Spiritual needs and nursing care at the end of life
Incluido en la revista CADICE. Vol. I . N.º 9 – Septiembre 2026
Pág. Inicial: Vol. I; N.º 9:394
Autor principal (primer firmante): Marina Solís Navarro
Fecha recepción: 18/08/26
Fecha aceptación: 10/09/26
Fecha de publicación: 17/09/26
Ref.: CADICE. 2026;1(9):394
Autores:
Marina Solís Navarro
Andrés Fernández Rivas
Categoría: Enfermería
Palabras clave: Cuidados de Enfermería; Cuidados paliativos; Atención al final de la vida; Espiritualidad; Necesidades del paciente; Informes de casos; Proceso de Enfermería; Relación de ayuda; Cuidadores familiares; Control de síntomas
Keywords: Nursing Care; Palliative Care; End-of-Life Care; Spirituality; Patient Needs; Case Reports; Nursing Process; Helping Relationship; Family Caregivers; Symptom Management
Resumen
Introducción: La atención al final de la vida exige un abordaje integral del sufrimiento. Junto al control de síntomas físicos, la persona puede expresar necesidades espirituales relacionadas con el sentido, la esperanza, la culpa, la reconciliación, el miedo a morir o la necesidad de sentirse reconocida y acompañada. En este ámbito, la Enfermería ocupa una posición asistencial especialmente relevante por su continuidad en los cuidados, su proximidad al paciente y a la familia y su capacidad para sostener una relación de ayuda clínica.
Objetivos: Describir el abordaje enfermero de las necesidades espirituales en una situación de final de vida, integrando la valoración, la planificación de cuidados, la comunicación terapéutica, el acompañamiento familiar y la evolución clínica dentro del proceso de Enfermería.
Metodología: Se expone una situación clínica estructurada mediante el proceso de Enfermería en el contexto de cuidados paliativos. El análisis se organiza a partir de la valoración integral de la persona, la identificación de problemas de cuidados, la priorización clínica, la planificación de intervenciones enfermeras y el seguimiento evolutivo, con atención a la dimensión física, emocional, social y espiritual.
Resultados: La valoración mostró sufrimiento global con disnea, dolor, astenia, insomnio, inquietud emocional y malestar espiritual expresado como temor a morir, preocupación por la familia y necesidad de reconciliación biográfica. La intervención enfermera combinó control de síntomas, escucha activa, presencia terapéutica, facilitación de la expresión de valores y creencias, apoyo a la familia, coordinación con el equipo y adecuación del entorno. La evolución fue compatible con un mayor confort, menor ansiedad manifiesta y una vivencia más acompañada del proceso de final de vida.
Discusión/Conclusiones: La espiritualidad no puede reducirse a la religión ni abordarse como un elemento accesorio. Su valoración forma parte del cuidado integral y puede modificar de manera significativa la experiencia del enfermar y del morir. La intervención enfermera, cuando se desarrolla con prudencia, competencia relacional y coordinación interdisciplinar, puede contribuir a aliviar sufrimiento, favorecer la dignidad percibida y apoyar a la familia durante la fase final y el inicio del duelo.
Abstract
Introduction: End-of-life care requires an integrated approach to suffering. Alongside physical symptom management, patients may express spiritual needs related to meaning, hope, guilt, reconciliation, fear of death, or the need to feel acknowledged and accompanied. In this setting, nursing holds a particularly relevant role due to continuity of care, close contact with patients and families, and the ability to sustain a therapeutic helping relationship.
Objectives: To describe the nursing approach to spiritual needs in an end-of-life situation, integrating assessment, care planning, therapeutic communication, family support, and clinical evolution within the nursing process.
Methodology: A clinical situation is presented and organized through the nursing process in a palliative care context. The analysis is based on comprehensive assessment, identification of care problems, clinical prioritization, planning of nursing interventions, and follow-up, considering physical, emotional, social, and spiritual dimensions.
Results: Assessment revealed total suffering with dyspnea, pain, fatigue, insomnia, emotional distress, and spiritual discomfort expressed as fear of dying, concern for family members, and a need for life review and reconciliation. Nursing interventions combined symptom management, active listening, therapeutic presence, facilitation of values and beliefs expression, family support, team coordination, and environmental adaptation. Clinical evolution was consistent with greater comfort, reduced visible anxiety, and a more accompanied experience of the dying process.
Discussion/Conclusions: Spirituality should not be reduced to religion or treated as a secondary issue. Its assessment is part of comprehensive care and may significantly shape the experience of illness and dying. Nursing intervention, when delivered with prudence, relational competence, and interdisciplinary coordination, may help relieve suffering, support perceived dignity, and assist families during the final phase and the beginning of bereavement.
Introducción
El final de la vida concentra con frecuencia necesidades complejas que desbordan el control de síntomas físicos. La progresión de la enfermedad avanzada, la conciencia de irreversibilidad, la dependencia creciente y la proximidad de la muerte pueden movilizar preguntas sobre el sentido de la propia biografía, la relación con los demás, el valor del sufrimiento, las pérdidas acumuladas y la forma en que cada persona desea ser cuidada y recordada. En ese marco, la dimensión espiritual adquiere una relevancia clínica que no siempre se visibiliza con la misma facilidad que el dolor, la disnea o el insomnio.
En la práctica enfermera, la espiritualidad se relaciona con la búsqueda de significado, la necesidad de conexión, la esperanza, la trascendencia, la coherencia interna y la experiencia de paz o de conflicto ante la enfermedad y la muerte. Puede expresarse en clave religiosa, pero también a través de vínculos familiares, convicciones personales, recuerdos significativos, deseos pendientes, temores, sentimientos de culpa o necesidad de reconciliación. Reducir esta dimensión a la pertenencia confesional empobrece la valoración y limita la capacidad de respuesta asistencial.
La Enfermería dispone de una posición privilegiada para identificar estas necesidades porque acompaña los cambios del paciente a lo largo del día, observa el modo en que afronta los síntomas, participa en conversaciones íntimas con la familia y detecta con frecuencia aquello que no emerge en otros momentos de la atención clínica. La escucha, el silencio terapéutico, la presencia continuada, la validación emocional y la capacidad para coordinar recursos del equipo resultan elementos especialmente valiosos cuando el sufrimiento se expresa de forma difusa o indirecta.
La dificultad reside en que el malestar espiritual no siempre se formula de manera explícita. Puede aparecer como desesperanza, enfado, retraimiento, insomnio, necesidad reiterada de compañía, miedo intenso a quedarse solo, rechazo del futuro inmediato o preocupación persistente por asuntos relacionales y biográficos. También puede coexistir con un adecuado control físico de los síntomas, lo que obliga a no interpretar el confort únicamente desde variables biomédicas.
Desde una perspectiva paliativa, la atención integral exige reconocer que el sufrimiento al final de la vida es multidimensional. Por ello, la valoración espiritual no debe entenderse como una intervención extraordinaria o reservada a situaciones excepcionales, sino como parte del cuidado centrado en la persona, ajustado a sus preferencias, su capacidad de expresión y su contexto familiar y cultural. El presente artículo desarrolla este planteamiento a través de una situación clínica estructurada mediante el proceso de Enfermería.
Objetivos
Objetivo general: Analizar el abordaje enfermero de las necesidades espirituales en una persona en situación de final de vida, integrando dicha dimensión en el proceso de cuidados paliativos.
Objetivos específicos:
- Describir la valoración integral de una persona con enfermedad avanzada y sufrimiento multidimensional.
- Identificar manifestaciones clínicas y relacionales compatibles con necesidades espirituales no resueltas.
- Exponer intervenciones enfermeras orientadas al control de síntomas, la relación de ayuda y el acompañamiento a la familia.
- Mostrar la importancia de la coordinación interdisciplinar para responder a necesidades emocionales, sociales y espirituales.
- Reflexionar sobre la utilidad clínica de incorporar la dimensión espiritual en la práctica enfermera al final de la vida.
Metodología
Se desarrolla una situación clínica del ámbito de cuidados paliativos organizada mediante el proceso de Enfermería. El caso se centra en una persona con enfermedad oncológica avanzada, deterioro funcional progresivo y necesidad creciente de apoyo para las actividades básicas, en fase de atención orientada prioritariamente al confort.
La valoración se estructuró desde una perspectiva integral, considerando síntomas físicos, estado emocional, situación funcional, dinámica familiar, recursos de afrontamiento, valores personales y necesidades espirituales manifestadas de forma verbal y no verbal. Se prestó especial atención a los elementos de relación de ayuda que emergieron durante los cuidados cotidianos: preguntas sobre la muerte, significado atribuido al sufrimiento, preocupación por la familia, necesidad de despedida, deseo de no sentirse una carga y demanda de presencia.
La planificación de cuidados se realizó a partir de problemas prioritarios identificados durante la evolución clínica. Se integraron intervenciones de confort físico, medidas de apoyo emocional, acompañamiento espiritual no directivo, adecuación del entorno y coordinación con otros profesionales del equipo. El seguimiento se describió en función de la respuesta observada del paciente y de la familia durante los días de mayor fragilidad clínica.
El propósito del caso no es establecer un protocolo cerrado, sino ilustrar una forma de razonamiento enfermero aplicable a situaciones en las que el sufrimiento espiritual se entrelaza con el control de síntomas y con la necesidad de acompañamiento familiar en el final de la vida.
Resultados
Presentación de la situación clínica
Varón de 74 años, J.M., ingresado en una unidad de hospitalización de cuidados paliativos por empeoramiento clínico asociado a enfermedad oncológica avanzada. Presentaba dolor de características mixtas, disnea de esfuerzo mínimo en progresión, astenia intensa, anorexia y marcada limitación funcional. Convivía con su esposa, principal cuidadora, y mantenía una relación estrecha con dos hijas adultas. Durante los meses previos había mostrado un empeoramiento progresivo, con pérdida de autonomía y necesidad creciente de ayuda para el aseo, la movilización y la alimentación.
En el momento de la valoración inicial, el paciente se encontraba consciente, orientado y con gran fatigabilidad. Expresaba mal descanso nocturno, sensación de ahogo en determinados momentos, miedo a dormir solo y preocupación por el sufrimiento de su esposa. Refería dolor parcialmente controlado, sin verbalizar queja continua, pero con gestos de cansancio y evitación del movimiento. A nivel emocional, alternaba periodos de conversación serena con episodios de silencio prolongado y llanto contenido.
La familia describía un cambio reciente en su forma de hablar sobre la enfermedad. J.M., anteriormente reservado, comenzó a formular preguntas sobre cuánto tiempo le quedaba, si iba a morir con sufrimiento y qué ocurriría con su esposa cuando él faltara. La cuidadora principal manifestaba agotamiento físico y emocional, aunque intentaba minimizarlo delante del paciente. Las hijas pedían información sobre cómo acompañar sin invadir y cómo responder ante conversaciones sobre la muerte.
Valoración enfermera integral
La valoración física señaló la coexistencia de síntomas frecuentes en la fase avanzada: dolor, disnea, debilidad, intolerancia a la actividad, insomnio y disminución de la ingesta. El paciente necesitaba ayuda en la mayoría de cuidados básicos y requería reposicionamiento cuidadoso para evitar incremento del malestar. La percepción subjetiva de ahogo generaba anticipación ansiosa, especialmente al anochecer.
En la dimensión emocional, destacaban el miedo, la tristeza, la incertidumbre y la preocupación por la familia. Sin embargo, la observación continuada permitió identificar un plano adicional de sufrimiento que no se explicaba solo por la progresión física. J.M. repetía expresiones como “no quiero irme dejando problemas”, “no sé si he hecho las cosas bien” o “me da pena no poder cerrar algunas cosas”. Estas verbalizaciones sugerían necesidades de revisión biográfica, reconciliación y búsqueda de sentido.
La dimensión espiritual se exploró con preguntas abiertas y tiempos de silencio no apresurados. El paciente expresó que no necesitaba “grandes discursos”, pero sí poder hablar sin que la familia cambiara de tema. Manifestó temor a ser olvidado, preocupación por una relación distante con un hermano y deseo de despedirse de algunos familiares. Afirmó tener creencias religiosas de larga trayectoria, aunque en ese momento lo que más le aliviaba era sentir que seguía siendo tratado como una persona y no solo como “alguien que se está muriendo”. También verbalizó la necesidad de que su esposa “pudiera descansar” y de no morir solo.
La valoración de la familia mostró sobrecarga de la cuidadora principal, dificultad para sostener conversaciones explícitas sobre la muerte y una notable necesidad de orientación. Existía un clima afectivo protector, aunque con tendencia a evitar temas dolorosos para no aumentar el sufrimiento mutuo. Esta evitación mantenía cierto aislamiento emocional del paciente.
Problemas de cuidados priorizados
A partir de la valoración, se priorizaron problemas relacionados con el confort físico y con el sufrimiento emocional y espiritual. Entre ellos destacaron el malestar por dolor y disnea, la ansiedad asociada a la percepción de empeoramiento, la alteración del sueño, la necesidad de apoyo en la adaptación al proceso de final de vida y el sufrimiento espiritual manifestado por miedo a morir, necesidad de reconciliación, preocupación por los seres queridos y deseo de mantener dignidad y reconocimiento personal.
Asimismo, se consideró relevante la situación de la familia, especialmente el cansancio de la esposa y la necesidad de acompañamiento para facilitar una comunicación más auténtica y menos defensiva. En este contexto, el cuidado enfermero se orientó no solo al paciente sino también al sistema familiar inmediato, dado que el bienestar de ambos aparecía intensamente interrelacionado.
Planificación e intervenciones enfermeras
La planificación se centró en favorecer el máximo confort posible, disminuir el sufrimiento evitable y facilitar espacios de expresión seguros. El control sintomático se mantuvo en coordinación con el equipo, observando respuesta al tratamiento pautado, detectando signos de empeoramiento y ajustando medidas no farmacológicas de alivio, como la posición, el ritmo de cuidados, la ventilación del entorno y la anticipación de actividades para evitar fatiga innecesaria.
La intervención relacional ocupó un lugar central. En las interacciones diarias se priorizó una presencia disponible, sin prisa aparente y con escucha activa. Se utilizaron preguntas abiertas, reformulación y validación emocional para favorecer que el paciente pudiera hablar de la muerte, de sus miedos y de asuntos pendientes sin sentirse corregido ni reconducido de forma precipitada hacia mensajes de ánimo. Cuando J.M. expresaba culpa o ambivalencia, la respuesta enfermera evitó juicios o interpretaciones cerradas, centrándose en clarificar qué necesitaba, a quién deseaba ver y qué conversaciones consideraba importantes.
Se promovió la revisión biográfica a través de recuerdos significativos, logros, vínculos y decisiones valiosas para él. Esta estrategia no se aplicó como técnica rígida, sino integrada en conversaciones espontáneas surgidas durante los cuidados de higiene, los periodos de insomnio o los momentos de mayor necesidad de compañía. Hablar de su trabajo, de la crianza de sus hijas y de episodios familiares relevantes permitió desplazar parcialmente el foco desde el deterioro inmediato hacia una narrativa vital con sentido para el paciente.
Respecto a las necesidades de reconciliación, el paciente expresó su deseo de hablar con un hermano con quien mantenía una relación distante. La enfermera exploró si deseaba apoyo para facilitar ese contacto y, tras consensuarlo con él y con la familia, se favoreció un encuentro adaptado a su estado clínico. No se presentó como una obligación moral, sino como una posibilidad elegida por el propio paciente para disminuir malestar.
La dimensión religiosa se abordó desde el respeto a sus preferencias. J.M. manifestó que le tranquilizaba la posibilidad de recibir acompañamiento espiritual vinculado a sus creencias, por lo que se informó al equipo para facilitar este recurso. Paralelamente, se mantuvo el acompañamiento enfermero desde una perspectiva no confesional, centrada en la dignidad, la presencia y la disponibilidad para escuchar.
Con la familia se trabajó la comunicación sobre el proceso de final de vida. Se ofrecieron orientaciones para tolerar silencios, responder con sinceridad prudente, evitar desautorizar las emociones del paciente y entender que hablar de la muerte no equivalía a “quitar esperanza”. También se reforzó la necesidad de cuidar a la esposa, favoreciendo relevos de descanso y legitimando su cansancio.
La adecuación del entorno tuvo igualmente valor terapéutico. Se procuró intimidad durante las conversaciones sensibles, se redujeron interrupciones evitables y se facilitaron tiempos de presencia familiar compatibles con el bienestar del paciente. En los momentos de mayor fragilidad se extremó la observación de signos de incomodidad, necesidad de contacto y cambios en la expresión facial o corporal que pudieran indicar sufrimiento no verbalizado.
Evolución clínica
Durante los días siguientes, el control de síntomas fue variable pero razonablemente orientado al confort. El dolor y la disnea requirieron seguimiento estrecho y reevaluación continuada, especialmente en las horas nocturnas. Desde el punto de vista relacional, el paciente comenzó a verbalizar con mayor claridad sus temores y deseos. Pudo mantener conversaciones breves con su esposa e hijas sobre cómo quería ser acompañado, expresó preocupación por ellas con menor angustia desbordada y agradeció que se le hablara con naturalidad.
El encuentro con su hermano fue emocionalmente intenso, aunque vivido por el paciente como reparador. Tras esa conversación se mostró más tranquilo y refirió “haber descansado por dentro”, expresión que la familia también percibió en forma de menor inquietud y mayor disposición al reposo. Del mismo modo, recibir apoyo conforme a sus creencias aportó serenidad, sin sustituir la necesidad de cuidados clínicos ni la presencia de la familia.
En la fase de mayor deterioro, la enfermera continuó priorizando medidas de confort, comunicación adaptada y acompañamiento a la familia. La esposa necesitó apoyo frecuente para interpretar cambios del proceso final, expresar miedo y aceptar periodos de somnolencia y menor interacción. El paciente falleció días después en un contexto de presencia familiar, con seguimiento próximo del equipo y sin signos llamativos de sufrimiento agudo no controlado en las últimas horas observadas.
Tras el fallecimiento, el apoyo inmediato a la familia se orientó a ofrecer presencia, aclarar dudas básicas sobre el proceso vivido y validar las reacciones emocionales iniciales. La esposa verbalizó que, pese al dolor de la pérdida, había percibido los últimos días como “más en paz” de lo que temía al ingreso.
Discusión/Conclusiones
La situación expuesta permite observar que las necesidades espirituales al final de la vida raramente aparecen aisladas. Suelen entrelazarse con síntomas físicos, emociones intensas, preocupaciones familiares y tareas biográficas pendientes. Por ello, el abordaje enfermero resulta más útil cuando evita compartimentos rígidos y reconoce la interacción entre dolor, disnea, ansiedad, miedo, necesidad de vínculo y búsqueda de sentido.
Un primer aspecto de interés clínico es que el sufrimiento espiritual puede pasar desapercibido si la valoración se limita a registros convencionales de síntomas. En este caso, las expresiones de culpa, temor a dejar asuntos sin resolver, necesidad de no morir solo y deseo de ser reconocido como persona aportaron información decisiva para orientar los cuidados. Detectar estos elementos exigió tiempo, presencia y una escucha no centrada exclusivamente en la tarea técnica.
También se pone de manifiesto que la respuesta enfermera no consiste en ofrecer interpretaciones trascendentes ni en ocupar funciones ajenas a otros profesionales, sino en sostener una relación de ayuda competente. Esto incluye saber preguntar, tolerar el silencio, no bloquear conversaciones sobre la muerte, identificar necesidades de apoyo específico y coordinar recursos del equipo cuando el paciente lo desea. En muchos casos, la intervención más valiosa no es aportar respuestas, sino crear las condiciones para que la persona pueda expresar lo que considera importante en la etapa final.
Otro hallazgo relevante es el papel de la familia. La evitación comunicativa, motivada a menudo por protección mutua, puede aumentar el aislamiento del paciente. La Enfermería puede facilitar una comunicación más honesta y compasiva, ayudando a que los familiares comprendan que acompañar no significa decir siempre algo, sino permanecer disponibles, validar emociones y respetar el ritmo del enfermo. Esta labor tiene efectos no solo sobre el confort del paciente, sino también sobre la experiencia posterior de los cuidadores.
La atención espiritual requiere individualización. No todas las personas desean hablar de trascendencia, reconciliación o religión, y no todas interpretan del mismo modo la proximidad de la muerte. Por ello, conviene evitar presuposiciones basadas en edad, diagnóstico o adscripción cultural. La valoración debe partir de lo que la persona expresa, de sus prioridades y de su manera concreta de entender la dignidad, la esperanza y el vínculo con los demás.
Entre los límites del abordaje se encuentra la dificultad para explorar esta dimensión en entornos con alta carga asistencial, escasa continuidad profesional o insuficiente formación en comunicación clínica. A ello se añaden las barreras emocionales de los propios profesionales ante el sufrimiento, la muerte y la incertidumbre. Estas limitaciones no invalidan la intervención, pero recuerdan la necesidad de apoyo institucional, trabajo en equipo y espacios de reflexión clínica.
La práctica enfermera al final de la vida se fortalece cuando incorpora la espiritualidad como parte del cuidado integral y no como un añadido opcional. Valorar qué da sentido a la persona, qué teme, qué necesita resolver, cómo quiere ser acompañada y qué recursos le aportan consuelo puede contribuir de forma relevante al alivio del sufrimiento. En situaciones de enfermedad avanzada, cuidar también significa ayudar a sostener la identidad, la relación y la posibilidad de despedida.
Desde esta perspectiva, la aportación enfermera no se limita a ejecutar cuidados de confort, sino que participa activamente en la construcción de una experiencia de final de vida más humana, más coherente con los valores del paciente y más respetuosa con la vulnerabilidad de la familia. Integrar esta mirada en la práctica cotidiana puede mejorar la calidad percibida de la atención y favorecer una muerte acompañada con mayor dignidad y menor sufrimiento evitable.
Conflicto de intereses
No se identifican conflictos de intereses por parte de los autores en relación con el tema tratado en este artículo.
Financiación
No se ha recibido financiación externa para el desarrollo, redacción o publicación del presente trabajo.
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