Complicated grief: foundations of emotional support in nursing care
Incluido en la revista CADICE. Vol. I . N.º 7 – Julio 2026
Pág. Inicial: Vol. I; N.º 7:88
Autor principal (primer firmante): Isabel Gómez Cordero
Fecha recepción: 16/06/26
Fecha aceptación: 14/07/26
Fecha de publicación: 18/07/26
Ref.: CADICE. 2026;1(7):88
Autores:
Isabel Gómez Cordero
Adrián López Herrera
Teresa Molina García
Categoría: Enfermería
Palabras clave: Relaciones enfermera-paciente; Enfermería basada en la evidencia; Duelo; Salud mental; Apoyo psicosocial; Pérdida; Apoyo emocional; Cuidados de Enfermería; Intervención en crisis; Adaptación psicológica
Keywords: Nurse-Patient Relations; Evidence-Based Nursing; Grief; Mental Health; Psychosocial Support; Bereavement; Emotional Support; Nursing Care; Crisis Intervention; Adaptation, Psychological
Resumen
Introducción: El duelo constituye una respuesta humana esperable ante la pérdida de una persona significativa, pero en algunos casos su evolución se acompaña de sufrimiento intenso, persistente y con repercusión funcional relevante. En estos procesos, la Enfermería ocupa una posición asistencial privilegiada por su proximidad clínica, continuidad del cuidado y capacidad para detectar necesidades emocionales, familiares y sociales.
Objetivos: Analizar los fundamentos del apoyo emocional enfermero en situaciones de duelo complicado, describir elementos clave para la valoración clínica y exponer líneas de actuación profesional orientadas a un acompañamiento seguro, individualizado y coordinado.
Metodología: Revisión teórica de enfoque narrativo, centrada en la comprensión clínica del duelo complicado y en su abordaje desde los cuidados enfermeros. Se integran conceptos de salud mental, relación terapéutica, apoyo psicosocial e intervención en crisis aplicables a distintos niveles asistenciales.
Resultados: El duelo complicado puede expresarse mediante añoranza persistente, intensa dificultad para aceptar la pérdida, alteración del funcionamiento cotidiano, culpa, aislamiento, desregulación emocional o coexistencia de síntomas ansiosos y depresivos. La intervención enfermera requiere valoración integral, escucha activa, contención emocional, identificación de factores de vulnerabilidad, apoyo a la red familiar y coordinación con otros profesionales cuando existan signos de deterioro clínico o riesgo psicosocial.
Discusión/Conclusiones: El acompañamiento enfermero no consiste en dirigir el proceso de duelo ni en normalizar de forma indiscriminada el sufrimiento, sino en reconocer su singularidad, sostener la experiencia emocional y facilitar adaptación progresiva. Una práctica prudente, relacional y basada en la valoración continuada puede contribuir a mejorar la calidad del cuidado en personas en duelo y a favorecer la detección precoz de situaciones que requieren mayor intensidad asistencial.
Abstract
Introduction: Grief is an expected human response to the loss of a significant person; however, in some cases it develops with intense, persistent suffering and marked functional impairment. In this context, nursing holds a relevant position due to its clinical proximity, continuity of care, and ability to identify emotional, family, and social needs.
Objectives: To analyse the foundations of nursing emotional support in complicated grief, to describe key elements for clinical assessment, and to outline professional approaches aimed at safe, individualised, and coordinated care.
Methodology: Narrative theoretical review focused on the clinical understanding of complicated grief and its nursing management. Concepts related to mental health, therapeutic relationship, psychosocial support, and crisis intervention were integrated for use across different care settings.
Results: Complicated grief may involve persistent yearning, difficulty accepting the loss, impaired daily functioning, guilt, social withdrawal, emotional dysregulation, and the coexistence of anxious or depressive symptoms. Nursing care requires comprehensive assessment, active listening, emotional containment, identification of vulnerability factors, support for family networks, and coordination with other professionals when clinical deterioration or psychosocial risk is identified.
Discussion/Conclusions: Nursing support should not impose a way of grieving or broadly normalise suffering; rather, it should acknowledge the uniqueness of loss, sustain emotional experience, and facilitate gradual adaptation. A prudent, relational, and continuously assessed nursing approach may improve care quality for bereaved persons and support early recognition of situations requiring more intensive intervention.
Introducción
La experiencia de pérdida forma parte de la trayectoria vital y se asocia a respuestas emocionales, cognitivas, conductuales y somáticas de gran variabilidad. El duelo no sigue una secuencia rígida ni presenta una expresión uniforme entre individuos, familias o contextos culturales. En la práctica clínica, esta heterogeneidad obliga a evitar simplificaciones y a situar el cuidado en la singularidad de cada persona. Para Enfermería, ello implica atender no solo al sufrimiento expresado, sino también a la forma en que la pérdida altera el descanso, la alimentación, la interacción social, la adherencia a cuidados previos, la percepción de sentido y la capacidad para afrontar demandas cotidianas.
En muchos casos, el duelo evoluciona de forma compatible con una adaptación progresiva, aunque no exenta de dolor. No obstante, algunas personas presentan una respuesta particularmente intensa, mantenida en el tiempo y asociada a un deterioro funcional relevante. Cuando la vivencia de pérdida se acompaña de bloqueo adaptativo, aislamiento sostenido, desesperanza marcada o incapacidad persistente para reorganizar la vida cotidiana, el abordaje enfermero requiere una mayor sensibilidad clínica. No se trata de patologizar cualquier manifestación de tristeza ni de imponer ritmos de recuperación, sino de identificar cuándo el sufrimiento deja de ser transitable con los apoyos habituales y comienza a comprometer de manera significativa la salud mental, la funcionalidad y la seguridad de la persona.
La noción de duelo complicado resulta útil para describir estas situaciones de evolución desfavorable o especialmente perturbadora. Aunque su delimitación puede variar según el marco clínico empleado, existe acuerdo en considerar que incluye un malestar persistente, centrado en la pérdida, con repercusión en la capacidad de adaptación. Desde Enfermería, este concepto adquiere relevancia porque muchas de sus manifestaciones emergen primero en espacios asistenciales donde la enfermera mantiene una relación longitudinal con pacientes y familias: hospitalización, atención primaria, cuidados paliativos, urgencias, salud mental, residencias o seguimiento comunitario.
La relación enfermera-paciente constituye uno de los principales instrumentos terapéuticos en este ámbito. La escucha activa, la presencia disponible, la validación emocional y la observación continuada permiten reconocer cambios sutiles que no siempre aparecen en una entrevista puntual. Del mismo modo, la proximidad asistencial facilita detectar dinámicas familiares de sobrecarga, silencios defensivos, sentimientos de culpa, temor a recordar a la persona fallecida o evitación persistente de contextos vinculados a la pérdida. Estos elementos no son accesorios; forman parte del núcleo del cuidado cuando el sufrimiento afecta a la adaptación psicológica y al equilibrio ocupacional, relacional y físico.
Además, el acompañamiento en duelo se sitúa en una intersección entre salud mental, apoyo psicosocial e intervención en crisis. La enfermera no sustituye a otros profesionales cuando se requiere una atención especializada, pero sí desempeña un papel decisivo en la detección precoz, la contención inicial y la continuidad del seguimiento. Su intervención puede contribuir a disminuir la vivencia de desamparo, favorecer la verbalización del dolor y reforzar factores protectores, siempre desde una práctica prudente, no invasiva y ajustada al contexto asistencial.
Abordar el duelo complicado desde Enfermería exige también revisar ciertos supuestos extendidos. Expresiones como “hay que pasar página” o “debe ser fuerte” pueden incrementar la incomprensión y consolidar el aislamiento emocional. Del mismo modo, equiparar ausencia de llanto con buena evolución o considerar cualquier persistencia del dolor como signo de trastorno resulta clínicamente reduccionista. El cuidado enfermero necesita una mirada matizada, capaz de distinguir entre diversidad de respuestas de duelo y señales de dificultad adaptativa que merecen mayor atención.
Objetivos
Analizar los fundamentos clínicos y relacionales del apoyo emocional enfermero en personas que presentan duelo complicado o riesgo de desarrollarlo.
Como objetivos específicos, se plantean los siguientes:
- Describir el significado clínico del duelo complicado y su relevancia para la práctica enfermera.
- Identificar manifestaciones emocionales, cognitivas, conductuales y funcionales que deben considerarse en la valoración.
- Examinar los componentes del acompañamiento terapéutico enfermero, con especial atención a la comunicación, la presencia y la contención emocional.
- Señalar factores de vulnerabilidad y situaciones de riesgo que pueden requerir intensificación del seguimiento o derivación.
- Proponer líneas generales de actuación orientadas a la continuidad asistencial, el apoyo a la familia y la coordinación interdisciplinar.
Metodología
Se presenta una revisión teórica de carácter narrativo orientada a integrar conocimientos clínicos útiles para la práctica enfermera en torno al duelo complicado. El desarrollo se centra en la comprensión del fenómeno, la identificación de necesidades de cuidado y la delimitación de intervenciones enfermeras de apoyo emocional aplicables en distintos entornos asistenciales.
El enfoque adoptado no pretende establecer un protocolo cerrado ni sustituir la valoración clínica individual. La exposición se organiza a partir de ejes conceptuales especialmente relevantes para Enfermería: relación terapéutica, respuesta humana ante la pérdida, adaptación psicológica, apoyo psicosocial, intervención en crisis y continuidad del cuidado. Esta aproximación permite ordenar un problema clínico complejo sin reducirlo a una suma de síntomas aislados.
Se ha priorizado un planteamiento prudente y compatible con la diversidad de contextos asistenciales. Por ello, las actuaciones descritas se formulan como orientaciones profesionales generales que deben ajustarse a la situación clínica, al entorno familiar, a la capacidad de afrontamiento previa, al momento evolutivo del duelo y a los recursos disponibles en cada ámbito. También se considera la necesidad de coordinación con dispositivos de salud mental, trabajo social y otros profesionales cuando el sufrimiento rebasa el marco de contención habitual de los cuidados generales.
Resultados
Comprensión clínica del duelo complicado
El duelo puede entenderse como un proceso de adaptación a la ausencia de alguien significativo. En esa adaptación coexisten dolor, recuerdos, reconfiguración de vínculos, cambios en rutinas y, con frecuencia, una reorganización profunda del proyecto vital. Cuando este proceso se dificulta de forma persistente, la persona puede quedar atrapada en una experiencia centrada casi exclusivamente en la pérdida, con una capacidad limitada para integrar lo sucedido y recuperar grados razonables de funcionamiento.
Entre las expresiones clínicas que pueden aparecer se encuentran la añoranza intensa y sostenida, la preocupación persistente por la persona fallecida, la dificultad marcada para aceptar la muerte, la sensación de vacío, la percepción de inutilidad del futuro, la culpa relacionada con hechos previos al fallecimiento o con la propia supervivencia, y la evitación de situaciones, lugares u objetos que actúan como recordatorio. En otros casos predomina la hiperconexión con esos recordatorios, la rumiación, la autoacusación o una fuerte dependencia del vínculo perdido como eje identitario.
El impacto funcional constituye un elemento central. La alteración del sueño, del apetito, de la energía y de la concentración puede traducirse en deterioro del autocuidado, descuido terapéutico en enfermedades crónicas, absentismo, retraimiento social o incapacidad para sostener responsabilidades básicas. En personas mayores, esta desorganización puede pasar inadvertida si se atribuye de forma inespecífica a la edad o a la viudedad reciente. En población adulta activa, el sufrimiento puede quedar enmascarado tras una aparente hiperfuncionalidad mantenida a costa de un importante desgaste emocional.
Factores que pueden aumentar la vulnerabilidad
No existe un perfil único de riesgo, pero determinados elementos pueden asociarse a mayor complejidad del duelo. Entre ellos destacan la relación de gran dependencia con la persona fallecida, antecedentes de problemas de salud mental, aislamiento social, pérdidas múltiples, circunstancias traumáticas o inesperadas del fallecimiento, conflictos no resueltos en la relación previa, escaso apoyo familiar o coexistencia de sobrecarga económica y de cuidados.
También debe considerarse el contexto en el que ocurre la pérdida. No es equivalente una muerte esperada tras enfermedad avanzada y acompañada por la familia que una muerte súbita o vivida en condiciones de elevada desorganización emocional. La posibilidad o imposibilidad de despedida, la percepción de haber recibido información comprensible, la experiencia asistencial previa y las creencias culturales o espirituales pueden modular la forma en que la persona elabora lo ocurrido.
Enfermería debe valorar estos factores sin convertirlos en predictores deterministas. Su utilidad radica en orientar la intensidad del seguimiento y en afinar la observación clínica, no en etiquetar de antemano la evolución de un paciente o una familia.
Valoración enfermera en personas en duelo
La valoración requiere tiempo, disponibilidad y una actitud clínica que combine acogida y precisión. Resulta relevante explorar cómo describe la persona la pérdida, qué significado atribuye al fallecimiento, qué cambios percibe en su vida diaria y qué recursos de apoyo considera accesibles. La escucha debe dirigirse tanto al contenido verbal como a signos de embotamiento afectivo, inquietud intensa, bloqueo narrativo, contradicciones persistentes o dificultad para situarse temporalmente tras la pérdida.
En la esfera emocional conviene observar tristeza profunda, ira, culpa, ansiedad, desesperanza, irritabilidad, miedo a nuevas pérdidas o sensación de despersonalización. En la esfera cognitiva pueden aparecer pensamientos intrusivos, incredulidad persistente, autorreproches o dificultad para tomar decisiones cotidianas. Desde el punto de vista conductual, son frecuentes el aislamiento, la evitación de actividades previas, la pérdida de interés, la búsqueda compulsiva de recuerdos o, en el extremo opuesto, la sobreocupación defensiva.
La valoración física y funcional no debe quedar relegada. El duelo puede asociarse a alteraciones del descanso, cambios en la ingesta, empeoramiento del dolor percibido, fatiga y menor adherencia terapéutica. En pacientes con enfermedad crónica, dependencia o situación de fragilidad, estas alteraciones pueden comprometer la evolución general y aumentar la necesidad de apoyo. Asimismo, resulta pertinente valorar la red de convivencia, la calidad del apoyo disponible y la sobrecarga de cuidadores cuando el proceso de duelo afecta a varios miembros de la familia.
Una parte especialmente sensible de la valoración es la detección de riesgo. La presencia de desesperanza intensa, verbalizaciones de falta de sentido, abandono grave del autocuidado, consumo problemático de sustancias, agitación importante o indicios de ideación autolesiva exige una exploración cuidadosa y la activación de los circuitos asistenciales correspondientes según el contexto clínico.
Fundamentos del apoyo emocional enfermero
El apoyo emocional enfermero no se limita a ofrecer consuelo verbal. Implica sostener una relación terapéutica donde la persona pueda expresar ambivalencias, silencios, rabia, culpa o tristeza sin temor a ser corregida de manera precipitada. La validación emocional consiste en reconocer la legitimidad del sufrimiento sin reforzar interpretaciones desadaptativas. Frases breves, respetuosas y no intrusivas suelen ser más útiles que discursos extensos orientados a tranquilizar.
La presencia enfermera adquiere valor terapéutico cuando transmite disponibilidad, continuidad y ausencia de juicio. En ocasiones, el cuidado consiste en acompañar un relato fragmentado o un silencio cargado de significado, más que en reconducir la conversación hacia mensajes de afrontamiento positivo. Esta actitud ayuda a reducir la soledad subjetiva, que con frecuencia intensifica el dolor y dificulta la elaboración de la pérdida.
La comunicación debe adaptarse al momento evolutivo. En fases de gran desorganización emocional puede ser suficiente ofrecer contención, clarificar necesidades inmediatas y ayudar a ordenar prioridades básicas de descanso, alimentación, medicación y apoyos cercanos. En etapas posteriores, puede resultar útil favorecer la expresión de recuerdos, explorar sentimientos de culpa, identificar rutinas desestructuradas y promover la recuperación gradual de actividades significativas. La intervención no debe forzar verbalización cuando la persona no se encuentra en disposición de hablar, pero sí mantener apertura para hacerlo cuando lo necesite.
Otro componente esencial es la ayuda para reconocer recursos de afrontamiento previos. Algunas personas han desarrollado formas eficaces de manejar situaciones adversas, redes de apoyo sólidas o referentes espirituales y comunitarios que pueden actuar como sostén. Enfermería puede contribuir a visibilizar estos elementos sin presentar el duelo como una tarea de rendimiento personal ni exigir una evolución lineal.
Apoyo a la familia y al entorno próximo
El duelo rara vez afecta a una sola persona. La familia puede constituir una fuente de apoyo, pero también un espacio de tensiones, expectativas contradictorias y silencios que complican la adaptación. En este sentido, la enfermera puede desempeñar una función mediadora orientada a facilitar comunicación respetuosa, detectar sobrecarga, prevenir desatención de miembros vulnerables y promover un reparto más realista de responsabilidades cuando el fallecimiento altera la organización familiar.
La familia también necesita orientación sobre formas de acompañar sin invadir. Recomendaciones generales como respetar ritmos, evitar mensajes moralizantes, favorecer presencia disponible y observar señales de retraimiento extremo pueden resultar útiles. Del mismo modo, es pertinente explorar cómo viven el duelo niñas, niños, personas mayores o familiares con dependencia previa, dado que pueden expresar el sufrimiento de manera menos verbalizada o quedar relegados en el proceso de atención.
Coordinación asistencial e intervención en crisis
El abordaje del duelo complicado requiere continuidad. La detección inicial pierde valor si no se acompaña de seguimiento y de una adecuada transferencia de información clínica entre niveles asistenciales. La enfermera, por su posición en el itinerario de cuidados, puede favorecer esa continuidad registrando manifestaciones relevantes, cambios funcionales, apoyos disponibles y necesidades de derivación o reevaluación.
En situaciones de crisis, la prioridad es reducir la desorganización inmediata y preservar la seguridad. Puede ser necesario centrar la intervención en necesidades básicas, asegurar acompañamiento, facilitar un entorno tranquilo, limitar estímulos sobrecargantes y coordinar valoración especializada cuando el sufrimiento se acompaña de riesgo clínico. Estas actuaciones no sustituyen un tratamiento específico, pero forman parte de una respuesta enfermera necesaria y frecuentemente decisiva.
La coordinación con salud mental, medicina, trabajo social, psicología clínica o recursos comunitarios debe plantearse cuando la intensidad del malestar, la persistencia del deterioro o la complejidad psicosocial superan el marco del apoyo emocional general. Esta coordinación no debe interpretarse como fracaso del cuidado enfermero, sino como expresión de una práctica segura y centrada en las necesidades reales de la persona.
Entornos asistenciales donde la intervención enfermera resulta especialmente relevante
En cuidados paliativos y hospitalización, el acompañamiento suele comenzar antes del fallecimiento y continúa durante el periodo de duelo temprano. La calidad de la información recibida, la percepción de trato digno y la posibilidad de resolver dudas pendientes pueden influir en cómo la familia inicia la elaboración de la pérdida. En atención primaria, la longitudinalidad favorece detectar persistencia del malestar, cambios en el patrón de vida y descompensación de problemas de salud preexistentes. En salud mental, la valoración puede profundizar en síntomas concurrentes, antecedentes y necesidades de intervención específica.
También en residencias y atención domiciliaria el papel enfermero es particularmente visible. La pérdida de un cónyuge, de un conviviente o de un referente cotidiano puede desestabilizar de forma notable a personas con fragilidad, deterioro funcional o escasa red social. En estos ámbitos, observar pequeños cambios en el autocuidado, la participación o el estado afectivo adquiere un valor clínico considerable.
Discusión/Conclusiones
El duelo complicado plantea a la Enfermería un reto que es al mismo tiempo clínico, ético y relacional. Clínico, porque exige distinguir entre respuestas esperables ante la pérdida y manifestaciones de sufrimiento persistente con repercusión funcional. Ético, porque obliga a cuidar sin invadir, sin imponer significados y sin reducir la experiencia humana del duelo a una secuencia normativa. Relacional, porque buena parte de la intervención se sostiene en la calidad del vínculo terapéutico y en la capacidad de la enfermera para estar presente de forma competente.
Uno de los riesgos habituales es oscilar entre dos extremos poco útiles: banalizar el dolor bajo la idea de que “todo duelo es normal” o medicalizar de forma apresurada cualquier persistencia del sufrimiento. Una práctica enfermera madura se sitúa en un punto intermedio: reconoce la legitimidad del dolor, observa su evolución, valora su impacto y actúa cuando aparecen señales de bloqueo adaptativo, deterioro o riesgo. Esa posición requiere habilidades comunicativas, juicio clínico y espacios de reflexión profesional.
El apoyo emocional enfermero aporta valor cuando se orienta a necesidades concretas: disminuir sensación de soledad, facilitar expresión emocional, preservar autocuidado básico, identificar apoyos, acompañar a la familia y promover continuidad asistencial. No se mide solo por la intensidad de la intervención verbal, sino por la capacidad para ofrecer presencia fiable, lectura clínica del contexto y coordinación oportuna con otros recursos. En muchos casos, esta combinación puede marcar la diferencia entre un sufrimiento acompañado y un sufrimiento silenciado.
La práctica diaria muestra además que el duelo no ocurre en el vacío. Se entrelaza con desigualdad social, roles de cuidado, dependencia previa, enfermedad crónica, historia vincular y experiencias asistenciales previas. Por ello, las respuestas estandarizadas tienen un alcance limitado. La intervención debe individualizarse, considerar el contexto cultural y relacional, y revisar de forma periódica si las necesidades cambian. La continuidad del seguimiento resulta especialmente importante cuando el dolor persiste más allá del periodo inmediato, aparecen alteraciones funcionales o la red de apoyo es insuficiente.
Desde una perspectiva organizativa, mejorar el cuidado a personas en duelo implica reforzar la formación de Enfermería en comunicación terapéutica, salud mental, intervención en crisis y trabajo con familias. También requiere circuitos claros de coordinación y derivación que permitan responder con agilidad cuando la complejidad clínica aumenta. Sin estos apoyos estructurales, el acompañamiento puede depender en exceso de iniciativas individuales y resultar desigual entre dispositivos.
En síntesis, el abordaje enfermero del duelo complicado debe apoyarse en la valoración integral, la relación terapéutica y la continuidad del cuidado. Acompañar no significa acelerar la adaptación ni ofrecer respuestas cerradas al dolor; significa sostener un espacio clínico donde la persona pueda ser escuchada, observada y cuidada con respeto a su singularidad. Cuando ese acompañamiento se articula con una detección prudente del riesgo y con una adecuada coordinación interdisciplinar, la Enfermería contribuye de forma significativa a una atención más humana, segura y clínicamente útil.
Conflicto de intereses
No se identifican conflictos de intereses por parte de los autores en relación con el tema tratado en este artículo.
Financiación
No se ha recibido financiación externa para el desarrollo, redacción o publicación del presente trabajo.
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