Educación sanitaria tras triaje por dolor torácico: signos de alarma y circuitos de atención

Health education after triage for chest pain: warning signs and care pathways

Incluido en la revista CADICE. Vol. I . N.º 10 – Octubre 2026

Pág. Inicial: Vol. I; N.º 10:467

Autor principal (primer firmante): Miriam Castillo Ruiz

Fecha recepción: 01/09/26

Fecha aceptación: 25/09/26

Fecha de publicación: 02/10/26

Ref.: CADICE. 2026;1(10):467

Autores:
Miriam Castillo Ruiz
Guillermo Pérez Navarro
Nadia Torres Aguilera

Categoría: Enfermería

Palabras clave: Servicio de urgencias; Promoción de la salud; Educación para la salud; Triaje; Educación del paciente; Síndrome coronario agudo; Dolor torácico; Signos de alarma; Enfermería de urgencias; Atención inicial

Keywords: Emergency Service, Hospital; Health Promotion; Health Education; Triage; Patient Education; Acute Coronary Syndrome; Chest Pain; Warning Signs; Emergency Nursing; Initial Care

Resumen

Introducción: El dolor torácico es un motivo de consulta frecuente en los servicios de urgencias y constituye una situación de especial relevancia para la práctica enfermera por la necesidad de priorización clínica, vigilancia evolutiva y comunicación clara con la persona atendida. Tras el triaje, y especialmente cuando la situación inicial no sugiere una inestabilidad evidente, la educación sanitaria adquiere valor para favorecer la comprensión del proceso asistencial, reducir demoras evitables ante empeoramiento y orientar sobre los signos de alarma que requieren nueva valoración inmediata.

Objetivos: Describir un programa de educación para la salud dirigido a personas valoradas en triaje por dolor torácico, centrado en la identificación de signos de alarma, el uso adecuado de los circuitos de atención y el papel de Enfermería en la continuidad asistencial.

Metodología: Se presenta un desarrollo teórico-práctico de una intervención educativa aplicable al entorno de urgencias, con definición de población diana, contenidos, estrategias de comunicación, momentos de intervención y criterios de evaluación del aprendizaje. El planteamiento se formula desde una perspectiva enfermera, con adaptación al contexto clínico y a la capacidad de comprensión de cada paciente.

Resultados: El programa se estructura en una secuencia breve y escalonada: acogida y contextualización tras el triaje, exploración de conocimientos previos, educación sobre signos de alarma, explicación de circuitos de atención, comprobación de comprensión y refuerzo al alta o en la reorientación asistencial. Se propone priorizar mensajes concretos sobre dolor persistente o recurrente, disnea, síncope, deterioro del estado general y necesidad de consultar de nuevo ante cambios clínicos relevantes. La intervención enfermera incluye adaptación del lenguaje, detección de barreras, participación de acompañantes y registro de la información transmitida.

Discusión/Conclusiones: La educación sanitaria tras el triaje por dolor torácico puede contribuir a una atención más segura y comprensible, siempre que se integre en el flujo asistencial sin sustituir la valoración clínica. Su utilidad depende de la individualización, la claridad de los mensajes y la coordinación entre profesionales. La aportación de Enfermería resulta especialmente relevante para mejorar la orientación del paciente, apoyar la toma de decisiones prudente y reforzar la continuidad de cuidados en un motivo de consulta con potencial gravedad evolutiva.

Abstract

Introduction: Chest pain is a common reason for consultation in emergency departments and is highly relevant to nursing practice because it requires clinical prioritization, ongoing observation and clear communication with the person receiving care. After triage, especially when the initial presentation does not suggest obvious instability, health education may help patients understand the care process, avoid delays in seeking reassessment and recognize warning signs that require immediate medical review.

Objectives: To describe a health education programme aimed at patients assessed at triage for chest pain, focusing on the recognition of warning signs, appropriate use of care pathways and the role of nursing in continuity of care.

Methodology: A theoretical and practice-oriented educational intervention for the emergency setting is presented, including target population, contents, communication strategies, timing of the intervention and criteria for assessing learning. The proposal is developed from a nursing perspective and adapted to the clinical context and to each patient’s level of understanding.

Results: The programme is organized as a brief stepwise sequence: welcome and contextualization after triage, assessment of previous knowledge, education on warning signs, explanation of care pathways, confirmation of understanding and reinforcement at discharge or care redirection. Priority messages address persistent or recurrent pain, dyspnoea, syncope, general deterioration and the need to seek further assessment if relevant clinical changes occur. Nursing actions include adapting language, identifying barriers, involving relatives or caregivers and documenting the information provided.

Discussion/Conclusions: Health education after triage for chest pain may support safer and more understandable care, provided that it is integrated into the care flow and does not replace clinical assessment. Its usefulness depends on individualization, message clarity and interprofessional coordination. Nursing makes a substantial contribution by improving patient guidance, supporting prudent decision-making and reinforcing continuity of care in a clinical presentation with potentially serious progression.

Introducción

El dolor torácico representa uno de los motivos de consulta que mayor incertidumbre genera tanto en la población como en los profesionales de urgencias. Su significado clínico es amplio: puede corresponder a procesos benignos y autolimitados, pero también constituir la manifestación inicial de cuadros potencialmente graves de origen cardiovascular, respiratorio, digestivo, musculoesquelético o ansioso. Esta variabilidad obliga a una valoración rápida y ordenada, en la que el triaje desempeña una función decisiva para establecer prioridades asistenciales y detectar situaciones de riesgo.

Desde la perspectiva enfermera, el triaje no se limita a una clasificación por niveles de urgencia. También es un primer espacio de observación clínica, escucha activa y recogida de información orientada a la seguridad. En el caso del dolor torácico, la entrevista inicial y la valoración de la sintomatología asociada pueden ayudar a identificar signos que requieren atención preferente. Sin embargo, incluso cuando la primera valoración no muestra datos evidentes de gravedad inmediata, la evolución puede modificarse en poco tiempo. Por ello, la información que recibe el paciente tras el triaje y durante su permanencia en urgencias tiene relevancia asistencial.

La educación sanitaria en este contexto debe entenderse como una intervención breve, focalizada y realista. No pretende sustituir la valoración médica ni convertir al paciente en responsable de interpretar por sí solo un cuadro clínico complejo. Su propósito es mejorar la comprensión del proceso asistencial, facilitar la colaboración durante la atención y ofrecer instrucciones claras sobre cuándo avisar de nuevo al personal o cuándo reconsultar sin demora si ya ha finalizado el episodio asistencial.

En urgencias, la elevada presión asistencial, la ansiedad asociada al síntoma, el miedo a un posible evento cardíaco y las dificultades de comunicación pueden limitar la retención de la información. Además, algunas personas minimizan el cuadro cuando el dolor disminuye transitoriamente, mientras que otras interpretan cualquier molestia residual como una urgencia vital. Ambas situaciones pueden afectar al uso adecuado de los circuitos sanitarios. Por ello, la educación sanitaria debe ser concreta, jerarquizada y adaptada al nivel de alfabetización en salud, a la edad, al contexto sociocultural y a la situación emocional del paciente.

La Enfermería de urgencias ocupa una posición especialmente adecuada para liderar este proceso educativo. Su papel combina la valoración inicial, la vigilancia clínica, la comunicación terapéutica y la continuidad de cuidados. Tras el triaje, la enfermera puede reforzar mensajes clave sobre signos de alarma, explicar de forma comprensible por qué una persona permanece en observación, por qué puede ser derivada a un circuito específico o qué debe hacer si presenta empeoramiento mientras espera. Del mismo modo, cuando el episodio concluye sin ingreso, la educación sanitaria ayuda a reducir la ambigüedad sobre los motivos de nueva consulta y sobre la necesidad de seguimiento por atención primaria u otros dispositivos asistenciales.

Este artículo desarrolla una propuesta de educación para la salud centrada en pacientes valorados en triaje por dolor torácico. Se aborda la población diana, los contenidos prioritarios, la secuencia educativa, las barreras habituales y los elementos de evaluación enfermera que pueden favorecer una comunicación más segura en un problema clínico de especial sensibilidad.

Objetivos

Describir una intervención estructurada de educación sanitaria dirigida a personas atendidas en urgencias tras el triaje por dolor torácico, orientada a la identificación de signos de alarma y al uso adecuado de los circuitos de atención.

Como objetivos específicos, se plantean los siguientes:

  • Definir la población diana y los momentos asistenciales más adecuados para proporcionar información sanitaria breve y útil.
  • Identificar los contenidos mínimos que deberían transmitirse sobre evolución clínica, avisos al personal y motivos de reconsulta.
  • Precisar el papel de Enfermería en la adaptación del mensaje, la detección de barreras de comprensión y la comprobación del aprendizaje.
  • Proponer una secuencia educativa compatible con el entorno de urgencias y con la necesidad de priorizar la seguridad clínica.
  • Señalar criterios de evaluación del proceso educativo y aspectos relevantes para la continuidad asistencial.

Metodología

Se plantea un programa de educación para la salud de carácter breve, integrado en la atención urgente a personas que consultan por dolor torácico y son sometidas a triaje enfermero. El enfoque parte de la práctica clínica habitual en urgencias, donde la intervención educativa debe ser compatible con tiempos asistenciales variables, incertidumbre diagnóstica inicial y cambios evolutivos rápidos. Por ello, la propuesta se organiza como una intervención modular, adaptable al estado clínico y al recorrido asistencial de cada persona.

La población diana incluye adultos valorados por dolor torácico en el área de urgencias, tanto si permanecen en espera de atención como si continúan en observación, son derivados a otro circuito o finalizan el episodio con alta. También se contempla la participación del acompañante principal cuando el paciente presenta ansiedad intensa, dificultades de comprensión, limitaciones sensoriales o situaciones de vulnerabilidad que puedan interferir en la recepción de la información.

La exclusión práctica de la intervención educativa completa se limitaría a aquellos casos en los que la prioridad clínica exija actuación inmediata, exista inestabilidad evidente o la situación cognitiva impida un intercambio útil en ese momento. En estas circunstancias, la comunicación se centra primero en la seguridad, el acompañamiento y la información esencial, dejando el refuerzo educativo para una fase posterior si el estado del paciente lo permite.

Principios de diseño de la intervención

La propuesta se apoya en varios principios operativos. En primer lugar, la información debe ser breve y escalonada. El entorno de urgencias no favorece exposiciones extensas ni mensajes complejos; por ello conviene priorizar ideas centrales repetidas en distintos momentos. En segundo lugar, la intervención debe individualizarse. El significado del dolor, la experiencia previa con el sistema sanitario y la capacidad para interpretar instrucciones varían considerablemente entre pacientes. En tercer lugar, la educación se orienta a la acción: se trata de que la persona sepa qué síntomas debe comunicar, a quién debe dirigirse y cuándo debe solicitar una nueva valoración.

Se incorpora además una perspectiva de seguridad del paciente. El programa no pretende tranquilizar de manera indiscriminada ni ofrecer explicaciones diagnósticas cerradas antes de que estas existan. La comunicación debe ser prudente: reconocer la necesidad de seguimiento clínico, evitar minimizar el síntoma y reforzar que la evolución puede requerir cambios en la atención inicialmente prevista.

Momentos de intervención

La educación sanitaria se distribuye en varios momentos asistenciales. Un primer momento tiene lugar tras el triaje, cuando la enfermera explica de forma sencilla la priorización inicial, informa sobre la necesidad de permanecer atento a cambios clínicos y aclara cómo avisar al personal si aparecen nuevos síntomas. Un segundo momento puede desarrollarse durante la espera o la observación, aprovechando interacciones breves para reforzar signos de alarma y resolver dudas. El tercer momento corresponde al cierre del episodio, ya sea en el alta, en la derivación a otro recurso o en el traslado a un área de mayor complejidad, donde la información debe orientarse a la continuidad asistencial.

Recursos y estrategias educativas

La principal herramienta es la comunicación verbal estructurada, apoyada si es posible por instrucciones escritas breves y claras. El lenguaje debe evitar tecnicismos innecesarios y expresiones ambiguas. Resulta útil emplear frases operativas, por ejemplo: avisar si el dolor reaparece, aumenta, se acompaña de falta de aire, mareo, pérdida de conocimiento, sudoración intensa o mal estado general. También conviene comprobar que el paciente identifica de manera práctica cómo solicitar ayuda en el circuito donde se encuentra.

Como estrategia de verificación, puede utilizarse la repetición guiada del mensaje principal por parte del paciente o del acompañante. Esta técnica permite detectar malentendidos sin adoptar un tono evaluador. El registro enfermero debe reflejar que se ha proporcionado información sobre vigilancia clínica, signos de alerta y orientación asistencial, especialmente cuando el episodio finaliza sin ingreso.

Resultados

El programa propuesto se articula en contenidos y acciones enfermeras que pueden incorporarse a la práctica asistencial sin desvincularse del proceso clínico. La intervención no se concibe como una actividad añadida al margen de la atención urgente, sino como parte de la misma, integrada en la comunicación terapéutica y en la seguridad del paciente.

Población diana y necesidades educativas frecuentes

Las personas que consultan por dolor torácico presentan necesidades informativas heterogéneas. Un grupo relevante acude con elevada ansiedad y temor a un evento cardíaco grave; otro llega tras síntomas intermitentes, a veces ya resueltos, y puede infravalorar la necesidad de control. También hay pacientes con antecedentes cardiovasculares, personas jóvenes sin experiencia previa en urgencias, población de edad avanzada con mayor complejidad clínica y usuarios con barreras idiomáticas o baja alfabetización en salud. En todos ellos, la educación debe partir de una valoración inicial de comprensión, expectativas y grado de preocupación.

Entre las necesidades educativas más habituales figuran la comprensión del orden de atención tras el triaje, el reconocimiento de síntomas que deben comunicarse de inmediato, la diferencia entre esperar una valoración programada dentro del circuito urgente y abandonar el servicio por mejoría transitoria, así como la interpretación del alta como cierre del episodio concreto pero no como garantía absoluta de ausencia de riesgo futuro.

Contenidos prioritarios del programa

Los contenidos educativos se organizan en cinco bloques.

1. Explicación del proceso asistencial. El paciente debe comprender que el triaje establece una prioridad inicial basada en la situación clínica observada en ese momento y que esa prioridad puede modificarse si aparecen cambios. Esta aclaración reduce malentendidos frecuentes durante la espera y favorece que el usuario comunique empeoramientos en lugar de asumir que ya han sido contemplados.

2. Identificación de signos de alarma. La información debe centrarse en síntomas y cambios clínicos fácilmente reconocibles por el paciente. Entre ellos, dolor torácico intenso, persistente o recurrente; irradiación del dolor o aparición de una molestia distinta a la inicial; dificultad respiratoria; sensación de desmayo o síncope; palidez marcada, sudoración fría o debilidad intensa; confusión; empeoramiento general o aparición de nuevos síntomas relevantes. No se trata de ofrecer una lista exhaustiva, sino de destacar aquellos cambios que justifican avisar de inmediato al personal o reconsultar con rapidez según el momento del proceso.

3. Conducta durante la espera. Debe indicarse al paciente que no abandone el circuito sin comunicarlo, que informe si el dolor reaparece o cambia de características, y que solicite ayuda si percibe empeoramiento. En determinados contextos, también puede ser necesario recordar la conveniencia de permanecer acompañado o localizable, según la organización del servicio.

4. Orientación al alta o a la reorientación asistencial. Cuando el episodio concluye sin ingreso, la enfermera debe reforzar qué situaciones requieren nueva valoración urgente y qué seguimiento ordinario puede corresponder a otros dispositivos asistenciales. El mensaje ha de evitar tanto la falsa tranquilidad como la sobreutilización insegura del sistema. La recomendación general es consultar de nuevo ante dolor torácico que persiste, reaparece, aumenta de intensidad o se acompaña de síntomas sistémicos o respiratorios de alarma.

5. Participación del entorno cercano. En personas frágiles, mayores o con dificultad para comprender la información, el acompañante puede desempeñar un papel relevante en la observación de síntomas, la toma de decisiones y la adherencia a las indicaciones. Incluirlo en la educación sanitaria mejora la retención de mensajes y puede facilitar una consulta precoz ante empeoramiento.

Secuencia de intervención enfermera

La secuencia propuesta incluye cinco pasos. El primero consiste en contextualizar la situación tras el triaje: explicar que se ha realizado una valoración inicial y que la vigilancia continúa. El segundo es explorar qué entiende el paciente sobre su síntoma y cuáles son sus principales temores. Esto permite ajustar el mensaje y detectar ideas erróneas, como creer que la ausencia de dolor en ese momento excluye un problema relevante o pensar que toda molestia torácica responde a ansiedad.

El tercer paso es transmitir los mensajes prioritarios con lenguaje directo y comprensible. Se recomienda utilizar formulaciones breves, centradas en conductas observables: si el dolor vuelve, si nota falta de aire, mareo importante, pérdida de conocimiento o empeoramiento, debe avisar inmediatamente. El cuarto paso es comprobar la comprensión mediante retroalimentación breve. El quinto consiste en reforzar la información en el cierre del episodio, con especial atención al alta y a la derivación.

Papel de Enfermería en la comunicación clínica

La contribución enfermera no se limita a entregar instrucciones. Incluye detectar barreras de aprendizaje, modular la información según el estado emocional y mantener coherencia con el resto del equipo. En la práctica, esto supone identificar pacientes muy ansiosos que precisan mensajes repetidos y sencillos, personas con hipoacusia o dificultades visuales que requieren apoyo adicional, y usuarios con barreras idiomáticas en los que conviene extremar la confirmación de comprensión.

Otro componente esencial es la observación continuada. La educación sanitaria se enriquece cuando se apoya en señales clínicas visibles para el paciente. Si una persona comprende que debe comunicar la reaparición del dolor, pero además percibe que el profesional está atento a su evolución, aumenta la confianza en el circuito asistencial y la probabilidad de colaboración efectiva. La comunicación enfermera debe conjugar cercanía, prudencia y consistencia: informar sin banalizar y orientar sin emitir certezas diagnósticas prematuras.

Evaluación del aprendizaje y continuidad asistencial

La evaluación del programa no necesita herramientas complejas para ser útil en urgencias. Puede basarse en criterios observables: si el paciente identifica al menos los principales signos de alarma, si sabe cómo solicitar ayuda durante la espera, si comprende la necesidad de reconsulta ante empeoramiento y si el acompañante ha recibido la misma información cuando procede. El registro de estos aspectos favorece la continuidad y permite que otros profesionales conozcan el nivel de información ya proporcionado.

En el alta, la continuidad asistencial mejora cuando la educación oral se acompaña de instrucciones claras y no contradictorias. Es conveniente reforzar la idea de que la evolución clínica manda sobre cualquier interpretación previa del episodio. Un paciente que comprende este principio tiene más probabilidades de consultar de forma prudente si reaparece el dolor o surgen síntomas asociados de alarma.

Barreas y situaciones especiales

Entre las principales barreras figuran la sobrecarga del servicio, la escasez de tiempo, el ruido ambiental, la angustia del paciente y la falsa sensación de seguridad tras una mejoría parcial. También deben considerarse el deterioro cognitivo, la soledad social, el consumo de sustancias, la polimedicación y la coexistencia de dolor crónico o trastornos ansiosos que pueden dificultar la interpretación del episodio actual.

En las personas mayores, la presentación clínica puede ser menos expresiva y la educación debe apoyarse con frecuencia en el cuidador principal. En pacientes con antecedentes de eventos cardiovasculares o múltiples consultas previas por dolor torácico, conviene evitar tanto la normalización automática del síntoma como la repetición de mensajes genéricos. La intervención resulta más efectiva cuando se adapta a la experiencia previa del usuario con el sistema sanitario.

Discusión/Conclusiones

La educación sanitaria tras el triaje por dolor torácico ocupa un espacio intermedio entre la acogida clínica, la vigilancia enfermera y la continuidad asistencial. Su interés radica en que actúa sobre un momento de especial vulnerabilidad: el paciente ya ha sido valorado inicialmente, pero puede encontrarse aún en incertidumbre diagnóstica y sometido a una evolución cambiante. En este escenario, una información breve, comprensible y centrada en la acción puede mejorar la capacidad de respuesta ante cambios clínicos relevantes.

Uno de los principales aportes de esta intervención es reducir la distancia entre la clasificación realizada por el profesional y la percepción que tiene la persona atendida de su propio riesgo. No es infrecuente que el paciente interprete el triaje como una decisión definitiva sobre la gravedad del cuadro. Esa lectura puede generar inquietud si percibe demora en la atención o, en sentido contrario, una falsa seguridad si se le asigna una prioridad no inmediata. La labor enfermera consiste en traducir el significado del proceso: se ha establecido una prioridad según la situación observada, pero cualquier empeoramiento debe comunicarse de forma inmediata.

La utilidad del programa depende de varios factores. El primero es la individualización. No todos los pacientes necesitan la misma información ni la procesan del mismo modo. El segundo es la coherencia interprofesional: mensajes contradictorios entre profesionales debilitan la confianza y disminuyen la adherencia. El tercero es la calidad comunicativa, entendida no solo como transmisión de instrucciones, sino también como capacidad para verificar comprensión y detectar barreras. En entornos de alta presión asistencial, este último aspecto puede parecer secundario, pero su ausencia compromete la seguridad.

También conviene reconocer los límites de la educación sanitaria en urgencias. Un mensaje adecuado no compensa una valoración insuficiente ni sustituye la reevaluación clínica cuando esta está indicada. Del mismo modo, no todos los pacientes recordarán con precisión la información recibida durante un episodio de ansiedad o dolor. Por ello, resulta razonable combinar explicaciones verbales reiteradas, implicación de acompañantes cuando sea posible y refuerzo de los puntos esenciales en la transición asistencial.

Desde la práctica enfermera, la propuesta desarrollada sugiere que la educación tras el triaje debe considerarse parte del cuidado y no un añadido accesorio. Su incorporación sistemática puede favorecer una atención más comprensible, una mejor detección de empeoramientos y una utilización más adecuada de los recursos asistenciales. En un motivo de consulta con potencial gravedad evolutiva, informar bien también forma parte de cuidar. La aportación de Enfermería se sitúa precisamente en ese punto: observar, priorizar, acompañar y traducir la complejidad clínica en mensajes útiles para la persona atendida y su entorno.

Conflicto de intereses

Los autores declaran que no existen conflictos de intereses personales, profesionales o económicos relacionados con este trabajo.

Financiación

La realización de este trabajo no recibió ayudas económicas ni financiación institucional específica.

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