Improving the detection and prevention of delirium in the ICU
Incluido en la revista CADICE. Vol. I . N.º 8 – Agosto 2026
Pág. Inicial: Vol. I; N.º 8:308
Autor principal (primer firmante): Isabel Gómez Cordero
Fecha recepción: 23/07/26
Fecha aceptación: 27/08/26
Fecha de publicación: 31/08/26
Ref.: CADICE. 2026;1(8):308
Autores:
Isabel Gómez Cordero
Adrián López Herrera
Teresa Molina García
Categoría: Enfermería
Palabras clave: Monitorización fisiológica; Gestión de riesgos; Sedación; Cuidados críticos; Paciente crítico; Mejora de la calidad; Unidades de cuidados intensivos; Medidas no farmacológicas; Delirio; Seguridad del paciente
Keywords: Monitoring, Physiologic; Risk Management; Sedation; Critical Care; Critical Illness; Quality Improvement; Intensive Care Units; Nonpharmacological Interventions; Delirium; Patient Safety
Resumen
Introducción: El delirium en las unidades de cuidados intensivos constituye un problema asistencial de elevada relevancia por su impacto sobre la seguridad del paciente, la evolución clínica, la experiencia de hospitalización y la complejidad de los cuidados. Su presentación puede pasar inadvertida, especialmente en formas hipoactivas, y su abordaje exige una vigilancia clínica continuada, una evaluación estructurada y una actuación interdisciplinar en la que la Enfermería ocupa una posición central.
Objetivos: Analizar los elementos que dificultan la detección precoz del delirium en UCI y proponer una estrategia de mejora orientada a reforzar la prevención, la identificación sistemática y la respuesta asistencial enfermera dentro de un marco de calidad y seguridad del paciente.
Metodología: Se desarrolla una revisión narrativa con enfoque de mejora de la calidad aplicada al entorno de cuidados críticos. Se integran aspectos clínicos y organizativos relacionados con la valoración del estado mental, la monitorización del paciente crítico, la sedación, las medidas no farmacológicas, la continuidad de registros y el seguimiento de indicadores de proceso.
Resultados: La mejora de la práctica asistencial puede articularse mediante la implantación de cribados periódicos, la formación del equipo, la integración del delirium en los registros de Enfermería, la revisión de prácticas de sedación, la promoción del sueño, la orientación temporal y espacial, la movilización adaptada, la reducción de estímulos nocivos y la participación de la familia cuando el contexto lo permita. La propuesta incluye indicadores cualitativos y cuantitativos de proceso y resultado, así como barreras y facilitadores para su sostenibilidad.
Discusión/Conclusiones: La detección y prevención del delirium no debe limitarse a una acción aislada, sino integrarse en la cultura de seguridad de la UCI. El liderazgo enfermero, la estandarización prudente de la valoración y la incorporación de intervenciones no farmacológicas pueden contribuir a una atención más segura, individualizada y coherente con las necesidades del paciente crítico.
Abstract
Introduction: Delirium in intensive care units is a highly relevant clinical problem because of its impact on patient safety, clinical course, hospitalization experience, and complexity of care. Its presentation may remain unrecognized, particularly in hypoactive forms, and its management requires continuous clinical surveillance, structured assessment, and interdisciplinary action, with nurses playing a central role.
Objectives: To analyse the factors that hinder early delirium detection in the ICU and to propose an improvement strategy aimed at strengthening prevention, systematic identification, and nursing response within a quality and patient safety framework.
Methodology: A narrative review with a quality improvement approach applied to the critical care setting was conducted. Clinical and organizational issues related to mental status assessment, physiologic monitoring, sedation, nonpharmacological interventions, nursing documentation, and follow-up of process indicators were integrated.
Results: Practice improvement may be structured through periodic screening, staff training, integration of delirium assessment into nursing records, review of sedation practices, sleep promotion, temporal and spatial orientation, adapted mobilization, reduction of harmful stimuli, and family involvement when feasible. The proposal includes qualitative and quantitative process and outcome indicators, as well as barriers and facilitators for sustainability.
Discussion/Conclusions: Delirium detection and prevention should not be reduced to an isolated action but incorporated into the ICU safety culture. Nursing leadership, prudent standardization of assessment, and inclusion of nonpharmacological interventions may contribute to safer, more individualized care that is consistent with the needs of critically ill patients.
Introducción
El delirium representa una alteración aguda de la atención y del funcionamiento cognitivo que aparece con frecuencia en el paciente crítico. En la UCI, su identificación resulta especialmente compleja por la coexistencia de ventilación mecánica, dolor, sedación, inestabilidad fisiológica, privación de sueño, sobrecarga sensorial o, por el contrario, aislamiento ambiental. A ello se añade que no todos los cuadros cursan con agitación evidente; de hecho, las formas hipoactivas pueden confundirse con somnolencia, cansancio extremo o bajo nivel de respuesta relacionado con el proceso clínico.
Desde la perspectiva de la seguridad del paciente, el delirium no debe interpretarse como un hallazgo secundario sin trascendencia. Su aparición suele acompañarse de mayor complejidad en la vigilancia, dificultades de comunicación, riesgo de retirada accidental de dispositivos, interferencia con los cuidados y necesidad de reevaluar tanto el plan terapéutico como el enfoque de soporte ambiental. Para la Enfermería de críticos, esta situación supone un reto clínico y organizativo: detectar cambios sutiles, registrar su evolución, comunicar hallazgos de forma útil al equipo y poner en marcha medidas preventivas adaptadas al estado del paciente.
La monitorización fisiológica continua, rasgo característico de la UCI, no siempre se acompaña de una valoración mental sistemática con la misma prioridad. Sin embargo, el estado cognitivo y conductual forma parte del estado global del paciente crítico. Valorar el delirium no compite con la monitorización hemodinámica o respiratoria, sino que la complementa. El reconocimiento temprano de alteraciones conductuales o de la atención puede ofrecer información clínica relevante sobre la respuesta del paciente al entorno, a la sedación, al dolor o a la evolución de la enfermedad.
El abordaje del delirium requiere además una lectura amplia del proceso asistencial. No depende únicamente de factores biológicos, sino también de cómo se organiza el cuidado: intensidad lumínica nocturna, fragmentación del descanso, frecuencia de procedimientos, ausencia de referentes temporales, inmovilidad prolongada, uso de sujeciones, comunicación insuficiente y escasa participación de la familia. Muchos de estos elementos están estrechamente vinculados a la práctica enfermera diaria y, por tanto, son susceptibles de revisión desde proyectos de mejora de la calidad.
En este contexto, la UCI dispone de una oportunidad clara para transformar el enfoque del delirium: pasar de una detección ocasional basada en la sospecha a una estrategia estructurada de prevención, cribado y respuesta asistencial. Ese cambio exige formación, consistencia documental, trabajo en equipo y adaptación a las características de cada unidad. También requiere prudencia clínica, ya que el delirium comparte manifestaciones con otras alteraciones neurológicas o metabólicas y su interpretación debe integrarse en la valoración global del paciente.
Objetivos
El objetivo general de este trabajo es proponer un marco de mejora para la detección y prevención del delirium en UCI desde la perspectiva de la Enfermería, orientado a fortalecer la calidad asistencial y la seguridad del paciente crítico.
Como objetivos específicos se plantean:
- Describir los principales factores clínicos y organizativos que favorecen la infradetección del delirium en cuidados intensivos.
- Analizar el papel de la valoración enfermera continuada en la identificación precoz de cambios cognitivos y conductuales.
- Plantear una estrategia de mejora basada en cribado sistemático, revisión de prácticas de sedación y medidas no farmacológicas.
- Definir indicadores de seguimiento útiles para evaluar la implantación de la propuesta en la práctica asistencial.
- Identificar barreras y facilitadores que condicionan la sostenibilidad de las acciones de mejora dentro de la unidad.
Metodología
Se presenta una revisión narrativa con orientación a la mejora de la calidad y la seguridad del paciente en el ámbito de la UCI. El enfoque se centra en la práctica clínica enfermera y en aquellos componentes organizativos que influyen en la detección y prevención del delirium. No se plantea como protocolo cerrado, sino como una propuesta estructurada adaptable al contexto, recursos y procedimientos de cada unidad.
El análisis se organiza en cuatro ejes. El primero aborda la valoración clínica del delirium como parte de la vigilancia integral del paciente crítico. El segundo revisa factores modificables relacionados con sedación, sueño, entorno, inmovilidad y comunicación. El tercero desarrolla una propuesta de intervención sobre procesos asistenciales, registros y formación del equipo. El cuarto incorpora un sistema básico de evaluación mediante indicadores de estructura, proceso y resultado que permita seguimiento local.
Desde el punto de vista operativo, la propuesta parte de varios supuestos razonables para el entorno de cuidados intensivos:
- La Enfermería realiza observación continuada del paciente y dispone de una posición privilegiada para detectar cambios sutiles en el comportamiento y en la atención.
- La valoración del delirium debe integrarse en la rutina asistencial y no quedar supeditada a la aparición de agitación o desorganización conductual manifiesta.
- Las medidas no farmacológicas, aunque no sustituyen la valoración médica ni el tratamiento etiológico, forman parte del cuidado enfermero y pueden contribuir a reducir la exposición a factores precipitantes.
- La mejora solo es sostenible si se acompaña de registro, retroalimentación y revisión periódica de la adherencia del equipo.
Para estructurar la intervención se consideran tres niveles. En el nivel micro, centrado en cada paciente, se incluyen la valoración periódica, la adaptación ambiental y la planificación diaria de cuidados. En el nivel meso, referido a la unidad, se incorporan formación, liderazgo clínico, circuitos de comunicación y auditoría interna. En el nivel macro asistencial, se contempla la necesidad de coherencia con los procedimientos institucionales de sedación, movilización, prevención de complicaciones y seguridad clínica.
La metodología prioriza contenidos aplicables a la práctica y evita establecer indicaciones farmacológicas específicas o recomendaciones cerradas no contextualizadas. La interpretación clínica del delirium debe individualizarse y coordinarse con el resto del equipo asistencial, especialmente cuando coexisten deterioro neurológico, sedación profunda, sepsis, insuficiencia respiratoria u otras condiciones que puedan alterar el nivel de conciencia.
Resultados
Problema asistencial detectado
En muchas unidades, el delirium continúa detectándose de manera reactiva, cuando la alteración del comportamiento ya interfiere con el tratamiento o compromete la seguridad. Esta aproximación deja fuera cuadros menos evidentes y dificulta la instauración temprana de medidas correctoras. La ausencia de registros homogéneos, la variabilidad entre profesionales y la priorización de otros parámetros críticos favorecen la infravaloración del problema.
La detección insuficiente suele relacionarse con varios factores: falta de entrenamiento específico, diferencias en la interpretación clínica de la agitación y la somnolencia, escasa integración del cribado en la rutina de turno, y dificultades para valorar a pacientes con dispositivos invasivos, barreras de comunicación o sedación cambiante. En consecuencia, la información sobre el estado mental puede quedar dispersa en observaciones narrativas poco comparables entre profesionales.
Elementos de una estrategia de mejora
La primera línea de mejora consiste en reconocer el delirium como un evento clínico relevante que debe ser objeto de vigilancia estructurada. Esto supone incorporar la valoración del estado cognitivo y conductual al mismo nivel de atención que otros riesgos prevalentes en UCI. No se trata de añadir tareas desconectadas, sino de reorganizar la observación habitual para hacerla más explícita, repetible y útil para la toma de decisiones.
Un segundo componente es la implantación de un cribado periódico mediante herramientas validadas por la unidad o por el centro, junto con criterios compartidos sobre cuándo valorar, cómo registrar y cómo comunicar hallazgos. La periodicidad debe armonizarse con la situación clínica, el nivel de sedación y los momentos de mayor estabilidad para evitar interpretaciones erróneas. La utilidad del cribado depende menos de un uso puntual que de su aplicación consistente y de la capacidad del equipo para actuar ante resultados compatibles con delirium.
El tercer eje de mejora se relaciona con la sedación y la analgesia. En la práctica asistencial, la coexistencia de dolor, ansiedad, ventilación mecánica y procedimientos invasivos obliga a individualizar el grado de sedación. Sin embargo, resulta pertinente revisar de forma sistemática si el nivel alcanzado es el necesario en cada momento, si existe sobre o infraestimulación y cómo influye ello en la posibilidad de valorar el estado mental. Enfermería aporta información continuada sobre confort, respuesta al entorno, interacción y cambios de conducta que puede orientar ajustes más seguros.
Intervenciones preventivas de carácter no farmacológico
Las medidas no farmacológicas ocupan un lugar preferente en la prevención del delirium por su integración natural en el plan de cuidados. Entre ellas, la promoción del sueño y del descanso merece atención específica. La fragmentación del sueño en UCI puede verse favorecida por alarmas, procedimientos nocturnos, iluminación constante y conversaciones durante el turno. Una revisión crítica de estas rutinas permite identificar márgenes de mejora, como agrupar cuidados cuando sea posible, reducir estímulos innecesarios y adaptar la intensidad lumínica al ciclo día-noche.
La orientación temporal y espacial constituye otra intervención básica. El paciente crítico puede perder referencias por la sedación, el aislamiento, la ausencia de objetos personales o la incapacidad para comunicarse. Informar de manera repetida y calmada sobre el lugar, el momento del día y los procedimientos previstos, facilitar el uso de gafas o audífonos si están disponibles y mantener señales ambientales comprensibles puede disminuir la desorganización perceptiva. Estas actuaciones requieren constancia y coordinación del equipo.
La movilización adaptada a la situación clínica también forma parte de la prevención. El reposo prolongado favorece pérdida funcional, mayor dependencia y dificultad para recuperar patrones de vigilia más fisiológicos. Cuando la condición del paciente lo permita y según criterios clínicos y de seguridad, la movilización progresiva, los cambios posturales programados y la participación en actividades simples pueden contribuir a mejorar la interacción con el entorno. Esta línea de trabajo debe coordinarse con medicina, fisioterapia y el resto del equipo.
La comunicación con el paciente ventilado o con limitaciones expresivas es otro punto crítico. La imposibilidad de expresar dolor, miedo o necesidades básicas puede incrementar la angustia y favorecer conductas interpretadas de forma inespecífica. El uso de estrategias de comunicación adaptadas, tableros simples, preguntas cerradas y observación de señales no verbales permite reducir incertidumbre y mejorar la valoración enfermera del estado cognitivo.
Integración en los registros y en la continuidad asistencial
Para que la prevención y detección del delirium no dependan exclusivamente de la sensibilidad individual de cada profesional, es necesario incorporar el problema a los registros clínicos de forma estructurada. Los campos de observación deberían reflejar, al menos, nivel de alerta, capacidad de atención, presencia de desorientación, alteraciones perceptivas, conducta motora y medidas aplicadas. Este registro favorece la comparación entre turnos y mejora la comunicación clínica.
La transmisión oral en cambios de turno debe incluir de forma habitual la evolución del estado mental, los factores precipitantes detectados y la respuesta a las intervenciones emprendidas. Cuando esta información se omite, el equipo pierde continuidad y aumenta el riesgo de interpretar cada episodio como un hecho aislado. La estandarización de la comunicación puede facilitar un enfoque más preventivo y menos reactivo.
Rol de Enfermería en la propuesta de mejora
La Enfermería desempeña un papel vertebrador en esta estrategia. Su presencia continuada junto al paciente permite identificar oscilaciones en la atención, respuestas conductuales ante estímulos, modificaciones del patrón sueño-vigilia y tolerancia a procedimientos o dispositivos. Además, coordina múltiples cuidados que influyen de forma directa en el riesgo de delirium: control del entorno, confort, higiene del sueño, movilización, reorientación y apoyo a la familia.
En un plano organizativo, el liderazgo enfermero puede favorecer la implantación de sesiones formativas breves, recordatorios de valoración en los planes de turno, revisión de registros y devolución periódica de resultados a la unidad. Cuando la iniciativa se integra en la práctica cotidiana y se percibe como una herramienta útil, aumenta la probabilidad de adherencia del equipo.
Indicadores para el seguimiento
La evaluación de la mejora requiere indicadores factibles y pertinentes. Entre los indicadores de estructura pueden considerarse la disponibilidad de una herramienta de cribado acordada por la unidad, la existencia de un procedimiento interno de valoración y la realización de formación específica para profesionales.
Como indicadores de proceso resultan útiles la proporción de pacientes valorados con la periodicidad establecida, el porcentaje de registros completos sobre estado mental, la frecuencia de reevaluación tras cambios en sedación o conducta, y la documentación de medidas no farmacológicas aplicadas. Estos indicadores permiten conocer el grado de implantación real de la estrategia.
En cuanto a los indicadores de resultado, la unidad puede monitorizar de forma prudente la detección de episodios compatibles con delirium, la oportunidad de la respuesta asistencial, los incidentes relacionados con agitación o retirada de dispositivos y la percepción del equipo sobre la utilidad del programa. La interpretación de estos resultados debe contextualizarse, ya que una mayor tasa de detección tras la implantación no implica necesariamente peor calidad, sino una vigilancia más sensible.
Barreras y facilitadores
Entre las barreras más frecuentes destacan la elevada carga asistencial, la rotación de profesionales, la priorización de intervenciones urgentes, la heterogeneidad de conocimientos sobre delirium y la percepción de que la valoración cognitiva consume tiempo sin aportar beneficios inmediatos. También puede existir incertidumbre cuando el cuadro se solapa con sedación profunda, alteraciones neurológicas o enfermedad grave inestable.
Los facilitadores incluyen el respaldo de supervisión y referentes clínicos, la existencia de registros sencillos, la incorporación de la valoración al pase de seguridad, la formación aplicada a situaciones reales y la retroalimentación periódica de la unidad. La implicación de la familia, cuando es viable y está adecuadamente orientada, puede actuar asimismo como apoyo para la reorientación y la detección de cambios respecto a la situación basal del paciente.
Discusión/Conclusiones
La mejora de la detección y prevención del delirium en UCI exige considerar este síndrome como parte del núcleo de la práctica clínica y no como una complicación periférica. Su carácter multifactorial y fluctuante obliga a superar aproximaciones basadas exclusivamente en la agitación manifiesta. Cuando la valoración se limita a los casos más visibles, se pierde capacidad preventiva y se debilita la continuidad de cuidados.
La principal aportación de una estrategia estructurada reside en hacer observable lo que a menudo permanece implícito en la experiencia clínica enfermera. Las enfermeras identifican con frecuencia cambios de conducta, pérdida de atención, alteraciones del sueño o respuestas inusuales al entorno; el reto consiste en traducir esa observación en un proceso compartido, registrable y útil para la toma de decisiones del equipo. Esta transformación refuerza la seguridad del paciente y mejora la trazabilidad del cuidado.
La revisión de prácticas de sedación merece una mención específica. No se trata de reducir de forma indiscriminada la sedación ni de priorizar la valoración cognitiva por encima del confort o la estabilidad clínica, sino de favorecer una reflexión continua sobre el equilibrio entre analgesia, tolerancia terapéutica y capacidad de interacción. Desde esta perspectiva, la prevención del delirium se integra con otros objetivos asistenciales y evita intervenciones fragmentadas.
Las medidas no farmacológicas presentan especial interés porque se apoyan en actividades propias del cuidado enfermero: regular estímulos, proteger el descanso, orientar, favorecer la comunicación, movilizar de forma segura y acompañar a la familia. Su valor no depende de una acción puntual, sino de la suma de pequeñas decisiones coherentes mantenidas a lo largo del ingreso. En un entorno tecnificado como la UCI, estas intervenciones ayudan a preservar dimensiones esenciales de la atención que influyen en la experiencia del paciente y en su evolución.
La implantación de cambios en una unidad de críticos no está exenta de dificultades. Cualquier propuesta debe adaptarse a la complejidad del servicio, al perfil de pacientes y a los recursos disponibles. Además, la evaluación de resultados requiere prudencia, ya que mejoras en la detección pueden modificar inicialmente la percepción de incidencia del problema. Por ello, los indicadores deben interpretarse junto con el grado de adherencia del equipo y la calidad del registro.
Desde una perspectiva práctica, la propuesta resulta más viable cuando se apoya en herramientas sencillas, formación breve orientada a la realidad de la unidad y liderazgo clínico cercano. La consolidación del cambio depende menos de documentos extensos que de su incorporación estable a la dinámica del turno, la transmisión entre profesionales y la revisión periódica de la práctica.
Mejorar la detección y prevención del delirium en UCI supone, en última instancia, avanzar hacia un modelo de cuidado crítico más atento al estado cognitivo, más sensible a factores ambientales y más alineado con la seguridad del paciente. La Enfermería tiene capacidad real para impulsar este cambio mediante valoración continuada, registro consistente y aplicación de intervenciones de cuidado que, aunque a veces discretas, pueden modificar de forma relevante la calidad asistencial.
Conflicto de intereses
Los autores manifiestan que no existe ningún conflicto de intereses que haya podido influir en el contenido del presente trabajo.
Financiación
La elaboración de este artículo no contó con financiación externa pública ni privada.
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