Cuidados de salud mental ante violencia de género y síntomas traumáticos

Mental health care in gender-based violence and traumatic symptoms

Incluido en la revista CADICE. Vol. I . N.º 9 – Septiembre 2026

Pág. Inicial: Vol. I; N.º 9:359

Autor principal (primer firmante): Eva Sánchez Domínguez

Fecha recepción: 11/08/26

Fecha aceptación: 03/09/26

Fecha de publicación: 10/09/26

Ref.: CADICE. 2026;1(9):359

Autores:
Eva Sánchez Domínguez
Óscar Romero Gil
Silvia Cano Morales
Marcos Vidal Nieto
Lorena Pardo Sáez

Categoría: Enfermería

Palabras clave: Derivación; Proceso de Enfermería; Seguridad; Apoyo psicosocial; Violencia de género; Cuidados de Enfermería; Trauma psicológico; Relaciones enfermera-paciente; Intervención en crisis; Salud mental

Keywords: Referral and Consultation; Nursing Process; Safety; Psychosocial Support; Gender-Based Violence; Nursing Care; Psychological Trauma; Nurse-Patient Relations; Crisis Intervention; Mental Health

Resumen

Introducción: La violencia de género constituye un problema sanitario y social con repercusiones físicas, emocionales, relacionales y funcionales. En la práctica clínica, muchas mujeres consultan por insomnio, ansiedad, somatizaciones, hipervigilancia, miedo persistente o dificultades para mantener actividades básicas, sin verbalizar inicialmente la situación de violencia. En este escenario, Enfermería ocupa una posición asistencial relevante por su accesibilidad, continuidad de cuidados y capacidad para establecer una relación terapéutica que favorezca la detección, la contención emocional y la activación de recursos de seguridad y apoyo.

Objetivos: Describir un abordaje enfermero centrado en la salud mental de una mujer con antecedentes recientes de violencia de género y síntomas traumáticos, integrando valoración integral, priorización de necesidades, intervención en crisis, apoyo psicosocial, seguridad y derivación coordinada.

Metodología: Se expone una situación clínica estructurada mediante el proceso de Enfermería. La valoración se organiza a partir de entrevista clínica, observación, exploración del estado emocional, identificación de riesgos inmediatos, análisis del entorno de apoyo y necesidades de continuidad asistencial. El plan de cuidados se formula con enfoque individualizado, orientado a la estabilización inicial y al seguimiento.

Resultados: La paciente presentó ansiedad intensa, alteraciones del sueño, respuestas de sobresalto, miedo al contacto con el agresor, sentimientos de culpa, dificultades de concentración y aislamiento progresivo. La intervención enfermera priorizó la creación de un entorno seguro, la escucha terapéutica, la validación del relato, la valoración del riesgo, la contención emocional, el refuerzo de estrategias básicas de afrontamiento, la elaboración de un plan de seguridad y la coordinación con recursos de salud mental, trabajo social y dispositivos de protección, según necesidad clínica y contexto.

Discusión/Conclusiones: El abordaje enfermero ante la violencia de género con sintomatología traumática requiere sensibilidad clínica, prudencia, confidencialidad y continuidad. La detección no debe limitarse a la identificación del episodio violento, sino incluir el impacto psicológico, el riesgo de revictimización y la capacidad funcional de la mujer. Una intervención enfermera centrada en seguridad, apoyo emocional y derivación coordinada puede contribuir a disminuir el sufrimiento inmediato y a facilitar un proceso asistencial más sostenido.

Abstract

Introduction: Gender-based violence is a health and social problem with physical, emotional, relational and functional consequences. In clinical practice, many women seek care for insomnia, anxiety, somatic complaints, hypervigilance, persistent fear or impaired daily functioning without initially disclosing abuse. In this context, nursing has a relevant role due to its accessibility, continuity of care and ability to establish a therapeutic relationship that supports detection, emotional containment and activation of safety and support resources.

Objectives: To describe a nursing approach focused on the mental health care of a woman with recent gender-based violence and trauma-related symptoms, integrating comprehensive assessment, prioritization of needs, crisis intervention, psychosocial support, safety measures and coordinated referral.

Methodology: A clinical situation is presented and organized through the nursing process. Assessment is based on clinical interview, observation, emotional status exploration, identification of immediate risks, analysis of the support environment and continuity of care needs. The care plan is individualized and oriented toward early stabilization and follow-up.

Results: The patient showed intense anxiety, sleep disturbance, exaggerated startle response, fear of contact with the aggressor, guilt feelings, concentration difficulties and progressive social withdrawal. Nursing interventions prioritized a safe environment, therapeutic listening, validation of the account, risk assessment, emotional containment, reinforcement of basic coping strategies, development of a safety plan and coordination with mental health, social work and protection services according to clinical needs and context.

Discussion/Conclusions: Nursing care in situations of gender-based violence with traumatic symptoms requires clinical sensitivity, prudence, confidentiality and continuity. Detection should not be limited to identifying the violent event, but also include psychological impact, risk of revictimization and functional capacity. A nursing intervention focused on safety, emotional support and coordinated referral may help reduce immediate suffering and facilitate a more sustained care process.

Introducción

La violencia de género atraviesa múltiples ámbitos de la salud y obliga a una mirada asistencial que supere la respuesta centrada únicamente en las lesiones visibles. En numerosas ocasiones, el sufrimiento psíquico aparece como motivo principal o acompaña de forma persistente al daño físico, incluso cuando este no se objetiva en el momento de la consulta. Ansiedad, insomnio, miedo intenso, irritabilidad, dificultad para concentrarse, síntomas depresivos, conductas de evitación, vergüenza, embotamiento emocional o reacciones de sobresalto pueden formar parte de la vivencia traumática y condicionar de manera profunda la autonomía, la capacidad de decisión y la utilización de los recursos sanitarios.

Desde la perspectiva enfermera, estas situaciones requieren un encuadre clínico cuidadoso. La mujer puede mostrarse ambivalente, minimizar lo ocurrido o centrar su demanda en molestias aparentemente inespecíficas. La relación enfermera-paciente adquiere entonces un valor decisivo, ya que la accesibilidad y continuidad propias de muchos dispositivos asistenciales favorecen la observación longitudinal, la detección de cambios conductuales y la construcción de un espacio de confianza. La forma de preguntar, el respeto a los silencios, la ausencia de juicio y la protección de la confidencialidad influyen de manera directa en la posibilidad de que la paciente verbalice la violencia o acepte ayuda.

El trauma psicológico asociado a la violencia de género no se expresa de forma uniforme. Algunas mujeres presentan un cuadro de intensa activación emocional; otras muestran aparente control o describen malestar somático, cansancio extremo o apatía. A ello se suman factores contextuales que modifican la respuesta clínica: convivencia o no con el agresor, presencia de hijos u otras personas dependientes, red de apoyo disponible, dependencia económica, aislamiento social, consumo de sustancias, barreras idiomáticas o experiencias previas de violencia. Por tanto, la intervención enfermera no puede apoyarse en una lectura lineal del problema, sino en una valoración integral y dinámica.

En el ámbito de salud mental y en otros niveles asistenciales, Enfermería participa en la acogida inicial, la valoración de necesidades, la intervención en crisis, la educación para el autocuidado básico, la observación de signos de alarma y la coordinación con otros profesionales y recursos. Su actuación puede contribuir a reducir la sobrecarga emocional inmediata, organizar prioridades y facilitar una derivación segura cuando la situación lo requiera. Este artículo desarrolla una situación clínica centrada en la atención a una mujer con síntomas traumáticos tras episodios de violencia de género, con el fin de exponer elementos prácticos del proceso de cuidados.

Objetivos

Describir el abordaje enfermero de una mujer que presenta malestar psíquico relacionado con violencia de género, prestando especial atención a la valoración integral, la seguridad, la contención emocional y la continuidad asistencial.

Como objetivos específicos, se plantean:

  • Identificar manifestaciones clínicas compatibles con respuesta traumática y su repercusión funcional.
  • Analizar los elementos de la valoración enfermera relevantes en una consulta de salud mental o en un dispositivo asistencial con capacidad de seguimiento.
  • Priorizar problemas de cuidados vinculados con miedo, inseguridad, alteración del descanso, sobrecarga emocional y deterioro del afrontamiento.
  • Describir intervenciones enfermeras orientadas a la estabilización inicial, el apoyo psicosocial y la planificación de la seguridad.
  • Plantear criterios de derivación y coordinación interprofesional en función de la complejidad clínica y del riesgo detectado.

Metodología

Se desarrolla una situación clínica organizada mediante el proceso de Enfermería, siguiendo una secuencia de valoración, identificación de problemas de cuidados, planificación, intervención y seguimiento evolutivo. El caso se sitúa en un contexto ambulatorio de atención a la salud mental con posibilidad de coordinación con otros dispositivos sanitarios y sociales.

La valoración se centra en dimensiones habitualmente implicadas en situaciones de violencia de género con afectación emocional: motivo de consulta y demanda explícita, conducta observable, discurso verbal y no verbal, estado de ánimo, presencia de ansiedad o temor intenso, alteraciones del sueño, síntomas de reexperimentación o evitación, nivel de funcionamiento cotidiano, red de apoyo, situación convivencial, percepción de riesgo y capacidad para adoptar medidas básicas de protección. También se consideran antecedentes de maltrato, episodios recientes de escalada de violencia, existencia de menores o personas dependientes y disponibilidad real de ayuda.

Para la planificación de cuidados se priorizan necesidades inmediatas y objetivos de corto plazo, sin convertir la intervención en un protocolo cerrado. El abordaje se orienta a favorecer seguridad, estabilización emocional, acompañamiento terapéutico y continuidad asistencial. Se evita presionar a la paciente para que adopte decisiones para las que no se encuentra preparada, aunque se exploran de manera activa los riesgos y se ofrecen opciones de ayuda adaptadas a su situación. La coordinación con otros profesionales se plantea como parte del cuidado, no como un trámite externo al proceso enfermero.

La evolución se describe a partir de contactos sucesivos, valorando cambios en el nivel de angustia, calidad del sueño, capacidad de verbalización, aceptación del apoyo disponible y desarrollo progresivo de estrategias de autoprotección y solicitud de ayuda.

Resultados

Presentación de la situación clínica

Mujer de 36 años, identificada como M.R., que consulta por insomnio de varias semanas de evolución, sensación continua de nerviosismo, llanto fácil y episodios de miedo intenso al salir del domicilio. Refiere cansancio, dificultad para rendir en el trabajo y pérdida de interés por actividades habituales. Durante la entrevista mantiene actitud hipervigilante, mira con frecuencia hacia la puerta y responde con vacilaciones cuando se exploran aspectos familiares. Acude sola y expresa que desde hace meses “no logra estar tranquila”, aunque en un primer momento niega la existencia de un problema concreto.

Tras una primera acogida en ambiente de privacidad y sin interrupciones, la paciente verbaliza que ha sufrido episodios de control, humillación, amenazas y agresiones por parte de su pareja. Indica que la convivencia se ha interrumpido recientemente, pero persiste el temor a encuentros imprevistos y a nuevas intimidaciones. Refiere sobresaltos ante ruidos, dificultad para dormir por recuerdos intrusivos, sensación de culpa por “haber permitido la situación” y aislamiento progresivo respecto de amistades y familiares. No describe intención autolítica en ese momento, pero sí pensamientos de desesperanza y la percepción de no ser capaz de sostener la situación mucho tiempo más.

En la exploración enfermera destacan ansiedad elevada, tensión muscular, fatiga, discurso entrecortado al relatar acontecimientos violentos y necesidad de confirmación frecuente sobre la confidencialidad de la consulta. La paciente presenta apetito irregular, bajo nivel de descanso y disminución de la concentración. Conserva orientación, juicio global y capacidad para participar en decisiones, aunque se encuentra emocionalmente desbordada en determinados momentos de la entrevista. Refiere apoyo parcial de una hermana, desconocimiento de recursos específicos y miedo a que el agresor conozca sus movimientos.

Valoración enfermera priorizada

La valoración inicial permite identificar varias áreas de atención inmediata. La primera es la seguridad. Aunque no existe convivencia actual, sí persiste riesgo percibido por contacto, seguimiento y amenazas. Resulta necesario explorar si el agresor conoce su domicilio, lugar de trabajo, rutinas o personas de apoyo, así como la existencia de episodios recientes de mayor gravedad. La segunda área es la respuesta traumática, expresada por hipervigilancia, insomnio, miedo persistente, recuerdos intrusivos, evitación y notable afectación del funcionamiento diario. La tercera es el deterioro del afrontamiento, con sentimientos de culpa, disminución de la red relacional y dificultad para organizar pasos concretos de protección y búsqueda de ayuda.

En el plano emocional, la paciente muestra intensa necesidad de ser creída y acogida sin juicio. El relato se acompaña de vergüenza y ambivalencia: reconoce el daño sufrido, pero también minimiza algunos episodios y se responsabiliza parcialmente de ellos. Esta oscilación es clínicamente relevante, ya que puede interferir en la adherencia al seguimiento y en la toma de decisiones. Se observa, además, un patrón de evitación de conversaciones relacionadas con el episodio violento, compatible con mecanismos de autoprotección psicológica en fases iniciales.

Entre los problemas de cuidados destacan el miedo persistente, la alteración del patrón de sueño, la ansiedad, la vulnerabilidad frente a nuevas situaciones de violencia, el aislamiento social y la necesidad de apoyo emocional continuado. También requiere valoración mantenida la posible aparición de sintomatología depresiva de mayor intensidad, ideación autolítica, consumo de psicofármacos sin supervisión o incremento de la disfunción ocupacional y familiar.

Planificación inicial de cuidados

En una primera fase, los objetivos se orientan a disminuir el nivel de angustia aguda durante la consulta, favorecer una percepción básica de seguridad y establecer una alianza terapéutica que permita continuidad. Resulta prioritario que la paciente pueda identificar que la atención recibida no cuestiona su relato y que su malestar tiene relación con una situación de violencia, evitando interpretaciones culpabilizadoras.

Otro objetivo inmediato es explorar, junto a la paciente, medidas realistas de protección. Esto incluye revisar personas de confianza, vías seguras de contacto, lugares a los que acudir si aumenta el riesgo, formas de pedir ayuda y conveniencia de activar recursos especializados según el contexto. La planificación no debe imponer decisiones complejas en un momento de intensa sobrecarga emocional, pero sí facilitar opciones concretas y comprensibles.

En el plano clínico, se busca mejorar la regulación emocional básica, iniciar estrategias para el manejo de ansiedad y sueño, y detectar de manera precoz signos que aconsejen una intervención más intensiva. La continuidad del seguimiento se considera un objetivo terapéutico en sí mismo, por la tendencia de estas situaciones a la interrupción del contacto asistencial cuando la mujer se siente desbordada o teme consecuencias externas.

Intervenciones enfermeras

La primera intervención consiste en proporcionar un espacio de escucha terapéutica, con validación explícita del sufrimiento y respeto del ritmo narrativo. Se emplean preguntas abiertas, lenguaje claro y una actitud no directiva que evita culpabilizar o confrontar. Verbalizaciones como reconocer el miedo, nombrar la violencia como un hecho relevante para la salud y transmitir disponibilidad asistencial ayudan a disminuir la sensación de aislamiento. Durante la entrevista se cuidan especialmente los tiempos, la intimidad y la observación de signos de saturación emocional, permitiendo pausas cuando el relato incrementa la angustia.

La contención emocional se complementa con intervenciones breves de regulación, como focalización en la respiración, orientación al presente y apoyo para identificar sensaciones corporales asociadas a la ansiedad. Estas medidas no sustituyen un tratamiento específico, pero pueden ser útiles para reducir desbordamiento inmediato y favorecer que la paciente mantenga capacidad de participación en la consulta. También se exploran recursos personales previos de afrontamiento que no supongan riesgo, como contacto con una persona de confianza, rutinas básicas de autocuidado o estrategias que anteriormente le ayudaran a recuperar calma.

La valoración del riesgo se realiza de forma continuada. Se pregunta por amenazas recientes, acceso del agresor a la paciente, episodios de persecución, control digital o telefónico, presencia de menores y posibilidad de regresar a un entorno no seguro. A partir de esta información se trabaja un plan básico de seguridad adaptado a su situación: teléfonos de ayuda disponibles, preparación de contactos prioritarios, identificación de lugares seguros, revisión de la confidencialidad de citas y recomendaciones generales para evitar exposiciones innecesarias cuando el riesgo es alto. La educación se ofrece de forma dosificada para no saturar a la paciente.

En relación con el sueño y la activación traumática, la enfermera orienta medidas de higiene del descanso compatibles con el estado clínico, diferenciando lo que puede intentarse en domicilio de lo que requiere reevaluación profesional si el insomnio persiste o empeora. Se explican de manera sencilla algunas reacciones frecuentes tras experiencias traumáticas, con el objetivo de reducir la autoatribución de “debilidad” o “pérdida de control”. Esta psicoeducación inicial debe ser prudente y ajustada al nivel de comprensión y tolerancia emocional.

La intervención incluye además fortalecimiento de la red de apoyo. La paciente identifica a una hermana como figura de confianza, pero reconoce haber ocultado parte de la situación. Se acuerda valorar qué información desea compartir y qué ayuda concreta podría solicitar. El apoyo social no se presupone disponible por el mero hecho de existir familiares; debe explorarse su calidad, accesibilidad y seguridad real. Paralelamente, se propone coordinación con trabajo social para revisar necesidades sociales y con profesionales de salud mental para seguimiento clínico más estrecho. Cuando la situación lo aconseja, la derivación a recursos especializados en violencia debe plantearse como una ampliación de apoyos, no como una transferencia que rompa el vínculo asistencial.

La relación terapéutica se mantiene mediante citas de seguimiento próximas, pactadas con la paciente y adaptadas a su disponibilidad. Entre una visita y otra se revisan cambios en el nivel de miedo, sueño, capacidad de concentración, exposición a nuevos contactos del agresor y utilización de los apoyos acordados. La continuidad permite reformular objetivos de manera progresiva y detectar recaídas, bloqueos o nuevas necesidades.

Evolución clínica

En los primeros contactos, M.R. mantiene ansiedad elevada y gran temor a las consecuencias de pedir ayuda. Sin embargo, comienza a verbalizar con mayor claridad los episodios vividos y a relacionar sus síntomas con la experiencia de violencia. Refiere alivio subjetivo al sentirse escuchada sin cuestionamientos y acepta revisar medidas básicas de seguridad. Contacta con su hermana y acuerda disponer de un lugar al que acudir si percibe incremento del riesgo.

En el seguimiento posterior persisten alteraciones del sueño y sobresaltos, aunque disminuye la sensación de descontrol durante las entrevistas. La paciente tolera mejor hablar de lo ocurrido sin interrumpir de forma abrupta el relato y empieza a identificar señales corporales de ansiedad. Acepta coordinación con otros recursos asistenciales y sociales, manteniendo el seguimiento enfermero como espacio estable de apoyo y reevaluación. La evolución no es lineal; aparecen momentos de ambivalencia y deseo de “no mover nada”, pero el proceso asistencial facilita que estas oscilaciones puedan abordarse sin ruptura del cuidado.

Desde la perspectiva funcional, continúa con dificultades de concentración y cansancio, por lo que se refuerza el autocuidado básico y la necesidad de no interpretar la mejoría únicamente como desaparición completa de síntomas. La intervención se orienta a consolidar seguridad, sostener el vínculo terapéutico y acompañar un proceso de recuperación que previsiblemente requerirá tiempo y coordinación interdisciplinar.

Discusión/Conclusiones

La situación descrita refleja una forma frecuente de presentación clínica: la mujer no consulta inicialmente por la violencia, sino por el impacto psíquico y funcional derivado de ella. Este dato tiene implicaciones relevantes para Enfermería. Limitar la atención a los síntomas visibles puede conducir a respuestas fragmentadas, mientras que una valoración sensible al trauma permite comprender mejor la relación entre miedo, insomnio, hipervigilancia, aislamiento y dificultades para sostener la vida cotidiana.

Uno de los ejes del cuidado es la seguridad. No se reduce a preguntar si existe agresión física actual, sino que exige explorar amenazas, control, persecución, convivencia, accesibilidad del agresor y capacidad real de la mujer para protegerse. La seguridad también incluye aspectos relacionales y organizativos: garantizar privacidad, evitar interrupciones, acordar formas seguras de contacto y no precipitar decisiones para las que la paciente no dispone todavía de recursos emocionales o sociales suficientes. La intervención enfermera debe equilibrar apoyo y prudencia, sin trivializar el riesgo ni sustituir la autonomía de la mujer.

Otro aspecto central es la relación terapéutica. En violencia de género y trauma, el modo de estar de la profesional influye de forma directa en la posibilidad de continuidad asistencial. Ser creída, no sentirse juzgada y percibir que su malestar tiene legitimidad clínica puede disminuir la vergüenza y favorecer la aceptación de ayuda. Esta dimensión relacional no es un elemento accesorio, sino parte sustantiva del tratamiento enfermero, especialmente cuando la experiencia previa de violencia ha deteriorado la confianza interpersonal.

La respuesta traumática obliga además a evitar interpretaciones simplistas sobre la conducta de la paciente. La ambivalencia, la minimización del daño o la dificultad para relatar de forma ordenada no invalidan el sufrimiento ni deben leerse como falta de colaboración. Con frecuencia forman parte de mecanismos de adaptación al trauma, del miedo a las consecuencias o del agotamiento emocional acumulado. Una mirada clínica ajustada ayuda a sostener el seguimiento sin culpabilizar.

La coordinación con otros recursos constituye otro componente esencial del cuidado. Salud mental, trabajo social, atención sanitaria continuada y dispositivos específicos de apoyo pueden resultar necesarios en diferentes momentos, pero su activación debe integrarse de forma comprensible y acompañada. Derivar no equivale a desvincularse. Enfermería mantiene un papel relevante en la reevaluación del riesgo, la observación evolutiva, el refuerzo del plan de seguridad y el acompañamiento en la utilización de recursos.

Este tipo de abordaje presenta límites. La disponibilidad de tiempo, la organización del dispositivo, la formación específica de los equipos y las barreras sociales o administrativas pueden condicionar la respuesta. También existen situaciones en las que la complejidad clínica o el riesgo obligan a intervenciones más intensivas y a decisiones urgentes. Aun así, incluso en contextos asistenciales exigentes, la incorporación de una valoración integral, una escucha cuidadosa y una planificación básica de seguridad puede modificar de forma significativa la experiencia de atención.

En síntesis, los cuidados de salud mental ante violencia de género y síntomas traumáticos exigen un proceso enfermero centrado en la persona, atento al riesgo, sostenido por la relación terapéutica y articulado con recursos de continuidad. La labor enfermera puede contribuir a identificar sufrimiento no verbalizado, reducir desorganización emocional inmediata y favorecer trayectorias asistenciales más seguras y humanizadas.

Conflicto de intereses

Los autores declaran la ausencia de conflictos de intereses en la preparación de este manuscrito.

Financiación

El presente manuscrito se ha realizado sin financiación externa específica.

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