Optimising early mobilisation in critically ill patients
Incluido en la revista CADICE. Vol. I . N.º 9 – Septiembre 2026
Pág. Inicial: Vol. I; N.º 9:415
Autor principal (primer firmante): Isabel Gómez Cordero
Fecha recepción: 23/08/26
Fecha aceptación: 14/09/26
Fecha de publicación: 21/09/26
Ref.: CADICE. 2026;1(9):415
Autores:
Isabel Gómez Cordero
Adrián López Herrera
Teresa Molina García
Categoría: Enfermería
Palabras clave: Debilidad adquirida en UCI; Monitorización fisiológica; Mejora de la calidad; Movilización precoz; Cuidados críticos; Seguridad; Seguridad del paciente; Unidades de cuidados intensivos; Rehabilitación; Paciente crítico
Keywords: Intensive Care Unit-Acquired Weakness; Monitoring, Physiologic; Quality Improvement; Early Ambulation; Critical Care; Safety; Patient Safety; Intensive Care Units; Rehabilitation; Critical Illness
Resumen
Introducción: La inmovilidad en las unidades de cuidados intensivos se asocia a deterioro funcional, pérdida de masa y fuerza muscular, intolerancia al esfuerzo, mayor dependencia en las actividades básicas y prolongación de las necesidades de cuidados tras la fase aguda. En este escenario, la movilización precoz se ha incorporado progresivamente como una línea de mejora orientada a reducir complicaciones relacionadas con el reposo prolongado, favorecer la recuperación funcional y reforzar la seguridad del paciente crítico. Su implantación, no obstante, exige una organización asistencial sólida, criterios clínicos compartidos, monitorización continua y una participación enfermera activa.
Objetivos: Analizar los elementos que intervienen en la optimización de la movilización precoz en pacientes críticos desde la perspectiva de la calidad asistencial y la seguridad del paciente, describiendo el papel de Enfermería, las barreras habituales, los facilitadores organizativos y los principales indicadores de seguimiento.
Metodología: Se desarrolla una revisión teórica de carácter narrativo y aplicado a la práctica clínica en cuidados intensivos. El enfoque integra aspectos fisiopatológicos generales, criterios de valoración enfermera, consideraciones de seguridad, monitorización fisiológica y propuestas de mejora de proceso sin establecer un protocolo universal cerrado.
Resultados: La movilización precoz debe entenderse como una intervención progresiva, individualizada y dependiente de la situación hemodinámica, respiratoria, neurológica y funcional de cada paciente. La valoración enfermera continuada, la coordinación interdisciplinar, la adecuación de la sedación, la identificación de dispositivos de riesgo y la estandarización de circuitos pueden favorecer su aplicación segura. Entre los elementos de mejora destacan la definición de responsabilidades, el registro estructurado, la formación del equipo, la anticipación de eventos adversos y el uso de indicadores de proceso y resultado.
Discusión/Conclusiones: Optimizar la movilización precoz en pacientes críticos no consiste únicamente en aumentar el número de movilizaciones, sino en integrar esta práctica en la cultura de cuidados de la unidad. Enfermería ocupa una posición central en la detección de candidatos, la preparación del entorno, la vigilancia clínica durante la actividad y la evaluación posterior. La mejora sostenida requiere liderazgo clínico, adaptación al contexto, revisión periódica del proceso y una visión centrada simultáneamente en recuperación funcional, calidad asistencial y seguridad.
Abstract
Introduction: Immobility in intensive care units is associated with functional decline, muscle weakness, reduced exercise tolerance, increased dependence in daily activities, and prolonged care needs after the acute phase. In this context, early mobilization has progressively emerged as a quality and safety strategy aimed at reducing complications related to prolonged bed rest, supporting functional recovery, and enhancing patient safety. However, its implementation requires sound organization, shared clinical criteria, continuous physiological monitoring, and strong nursing involvement.
Objectives: To analyze the key elements involved in optimizing early mobilization in critically ill patients from a quality improvement and patient safety perspective, with emphasis on the nursing role, common barriers, organizational facilitators, and follow-up indicators.
Methodology: A narrative and practice-oriented theoretical review was conducted in the field of critical care. The approach integrates general pathophysiological aspects, nursing assessment, safety considerations, physiological monitoring, and process improvement strategies without proposing a universal closed protocol.
Results: Early mobilization should be considered a progressive and individualized intervention dependent on the patient’s hemodynamic, respiratory, neurological, and functional status. Ongoing nursing assessment, interdisciplinary coordination, sedation adjustment, identification of high-risk devices, and standardized workflows may support safe implementation. Improvement strategies include clear role definition, structured documentation, team training, anticipation of adverse events, and the use of process and outcome indicators.
Discussion/Conclusions: Optimizing early mobilization in critically ill patients goes beyond increasing the number of mobilization sessions; it involves embedding this practice into the unit’s care culture. Nurses hold a central role in identifying suitable patients, preparing the environment, monitoring the patient during activity, and evaluating the response afterwards. Sustainable improvement requires clinical leadership, local adaptation, regular process review, and a combined focus on functional recovery, quality of care, and safety.
Introducción
La estancia en cuidados intensivos suele acompañarse de inmovilidad, sedación variable, soporte ventilatorio, inestabilidad clínica y múltiples dispositivos invasivos. Estas circunstancias, necesarias en muchos casos para sostener la vida durante la fase crítica, pueden favorecer un deterioro funcional relevante si se prolongan en el tiempo. La pérdida de movilidad no afecta solo al sistema musculoesquelético; también condiciona la tolerancia al esfuerzo, la autonomía posterior, la adaptación respiratoria, la percepción de la enfermedad y la experiencia global de recuperación.
Dentro de este marco, la movilización precoz se plantea como una intervención compleja que va más allá de “levantar” al paciente. Incluye desde cambios posturales y ejercicios pasivos o activos en cama hasta sedestación, bipedestación, transferencia al sillón o deambulación, siempre según la situación clínica. Su valor reside en que introduce una perspectiva funcional temprana en un entorno dominado, con frecuencia, por la prioridad fisiológica inmediata. Esta integración no es simple: requiere evaluar de forma continua riesgos y beneficios, coordinar recursos humanos, anticipar incidencias y asumir que la movilización en UCI es una práctica clínica avanzada, no una actividad accesoria.
Desde Enfermería, la movilización precoz se relaciona con la preservación de la capacidad funcional, la prevención de complicaciones derivadas del encamamiento y la continuidad de cuidados entre la fase crítica y la recuperación posterior. La enfermera de cuidados intensivos conoce de forma directa la evolución hemodinámica, respiratoria y neurológica del paciente, así como el comportamiento de drenajes, catéteres, sondas y dispositivos de soporte. Esa posición asistencial convierte a Enfermería en un eje operativo para decidir cuándo iniciar, cuándo posponer, cómo graduar y cómo vigilar cada intervención de movilización.
Sin embargo, la práctica cotidiana muestra variabilidad. La movilización puede verse limitada por barreras clínicas reales, por diferencias de criterio entre profesionales, por déficits de coordinación o por una cultura de unidad más orientada a la estabilidad biológica que a la recuperación funcional temprana. En consecuencia, la optimización de este proceso debe abordarse como una estrategia de mejora de calidad y seguridad del paciente, con participación interdisciplinar y liderazgo compartido.
Plantear la movilización precoz en términos de calidad implica preguntarse si los pacientes que podrían beneficiarse de ella son identificados a tiempo, si el equipo dispone de criterios homogéneos, si el entorno es seguro, si la documentación es útil para dar continuidad al proceso y si existen mecanismos para revisar resultados. También exige reconocer que una movilización indicada, bien preparada y vigilada puede ser segura, mientras que una movilización improvisada o mal coordinada puede incrementar el riesgo de eventos no deseados. La diferencia entre ambas situaciones suele depender menos del gesto técnico aislado que del proceso asistencial que lo sostiene.
Objetivos
El objetivo general de este trabajo es analizar cómo optimizar la movilización precoz en pacientes críticos como intervención de mejora de calidad y seguridad en unidades de cuidados intensivos, destacando la contribución específica de Enfermería en la valoración, planificación, ejecución y evaluación del proceso.
Como objetivos específicos se plantean los siguientes:
- Describir la relevancia clínica y funcional de la movilización precoz en el paciente crítico.
- Identificar los componentes de la valoración enfermera previa a la movilización y los elementos de monitorización durante su desarrollo.
- Examinar las barreras y los facilitadores que condicionan la implantación de esta práctica en la UCI.
- Proponer líneas de mejora organizativa orientadas a reforzar la seguridad del paciente y la continuidad del proceso asistencial.
- Definir indicadores cualitativos y operativos que permitan seguir la implantación de la movilización precoz como práctica de calidad.
Metodología
Se presenta una revisión teórica de enfoque narrativo, orientada a la práctica enfermera en cuidados críticos y centrada en la movilización precoz como proceso asistencial susceptible de mejora. El contenido se organiza a partir de cinco ejes: impacto de la inmovilidad, valoración clínica y funcional, condiciones de seguridad, papel de Enfermería en la coordinación de cuidados e indicadores de seguimiento del proceso.
El análisis no se plantea como una revisión sistemática ni como un protocolo normativo cerrado, sino como una síntesis profesional útil para la toma de decisiones clínicas y organizativas. Se prioriza una redacción prudente, compatible con distintos entornos asistenciales, evitando trasladar recomendaciones rígidas que puedan entrar en conflicto con la situación hemodinámica del paciente, la disponibilidad de recursos o los procedimientos internos de cada unidad.
Para estructurar el abordaje se consideran los elementos habitualmente implicados en la práctica real de UCI: estabilidad clínica suficiente para tolerar la actividad, presencia de dispositivos invasivos, nivel de conciencia y cooperación, soporte respiratorio, requerimientos de sedación y analgesia, carga de trabajo del equipo, accesibilidad del entorno y necesidad de participación de otros profesionales, especialmente fisioterapia y medicina intensiva. Desde esta perspectiva, la movilización precoz se entiende como un proceso escalonado y reevaluable, no como una intervención uniforme aplicada de manera indiscriminada.
El enfoque metodológico incorpora además la mirada de mejora continua. Esto implica revisar no solo qué movilizaciones se realizan, sino cómo se seleccionan los pacientes, cómo se documentan las decisiones, qué incidentes aparecen, qué barreras se repiten y qué oportunidades de aprendizaje ofrece la práctica cotidiana. La finalidad es favorecer un marco de trabajo que permita a las unidades desarrollar circuitos más seguros, consistentes y sostenibles.
Resultados
Impacto de la inmovilidad y fundamento funcional de la movilización precoz
La inmovilidad mantenida en el paciente crítico favorece un deterioro multifactorial. A la pérdida de fuerza y resistencia muscular se suman alteraciones del patrón respiratorio, menor tolerancia ortostática, rigidez articular, deterioro del control postural y dependencia funcional. En muchos pacientes, estos cambios se superponen con el efecto de la enfermedad aguda, la inflamación sistémica, el soporte ventilatorio y la exposición a fármacos sedantes o bloqueantes, generando una situación de fragilidad física de aparición rápida.
La movilización precoz pretende contrarrestar parte de ese deterioro mediante estímulos progresivos adaptados a la capacidad del paciente. Su indicación no se reduce a objetivos motores; también puede contribuir a mantener una relación más activa con el entorno, facilitar la orientación, mejorar la participación del paciente en los cuidados y preparar la transición hacia fases posteriores de rehabilitación. En consecuencia, su valor no debe medirse solo por la capacidad de caminar, sino también por la prevención del desacondicionamiento y por el mantenimiento de trayectorias de recuperación más favorables.
Valoración enfermera previa a la movilización
La decisión de movilizar exige una valoración clínica integral. Enfermería debe considerar, en primer lugar, la situación hemodinámica: tendencia de la presión arterial, frecuencia cardiaca, necesidad de fármacos vasoactivos, perfusión periférica y respuesta reciente a cambios posturales o procedimientos. Aunque la presencia de soporte vasoactivo no excluye de forma automática toda movilización, sí obliga a una individualización estricta y a una planificación más conservadora.
En el plano respiratorio resulta necesario valorar el modo de soporte ventilatorio, la sincronía del paciente, la oxigenación, el trabajo respiratorio, la presencia de secreciones y la estabilidad de la vía aérea. La movilización de un paciente con ventilación invasiva o no invasiva puede ser factible en determinados casos, siempre que exista preparación del equipo, sujeción adecuada de dispositivos y vigilancia continua. Del mismo modo, deben revisarse drenajes torácicos, cánulas, traqueostomías, circuitos de oxigenoterapia y cualquier elemento cuya tracción o desplazamiento suponga un riesgo añadido.
La valoración neurológica y funcional es igualmente determinante. Deben considerarse el nivel de consciencia, la capacidad para obedecer órdenes, la presencia de delirio o agitación, el control del dolor, la fuerza residual, el equilibrio en sedestación y la tolerancia previa a movilizaciones anteriores. La movilización no debe interpretarse solo como una actividad física, sino como una intervención que requiere respuesta clínica observable. Un paciente somnoliento, intensamente dolorido o con escasa interacción puede no estar en condiciones de progresar el mismo día, aunque sí de beneficiarse de medidas intermedias como cambios de posición, estimulación postural o ejercicios asistidos.
También es esencial valorar la situación cutánea, el riesgo de lesiones relacionadas con la presión y la carga de dispositivos. En ocasiones, la movilización precoz se integra con otras prioridades enfermeras, como la prevención del deterioro de la integridad cutánea, el manejo de la eliminación o la higiene postural. Esta visión global evita que la movilización se convierta en una acción aislada y favorece su integración en el plan de cuidados.
Gradación de la intervención y preparación del entorno
Uno de los errores más frecuentes en la implantación de la movilización precoz es asociarla únicamente a actividades de alta exigencia, como la marcha. En realidad, la progresión suele construirse a partir de escalones: movilización pasiva o activo-asistida, elevación del cabecero, sedestación en cama, sedestación al borde, transferencia a sillón, bipedestación y desplazamiento. Cada nivel requiere reevaluación y no todos los pacientes recorrerán la misma secuencia ni al mismo ritmo.
La preparación previa influye de manera decisiva en la seguridad. Deben organizarse el espacio, los apoyos, el número de profesionales implicados y la revisión de todo el material conectado al paciente. Anticipar quién controla la vía aérea, quién maneja los perfusores, quién estabiliza drenajes o quién lidera la maniobra reduce improvisaciones. Del mismo modo, es recomendable acordar de antemano los criterios de interrupción y la respuesta ante signos de intolerancia, de forma que todo el equipo comparta expectativas y prioridades.
La analgesia y la sedación requieren especial atención. Una sedación excesiva limita la participación y favorece el desacondicionamiento; una analgesia insuficiente incrementa el sufrimiento y dificulta la colaboración. La coordinación entre objetivos de sedación, control del dolor y movilización diaria puede mejorar la factibilidad de la intervención. En este punto, el papel enfermero es especialmente relevante por su capacidad para identificar cambios en la respuesta del paciente a lo largo del turno.
Monitorización fisiológica y criterios de seguridad durante la movilización
La movilización precoz en UCI no puede separarse de la monitorización fisiológica. Durante la actividad deben vigilarse la tolerancia hemodinámica, la respuesta respiratoria, el nivel de esfuerzo observado, la expresión de dolor, la aparición de mareo, diaforesis, ansiedad, cambios del estado mental y cualquier alteración del trazado monitorizado que sugiera mala tolerancia. Más que buscar una normalidad rígida, se trata de detectar desviaciones respecto a la situación basal del paciente y decidir si procede continuar, reducir el nivel de actividad o suspenderla.
La seguridad también implica prevenir eventos relacionados con el entorno y los dispositivos: desconexión accidental de ventilación, retirada de accesos vasculares, tracción de sondas, caídas, pérdida de equilibrio o lesiones del personal por manipulación inadecuada. La presencia de protocolos de fijación, ayudas técnicas, camas ajustables, grúas o dispositivos de transferencia puede facilitar una movilización más segura, pero su utilidad depende de que el equipo conozca su manejo y disponga del tiempo necesario para utilizarlos correctamente.
Tras la movilización, la observación continúa siendo necesaria. Debe registrarse la respuesta del paciente, el nivel alcanzado, las incidencias, la necesidad de recuperación posterior y la conveniencia de modificar el plan de actividad para la siguiente intervención. Este seguimiento es particularmente importante cuando el paciente presenta fluctuaciones clínicas a lo largo del día, ya que la tolerancia de una sesión no garantiza la de la siguiente.
Papel de Enfermería en la mejora del proceso
Enfermería ocupa una posición central en la consolidación de la movilización precoz como práctica segura de calidad. Su aportación comienza con la identificación diaria de pacientes potencialmente movilizables y continúa con la coordinación del momento más adecuado según pruebas, procedimientos, higiene, descanso, administración de tratamientos y disponibilidad del resto de profesionales. Esta gestión del tiempo asistencial tiene un impacto directo en la factibilidad del proceso.
Además de ejecutar o participar activamente en la movilización, la enfermera actúa como observadora privilegiada de la respuesta clínica. Puede detectar pequeños signos de intolerancia que quizá no sean evidentes antes de iniciar la maniobra, ajustar el ritmo de progresión y comunicar con precisión qué nivel de actividad se ha realizado y con qué resultado. Esa información es clave para la continuidad entre turnos y para la toma de decisiones interdisciplinar.
Otra función relevante es la educación clínica del equipo y de la familia cuando su presencia forma parte del entorno de cuidados. Explicar objetivos, límites y medidas de seguridad disminuye temores, favorece la colaboración y ayuda a reemplazar la idea de reposo absoluto por una cultura de actividad terapéutica vigilada. Esta dimensión cultural suele ser uno de los factores diferenciales entre unidades donde la movilización depende de iniciativas individuales y unidades donde forma parte de la rutina asistencial.
Barreras frecuentes y facilitadores organizativos
Las barreras para la movilización precoz son múltiples. Entre las clínicas destacan la inestabilidad hemodinámica, la elevada dependencia de soporte respiratorio, el deterioro neurológico fluctuante, el dolor no controlado y la presencia de múltiples dispositivos. A ellas se suman obstáculos organizativos como cargas de trabajo elevadas, dotación insuficiente, ausencia de criterios compartidos, inseguridad del personal ante determinados perfiles de paciente y falta de coordinación entre disciplinas.
También persisten barreras culturales. En algunas unidades la movilización continúa percibiéndose como una actividad secundaria, condicionada a que “sobre tiempo” tras atender otras prioridades. En otras, la preocupación por posibles eventos adversos puede llevar a retrasar de forma reiterada una intervención potencialmente beneficiosa, incluso cuando existen condiciones razonables para realizarla con seguridad. Esta inercia solo puede modificarse mediante liderazgo clínico, formación y revisión de resultados.
Entre los facilitadores más consistentes se encuentran la definición de criterios operativos, la existencia de circuitos de comunicación entre Enfermería, medicina y fisioterapia, la programación diaria de objetivos funcionales, la formación en movilización segura y el acceso a equipamiento adecuado. La presencia de referentes clínicos dentro de la unidad puede favorecer además la resolución de dudas y la homogeneización de prácticas sin convertir el proceso en una secuencia rígida.
Indicadores para seguimiento y mejora
La optimización de la movilización precoz requiere medición. En un programa de mejora pueden considerarse indicadores de proceso, como la valoración diaria de elegibilidad para movilización, el porcentaje de pacientes con objetivo funcional registrado, el nivel máximo de actividad alcanzado durante el turno o la documentación de causas de no movilización. Estos indicadores permiten identificar si el problema radica en la selección de pacientes, en la organización del trabajo o en la ejecución real de la intervención.
Junto a ellos, pueden emplearse indicadores de seguridad y calidad, como la notificación de incidentes relacionados con la movilización, la revisión cualitativa de eventos adversos, la adecuación del registro enfermero o la concordancia entre el plan previsto y la actividad realizada. En entornos con suficiente madurez organizativa, también resulta útil incorporar medidas funcionales evolutivas para valorar la progresión del paciente durante el ingreso.
La utilidad de los indicadores depende de que sean pocos, comprensibles y clínicamente relevantes. Un exceso de variables puede convertir la monitorización del proceso en una carga documental sin retorno práctico. Por ello, resulta más eficaz disponer de un cuadro de seguimiento sencillo, revisado de forma periódica por el equipo, que permita detectar tendencias, barreras recurrentes y oportunidades de ajuste.
Discusión/Conclusiones
La movilización precoz en pacientes críticos representa un cambio de enfoque dentro de los cuidados intensivos. Frente a una visión centrada exclusivamente en la estabilización orgánica, introduce la necesidad de preservar función, autonomía y capacidad de recuperación desde fases tempranas del ingreso. Este cambio no implica minimizar la complejidad del paciente crítico, sino asumir que la seguridad también incluye prevenir el deterioro asociado a la inmovilidad cuando la situación clínica permite intervenir.
Desde la perspectiva de calidad asistencial, uno de los principales retos no es demostrar la conveniencia teórica de la movilización, sino traducirla en una práctica sostenida, coherente y medible. Para ello, la unidad necesita criterios compartidos, comunicación efectiva y un modelo de trabajo en el que la actividad funcional forme parte de la planificación diaria. Cuando la movilización depende solo de la motivación individual de determinados profesionales, la variabilidad aumenta y la continuidad se resiente.
La contribución enfermera resulta especialmente relevante en cuatro planos. En primer lugar, en la valoración clínica continuada que permite identificar el momento más adecuado para intervenir. En segundo, en la preparación del entorno y de los dispositivos para reducir riesgos evitables. En tercero, en la monitorización durante la actividad y en la detección precoz de intolerancia. Y, por último, en el registro estructurado y la comunicación entre turnos y disciplinas. Esta combinación de juicio clínico, capacidad organizativa y vigilancia directa sitúa a Enfermería en una posición estratégica para liderar mejoras del proceso.
No obstante, conviene evitar una visión simplificada. La movilización precoz no es siempre posible ni debe aplicarse de manera uniforme. Hay situaciones en las que la prioridad clínica obliga a posponerla, reducir su intensidad o limitarla a objetivos posturales y preventivos. Precisamente por ello, la optimización del proceso no consiste en forzar movilizaciones, sino en mejorar la selección, la preparación, la ejecución y la reevaluación de cada intervención.
En términos prácticos, las unidades pueden avanzar mediante acciones realistas: incorporar la valoración funcional a la rutina diaria, consensuar criterios de inicio e interrupción, revisar barreras repetidas, formar al personal en movilización segura, aprovechar ayudas técnicas y desarrollar indicadores simples que permitan aprendizaje continuo. Este enfoque favorece una implantación progresiva, compatible con distintos niveles de complejidad y recursos.
La movilización precoz, entendida como práctica de calidad y seguridad, aporta valor cuando se integra en una cultura asistencial que combina prudencia clínica, coordinación y orientación a la recuperación. En ese proceso, Enfermería no ocupa un papel accesorio, sino estructural. Optimizar esta intervención significa, en último término, reforzar un modelo de cuidados intensivos que no solo mantiene la vida, sino que también protege la funcionalidad y la dignidad del paciente durante su tránsito por la enfermedad crítica.
Conflicto de intereses
Los autores comunican que no tienen conflictos de intereses vinculados al desarrollo o publicación de este artículo.
Financiación
Los autores declaran que este artículo no ha contado con financiación externa.
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