Nursing follow-up guide for negative pressure wound therapy in complex wounds
Incluido en la revista CADICE. Vol. I . N.º 7 – Julio 2026
Pág. Inicial: Vol. I; N.º 7:2
Autor principal (primer firmante): Lucía Ortega Ramos
Fecha recepción: 28/05/26
Fecha aceptación: 24/06/26
Fecha de publicación: 01/07/26
Ref.: CADICE. 2026;1(7):2
Autores:
Lucía Ortega Ramos
Sergio Martín Delgado
Categoría: Enfermería
Palabras clave: Valoración de Enfermería; Piel; Terapia de presión negativa; Apósitos; Heridas complejas; Exudado; Protocolos clínicos; Estomas quirúrgicos; Cicatrización de heridas; Intervenciones de Enfermería
Keywords: Nursing Assessment; Skin; Negative-Pressure Wound Therapy; Bandages; Complex Wounds; Exudates and Transudates; Clinical Protocols; Surgical Stomas; Wound Healing; Nursing Interventions
Resumen
Introducción: La terapia de presión negativa se emplea en el abordaje de heridas complejas seleccionadas por su capacidad para favorecer el control del exudado, proteger el lecho y crear un entorno local que puede contribuir a la cicatrización. Su utilización exige seguimiento enfermero continuado, dado que la evolución clínica depende no solo del dispositivo y del apósito, sino también de la valoración integral de la persona, de la piel circundante, del dolor, de la tolerancia al tratamiento y de la detección precoz de incidencias.
Objetivos: Describir una guía práctica de seguimiento enfermero en terapia de presión negativa aplicable a heridas complejas, con especial atención a la valoración inicial, la vigilancia clínica, la seguridad del paciente, la continuidad asistencial y los criterios de reevaluación.
Metodología: Se presenta una guía de intervención orientada a la práctica enfermera a partir de un enfoque clínico y organizativo. El contenido se estructura según fases asistenciales: valoración previa, preparación del procedimiento, monitorización durante el tratamiento, cuidados en situaciones especiales y criterios de evaluación evolutiva.
Resultados: El seguimiento enfermero se organiza en torno a la selección adecuada de la persona candidata, la exploración sistemática de la herida y del entorno cutáneo, la vigilancia del exudado y del sellado, la prevención de lesiones asociadas al adhesivo o a la presión, el control del dolor, la observación de signos de deterioro local o sistémico y la educación sanitaria adaptada. La toma de decisiones debe individualizarse según localización anatómica, presencia de cavidades, proximidad a estomas, fragilidad cutánea y nivel de dependencia.
Discusión/Conclusiones: La terapia de presión negativa no debe entenderse como una técnica aislada, sino como parte de un plan de cuidados integral. El papel enfermero resulta determinante para sostener la efectividad del tratamiento, reducir complicaciones y favorecer la continuidad asistencial. Su aplicación requiere adaptación a los protocolos del centro, coordinación interdisciplinar y reevaluación clínica periódica.
Abstract
Introduction: Negative-pressure wound therapy is used in selected complex wounds because it may help control exudate, protect the wound bed and provide a local environment that supports healing. Its use requires continuous nursing follow-up, since clinical progress depends not only on the device and dressing, but also on comprehensive patient assessment, periwound skin care, pain management, treatment tolerance and early detection of complications.
Objectives: To describe a practical nursing follow-up guide for negative-pressure wound therapy in complex wounds, focusing on initial assessment, clinical surveillance, patient safety, continuity of care and reassessment criteria.
Methodology: An intervention guide for nursing practice is presented using a clinical and organizational approach. The content is structured according to care phases: pre-treatment assessment, procedure preparation, monitoring during therapy, care in special situations and criteria for outcome evaluation.
Results: Nursing follow-up is organized around appropriate patient selection, systematic wound and surrounding skin assessment, monitoring of exudate and seal integrity, prevention of adhesive- or pressure-related injury, pain control, observation of local or systemic deterioration signs, and tailored patient education. Decision-making should be individualized according to anatomical site, cavity presence, proximity to stomas, skin fragility and level of dependency.
Discussion/Conclusions: Negative-pressure wound therapy should not be considered an isolated technique, but part of a comprehensive care plan. Nursing plays a central role in maintaining treatment effectiveness, reducing complications and supporting continuity of care. Its implementation requires adaptation to local protocols, interdisciplinary coordination and regular clinical reassessment.
Introducción
Las heridas complejas constituyen una situación asistencial de elevada demanda para los equipos de Enfermería. Bajo esta denominación se incluyen lesiones con pérdida de integridad cutánea y tisular cuyo manejo suele verse condicionado por factores locales y sistémicos: profundidad o cavitación, exudado abundante, afectación de estructuras adyacentes, contaminación crítica o infección, piel perilesional frágil, comorbilidad, malnutrición, inmovilidad o necesidad de abordaje quirúrgico previo o complementario. En este escenario, la terapia de presión negativa puede incorporarse como una alternativa de tratamiento en personas seleccionadas, siempre integrada en un plan terapéutico más amplio.
Desde la perspectiva enfermera, la técnica no se limita a colocar un apósito conectado a un sistema de succión. Requiere razonamiento clínico, capacidad de valoración evolutiva, habilidad técnica y vigilancia estrecha. La respuesta local de la herida puede variar en pocos días y el mantenimiento del sellado, la gestión del exudado, la protección de la piel y la tolerancia del paciente condicionan la continuidad del tratamiento. También es frecuente que la persona atendida presente dolor, limitación funcional, ansiedad, alteración del descanso o dificultades para el autocuidado, lo que amplía el campo de actuación enfermera más allá de la cura.
La utilización de presión negativa plantea además particularidades en zonas anatómicas complejas, heridas con cavidades o trayectos, localizaciones con pliegues cutáneos, proximidad a dispositivos invasivos y áreas cercanas a estomas quirúrgicos. En tales contextos, el seguimiento debe extremar la observación de fugas, maceración, dermatitis asociada al adhesivo, traumatismo cutáneo por retirada del apósito y cambios en el patrón del exudado. La intervención enfermera adquiere, por tanto, una dimensión técnica y de seguridad clínica.
Una guía de seguimiento resulta útil para ordenar la valoración y favorecer una actuación homogénea, sin sustituir la individualización clínica ni los protocolos vigentes del centro. El objetivo de este tipo de documento no es establecer un procedimiento cerrado, sino ofrecer criterios prácticos que faciliten la continuidad de cuidados, la comunicación entre profesionales y la detección precoz de incidencias que puedan comprometer la evolución de la herida o el estado general del paciente.
Objetivos
Describir una guía de seguimiento enfermero en personas portadoras de terapia de presión negativa para heridas complejas, orientada a la práctica clínica y a la continuidad asistencial.
Como objetivos específicos se plantean los siguientes:
- Definir los elementos de valoración inicial que deben considerarse antes del inicio o en las primeras revisiones del tratamiento.
- Ordenar los aspectos de vigilancia enfermera durante el mantenimiento del sistema, incluyendo el estado del lecho de la herida, el exudado, la piel perilesional y el funcionamiento del dispositivo.
- Identificar intervenciones de cuidados relacionadas con el dolor, la movilidad, la higiene, la prevención de complicaciones cutáneas y la educación sanitaria.
- Describir criterios prácticos de reevaluación para orientar la continuidad, modificación o revisión del plan de cuidados.
- Señalar situaciones que requieren especial precaución, como heridas cercanas a estomas quirúrgicos, zonas anatómicas irregulares o pacientes con elevada fragilidad cutánea.
Metodología
Se desarrolla una guía de intervención dirigida a profesionales de Enfermería implicados en el cuidado de heridas complejas tratadas con presión negativa en el ámbito hospitalario, sociosanitario o domiciliario con soporte especializado. El planteamiento se basa en el proceso enfermero y en la necesidad de integrar la valoración de la herida con la situación global de la persona.
La propuesta se organiza en cinco momentos asistenciales: valoración basal, preparación y aplicación del sistema, seguimiento programado entre cambios de apósito, reevaluación clínica en cada cura y continuidad de cuidados al alta o en las transiciones asistenciales. Este enfoque permite contemplar tanto los elementos estrictamente locales de la lesión como los factores que pueden interferir en la adherencia, la seguridad y la evolución del tratamiento.
La guía no sustituye los protocolos del centro ni las indicaciones del equipo responsable del tratamiento. Su utilidad reside en ofrecer un marco ordenado para la observación, el registro y la toma de decisiones enfermeras. Las actuaciones descritas deben individualizarse según etiología de la herida, localización, profundidad, objetivos terapéuticos, material disponible, nivel de complejidad del paciente y contexto asistencial.
Se considera especialmente relevante la documentación clínica continuada. El seguimiento resulta más seguro cuando existe registro sistemático del aspecto del lecho, características del exudado, condiciones de la piel perilesional, tolerancia al procedimiento, funcionamiento del equipo y educación proporcionada a la persona o a sus cuidadores. La trazabilidad de esta información facilita la comunicación interdisciplinar y la identificación de cambios evolutivos.
Resultados
Valoración enfermera inicial
La valoración debe comenzar por la situación clínica general. Conviene revisar el motivo por el que se ha indicado la terapia, la etiología de la herida, la existencia de cirugía reciente, el nivel de dependencia, la capacidad de colaboración, el dolor basal y la presencia de factores que puedan enlentecer la cicatrización, como alteraciones nutricionales, inmovilidad, edema, perfusión comprometida o problemas de continencia. La revisión del tratamiento farmacológico y de posibles alergias o antecedentes de intolerancia a adhesivos también forma parte de la valoración de seguridad.
En relación con la herida, interesa describir localización, extensión aparente, profundidad, presencia de cavidades o trayectos, tipo de tejido visible, grado de humedad, olor, aspecto del borde y condición de la piel circundante. Más que limitarse a una impresión global, el seguimiento mejora cuando estas variables se registran con lenguaje clínico consistente. El exudado merece especial atención por su relación con la selección del sistema, la frecuencia de revisión y el riesgo de maceración.
La piel perilesional debe explorarse con detalle: eritema, fragilidad epidérmica, desepitelización, humedad mantenida, restos de adhesivo, pliegues, cicatrices, lesiones previas o dermatitis. En personas con piel envejecida o sometida a múltiples cambios de apósito, la prevención del daño cutáneo asociado a adhesivos constituye un objetivo prioritario.
Preparación del procedimiento y aplicación del sistema
Antes de cada colocación o recambio, la enfermera debe comprobar la concordancia entre la situación de la herida y la indicación actual del tratamiento, así como verificar el material prescrito y la disponibilidad de elementos auxiliares para lograr un sellado eficaz. La preparación incluye analgesia o medidas de confort cuando proceda, información comprensible sobre el procedimiento y preservación de la intimidad.
La limpieza del lecho y de la piel adyacente debe realizarse conforme al criterio clínico del equipo y a las características de la lesión. Tras ello, resulta necesario secar con suavidad la piel perilesional y aplicar, cuando se considere oportuno, productos barrera o medidas de protección cutánea para disminuir el riesgo de maceración y traumatismo por adhesivo. En heridas con contornos irregulares, pliegues o cercanía a estomas, puede ser preciso reforzar el aislamiento de la piel y adaptar la técnica de sellado.
La colocación del material de relleno debe respetar la anatomía de la herida, evitando empaquetamientos excesivos o presiones innecesarias sobre el tejido. La cobertura adhesiva debe permitir estanqueidad sin tensionar la piel. Una vez conectado el sistema, la verificación del colapso adecuado del apósito y de la ausencia de fugas constituye una medida básica de control. El inicio del tratamiento debe acompañarse de registro de la configuración prescrita del dispositivo, aspecto de la herida y tolerancia observada.
Seguimiento entre cambios de apósito
El seguimiento enfermero no se limita al momento de la cura. Durante el mantenimiento del sistema es necesario comprobar de forma periódica que el equipo funciona correctamente, que el reservorio recoge el exudado sin incidencias y que no existen alarmas persistentes, desconexiones, obstrucciones o pérdida de vacío. En personas con menor autonomía, este control debe ser más estrecho.
La observación del exudado ofrece información clínica relevante. Debe valorarse su cantidad aproximada, color, densidad y posibles cambios respecto a revisiones previas. Un incremento llamativo del drenaje, la aparición de contenido no esperado o una modificación brusca del aspecto del exudado requieren reevaluación clínica. Del mismo modo, un reservorio persistentemente vacío en una herida previamente exudativa obliga a verificar el funcionamiento del sistema y el sellado.
La piel visible alrededor del apósito debe inspeccionarse siempre que sea posible. Prurito, dolor localizado, humedad, blanqueamiento, enrojecimiento o despegamiento de bordes pueden anticipar un problema de tolerancia cutánea o de pérdida de estanqueidad. También conviene preguntar por el impacto del tratamiento en el descanso, la deambulación, el aseo y las actividades básicas, ya que la aceptación del dispositivo condiciona la continuidad del plan de cuidados.
Control del dolor y confort
El dolor puede aparecer por la propia herida, por la presión ejercida por el sistema, por el contacto del material con estructuras sensibles o por la retirada del apósito en los recambios. Su valoración debe formar parte del seguimiento rutinario, tanto en reposo como durante la movilización y la cura. No todas las molestias tienen la misma significación clínica: un dolor progresivo, desproporcionado o de nueva aparición obliga a revisar la evolución local, el correcto funcionamiento del dispositivo y la posible presencia de complicaciones.
La planificación de la cura debe contemplar medidas no farmacológicas y, cuando proceda, coordinación con la pauta analgésica prescrita. Explicar el procedimiento, preparar el entorno, organizar el material con antelación y minimizar maniobras traumáticas favorece una experiencia menos lesiva. En pacientes frágiles, con deterioro cognitivo o con comunicación dificultada, la observación conductual y la colaboración con cuidadores adquieren mayor relevancia.
Cuidado de la piel perilesional
La integridad de la piel que rodea la herida condiciona en gran medida la viabilidad del tratamiento. Una piel macerada o erosionada dificulta el sellado, aumenta el disconfort y puede ampliar el área lesional. Por ello, en cada revisión deben evaluarse humedad, coloración, textura, dolor, presencia de restos de adhesivo y zonas de arrancamiento epidérmico.
Las medidas de protección deben adaptarse al riesgo individual. En algunos casos resultará útil reforzar la barrera cutánea, redistribuir tensiones del adhesivo, emplear sistemas de fijación complementarios o espaciar maniobras innecesarias sobre la misma zona. Cuando exista proximidad a un estoma quirúrgico, la coordinación del cuidado de la herida con el manejo del efluente y del dispositivo ostómico es esencial para evitar contaminación, pérdida de adherencia y daño químico de la piel.
Situaciones anatómicas y clínicas especiales
Las heridas ubicadas en zonas de difícil sellado, como regiones con pliegues, prominencias, áreas húmedas o proximidad perineal, exigen planificación cuidadosa. El objetivo enfermero es mantener la estanqueidad sin comprometer la piel ni generar tensión excesiva. La observación de fugas repetidas no debe interpretarse solo como un problema técnico; a menudo refleja la necesidad de rediseñar la cura, reevaluar la humedad local o revisar el material de protección utilizado.
En heridas cercanas a estomas quirúrgicos, la prioridad es compatibilizar ambos dispositivos. Debe considerarse la dirección del efluente, la interferencia entre adhesivos, la necesidad de sellados independientes y la vigilancia estrecha de la piel periestomal y perilesional. La coordinación entre profesionales con experiencia en heridas y ostomías puede mejorar la estabilidad del sistema y la comodidad del paciente.
La presencia de cavidades o trayectos obliga a una valoración cuidadosa para evitar rellenos insuficientes o excesivos y para facilitar una retirada segura del material. Estas situaciones requieren registro minucioso, seguimiento evolutivo y comprobación de que no quedan zonas ocultas con retención de exudado o deterioro tisular no visible.
Educación sanitaria y continuidad asistencial
La educación al paciente y a la familia debe ser realista y adaptada al nivel de comprensión. No basta con informar sobre el nombre del tratamiento. Es necesario explicar el objetivo del sistema, la importancia de no manipular conexiones innecesariamente, las precauciones durante el aseo y la movilización, y los signos que justifican consulta o revisión. En el ámbito domiciliario, la enseñanza sobre manejo básico del equipo y resolución inicial de incidencias sencillas puede reducir interrupciones evitables del tratamiento.
El alta o la transición entre niveles asistenciales requiere una transferencia estructurada de información. Deben comunicarse el tipo de herida, los cuidados realizados, la evolución observada, la frecuencia orientativa de recambio según el contexto clínico, el estado de la piel perilesional, la tolerancia al procedimiento y las incidencias previas del dispositivo. La continuidad asistencial se resiente cuando estos elementos no se documentan con claridad.
Criterios de reevaluación enfermera
La reevaluación debe valorar si el tratamiento mantiene su pertinencia clínica. Pueden considerarse indicadores favorables la mejoría del control del exudado, la reducción de la maceración, la aparición de tejido de granulación en evolución adecuada según el tipo de herida, la disminución de espacios muertos y la mejor tolerancia general al procedimiento. Estos hallazgos deben interpretarse en conjunto y no como signos aislados.
Por el contrario, requieren revisión clínica el empeoramiento del aspecto del lecho, el aumento del dolor sin causa aparente, la persistencia de fugas que impiden la terapia efectiva, el deterioro progresivo de la piel perilesional, la aparición de mal olor no explicado por el momento de la cura, el cambio inesperado del exudado o cualquier signo de compromiso sistémico. También debe reconsiderarse el plan cuando el dispositivo interfiere de manera relevante con la movilidad, el descanso o la adherencia y no se logra corregir mediante ajustes de cuidados.
La evaluación enfermera ha de integrar resultados locales y bienestar global. La herida puede mostrar cierta mejoría técnica mientras la persona presenta agotamiento, ansiedad o limitación funcional creciente. En estos casos, el seguimiento debe ampliar el foco y plantear medidas complementarias de soporte, coordinación interdisciplinar y revisión de objetivos terapéuticos.
Discusión/Conclusiones
La terapia de presión negativa ha ampliado las posibilidades de manejo de determinadas heridas complejas, pero su efectividad en la práctica cotidiana depende en gran parte de un seguimiento enfermero metódico. El valor añadido de Enfermería reside en la observación continuada, en la interpretación de cambios sutiles y en la capacidad de integrar aspectos técnicos, cutáneos, funcionales y educativos dentro del mismo plan de cuidados.
Una de las aportaciones más relevantes del seguimiento estructurado es la prevención de complicaciones evitables. La maceración perilesional, la pérdida repetida de sellado, el dolor no controlado o la falta de comprensión del dispositivo suelen anticiparse cuando existe una valoración sistemática y un registro clínico útil. Del mismo modo, la continuidad entre profesionales y entre niveles asistenciales mejora cuando la información se transmite de manera ordenada y centrada en problemas concretos de cuidados.
No obstante, la guía debe interpretarse como orientación general y no como un protocolo universal. Las heridas complejas son heterogéneas, y la indicación, el material empleado, la frecuencia de recambio y los objetivos terapéuticos pueden variar según el contexto clínico, la prescripción y los recursos disponibles. La adaptación a los procedimientos del centro y la coordinación con el resto del equipo resultan imprescindibles, especialmente en heridas de etiología mixta, localizaciones anatómicas complejas o situaciones con riesgo elevado de deterioro cutáneo.
En términos prácticos, el seguimiento enfermero en presión negativa se sostiene sobre varios ejes: valoración integral, vigilancia del exudado y del sistema, protección de la piel, control del dolor, educación sanitaria y reevaluación periódica. Cuando estos elementos se incorporan de forma consistente, la técnica deja de ser una intervención aislada y pasa a integrarse en un proceso de cuidados más seguro, más coherente y potencialmente más eficaz para la persona con herida compleja.
Conflicto de intereses
Los autores declaran no presentar conflictos de intereses relacionados con la elaboración y publicación de este artículo.
Financiación
Este trabajo no ha recibido financiación externa ni apoyo económico específico para su realización.
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