Cuidados ante riesgo de lesión por presión en paciente inmovilizado en planta quirúrgica

Care for pressure injury risk in an immobilized patient on a surgical ward

Incluido en la revista CADICE. Vol. I . N.º 9 – Septiembre 2026

Pág. Inicial: Vol. I; N.º 9:317

Autor principal (primer firmante): Marina Solís Navarro

Fecha recepción: 28/07/26

Fecha aceptación: 29/08/26

Fecha de publicación: 02/09/26

Ref.: CADICE. 2026;1(9):317

Autores:
Marina Solís Navarro
Andrés Fernández Rivas

Categoría: Enfermería

Palabras clave: Lesión por presión; Atención hospitalaria; Seguridad del paciente; Continuidad asistencial; Proceso de Enfermería; Escalas de valoración; Hospitalización; Inmovilización; Cuidados de Enfermería; Cambio de posición

Keywords: Pressure Ulcer; Hospital Care; Patient Safety; Continuity of Patient Care; Nursing Process; Risk Assessment; Hospitalization; Immobilization; Nursing Care; Patient Positioning

Resumen

Introducción: La inmovilización en planta quirúrgica constituye una situación de especial vulnerabilidad para el desarrollo de lesiones por presión, especialmente cuando concurren dolor, limitación funcional, dispositivos terapéuticos, alteraciones del estado nutricional o dificultad para realizar cambios posturales autónomos. En este contexto, la práctica enfermera ocupa un lugar central en la valoración precoz del riesgo, la prevención del daño cutáneo y la continuidad de los cuidados durante el ingreso.

Objetivos: Describir el abordaje enfermero ante una situación clínica de riesgo de lesión por presión en un paciente inmovilizado en planta quirúrgica, integrando valoración, planificación de cuidados, intervenciones preventivas y seguimiento evolutivo.

Metodología: Se expone una situación clínica del ámbito hospitalario estructurada mediante el proceso de Enfermería. El análisis se organiza a partir de la valoración integral de la persona hospitalizada, la identificación de problemas de cuidados relacionados con la inmovilidad y la elaboración de un plan de intervención orientado a la seguridad del paciente y a la preservación de la integridad cutánea.

Resultados: La valoración inicial permitió identificar un riesgo elevado de deterioro cutáneo asociado a inmovilidad posquirúrgica, dolor con limitación para la movilización, dependencia parcial para las actividades básicas y presencia de factores extrínsecos de presión y fricción. El plan de cuidados incluyó inspección sistemática de la piel, uso de superficie de apoyo adaptada, cambios posturales programados, manejo de la humedad, optimización del confort, educación al paciente y coordinación con el equipo para favorecer la movilización progresiva. La evolución fue favorable, sin aparición de lesión abierta y con mejor tolerancia a la sedestación y a los cambios de posición.

Discusión/Conclusiones: La prevención de lesiones por presión en pacientes quirúrgicos inmovilizados requiere una intervención enfermera anticipatoria, continuada e individualizada. La combinación de valoración clínica, vigilancia de la piel, medidas de alivio de presión y continuidad asistencial puede contribuir a reducir complicaciones, mejorar la seguridad del paciente y sostener una recuperación posoperatoria más segura.

Abstract

Introduction: Immobilization in surgical wards places patients at increased risk of pressure injuries, particularly when pain, functional limitation, therapeutic devices, nutritional compromise, or inability to reposition independently are present. In this setting, nursing care plays a key role in early risk assessment, skin damage prevention, and continuity of care throughout hospitalization.

Objectives: To describe the nursing management of a clinical situation involving risk of pressure injury in an immobilized patient admitted to a surgical ward, integrating assessment, care planning, preventive interventions, and follow-up.

Methodology: A hospital-based clinical situation is presented and structured according to the nursing process. The analysis is based on comprehensive patient assessment, identification of care problems associated with immobility, and development of an intervention plan focused on patient safety and preservation of skin integrity.

Results: Initial assessment identified high risk of skin breakdown related to postoperative immobility, pain limiting movement, partial dependence for basic activities, and extrinsic factors such as pressure and friction. The care plan included systematic skin inspection, an adapted support surface, scheduled repositioning, moisture management, comfort optimization, patient education, and interdisciplinary coordination to promote progressive mobilization. Clinical evolution was favorable, with no open pressure injury and improved tolerance to sitting and repositioning.

Discussion/Conclusions: Prevention of pressure injuries in immobilized surgical patients requires anticipatory, continuous, and individualized nursing care. Combining clinical assessment, skin surveillance, pressure relief measures, and continuity of care may help reduce complications, improve patient safety, and support safer postoperative recovery.

Introducción

La lesión por presión sigue siendo un problema relevante en la atención hospitalaria por su impacto sobre la seguridad del paciente, la calidad de los cuidados y la evolución clínica durante el ingreso. Aunque su aparición no depende de un único factor, la inmovilidad mantenida constituye uno de los determinantes más reconocibles en la práctica asistencial. Esta circunstancia adquiere especial importancia en planta quirúrgica, donde el dolor posoperatorio, la fatiga, la sedación residual, las restricciones de movilidad indicadas tras determinadas intervenciones y la presencia de drenajes, vendajes o dispositivos pueden reducir de manera marcada la capacidad del paciente para cambiar de postura.

Desde la perspectiva enfermera, la prevención del daño tisular no se limita a la inspección de la piel. Requiere una valoración integral que contemple el estado funcional previo, la tolerancia al movimiento, el nivel de dependencia, la nutrición e hidratación, la continencia, el grado de colaboración, las características del entorno y la carga terapéutica asociada al proceso quirúrgico. La piel expresa de forma visible un riesgo que, en realidad, es sistémico y multifactorial. Por ello, la toma de decisiones debe articularse dentro del proceso de Enfermería y sostenerse mediante reevaluación continua.

En las unidades de hospitalización quirúrgica, la prevención de lesiones por presión forma parte de los cuidados de seguridad no solo por el potencial deterioro local, sino también por sus consecuencias funcionales y organizativas. La aparición de una lesión puede aumentar el dolor, dificultar la movilización, interferir en la rehabilitación, prolongar la estancia e incrementar la complejidad del plan terapéutico. Además, su prevención está estrechamente ligada a otras dimensiones del cuidado, como el confort, la movilización temprana, el control de la humedad, la adecuación de superficies de apoyo y la comunicación entre turnos y niveles asistenciales.

La continuidad asistencial resulta especialmente relevante cuando el paciente transita desde una fase de inmovilidad casi completa a otra de movilización progresiva. En ese intervalo, la valoración del riesgo debe actualizarse y las medidas preventivas han de ajustarse con rapidez. Ni todos los pacientes precisan la misma frecuencia de cambios posturales, ni todos toleran del mismo modo la sedestación, la carga parcial o la permanencia en una determinada posición. De ahí que la práctica enfermera deba mantener un enfoque clínico individualizado, evitando tanto la infravaloración del riesgo como la aplicación rígida de medidas desvinculadas del estado real de la persona.

El presente artículo desarrolla una situación clínica frecuente en planta quirúrgica, centrada en un paciente inmovilizado con riesgo de lesión por presión. El interés del caso radica en mostrar cómo la valoración enfermera temprana, la planificación deliberada de intervenciones y el seguimiento evolutivo permiten anticipar complicaciones y orientar unos cuidados seguros, realistas y sostenidos durante el ingreso.

Objetivos

Describir el abordaje enfermero ante un paciente inmovilizado en planta quirúrgica con riesgo de lesión por presión, utilizando el proceso de Enfermería como marco para la valoración, la planificación de cuidados, la implementación de medidas preventivas y la evaluación de la evolución clínica.

Como objetivos específicos se plantean los siguientes:

  • Identificar factores intrínsecos y extrínsecos que incrementan el riesgo de deterioro de la integridad cutánea en el periodo posquirúrgico.
  • Analizar la utilidad de la valoración enfermera sistemática, incluyendo el uso prudente de escalas de riesgo integradas en la apreciación clínica global.
  • Desarrollar un plan de cuidados centrado en la vigilancia de la piel, el alivio de la presión, la movilización segura, el manejo de la humedad y el confort.
  • Describir la coordinación con el equipo asistencial y la participación del paciente en la prevención de complicaciones asociadas a la inmovilidad.
  • Valorar la evolución clínica en términos de mantenimiento de la integridad cutánea y mejoría funcional durante la hospitalización.

Metodología

Se desarrolla una situación clínica de hospitalización quirúrgica organizada mediante el proceso de Enfermería. La exposición integra valoración inicial, identificación de problemas de cuidados, planificación de intervenciones, seguimiento evolutivo y reconsideración de las medidas preventivas en función de la respuesta del paciente.

La valoración se estructuró desde una perspectiva integral, considerando estado general, antecedentes de interés para el cuidado cutáneo, situación funcional previa, capacidad de movilización, presencia de dolor, tolerancia postural, humedad, dispositivos en contacto con la piel y necesidades de apoyo para las actividades básicas. También se contempló la observación directa de prominencias óseas y de zonas sometidas a presión, roce o cizalla. La estimación del riesgo se apoyó en la exploración clínica y en escalas de valoración de uso habitual en el entorno hospitalario, entendidas como herramientas complementarias y no sustitutivas del juicio profesional.

Para la formulación del plan de cuidados se priorizaron los problemas relacionados con la inmovilidad, la vulnerabilidad cutánea y la dependencia temporal derivada del proceso quirúrgico. La intervención enfermera se orientó a prevenir el deterioro de la piel, preservar el confort, favorecer la movilización progresiva y garantizar la continuidad de las medidas preventivas entre turnos. La evolución se analizó a través de la tolerancia a los cambios posturales, el aspecto de la piel, el control del dolor, el grado de participación del paciente y la necesidad de reajustar apoyos y tiempos de movilización.

El desarrollo del caso mantiene una finalidad clínica y docente orientada a la práctica profesional. La información se presenta de forma general y no identificable, con el objetivo de ilustrar decisiones enfermeras aplicables a situaciones frecuentes de planta quirúrgica.

Resultados

Presentación de la situación clínica

Paciente varón de 74 años, ingresado en planta quirúrgica tras intervención abdominal. En las primeras horas del posoperatorio permanece encamado, con movilidad muy limitada por dolor a la movilización, debilidad general y temor a que el movimiento incremente la molestia en la herida. Presenta dependencia parcial para el aseo, el cambio de postura y la incorporación al borde de la cama. Mantiene perfusión venosa, apósito quirúrgico abdominal y drenaje, elementos que condicionan tanto la postura como la autonomía.

Entre los antecedentes relevantes para el cuidado destacan edad avanzada, disminución de la reserva funcional y un estado nutricional que requiere seguimiento, con ingesta reducida en los días previos a la intervención. Durante el ingreso inicial se aprecia piel frágil, con menor elasticidad, y enrojecimiento transitorio en región sacra tras periodos prolongados en decúbito supino, sin solución de continuidad. También se observan riesgo de humedad por sudoración intermitente y dificultad para realizar microcambios posturales de forma espontánea.

La valoración enfermera identifica una situación de riesgo elevado de lesión por presión vinculada a inmovilidad, presión mantenida sobre prominencias óseas, fricción durante movilizaciones en cama, dolor que limita la colaboración y necesidad de ayuda para reposicionamiento. Se añaden factores contextuales propios de la hospitalización quirúrgica: dispositivos, descanso interrumpido, periodos de ayuno o ingesta escasa y variabilidad en la tolerancia a la sedestación según momento evolutivo.

Valoración de necesidades y problemas de cuidados

Durante la exploración inicial se presta atención específica a la piel de sacro, talones, caderas, escápulas y zonas de contacto con dispositivos. Se verifica integridad cutánea sin lesión abierta, aunque con áreas de eritema reversible en región sacra y presión mantenida en talones. El paciente refiere dolor moderado que aumenta con el giro en bloque y expresa miedo a moverse por sensación de tirantez abdominal. La postura habitual tiende al decúbito supino mantenido, con escasa participación activa en la movilización.

La situación funcional previa era de autonomía básica conservada, lo que sugiere que la dependencia actual es principalmente transitoria y relacionada con el episodio quirúrgico. No obstante, en la fase inicial del ingreso existe una clara limitación para cambiar de posición sin ayuda. La ingesta oral se reinicia de forma progresiva, por lo que se incorpora vigilancia del patrón alimentario e hidratación. La continencia está parcialmente condicionada por el contexto posoperatorio y por el reposo en cama, circunstancia que obliga a extremar el control de humedad y la higiene suave de la piel.

Como problemas prioritarios de cuidados se identifican el riesgo de lesión por presión, la movilidad física deteriorada de carácter temporal, el dolor agudo posquirúrgico y la necesidad de apoyo para autocuidados. De forma complementaria, se considera la ansiedad situacional ante la movilización y el posible desacondicionamiento funcional si el reposo se prolonga más de lo necesario.

Planificación de cuidados

El objetivo principal del plan enfermero es mantener la integridad cutánea durante el ingreso y minimizar el impacto de la inmovilidad en el periodo posoperatorio inmediato. Para ello se establecen metas asistenciales realistas: ausencia de lesión por presión, disminución del eritema reversible en zonas de apoyo, mejor tolerancia al cambio de posición, participación progresiva del paciente en la movilización y mantenimiento de la piel limpia, seca e hidratada.

La planificación se formula de manera dinámica. No se limita a una pauta fija de cambios posturales, sino que combina programación y respuesta clínica. Se decide aumentar la frecuencia de vigilancia cutánea al tratarse de un paciente con varios factores de riesgo concurrentes y con capacidad limitada para avisar precozmente de incomodidad postural. Se prevé también coordinación con el equipo médico para optimizar la analgesia antes de movilizaciones relevantes y con fisioterapia cuando la situación clínica lo permita, favoreciendo una recuperación funcional temprana.

Dentro del plan se incluyen medidas sobre la superficie de apoyo, protección de talones, reducción de la fricción en movilizaciones, adecuación de ropa de cama sin arrugas y revisión periódica de la posición de tubos y drenajes. La educación al paciente y a su entorno se orienta a explicar la necesidad de cambios de postura, solicitar ayuda antes de deslizarse sobre la cama y comunicar cualquier molestia, escozor o presión persistente.

Intervenciones enfermeras

Las intervenciones se inician desde la recepción en planta y se ajustan a la evolución del posoperatorio. La primera medida consiste en realizar inspección sistemática de la piel al menos en cada turno y siempre que cambie el grado de movilidad o aparezcan signos de incomodidad. La observación se centra en temperatura, coloración, integridad, humedad y respuesta del eritema a la retirada de presión. Esta vigilancia permite detectar de forma temprana cambios sutiles que, en un paciente inmovilizado, pueden anticipar un deterioro posterior.

En relación con la presión mantenida, se dispone una superficie especial de apoyo según disponibilidad y valoración clínica, junto con almohadas o dispositivos de descarga para redistribuir presión y evitar contacto directo prolongado de talones y prominencias óseas con el plano de la cama. La colocación se revisa tras cada movilización para asegurar que el alivio de presión es efectivo y no genera nuevos puntos de roce.

Los cambios posturales se programan de forma individualizada, respetando la tolerancia hemodinámica y el dolor del paciente. Se realizan movilizaciones en bloque cuando la intervención quirúrgica así lo aconseja, evitando arrastre sobre la sábana y utilizando ayudas técnicas o apoyo de dos profesionales si es preciso. El objetivo no es solo modificar la postura, sino reducir cizalla, preservar el confort y sostener la adherencia del paciente al plan de cuidados. Antes de los reposicionamientos más demandantes se valora la administración de analgesia prescrita y se explica la maniobra para mejorar la colaboración.

El manejo de la humedad se aborda mediante higiene cuidadosa, secado sin fricción y sustitución temprana de ropa de cama húmeda o arrugada. Se evita el uso innecesario de productos irritantes y se mantiene hidratación cutánea en áreas no contraindicadas. Cuando existen dispositivos o apósitos, se inspeccionan bordes, puntos de fijación y posibles marcas de presión, adaptando su colocación si aparecen señales de intolerancia local.

La movilización progresiva se considera una intervención preventiva y funcional al mismo tiempo. Una vez controlado el dolor y autorizada la progresión posoperatoria, se favorece la elevación gradual del cabecero, la sedestación al borde de la cama y el paso a sillón durante periodos breves, con reevaluación de la tolerancia. Esta progresión requiere supervisión estrecha, ya que una sedestación mantenida sin alivio adecuado también puede incrementar la presión en determinadas zonas. Por ello, cada avance funcional se acompaña de revisión del tiempo de permanencia, alineación corporal y necesidad de apoyos.

La educación sanitaria se introduce de forma breve pero repetida, adaptada al estado del paciente. Se insiste en la importancia de no permanecer largo tiempo en la misma postura, avisar si nota ardor o presión intensa y aceptar ayuda para reposicionarse. Cuando existe familiar cuidador durante la hospitalización, se refuerza su papel como colaborador observacional, siempre dentro de las indicaciones del equipo y sin delegar en él actuaciones que correspondan al personal sanitario.

Evolución durante el ingreso

En las primeras veinticuatro horas persiste la necesidad de ayuda completa para cambios posturales y aseo en cama. El dolor limita la colaboración, aunque mejora tras el ajuste de analgesia previa a las movilizaciones. El eritema sacro observado inicialmente desaparece tras las medidas de alivio de presión y no reaparece con la misma intensidad cuando se mantiene la vigilancia y el reposicionamiento programado. Los talones se conservan íntegros, sin signos de lesión, gracias a la descarga mantenida.

En la fase posterior del ingreso el paciente tolera mejor la sedestación breve y participa en pequeños cambios de apoyo en cama. Se reduce la sensación de miedo al movimiento al comprobar que las movilizaciones pueden realizarse con menor dolor cuando se preparan adecuadamente. La ingesta mejora de forma progresiva y se mantiene vigilancia sobre hidratación, aspecto cutáneo y nivel de fatiga. No se identifican áreas de lesión abierta ni signos de deterioro tisular profundo durante la estancia descrita.

La transmisión de información entre turnos incluye de forma sistemática el nivel de riesgo, las zonas de mayor vulnerabilidad, la respuesta al último cambio postural y la tolerancia a la sedestación. Esta continuidad facilita coherencia en las intervenciones y evita intervalos prolongados sin reposicionamiento o sin revisión de la piel. Antes del alta o traslado interno, se registran las medidas que han mostrado mejor tolerancia para sostener la prevención en el siguiente nivel de cuidados.

Discusión/Conclusiones

La situación descrita refleja una realidad frecuente en planta quirúrgica: el riesgo de lesión por presión puede instaurarse de forma temprana en pacientes que, fuera del episodio agudo, mantenían una funcionalidad aceptable. La inmovilidad posoperatoria no debe interpretarse como una circunstancia neutra o transitoria sin consecuencias, ya que incluso periodos relativamente breves de presión mantenida pueden adquirir relevancia cuando coexisten dolor, fragilidad cutánea, humedad o dificultad para la movilización espontánea.

Uno de los aspectos más relevantes del abordaje enfermero es la integración de la valoración del riesgo dentro del conjunto de cuidados posquirúrgicos. La prevención no puede quedar reducida a una actividad aislada ni depender exclusivamente de una escala. Las herramientas de valoración aportan estructura y ayudan a objetivar la vulnerabilidad, pero la decisión clínica precisa considerar la evolución diaria, la respuesta al dolor, la presencia de dispositivos, la tolerancia al sillón o la cama y la posibilidad real de colaboración del paciente. En este sentido, la observación continuada sigue teniendo un valor determinante.

También resulta significativo el papel del confort en la prevención. Un paciente con dolor mal controlado no solo se moviliza menos, sino que rechaza maniobras, adopta posturas de defensa y tolera peor los cambios necesarios para redistribuir presiones. De ahí que la analgesia, aunque se asocie habitualmente a otros objetivos asistenciales, deba entenderse también como un elemento facilitador de la prevención del daño cutáneo. Lo mismo puede señalarse de la información ofrecida al paciente: comprender por qué se le moviliza y cómo puede colaborar mejora la aceptación del plan de cuidados.

La continuidad asistencial entre profesionales y turnos tiene una repercusión directa sobre la seguridad. Cuando la información sobre riesgo cutáneo, zonas vulnerables y medidas efectivas no se transmite con precisión, aumentan las posibilidades de omisión o duplicidad de intervenciones. En cambio, un registro claro y orientado a problemas facilita que la prevención se mantenga sin interrupciones y que la reevaluación sea coherente con el estado del paciente.

Este tipo de abordaje presenta límites inherentes a la variabilidad clínica de la población quirúrgica. La localización de la cirugía, las restricciones médicas específicas, la disponibilidad de superficies de apoyo, el estado hemodinámico y la presencia de complicaciones condicionan tanto la frecuencia como la intensidad de las intervenciones. Por ello, las medidas descritas deben individualizarse y adaptarse al contexto organizativo y a la situación clínica concreta.

En conjunto, la experiencia clínica expuesta apoya la idea de que la prevención de lesiones por presión en pacientes inmovilizados ingresados en planta quirúrgica depende de una práctica enfermera deliberada, anticipatoria y sostenida. La vigilancia de la piel, la reducción de presión y cizalla, la movilización progresiva, el manejo de la humedad, el control del dolor y la coordinación asistencial configuran un núcleo de cuidados que puede contribuir de manera relevante a preservar la integridad cutánea y favorecer una recuperación posoperatoria más segura.

Conflicto de intereses

Los autores declaran la ausencia de conflictos de intereses en la preparación de este manuscrito.

Financiación

El presente manuscrito se ha realizado sin financiación externa específica.

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