piel y la tolerancia individual. El recambio de ropa de cama y absorbentes, la limpieza suave y la aplicación de barreras protectoras pueden contribuir a reducir la maceración. Del mismo modo, es preferible evitar masajes vigorosos sobre prominencias óseas o zonas enrojecidas, ya que pueden agravar la lesión tisular.

Los dispositivos médicos merecen una vigilancia específica. Mascarillas, cánulas, sondas, férulas o sistemas de inmovilización pueden ejercer presión continua sobre tejidos vulnerables. La observación de la piel en los puntos de contacto, el ajuste correcto y la recolocación cuando sea posible forman parte de la prevención habitual.

Superficies de apoyo y ayudas técnicas

Las superficies especiales para el manejo de la presión pueden integrarse en la estrategia preventiva, especialmente en pacientes con movilidad muy limitada o con riesgo elevado. Su función es redistribuir la carga y reducir la presión mantenida sobre determinadas áreas, aunque no sustituyen la vigilancia clínica ni el reposicionamiento cuando este resulta posible. La elección de la superficie debe tener en cuenta el peso, la tolerancia, el nivel de dependencia, la presencia de dolor y las características del entorno asistencial.

También pueden emplearse dispositivos de posicionamiento para mantener la alineación corporal y evitar apoyos directos sobre prominencias óseas. Su utilización debe revisarse de forma periódica para asegurar que no generan nuevos puntos de presión. En este ámbito, la intervención enfermera incluye tanto la selección prudente del recurso como la evaluación continua de su efectividad.

Nutrición, hidratación y otros factores sistémicos

La integridad tisular está influida por el estado nutricional y la hidratación. Una ingesta insuficiente, la pérdida de apetito, las dificultades para tragar, la debilidad o determinadas enfermedades pueden comprometer la capacidad de reparación y aumentar la fragilidad cutánea. La valoración enfermera debe identificar signos de riesgo nutricional y comunicar esta situación al equipo para su abordaje interdisciplinar. Del mismo modo, el seguimiento de la ingesta y de la tolerancia a la alimentación permite detectar de forma temprana necesidades de apoyo.

La prevención también requiere considerar factores como la perfusión, la oxigenación, el control del dolor y el estado funcional. Un paciente con dolor intenso se moverá menos; otro con hipotensión o vasoconstricción puede presentar menor tolerancia tisular; una persona con confusión o somnolencia difícilmente expresará molestias o necesidad de cambio postural. Por ello, la valoración enfermera ha de mantener una visión global y no circunscribirse exclusivamente a la piel.

Registro, comunicación y continuidad de cuidados

El registro enfermero es una herramienta de seguridad. Debe reflejar el nivel de riesgo, el estado de la piel, las zonas vulnerables, las intervenciones aplicadas y la respuesta del paciente. Un registro incompleto dificulta la continuidad del plan de cuidados y puede favorecer omisiones preventivas, especialmente en estancias prolongadas o en unidades con elevada rotación.

La transmisión de información entre turnos y durante traslados internos es igualmente relevante. Si un paciente precisa descarga de talones, vigilancia de un área eritematosa, limitaciones para determinados cambios posturales o control intensivo de la humedad, estos aspectos deben comunicarse de forma clara. La continuidad del cuidado preventivo no depende solo de la competencia individual, sino de la capacidad del sistema para sostener medidas coherentes a lo largo del ingreso.

Cuando la familia participa en el acompañamiento, la educación sanitaria puede reforzar la prevención. Informar sobre la importancia de no arrastrar al paciente, de avisar ante humedad o enrojecimiento visible y de favorecer pequeños cambios de postura cuando están indicados puede resultar útil. Esta participación debe adaptarse a la situación clínica, al nivel de comprensión y a la organización del cuidado profesional.

Discusión/Conclusiones

La prevención de lesiones por presión durante el ingreso hospitalario exige una visión enfermera integral. Aunque la presión y el cizallamiento explican el mecanismo inmediato del daño, en la práctica clínica el problema suele emerger de la interacción entre inmovilidad, dependencia, fragilidad tisular, humedad, enfermedad aguda y complejidad terapéutica. Por esta razón, el abordaje preventivo no puede reducirse a una sola intervención ni a la aplicación rutinaria de escalas.

La valoración sistemática sigue siendo el punto de partida. Identificar de forma precoz a las personas con mayor vulnerabilidad permite anticipar cuidados, ajustar recursos y planificar la vigilancia. No obstante, la utilidad de cualquier herramienta de valoración depende del juicio clínico y de la reevaluación continuada. El riesgo de lesión por presión es dinámico y puede modificarse con rapidez tras una cirugía, una infección, un episodio de inestabilidad o un deterioro funcional repentino.

Entre las intervenciones preventivas, la movilización y el cambio de posición mantienen un papel destacado, siempre que se apliquen con criterio individualizado. Su efectividad clínica aumenta cuando se integran con el control de la humedad, la protección de la piel, la adecuación de la superficie de apoyo y la consideración de factores sistémicos como la nutrición, la perfusión y el dolor. La enfermera no solo ejecuta estas medidas, sino que las ordena, prioriza y adapta según la respuesta del paciente.

También deben reconocerse los condicionantes organizativos. La prevención puede verse limitada por la elevada carga asistencial, la variabilidad en los registros, la falta de continuidad entre turnos o la aplicación desigual de ayudas técnicas. Estas barreras refuerzan la necesidad de planes de cuidados explícitos, comunicación efectiva y cultura de seguridad. En este sentido, la lesión por presión funciona como un indicador sensible de la calidad de los cuidados básicos y del grado de coordinación asistencial.

Durante la hospitalización, la prevención eficaz se apoya en cuidados sostenidos y no en actuaciones puntuales. La observación clínica, la anticipación, la individualización de las medidas y la continuidad del plan de cuidados permiten reducir situaciones evitables de daño tisular. La contribución enfermera resulta especialmente relevante porque conecta la valoración inicial con la vigilancia diaria, las decisiones de reposicionamiento, la protección de la piel, la educación sanitaria y la comunicación clínica.

En suma, prevenir lesiones por presión significa proteger la integridad de la persona ingresada desde una práctica enfermera prudente, organizada y centrada en necesidades reales. Esta perspectiva mejora la seguridad del paciente y refuerza el valor de los cuidados básicos como componente esencial de la atención hospitalaria.

Conflicto de intereses

Los autores declaran no presentar conflictos de intereses relacionados con la elaboración y publicación de este artículo.

Financiación

Este trabajo no ha recibido financiación externa ni apoyo económico específico para su realización.

Bibliografía

  1. Chaboyer W, Latimer S, Priyadarshani U, Harbeck E, Patton D, Sim J, et al.. The effect of pressure injury prevention care bundles on pressure injuries in hospital patients: A complex intervention systematic review and meta-analysis. Int J Nurs Stud. 2024;155:104768. doi: https://doi.org/10.1016/j.ijnurstu.2024.104768
  2. Gaspar S, Peralta M, Marques A, Budri A, Gaspar de Matos M. Effectiveness on hospital-acquired pressure ulcers prevention: a systematic review. Int Wound J. 2019;16(5):1087-1102. doi: https://doi.org/10.1111/iwj.13147
  3. Huang C, Ma Y, Wang C, Jiang M, Yuet Foon L, Lv L, et al.. Predictive validity of the braden scale for pressure injury risk assessment in adults: A systematic review and meta-analysis. Nurs Open. 2021;8(5):2194-2207. doi: https://doi.org/10.1002/nop2.792
  4. Gillespie BM, Walker RM, Latimer SL, Thalib L, Whitty JA, McInnes E, et al.. Repositioning for pressure injury prevention in adults. Cochrane Database Syst Rev. 2020;6(6):CD009958. doi: https://doi.org/10.1002/14651858.CD009958.pub3
  5. Gillespie BM, Walker RM, Latimer SL, Thalib L, Whitty JA, McInnes E, et al.. Repositioning for pressure injury prevention in adults: An abridged Cochrane systematic review and meta-analysis. Int J Nurs Stud. 2021;120:103976. doi: https://doi.org/10.1016/j.ijnurstu.2021.103976
  6. Alderden JG, Shibily F, Cowan L. Best Practice in Pressure Injury Prevention Among Critical Care Patients. Crit Care Nurs Clin North Am. 2020;32(4):489-500. doi: https://doi.org/10.1016/j.cnc.2020.08.001
  7. Tschannen D, Anderson C. The pressure injury predictive model: A framework for hospital-acquired pressure injuries. J Clin Nurs. 2020;29(7-8):1398-1421. doi: https://doi.org/10.1111/jocn.15171
  8. Moser CH, Peeler A, Long R, Schoneboom B, Budhathoki C, Pelosi PP, et al.. Prevention of Endotracheal Tube-Related Pressure Injury: A Systematic Review and Meta-analysis. Am J Crit Care. 2022;31(5):416-424. doi: https://doi.org/10.4037/ajcc2022644
  9. Wang I, Walker RM, Gillespie BM, Scott I, Sugathapala RDUP, Chaboyer W. Risk factors predicting hospital-acquired pressure injury in adult patients: An overview of reviews. Int J Nurs Stud. 2024;150:104642. doi: https://doi.org/10.1016/j.ijnurstu.2023.104642
  10. Edsberg LE, Cox J, Koloms K, VanGilder-Freese CA. Implementation of Pressure Injury Prevention Strategies in Acute Care: Results From the 2018-2019 International Pressure Injury Prevalence Survey. J Wound Ostomy Continence Nurs. 2022;49(3):211-219. doi: https://doi.org/10.1097/WON.0000000000000878
  11. Labeau SO, Afonso E, Benbenishty J, Blackwood B, Boulanger C, Brett SJ, et al.. Prevalence, associated factors and outcomes of pressure injuries in adult intensive care unit patients: the DecubICUs study. Intensive Care Med. 2021;47(2):160-169. doi: https://doi.org/10.1007/s00134-020-06234-9
  12. Gupta P, Shiju S, Chacko G, Thomas M, Abas A, Savarimuthu I, et al.. A quality improvement programme to reduce hospital-acquired pressure injuries. BMJ Open Qual. 2020;9(3). doi: https://doi.org/10.1136/bmjoq-2019-000905
Scroll al inicio