Education for patients receiving negative pressure wound therapy in complex wounds
Incluido en la revista CADICE. Vol. I . N.º 7 – Julio 2026
Pág. Inicial: Vol. I; N.º 7:87
Autor principal (primer firmante): Isabel Gómez Cordero
Fecha recepción: 16/06/26
Fecha aceptación: 12/07/26
Fecha de publicación: 18/07/26
Ref.: CADICE. 2026;1(7):87
Autores:
Isabel Gómez Cordero
Adrián López Herrera
Teresa Molina García
Categoría: Enfermería
Palabras clave: Cicatrización de heridas; Terapia de presión negativa; Promoción de la salud; Apósitos; Educación para la salud; Educación del paciente; Exudado; Piel; Estomas quirúrgicos; Heridas complejas
Keywords: Wound Healing; Negative-Pressure Wound Therapy; Health Promotion; Bandages; Health Education; Patient Education; Exudates and Transudates; Skin; Surgical Stomas; Complex Wounds
Resumen
Introducción: La terapia de presión negativa se ha incorporado al manejo de determinadas heridas complejas por su capacidad para favorecer el control del exudado, proteger el lecho de la herida y contribuir a un entorno local de cicatrización. Su utilización, tanto en el medio hospitalario como en la continuidad domiciliaria, exige que la persona atendida y su entorno comprendan el funcionamiento básico del sistema, identifiquen incidencias y participen de forma segura en los cuidados cotidianos.
Objetivos: Diseñar un programa de educación para la salud dirigido a pacientes portadores de terapia de presión negativa y a sus cuidadores, orientado a mejorar la comprensión del tratamiento, promover la adherencia, reforzar el autocuidado seguro y facilitar la detección precoz de problemas que requieran valoración profesional.
Metodología: Se plantea una intervención educativa estructurada desde Enfermería, aplicable a personas adultas con heridas complejas susceptibles de tratamiento con presión negativa. El programa se organiza en valoración inicial, planificación individualizada, sesiones educativas breves y evaluación continuada del aprendizaje, incorporando demostración práctica, verificación de la comprensión y adaptación a la situación funcional, cognitiva y social de cada paciente.
Resultados: El programa incluye contenidos sobre finalidad terapéutica, componentes del dispositivo, cuidados del apósito y del sistema de aspiración, protección de la piel perilesional, movilidad y descanso, higiene, manejo básico del exudado, signos de alarma y coordinación con los recursos asistenciales. Se describen asimismo el papel enfermero, los recursos educativos y los criterios para valorar aprendizaje, participación y continuidad de cuidados.
Discusión/Conclusiones: La educación sanitaria en este ámbito no debe limitarse a la transmisión de instrucciones técnicas. Requiere una intervención enfermera planificada, comprensible y adaptada al contexto clínico y familiar. Un programa educativo bien estructurado puede contribuir a disminuir errores en el manejo, favorecer la seguridad del paciente y mejorar la experiencia de cuidado en personas con heridas complejas tratadas con terapia de presión negativa.
Abstract
Introduction: Negative-pressure wound therapy has become part of the management of selected complex wounds due to its potential to help control exudate, protect the wound bed and support a healing environment. Its use in hospital settings and during home follow-up requires that patients and caregivers understand the basic operation of the system, recognize warning signs and participate safely in daily care.
Objectives: To design a health education programme for patients receiving negative-pressure wound therapy and their caregivers, aimed at improving treatment understanding, supporting adherence, strengthening safe self-care and facilitating early recognition of situations requiring professional assessment.
Methodology: A structured nursing-led educational intervention is proposed for adult patients with complex wounds treated with negative pressure. The programme is based on initial assessment, individualized planning, brief educational sessions and ongoing evaluation of learning, using practical demonstration, teach-back strategies and adaptation to each patient’s functional, cognitive and social context.
Results: The programme addresses therapeutic purpose, device components, dressing and suction system care, periwound skin protection, mobility and rest, hygiene, basic exudate management, warning signs and coordination with healthcare services. Nursing roles, educational resources and criteria to assess learning, participation and continuity of care are also described.
Discussion/Conclusions: Health education in this field should not be reduced to isolated technical instructions. It requires a planned, understandable and context-sensitive nursing intervention. A well-designed educational programme may help reduce handling errors, improve patient safety and support the care experience of people with complex wounds undergoing negative-pressure wound therapy.
Introducción
Las heridas complejas representan un problema asistencial de gran relevancia para Enfermería por su impacto sobre la integridad cutánea, el confort, la funcionalidad, la imagen corporal y la vida cotidiana de las personas atendidas. En este grupo se incluyen situaciones heterogéneas, como heridas quirúrgicas de evolución tórpida, dehiscencias, lesiones con elevada producción de exudado, pérdidas de sustancia con afectación de tejidos profundos o heridas localizadas en áreas anatómicas de difícil manejo. A ello se añade, en algunos casos, la coexistencia de estomas quirúrgicos, fragilidad cutánea, dolor, limitaciones de movilidad o comorbilidades que complejizan el plan de cuidados.
La terapia de presión negativa se utiliza como una modalidad de tratamiento local en determinadas heridas complejas. Su funcionamiento se basa, de forma general, en la aplicación controlada de presión subatmosférica a través de un sistema compuesto por apósito, interfaz, tubo de conexión y unidad de aspiración, con un reservorio para la recogida del exudado cuando el modelo lo incorpora. Aunque la indicación, la selección del dispositivo y los parámetros de tratamiento dependen de la valoración clínica y de los protocolos vigentes, la experiencia asistencial muestra que una parte importante del éxito del manejo cotidiano se relaciona con la comprensión del procedimiento por parte del paciente y su entorno.
En la práctica enfermera, la educación para la salud adquiere aquí un valor especial. El paciente con terapia de presión negativa puede convivir con un sistema que emite sonido, limita ciertos movimientos, requiere mantener un sellado adecuado y obliga a observar cambios en el aspecto del apósito, del exudado o de la piel perilesional. Cuando la atención continúa en domicilio, estas exigencias se trasladan al ámbito cotidiano, donde aparecen dudas frecuentes sobre higiene, descanso, deambulación, organización doméstica, contacto con el dispositivo y necesidad de consultar ante incidencias.
No todos los pacientes parten del mismo nivel de alfabetización en salud ni de las mismas capacidades para asumir autocuidados complejos. La edad avanzada, el deterioro cognitivo, la ansiedad ante la herida, el dolor, la dependencia funcional o la ausencia de apoyo cuidador pueden interferir en la adquisición de conocimientos y habilidades. Por ello, la enseñanza no debe reducirse a la entrega de instrucciones verbales en el momento del alta o del primer cambio de apósito, sino integrarse en un proceso progresivo, individualizado y verificable.
Desde una perspectiva enfermera, educar en terapia de presión negativa implica combinar contenidos técnicos con aspectos emocionales, funcionales y de seguridad. El objetivo no es convertir al paciente en responsable del tratamiento, sino facilitar una participación informada y realista, acorde con su situación clínica. También supone reforzar la continuidad asistencial, establecer canales claros de consulta y disminuir la variabilidad en la información ofrecida por los distintos profesionales.
En este marco, resulta pertinente describir un programa educativo que sirva de referencia para la práctica clínica, especialmente en unidades de hospitalización, consultas de heridas, cirugía, atención intermedia y seguimiento domiciliario. Un enfoque estructurado puede favorecer coherencia en los mensajes, mejorar la preparación para el alta y apoyar la adaptación del paciente a un tratamiento que, aunque habitual en numerosos entornos, sigue generando incertidumbre cuando no se acompaña de una adecuada intervención educativa.
Objetivos
El objetivo general es diseñar un programa de educación para la salud, liderado por Enfermería, dirigido a pacientes con heridas complejas portadores de terapia de presión negativa y, cuando proceda, a sus cuidadores principales, con la finalidad de promover un manejo seguro del tratamiento y una participación activa en los cuidados.
Como objetivos específicos se plantean los siguientes:
- Valorar las necesidades educativas del paciente y su entorno en relación con la herida, el dispositivo y el contexto domiciliario o institucional.
- Proporcionar información comprensible sobre la finalidad de la terapia y sobre los componentes básicos del sistema.
- Enseñar medidas de autocuidado relacionadas con la protección del apósito, la piel circundante y el dispositivo de aspiración.
- Favorecer conductas seguras durante la movilidad, el descanso, la higiene y las actividades de la vida diaria.
- Capacitar para la identificación precoz de incidencias o signos de alarma que requieran contacto con el equipo sanitario.
- Promover la adherencia al plan de curas y a las revisiones programadas.
- Mejorar la coordinación entre niveles asistenciales mediante información uniforme y continuada.
- Evaluar el aprendizaje alcanzado y la capacidad real para aplicar las recomendaciones en el entorno habitual de cuidados.
Metodología
Se propone un programa educativo de carácter estructurado e individualizable, orientado a personas adultas con heridas complejas tratadas con terapia de presión negativa en el ámbito hospitalario, ambulatorio o domiciliario. El diseño parte de la práctica enfermera centrada en la persona y considera que el proceso educativo debe integrarse en el plan de cuidados desde el inicio del tratamiento, no únicamente al alta.
La población diana incluye pacientes con capacidad suficiente para participar en su aprendizaje y, en los casos necesarios, familiares o cuidadores que asumen parte de los cuidados cotidianos. La inclusión del cuidador resulta especialmente relevante cuando existen limitaciones funcionales, barreras de comprensión, dependencia para la movilización o dificultad para observar la herida y el dispositivo.
La intervención se articula en cuatro fases. La primera corresponde a la valoración inicial. En ella, la enfermera explora conocimientos previos sobre la herida y el tratamiento, grado de ansiedad, expectativas, destreza manual, capacidad visual y auditiva, estado cognitivo, red de apoyo, condiciones del domicilio y posibles barreras culturales o idiomáticas. También se consideran aspectos clínicos que condicionan la enseñanza, como la localización de la herida, la cantidad de exudado, la presencia de dolor, la proximidad a un estoma quirúrgico o la fragilidad de la piel perilesional.
La segunda fase es la planificación educativa. A partir de la valoración, se priorizan contenidos y se decide el formato más adecuado: enseñanza individual, acompañamiento del cuidador, demostración durante la cura, materiales de apoyo escritos y refuerzo telefónico o presencial según la organización asistencial. La planificación debe ser realista, graduada y centrada en aquello que el paciente necesita comprender y observar, sin sobrecargar con información difícil de retener en momentos de especial vulnerabilidad.
La tercera fase comprende el desarrollo de la educación. Se recomiendan sesiones breves, integradas en las curas o en momentos de estabilidad clínica, con lenguaje claro y comprobación periódica de la comprensión. La demostración práctica del dispositivo, la repetición de mensajes clave y la técnica de devolución de la información por parte del paciente permiten verificar si lo enseñado se ha entendido realmente. La enseñanza debe adaptarse a las capacidades de cada persona y puede apoyarse en esquemas visuales sencillos o en instrucciones escritas breves.
La cuarta fase es la evaluación y el seguimiento. La adquisición de conocimientos no debe medirse solo por la capacidad de repetir instrucciones, sino por la habilidad para identificar problemas frecuentes, proteger el sistema durante la actividad diaria y saber cuándo pedir ayuda. La evaluación puede realizarse en cada contacto asistencial, durante los cambios de apósito y en las revisiones posteriores, observando dificultades, reformulando mensajes y reforzando contenidos cuando sea preciso.
Los recursos mínimos del programa incluyen tiempo enfermero planificado, material demostrativo del dispositivo, hoja de recomendaciones adaptada al nivel de comprensión del paciente y registro clínico de la educación realizada. En centros con circuitos de continuidad asistencial, resulta útil que la información transmitida sea homogénea entre hospitalización, consulta y atención domiciliaria, evitando mensajes contradictorios que generen inseguridad.
Resultados
El desarrollo del programa educativo se organiza en contenidos nucleares y en recomendaciones de implementación para la práctica enfermera.
Comprensión básica del tratamiento
El primer bloque educativo debe explicar, con un lenguaje accesible, para qué se ha indicado la terapia y qué puede esperar el paciente de ella. No se trata de ofrecer una explicación técnica extensa, sino de ayudar a comprender que el sistema favorece la gestión del exudado y la protección local de la herida dentro de un plan terapéutico más amplio. Este punto reduce interpretaciones erróneas, como pensar que el dispositivo sustituye por completo el resto de cuidados o que su presencia garantiza por sí sola la evolución favorable de la herida.
Conviene mostrar los componentes visibles del sistema y su función general: apósito, tubo, conexiones, reservorio cuando exista y unidad de aspiración. El paciente debe reconocer qué elementos forman parte habitual del montaje y cuáles no debe manipular por iniciativa propia. Cuando la ansiedad es elevada, la simple familiarización con el equipo puede disminuir temor al sonido del dispositivo, a la presencia de exudado en el contenedor o a la sensación de tracción sobre la zona tratada.
Cuidados cotidianos del apósito y del sistema
Uno de los contenidos centrales es la conservación del sellado y la protección del montaje. La persona atendida debe recibir indicaciones sobre cómo evitar tirones del tubo, cómo organizar la ropa para reducir fricción y cómo colocar el dispositivo durante el reposo o la deambulación. Es útil insistir en que la observación del apósito no debe ser invasiva; lo importante es reconocer cambios llamativos, como pérdida de adherencia, fuga evidente, acumulación anómala de exudado o alteraciones visibles en la piel circundante.
En el caso de pacientes con movilidad reducida o heridas en zonas de apoyo, la educación debe incorporar pautas sobre cambios posturales y protección del área tratada, siempre ajustadas a la indicación clínica y al grado de tolerancia. Si la herida se localiza cerca de pliegues, prominencias óseas o estomas quirúrgicos, la enseñanza puede requerir mayor énfasis en la vigilancia del sellado, el control de humedad y la protección de la piel perilesional.
Higiene, vestido y actividades de la vida diaria
La convivencia con un dispositivo de presión negativa suele generar preguntas concretas sobre aseo personal, sueño, desplazamientos y organización del domicilio. La educación enfermera debe abordar estos aspectos de forma práctica. Más que ofrecer instrucciones rígidas, conviene orientar sobre la necesidad de mantener el sistema protegido, seguir las indicaciones del equipo responsable respecto a la exposición al agua y evitar maniobras improvisadas que comprometan el funcionamiento del dispositivo.
También es oportuno revisar cómo transportar la unidad durante la marcha, dónde ubicarla durante el descanso y qué precauciones adoptar para no acodar el tubo. En pacientes frágiles o con riesgo de caídas, este contenido se relaciona directamente con seguridad clínica, ya que el cableado o el peso del aparato pueden interferir con la movilidad habitual.
Protección de la piel y manejo del confort
La piel perilesional requiere especial atención. La humedad mantenida, los adhesivos, la tensión mecánica o la proximidad de exudado pueden favorecer maceración, irritación o lesiones asociadas al apósito. Por ello, la educación debe incluir la observación de la piel visible alrededor de la cura y la comunicación de cambios como enrojecimiento progresivo, escozor intenso o despegamiento cutáneo.
El dolor constituye otro aspecto relevante. Algunos pacientes refieren molestias relacionadas con el dispositivo, con la tracción del apósito o con los cambios de cura. La educación no sustituye a la valoración clínica del dolor, pero sí puede ayudar a anticipar situaciones molestas, favorecer medidas de confort y mejorar la comunicación con el equipo asistencial para planificar intervenciones analgésicas o ajustes del cuidado cuando proceda.
Signos de alarma y toma de decisiones
Un objetivo prioritario del programa es que paciente y cuidador sepan diferenciar incidencias menores de situaciones que requieren consulta. Entre los mensajes clave figuran la necesidad de contactar con el equipo sanitario ante pérdida persistente del sellado, mal funcionamiento continuado del dispositivo, exudado con cambios llamativos, sangrado visible, aumento del dolor no habitual, deterioro de la piel perilesional, olor intenso de nueva aparición o signos locales y generales compatibles con complicación. La formulación debe ser prudente y comprensible, evitando tecnicismos innecesarios.
La enseñanza debe incluir además a quién dirigirse, por qué vía y en qué horario, especialmente cuando el paciente pasa al domicilio. Muchas dificultades no derivan de la falta de información sobre la herida, sino de la incertidumbre sobre cómo activar ayuda profesional ante una incidencia.
Papel de Enfermería en la intervención educativa
La enfermera actúa como profesional de referencia en la valoración de necesidades educativas, en la adaptación del mensaje y en la coordinación de cuidados. Su papel no se limita a explicar el uso del dispositivo; incluye valorar la respuesta emocional del paciente, detectar barreras para la adherencia, reforzar hábitos seguros y mantener la coherencia entre los objetivos clínicos y la capacidad real de autocuidado.
En la práctica, la educación resulta más eficaz cuando se integra en cada contacto asistencial. El cambio de apósito, la revisión del funcionamiento del sistema o la preparación del alta son momentos idóneos para observar cómo manipula el paciente el dispositivo, qué dudas persisten y qué contenidos conviene reforzar. Esta observación directa permite individualizar la intervención mucho más que una información estandarizada e indiferenciada.
Evaluación del aprendizaje y de la adherencia
La valoración de resultados puede basarse en criterios clínicos y educativos cualitativos. Entre ellos, que el paciente identifique la finalidad general del tratamiento, reconozca los componentes principales del sistema, describa medidas básicas para proteger el apósito, sepa qué signos de alarma deben motivar consulta y conozca cómo contactar con los recursos asistenciales. En los cuidadores, además, puede evaluarse la capacidad para colaborar en la observación del dispositivo y en la organización del entorno domiciliario.
La adherencia no debe interpretarse de manera reduccionista como obediencia a instrucciones, sino como la posibilidad real de sostener las recomendaciones en la vida diaria. Por ello, la evaluación debe explorar dificultades concretas: miedo a moverse, agotamiento del cuidador, problemas para dormir con el dispositivo, limitaciones del domicilio o sensación de inseguridad ante el aspecto de la herida. Estos elementos orientan ajustes posteriores del plan educativo.
Continuidad asistencial
La educación en terapia de presión negativa pierde efectividad cuando la información cambia entre dispositivos asistenciales. Es recomendable que el alta incluya un plan de cuidados comprensible, con indicaciones coherentes sobre revisiones, manejo general del sistema y vías de contacto. La coordinación entre enfermeras de hospitalización, consulta especializada y atención domiciliaria favorece la consistencia del mensaje y reduce consultas evitables motivadas por contradicciones o vacíos informativos.
En pacientes con alta carga de cuidados, proximidad de estomas o complejidad social, la continuidad no solo mejora la experiencia de la persona atendida, sino que puede evitar interrupciones del tratamiento por dificultades organizativas o por manejo inseguro del dispositivo en domicilio.
Discusión/Conclusiones
La terapia de presión negativa aplicada a heridas complejas obliga a reconsiderar la educación sanitaria como una intervención clínica de primer orden y no como un complemento accesorio. La complejidad técnica del dispositivo, unida a la fragilidad de muchos pacientes y a la posible prolongación del tratamiento fuera del hospital, hace necesario un enfoque enfermero estructurado, progresivo y adaptado a cada situación.
Uno de los principales retos es equilibrar la cantidad de información ofrecida con la capacidad real de asimilación del paciente. Una enseñanza excesivamente técnica puede aumentar la ansiedad y dificultar la retención de mensajes esenciales; una información demasiado escasa, en cambio, puede traducirse en errores de manipulación, retraso en la consulta ante incidencias y dependencia innecesaria del sistema sanitario. La individualización educativa aparece así como un requisito práctico más que como una formulación teórica.
Otro aspecto a considerar es la tendencia a centrar la intervención en el dispositivo y no en la persona. El manejo de una herida compleja afecta al descanso, a la movilidad, a la intimidad corporal y a la percepción de autonomía. Cuando la educación incorpora estas dimensiones, el paciente suele comprender mejor el sentido de las recomendaciones y se favorece una participación más realista. En presencia de estomas quirúrgicos, exudado abundante o piel especialmente vulnerable, esta visión integral resulta todavía más necesaria.
La participación del cuidador debe valorarse de forma explícita. En numerosos casos, la seguridad del tratamiento en domicilio depende en buena medida de su capacidad para observar, acompañar y activar ayuda profesional. Sin embargo, no todos los cuidadores disponen del mismo tiempo, competencia o tolerancia emocional para asumir estas tareas. La intervención enfermera debe detectar precozmente esa sobrecarga potencial y ajustar objetivos educativos alcanzables.
Desde el punto de vista organizativo, la continuidad asistencial constituye una condición de calidad. La educación aislada, no registrada o desvinculada del seguimiento posterior pierde eficacia. Por ello, resulta aconsejable que los equipos dispongan de mensajes clave homogéneos, materiales de apoyo comprensibles y circuitos claros para la consulta ante incidencias. La uniformidad informativa no implica rigidez, sino coherencia entre profesionales y niveles de atención.
Puede concluirse que un programa de educación para pacientes con terapia de presión negativa debe orientarse a la comprensión del tratamiento, a la seguridad en el cuidado cotidiano y a la detección precoz de problemas, siempre desde una perspectiva individualizada. La aportación enfermera resulta especialmente valiosa por su cercanía al paciente, su capacidad para integrar educación y cuidado directo y su papel en la transición entre ámbitos asistenciales. Cuando esta intervención se planifica y evalúa de forma sistemática, puede mejorar la experiencia de cuidado y sostener de forma más segura la continuidad terapéutica en personas con heridas complejas.
Conflicto de intereses
No se identifican conflictos de intereses por parte de los autores en relación con el tema tratado en este artículo.
Financiación
No se ha recibido financiación externa para el desarrollo, redacción o publicación del presente trabajo.
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