Pediatric pain: assessment, communication and family participation
Incluido en la revista CADICE. Vol. I . N.º 8 – Agosto 2026
Pág. Inicial: Vol. I; N.º 8:302
Autor principal (primer firmante): Marta Vidal Herrera
Fecha recepción: 29/07/26
Fecha aceptación: 23/08/26
Fecha de publicación: 30/08/26
Ref.: CADICE. 2026;1(8):302
Autores:
Marta Vidal Herrera
Raúl Gómez Salcedo
Irene Campos Núñez
David León Morales
Paula Ríos Fuentes
Categoría: Enfermería
Palabras clave: Revisión; Enfermería pediátrica; Familia; Dolor en niños; Cuidados de Enfermería; Niño; Comunicación; Enfermería basada en la evidencia; Medición del dolor; Salud infantil
Keywords: Review; Pediatric Nursing; Family; Pain; Nursing Care; Child; Communication; Evidence-Based Nursing; Pain Measurement; Child Health
Resumen
Introducción: El dolor en la infancia constituye una experiencia compleja con repercusiones fisiológicas, emocionales, conductuales y relacionales. Su abordaje exige reconocer que la expresión dolorosa varía según la edad, el desarrollo, el contexto clínico y la presencia de experiencias previas. En este escenario, Enfermería ocupa una posición central por su continuidad asistencial, su proximidad al niño y a la familia y su papel en la detección precoz, la valoración repetida y la implementación de medidas de alivio.
Objetivos: Revisar los elementos principales de la valoración del dolor pediátrico, analizar la comunicación terapéutica adaptada al desarrollo y describir la participación de la familia como componente relevante de los cuidados enfermeros.
Metodología: Se presenta una revisión teórica de carácter narrativo orientada a integrar conocimientos clínicos y asistenciales de interés para la práctica enfermera pediátrica. El análisis se organiza en torno a la conceptualización del dolor infantil, la valoración clínica, la comunicación con el niño y su entorno y las implicaciones para los cuidados.
Resultados: La valoración del dolor pediátrico requiere combinar observación clínica, herramientas de medición adecuadas a la edad y escucha activa de la experiencia del niño y de su familia. La comunicación adaptada al desarrollo favorece la expresión de síntomas, reduce la incertidumbre y mejora la colaboración en los procedimientos. La familia puede aportar información relevante sobre cambios conductuales, estrategias previas de consuelo y respuesta habitual al dolor, aunque su participación debe integrarse sin sustituir la voz del menor cuando esta sea posible. El abordaje enfermero incluye medidas farmacológicas prescritas y estrategias no farmacológicas individualizadas, junto con reevaluación sistemática y educación sanitaria.
Discusión/Conclusiones: El dolor pediátrico no debe infravalorarse por la dificultad expresiva del niño ni por creencias erróneas sobre su capacidad de recuerdo o adaptación. Una atención enfermera estructurada, sensible al desarrollo y centrada en la familia puede contribuir a mejorar el reconocimiento del dolor, la calidad de la comunicación clínica y la experiencia asistencial. La práctica requiere individualización, coordinación interdisciplinar y continuidad en la evaluación.
Abstract
Introduction: Pain in childhood is a complex experience with physiological, emotional, behavioural and relational consequences. Its management requires recognition that pain expression varies according to age, developmental stage, clinical context and previous experiences. In this setting, nursing plays a central role because of its continuity of care, closeness to children and families, and responsibility for early detection, repeated assessment and implementation of relief measures.
Objectives: To review the main components of paediatric pain assessment, analyse therapeutic communication adapted to developmental stage, and describe family participation as a relevant element of nursing care.
Methodology: A narrative theoretical review was developed to integrate clinical and care-related knowledge of interest to paediatric nursing practice. The analysis was organised around the concepts of childhood pain, clinical assessment, communication with the child and family, and implications for nursing care.
Results: Paediatric pain assessment requires a combination of clinical observation, age-appropriate measurement tools and active listening to the child’s and family’s experience. Developmentally adapted communication promotes symptom expression, reduces uncertainty and improves cooperation during procedures. Families may provide relevant information about behavioural changes, previous comforting strategies and the child’s usual response to pain, although their participation should not replace the child’s own report whenever this is possible. Nursing management includes prescribed pharmacological measures and individualised non-pharmacological strategies, as well as systematic reassessment and health education.
Discussion/Conclusions: Paediatric pain should not be underestimated because of limited verbal expression or misconceptions about children’s ability to remember or adapt to painful experiences. Structured nursing care, sensitive to developmental stage and family-centred, may improve pain recognition, clinical communication and the overall care experience. Practice requires individualisation, interdisciplinary coordination and continuity in assessment.
Introducción
El dolor en la población pediátrica sigue siendo un motivo frecuente de atención sanitaria en contextos muy diversos: procesos agudos, procedimientos diagnósticos o terapéuticos, situaciones postoperatorias, enfermedades crónicas y cuidados paliativos, entre otros. Sin embargo, su reconocimiento y manejo continúan planteando dificultades específicas. Una de las más relevantes es que el dolor infantil no siempre puede expresarse de forma verbal clara y directa. En lactantes, niños pequeños o menores con alteraciones del desarrollo, la manifestación del sufrimiento puede observarse a través del llanto, los cambios posturales, la irritabilidad, la evitación del contacto, las alteraciones del sueño o de la alimentación y otros signos conductuales y fisiológicos.
A ello se suma que la experiencia dolorosa en la infancia no depende únicamente del estímulo nociceptivo. La ansiedad, el miedo, la separación de las figuras de apego, la anticipación de procedimientos, la vivencia previa de hospitalización y el estilo de afrontamiento del entorno pueden modular la percepción del dolor. Desde una perspectiva clínica, esto obliga a evitar interpretaciones reduccionistas y a considerar el dolor como una experiencia subjetiva en la que confluyen dimensiones sensoriales, afectivas y contextuales.
Enfermería tiene un papel particularmente relevante en este campo. La observación continuada, la relación terapéutica mantenida durante la hospitalización o la atención ambulatoria y la capacidad para integrar datos clínicos con información proporcionada por la familia sitúan a la enfermera en una posición privilegiada para identificar el dolor, valorarlo de forma periódica y activar intervenciones dirigidas al alivio y al confort. La calidad de esa valoración condiciona decisiones posteriores: administración de analgesia prescrita, selección de medidas no farmacológicas, preparación del menor antes de un procedimiento, necesidad de reevaluación temprana o derivación al equipo correspondiente.
La comunicación constituye otro eje del problema. El niño no es un receptor pasivo de cuidados, sino un sujeto con capacidad variable de comprensión y participación. Adaptar el lenguaje a la etapa evolutiva, explorar temores y expectativas y ofrecer explicaciones comprensibles puede modificar de forma significativa la respuesta dolorosa y la cooperación. Del mismo modo, la familia no debe ser entendida solo como acompañante. En muchos casos aporta la información más sensible sobre la conducta basal del menor, su manera habitual de expresar malestar y las estrategias que le resultan calmantes. El reto asistencial consiste en integrar esa participación de manera ordenada, sin invisibilizar la experiencia del niño ni trasladar a la familia una responsabilidad que corresponde al equipo profesional.
Abordar el dolor pediátrico desde Enfermería implica, por tanto, considerar la valoración, la comunicación y la participación familiar como dimensiones inseparables de un mismo proceso de cuidados.
Objetivos
Revisar los fundamentos clínicos y asistenciales del dolor pediátrico desde la perspectiva enfermera, con especial atención a la valoración sistemática, la comunicación adaptada al desarrollo y la participación de la familia en el proceso de cuidados.
De forma específica, se pretende:
- Describir los elementos que condicionan la expresión del dolor en la infancia.
- Analizar la importancia de una valoración multidimensional y continuada.
- Examinar los principios de la comunicación terapéutica con niños y adolescentes en situaciones de dolor.
- Delimitar el papel de la familia como fuente de información, apoyo emocional y agente colaborador en los cuidados.
- Identificar implicaciones prácticas para la actuación enfermera en diferentes entornos asistenciales.
Metodología
Se desarrolla una revisión teórica de carácter narrativo centrada en aspectos clínicos y asistenciales del dolor pediátrico de interés para la práctica enfermera. El enfoque adoptado busca integrar conocimientos habitualmente dispersos entre la valoración del síntoma, la comunicación clínica y la participación familiar, con una orientación aplicada a la atención pediátrica.
La exposición se estructura en torno a cuatro ejes: la singularidad del dolor en la infancia, los principios de valoración enfermera, la comunicación con el menor y la familia, y las intervenciones de cuidados que pueden contribuir al alivio del dolor y a la mejora de la experiencia asistencial. Dado el carácter teórico del trabajo, no se presentan resultados cuantitativos ni comparación de estudios concretos, sino una síntesis razonada de contenidos relevantes para la práctica profesional.
Se adopta una perspectiva prudente, reconociendo que la valoración y el manejo del dolor deben adaptarse a la edad, al desarrollo, a la situación clínica, al entorno asistencial y a las indicaciones terapéuticas vigentes en cada centro. La revisión se orienta a la reflexión clínica y a la mejora del juicio enfermero, no a la formulación de un protocolo universal.
Resultados
El dolor pediátrico como experiencia biopsicosocial
En la infancia, el dolor rara vez puede entenderse solo a partir de su intensidad. La manera en que se percibe y se expresa está mediada por el momento evolutivo, la capacidad simbólica, el lenguaje disponible, la presencia de figuras de apego y el significado atribuido a lo que está ocurriendo. Un lactante puede manifestar dolor mediante cambios de llanto, expresión facial o alteración del tono corporal; un preescolar puede asociarlo al miedo a la separación o al castigo; un escolar empieza a describir localización y cualidad; y un adolescente puede verbalizar el síntoma con mayor precisión, aunque a veces lo oculte por pudor, deseo de autonomía o temor al procedimiento.
Esta variabilidad obliga a evitar dos errores frecuentes: asumir que el niño pequeño siente menos dolor por no poder expresarlo con claridad, y reducir la valoración a una sola pregunta o a un único indicador. El dolor también puede quedar enmascarado por sedación, cansancio, limitaciones neurológicas o contextos de alta demanda asistencial. Por ello, la interpretación clínica requiere integrar signos conductuales, información del entorno y datos aportados por el propio menor cuando sea posible.
Valoración enfermera: sistemática, repetida y adaptada a la edad
La valoración del dolor debe formar parte de la evaluación clínica habitual, con la misma relevancia que otros parámetros asistenciales. No se trata únicamente de detectar si el niño tiene dolor, sino de explorar sus características, evolución y repercusión funcional. Resulta útil considerar localización, inicio, duración, factores desencadenantes o atenuantes, relación con procedimientos, impacto sobre el descanso, la movilización, la alimentación, el juego y la interacción con familiares o profesionales.
Cuando el desarrollo lo permite, el autorreporte del niño constituye una fuente de información de gran valor. En edades más tempranas o en situaciones en las que el autorreporte no es fiable, deben utilizarse herramientas observacionales adecuadas al contexto. Más que la elección aislada de una escala, lo determinante es que esta sea conocida por el equipo, se aplique de manera coherente y permita reevaluar la respuesta tras las intervenciones. La misma herramienta no siempre es válida para todos los pacientes ni para todas las circunstancias clínicas.
La enfermera debe prestar atención a cambios sutiles en la conducta: disminución de la interacción, rechazo a ser tocado, rigidez, protección de una zona corporal, hipervigilancia, llanto inconsolable o somnolencia no habitual. También conviene valorar la concordancia entre la observación profesional y la percepción familiar. En ocasiones, la familia detecta alteraciones mínimas que preceden a manifestaciones más evidentes; en otras, su ansiedad puede aumentar la percepción de gravedad. Integrar ambas perspectivas exige escucha activa y juicio clínico.
La reevaluación es una parte inseparable del proceso. Cualquier intervención analgésica o de confort, farmacológica o no farmacológica, debe ir seguida de una nueva valoración orientada a comprobar si el dolor ha disminuido, si el niño está más tranquilo, si tolera mejor la movilización o si persiste una respuesta que obligue a replantear el abordaje. Documentar estas observaciones mejora la continuidad de cuidados y facilita la comunicación dentro del equipo.
Comunicación terapéutica con el niño y el adolescente
La comunicación en situaciones de dolor no se limita a obtener información. También ayuda a contener la angustia, reducir la incertidumbre y generar una relación de confianza. En pediatría, explicar qué va a ocurrir, qué sensaciones pueden aparecer y qué recursos se van a utilizar para aliviar el malestar puede disminuir la anticipación ansiosa y favorecer la colaboración. Las explicaciones deben adaptarse a la edad y al nivel de comprensión del menor, evitando tanto el tecnicismo excesivo como mensajes engañosos.
Con niños pequeños, la comunicación se apoya en frases breves, referencias concretas y recursos visuales o lúdicos. En escolares suele ser útil ofrecer una secuencia clara del procedimiento y permitir preguntas. En adolescentes conviene preservar espacios de interlocución directa, respetar su intimidad y reconocer su necesidad de participar en decisiones relacionadas con su cuidado dentro de los límites establecidos por la situación clínica y la normativa aplicable.
No todo el mensaje es verbal. El tono de voz, la postura corporal, el tiempo dedicado y la coherencia entre lo que se dice y lo que se hace influyen en la percepción de seguridad. Prometer que “no dolerá nada” cuando no puede garantizarse puede deteriorar la confianza. Resulta más adecuado anticipar que puede haber molestia, explicar que el equipo estará pendiente y describir qué medidas se pondrán en marcha para ayudarle a tolerarla mejor.
La validación emocional también forma parte del cuidado. Frases que reconocen el miedo o el malestar sin minimizarlo favorecen una experiencia más segura. Cuando el dolor persiste o se asocia a procedimientos repetidos, conviene explorar cómo lo está interpretando el menor, qué estrategias le han sido útiles en ocasiones previas y qué nivel de participación desea asumir.
Participación de la familia en el proceso de cuidados
La familia desempeña un papel relevante en la experiencia dolorosa infantil. Su presencia puede aportar seguridad, facilitar la regulación emocional y proporcionar información sobre la línea basal del niño. Los cuidadores suelen reconocer mejor que nadie cambios en la expresión facial, en la forma de llorar, en el patrón de sueño o en la actitud corporal. Del mismo modo, conocen preferencias, miedos y medidas de consuelo que pueden incorporarse al plan de cuidados.
La participación familiar, no obstante, requiere acompañamiento profesional. Algunas familias muestran elevada ansiedad ante el dolor del hijo y pueden transmitir involuntariamente mayor tensión. Otras tienden a infravalorar el síntoma por experiencias previas o por interpretar que expresar dolor implica debilidad. La enfermera debe acoger estas respuestas sin juicio, ofrecer información clara y ayudar a que los cuidadores adopten un papel de apoyo útil: contener, acompañar, colaborar en técnicas de distracción, facilitar posturas de confort o reforzar estrategias de afrontamiento ya conocidas por el niño.
La presencia de los progenitores o cuidadores durante procedimientos debe individualizarse según el contexto clínico, la preparación previa, la preferencia familiar, la respuesta del menor y la dinámica del equipo. Cuando esa presencia es viable, es recomendable clarificar de antemano cuál será su función y qué conductas pueden resultar más beneficiosas. La familia no sustituye al profesional en la valoración ni en la toma de decisiones clínicas, pero sí puede constituir un apoyo valioso para humanizar la atención y sostener emocionalmente al niño.
En situaciones de dolor persistente o enfermedad crónica, la educación familiar cobra especial importancia. Comprender la diferencia entre analgesia de rescate y medidas pautadas, reconocer signos de empeoramiento, mantener rutinas adaptadas y evitar respuestas que aumenten la discapacidad asociada al dolor forman parte de un acompañamiento que Enfermería puede reforzar de manera continuada.
Intervenciones enfermeras para el alivio del dolor
El cuidado del dolor pediátrico combina intervenciones derivadas de la prescripción terapéutica con actuaciones autónomas de Enfermería orientadas al confort, la seguridad y la disminución del estrés. Entre las medidas generales se incluyen una valoración inicial rigurosa, la administración segura y oportuna de la analgesia prescrita, la observación de efectos terapéuticos y posibles efectos adversos, y la comunicación con el equipo cuando la respuesta no es la esperada.
Las medidas no farmacológicas pueden ser de gran utilidad como complemento. Su elección debe individualizarse según la edad, el tipo de dolor, el estado clínico y las preferencias del menor. La contención emocional, la presencia de una figura de apego, la succión en lactantes, el contacto piel con piel cuando procede, la distracción, el juego terapéutico, la respiración guiada, la relajación, la música, la imaginería, el ajuste postural, la reducción de estímulos ambientales y la preparación anticipada de procedimientos son recursos que pueden contribuir a disminuir la angustia y mejorar la tolerancia al dolor.
En procedimientos breves, la organización del entorno y la anticipación enfermera tienen un peso considerable. Preparar el material antes de iniciar la técnica, reducir tiempos de espera innecesarios, evitar repeticiones evitables, explicar la secuencia de actuación y coordinar la participación del acompañante son aspectos que repercuten directamente en la experiencia del niño. También debe considerarse la prevención del dolor asociado a cuidados rutinarios, ya que pequeñas intervenciones repetidas pueden generar una carga acumulativa de malestar.
En el ámbito hospitalario y extrahospitalario, la continuidad de cuidados exige registrar no solo la intensidad estimada del dolor, sino también qué estrategia ha resultado útil, qué temores expresa el menor, cómo responde la familia y qué factores agravan o alivian la situación. Esta información facilita intervenciones más consistentes entre turnos y mejora la personalización del cuidado.
Situaciones de especial complejidad
Existen escenarios en los que la valoración del dolor resulta particularmente difícil. Entre ellos se encuentran los niños con discapacidad cognitiva o trastornos de la comunicación, los pacientes críticamente enfermos, los recién nacidos y los menores sometidos a procedimientos repetidos. En estos casos, la observación de patrones conductuales, cambios fisiológicos y conocimiento previo del paciente adquieren un valor especial.
Otra situación compleja es el dolor persistente, donde el objetivo asistencial puede no ser la desaparición completa del síntoma, sino la mejora funcional, el sueño, la participación en actividades cotidianas y la reducción del sufrimiento asociado. Aquí, la comunicación debe ser especialmente cuidadosa para evitar mensajes que generen frustración o expectativas poco realistas. La familia puede requerir apoyo para comprender la naturaleza fluctuante del dolor y para sostener estrategias de afrontamiento que no refuercen la evitación excesiva.
En cuidados paliativos pediátricos, el alivio del dolor se integra en una visión más amplia de confort y calidad de vida. La valoración enfermera incorpora componentes físicos, emocionales y relacionales, con especial sensibilidad hacia los valores de la familia y las necesidades del niño en cada etapa de la enfermedad.
Discusión/Conclusiones
El dolor pediátrico exige una mirada clínica que combine competencia técnica y sensibilidad relacional. Su principal dificultad no radica solo en medirlo, sino en reconocer que la experiencia del niño está condicionada por factores evolutivos, emocionales y familiares que modifican su expresión y su afrontamiento. Desde esta perspectiva, la valoración enfermera no puede limitarse a un dato aislado ni a la observación ocasional; debe ser un proceso continuado, contextual y orientado a la toma de decisiones.
La comunicación adaptada a la edad constituye una intervención en sí misma. Explicar, anticipar, escuchar y validar contribuye a disminuir la incertidumbre y facilita una relación terapéutica más segura. El niño debe ser incluido como interlocutor siempre que su desarrollo lo permita, incluso cuando la familia conserve un papel central. Esta inclusión no solo mejora la calidad de la información clínica, sino que respeta su vivencia y favorece una participación más ajustada a sus capacidades.
La familia, por su parte, representa un recurso asistencial de gran valor cuando su participación se integra de forma guiada. Aporta conocimiento del menor, ayuda a identificar cambios precoces y puede colaborar en medidas de consuelo y afrontamiento. No obstante, esa colaboración requiere orientación profesional, especialmente en contextos de alta carga emocional o dolor persistente. Humanizar los cuidados no significa delegar funciones clínicas, sino construir un marco de cooperación en el que niño, familia y profesionales compartan información y objetivos realistas.
Para Enfermería, esto implica reforzar prácticas que a veces se consideran secundarias pero que tienen gran repercusión asistencial: reevaluar tras cada intervención, documentar la respuesta, preparar los procedimientos, adecuar el lenguaje, identificar señales no verbales y sostener a la familia sin invisibilizar la voz del menor. También supone reconocer los límites de una aproximación uniforme. No todos los niños expresan el dolor del mismo modo, no todas las familias participan igual y no todos los contextos asistenciales permiten las mismas estrategias.
Una atención enfermera estructurada y centrada en la persona puede contribuir a un mejor control del dolor y a una experiencia de cuidado más segura y respetuosa. La mejora de la práctica pasa por consolidar la valoración sistemática, fortalecer la competencia comunicativa y considerar a la familia como parte del proceso terapéutico, siempre desde la individualización clínica y la coordinación interdisciplinar.
Conflicto de intereses
Los autores declaran que no existen conflictos de intereses personales, profesionales o económicos relacionados con este trabajo.
Financiación
La realización de este trabajo no recibió ayudas económicas ni financiación institucional específica.
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