Optimización del seguimiento de terapia de presión negativa en heridas complejas

Optimization of negative pressure wound therapy follow-up in complex wounds

Incluido en la revista CADICE. Vol. I . N.º 8 – Agosto 2026

Pág. Inicial: Vol. I; N.º 8:166

Autor principal (primer firmante): Clara Benítez Romero

Fecha recepción: 02/07/26

Fecha aceptación: 27/07/26

Fecha de publicación: 03/08/26

Ref.: CADICE. 2026;1(8):166

Autores:
Clara Benítez Romero
Álvaro Molina Serrano
Nerea Castillo Pardo

Categoría: Enfermería

Palabras clave: Cicatrización de heridas; Terapia de presión negativa; Gestión de riesgos; Apósitos; Seguridad del paciente; Mejora de la calidad; Exudado; Piel; Estomas quirúrgicos; Heridas complejas

Keywords: Wound Healing; Negative-Pressure Wound Therapy; Risk Management; Bandages; Patient Safety; Quality Improvement; Exudates and Transudates; Skin; Surgical Stomas; Complex Wounds

Resumen

Introducción: La terapia de presión negativa se ha incorporado al manejo de distintas heridas complejas por su capacidad para favorecer el control del exudado, proteger el lecho y facilitar un entorno local más estable. Sin embargo, su efectividad clínica no depende únicamente de la indicación inicial, sino también de un seguimiento enfermero estructurado, capaz de detectar incidencias, prevenir complicaciones y garantizar la continuidad de cuidados en los distintos niveles asistenciales.

Objetivos: Analizar los elementos que permiten optimizar el seguimiento de la terapia de presión negativa en heridas complejas desde la perspectiva de la calidad asistencial y la seguridad del paciente, así como proponer un marco práctico de vigilancia clínica, registro y reevaluación enfermera.

Metodología: Se desarrolla una revisión narrativa y una propuesta de mejora orientada a la práctica enfermera. Se integran aspectos relacionados con la valoración inicial, el control evolutivo de la herida, la piel perilesional, el manejo del exudado, la seguridad del sistema, la educación sanitaria y la coordinación entre profesionales.

Resultados: La optimización del seguimiento requiere criterios homogéneos de valoración, monitorización de la respuesta tisular, revisión sistemática de sellado y presión, vigilancia del dolor y de la tolerancia al tratamiento, prevención de lesiones asociadas a adhesivos y un registro clínico útil para la toma de decisiones. La enfermera ocupa una posición central en la identificación precoz de problemas, la educación del paciente y la activación de medidas correctoras.

Discusión/Conclusiones: El seguimiento protocolizado, flexible y centrado en riesgos puede contribuir a una utilización más segura y eficiente de la terapia de presión negativa. La mejora de resultados depende de la individualización del plan de cuidados, de la competencia clínica del equipo y de circuitos de comunicación que eviten discontinuidades asistenciales.

Abstract

Introduction: Negative-pressure wound therapy has become part of the management of different complex wounds because it may help control exudate, protect the wound bed and maintain a more stable local environment. Nevertheless, clinical effectiveness does not rely only on the initial indication but also on a structured nursing follow-up able to detect incidents, prevent complications and support continuity of care across settings.

Objectives: To analyse the key elements required to optimise follow-up of negative-pressure wound therapy in complex wounds from a quality-of-care and patient-safety perspective, and to propose a practical framework for nursing surveillance, documentation and reassessment.

Methodology: A narrative review and a quality improvement proposal focused on nursing practice were developed. The text integrates initial assessment, wound progress monitoring, periwound skin evaluation, exudate management, device safety, patient education and interdisciplinary coordination.

Results: Optimised follow-up requires consistent assessment criteria, monitoring of tissue response, systematic review of seal integrity and pressure delivery, surveillance of pain and treatment tolerance, prevention of adhesive-related injury and clinically meaningful documentation to support decision-making. Nurses play a central role in early problem identification, patient education and timely corrective action.

Discussion/Conclusions: Structured yet adaptable follow-up focused on risk surveillance may contribute to safer and more efficient use of negative-pressure wound therapy. Better outcomes are associated with individualised care planning, team competence and communication pathways that reduce discontinuity of care.

Introducción

Las heridas complejas continúan representando un desafío asistencial por su heterogeneidad clínica, la presencia frecuente de comorbilidad y la necesidad de cuidados prolongados. En este grupo se incluyen situaciones muy diversas: heridas quirúrgicas con complicación local, dehiscencias, cavidades con exudado abundante, lesiones con dificultad para el control del ambiente húmedo, áreas anatómicas de difícil sellado o heridas próximas a ostomías y pliegues cutáneos. En todos estos escenarios, la terapia de presión negativa puede integrarse como una estrategia de manejo local que requiere una supervisión continuada y una valoración experta.

Desde la práctica enfermera, el interés por esta modalidad terapéutica no se limita al uso de un dispositivo. Implica comprender el comportamiento del lecho, interpretar la evolución del exudado, proteger la piel perilesional, anticipar riesgos asociados al apósito y al sistema de aspiración y valorar de forma recurrente la respuesta del paciente. La intervención enfermera afecta, por tanto, tanto al resultado local de la herida como a la experiencia del paciente, su seguridad y la continuidad del proceso asistencial.

La variabilidad en el seguimiento puede generar problemas evitables. Entre ellos se encuentran la pérdida de sellado, el macerado de la piel, la aparición de dolor no controlado, la retención de exudado, las fugas persistentes, el retraso en la identificación de signos de complicación o la ausencia de reevaluación cuando la herida deja de beneficiarse del tratamiento. También resultan relevantes los fallos de comunicación al alta, la escasa formación del paciente y la insuficiente estandarización del registro clínico.

Por este motivo, la optimización del seguimiento debe abordarse como una cuestión de calidad y seguridad. No se trata solo de comprobar que el sistema funciona, sino de disponer de una secuencia de vigilancia clínica capaz de vincular los hallazgos locales con decisiones de cuidado coherentes. La enfermera, por su proximidad al paciente y por su papel en el manejo diario del apósito, se sitúa en un lugar clave para consolidar prácticas seguras, detectar desviaciones del plan terapéutico y promover un uso apropiado de los recursos.

El interés de este enfoque es especialmente evidente en pacientes con trayectorias asistenciales complejas. Las transiciones entre hospitalización, atención ambulatoria, domicilio o centros sociosanitarios pueden comprometer la continuidad del tratamiento si no existen criterios compartidos de valoración y seguimiento. La estandarización razonable de los cuidados, sin convertirla en un protocolo rígido, puede mejorar la consistencia de la práctica clínica y reducir la incertidumbre en la toma de decisiones.

Objetivos

Analizar los componentes enfermeros que permiten optimizar el seguimiento de la terapia de presión negativa en heridas complejas, con especial atención a la seguridad del paciente, la gestión de riesgos y la mejora de la calidad asistencial.

Como objetivos específicos se plantean:

  • Describir los elementos de valoración inicial que condicionan la planificación del seguimiento.
  • Identificar los principales riesgos clínicos y técnicos asociados al uso continuado de la terapia de presión negativa.
  • Proponer un marco de monitorización enfermera aplicable a distintos entornos asistenciales.
  • Definir aspectos prioritarios de registro, educación sanitaria y coordinación interdisciplinar.
  • Señalar indicadores cualitativos útiles para evaluar la adecuación del proceso de seguimiento.

Metodología

Se presenta una revisión narrativa con orientación aplicada a la práctica clínica enfermera y un planteamiento de mejora de proceso centrado en el seguimiento de pacientes portadores de terapia de presión negativa por heridas complejas. El desarrollo se apoya en criterios clínicos generales de valoración de heridas, principios de seguridad del paciente y análisis de puntos críticos relacionados con el uso cotidiano del sistema.

La propuesta se estructura sobre cinco ejes: valoración basal, vigilancia evolutiva, prevención de incidentes, educación del paciente y continuidad asistencial. No se plantea como un protocolo universal, sino como un marco de trabajo susceptible de adaptación al contexto clínico, al tipo de dispositivo empleado, a la localización de la herida y a los procedimientos vigentes en cada centro.

Para organizar el seguimiento se considera necesario integrar información del estado general del paciente, situación nutricional, movilidad, dolor, tolerancia al apósito, características del exudado, aspecto del lecho, piel perilesional, ubicación anatómica y capacidad del entorno cuidador para colaborar en el tratamiento. En heridas cercanas a estomas quirúrgicos o en áreas con riesgo de contaminación, se añade la necesidad de valorar con especial detalle la estanqueidad del sistema y la interacción con otros dispositivos.

Desde la perspectiva de mejora de calidad, se priorizan medidas de bajo grado de complejidad organizativa pero alto impacto potencial: homogeneización de registros, definición de incidentes observables, criterios compartidos para reevaluación clínica, formación específica del personal y circuitos de comunicación entre niveles asistenciales. La finalidad no es aumentar la carga documental, sino convertir la información recogida en una herramienta útil para prevenir complicaciones y orientar decisiones.

Resultados

Valoración inicial orientada al seguimiento

La calidad del seguimiento depende en gran medida de la calidad de la valoración basal. Antes de iniciar o continuar la terapia conviene documentar el tipo de herida, su profundidad aparente, la presencia de cavidades o tunelizaciones, el tejido predominante en el lecho, el volumen y características del exudado, el estado de los bordes, la integridad de la piel circundante y la posible existencia de factores locales que dificulten el sellado. Esta información permite anticipar incidencias y seleccionar medidas de protección adecuadas.

Junto a la valoración local, la enfermera debe incorporar variables del paciente que modifican la evolución: nivel de dependencia, capacidad para comunicar molestias, patrón de movilidad, adherencia previsible, ansiedad relacionada con el dispositivo, higiene, condiciones del domicilio y apoyo familiar o cuidador. La monitorización posterior será diferente en un paciente autónomo con herida estable que en otro con fragilidad, deterioro cognitivo o elevado riesgo de manipulación accidental del sistema.

En esta fase también resulta relevante establecer objetivos clínicos realistas. El seguimiento gana consistencia cuando se concreta qué se espera observar: control del exudado, protección del lecho, aproximación progresiva de bordes, reducción de la maceración, mejor tolerancia del apósito o preparación de la herida para un cambio de estrategia terapéutica. Sin esta definición previa, la reevaluación puede limitarse a una comprobación mecánica del dispositivo.

Componentes del seguimiento enfermero sistemático

El control evolutivo debe integrar observación de la herida, revisión del sistema y valoración de la respuesta del paciente. En la práctica, una secuencia ordenada facilita que no se omitan aspectos de seguridad. La primera comprobación es la funcionalidad global del equipo: presión prescrita, alarmas, integridad de conexiones, presencia de fugas audibles o visibles y permeabilidad del circuito. Un sistema aparentemente colocado puede ser ineficaz si la presión no se transmite de forma adecuada al lecho.

El segundo componente es la evaluación clínica del apósito y de la zona perilesional. Debe vigilarse si existe retracción, desplazamiento, colapso insuficiente del material de relleno, humedad mantenida bajo el adhesivo, signos de maceración o lesiones cutáneas por tracción y retirada repetida. La piel perilesional merece una atención específica, ya que la exposición continuada a exudado y adhesivos puede originar erosiones, prurito, dolor o intolerancia que condicionen el mantenimiento del tratamiento.

El tercer elemento es el análisis del exudado recogido. Su volumen relativo, coloración, viscosidad y cambios respecto a controles previos pueden orientar sobre la evolución local y alertar sobre la necesidad de reevaluación. Más que cuantificar de manera rígida, interesa interpretar tendencias: aumento inesperado, disminución con signos de obstrucción, mal olor persistente o cambios que obliguen a descartar complicaciones locales según el contexto clínico.

Por último, el seguimiento debe incluir la experiencia del paciente. Dolor en reposo o durante el funcionamiento del sistema, insomnio por ruido o incomodidad, sensación de tirantez, temor a la movilización y limitación de actividades básicas son datos relevantes. Un paciente que evita moverse por miedo a desconectar el dispositivo o que manipula el sistema por malestar puede exponerse a incidentes prevenibles. Escuchar estas dificultades forma parte del control de calidad del tratamiento.

Riesgos frecuentes y estrategias de prevención

La pérdida de sellado constituye una de las incidencias más comunes en la práctica diaria, especialmente en superficies irregulares, zonas con humedad, pliegues o cercanía a estomas quirúrgicos. Para reducirla, resulta útil revisar previamente la preparación de la piel, adaptar el recorte del adhesivo, reforzar puntos críticos y comprobar que la posición corporal del paciente no genera tensiones continuas sobre el apósito. Cuando las fugas se repiten, no basta con añadir material de fijación; debe reevaluarse la técnica y, si es necesario, reconsiderar la idoneidad del sistema para esa localización.

Otro problema habitual es la afectación de la piel perilesional. El uso continuado de adhesivos, la humedad residual y las retiradas traumáticas pueden favorecer lesiones cutáneas asociadas a adhesivos médicos. Su prevención exige proteger la piel, seleccionar técnicas de retirada cuidadosas y reconocer precozmente signos de intolerancia. En pacientes con fragilidad cutánea, la vigilancia debe intensificarse, porque una lesión perilesional puede interrumpir el tratamiento o ampliar el área de cuidados.

El dolor requiere una consideración específica. Puede relacionarse con el estado de la herida, con la presión aplicada, con la manipulación del apósito o con lesiones cutáneas asociadas. La valoración enfermera debe identificar el momento de aparición, su relación con las curas y la repercusión funcional. Este análisis orienta medidas como la coordinación con analgesia pautada, la preparación del paciente antes del cambio de apósito, la revisión del material de interfaz o la necesidad de comunicar al equipo médico una tolerancia insuficiente.

También deben contemplarse riesgos vinculados a la obstrucción del sistema, a la acumulación inadecuada del exudado, a la desconexión accidental y a la contaminación local. En heridas cercanas a fuentes potenciales de humedad o contaminación, el seguimiento debe ser más estrecho. La observación no puede centrarse exclusivamente en la herida visible, sino en el entorno completo de cuidados: ropa, drenajes, ostomías, postura del paciente y accesibilidad del dispositivo para el autocuidado seguro.

Registro clínico útil para la toma de decisiones

La documentación del seguimiento suele ser un punto débil cuando se limita a fórmulas genéricas como “apósito correcto” o “sin incidencias”. Un registro de calidad debería recoger al menos la tolerancia del paciente, el estado del sellado, la apariencia del exudado, la condición de la piel perilesional, los cambios apreciables en el lecho y las actuaciones realizadas ante incidencias. Este tipo de información mejora la trazabilidad del proceso y permite detectar patrones de problema.

La utilidad del registro aumenta cuando se emplean descriptores consistentes y observables. Expresiones como maceración leve, fuga recurrente en borde inferior, dolor en la retirada del adhesivo o exudado más denso que en la revisión previa ofrecen una base mucho más operativa para la siguiente valoración que anotaciones inespecíficas. Además, facilitan la comunicación entre profesionales y disminuyen la dependencia de interpretaciones subjetivas poco comparables.

En programas de mejora de calidad, el registro puede servir para generar indicadores de proceso no necesariamente cuantitativos. Por ejemplo, la presencia o ausencia de valoración de piel perilesional en cada revisión, la constancia de educación al paciente, la identificación documentada de incidencias técnicas o la reevaluación explícita de objetivos cuando no se observa progresión clínica. Estos elementos permiten analizar si el seguimiento está realmente centrado en la evolución del paciente y no solo en la ejecución técnica del procedimiento.

Educación sanitaria y participación del paciente

La terapia de presión negativa exige un grado variable de colaboración por parte del paciente y de su entorno cuidador. La educación no debe reducirse a instrucciones instrumentales, sino incluir información comprensible sobre la finalidad del tratamiento, las limitaciones prácticas, las señales de alerta y las conductas adecuadas ante incidencias. Un paciente bien informado puede contribuir a detectar fugas, cambios del exudado o dolor anómalo antes de la revisión programada.

Entre los contenidos prioritarios destacan el manejo básico del dispositivo según el contexto asistencial, la importancia de no manipular el apósito sin indicación, la observación de alarmas, el cuidado de la piel adyacente y las precauciones en la movilidad. También conviene reforzar cómo proteger el sistema en actividades de la vida diaria y cuándo contactar con el equipo sanitario. En pacientes portadores de estomas, la enseñanza debe contemplar la interacción entre dispositivos para evitar pérdidas de estanqueidad o contaminación cruzada.

La educación sanitaria tiene además una dimensión emocional. El sonido del dispositivo, la dependencia de un equipo portátil, el aspecto del exudado o el temor a que la herida empeore pueden generar ansiedad. La enfermera puede atenuar esta carga mediante explicaciones claras, apoyo durante los cambios de apósito y verificación de la comprensión. La participación del paciente se favorece cuando percibe que sus observaciones sobre dolor, incomodidad o dificultades prácticas son relevantes para ajustar el plan de cuidados.

Coordinación y continuidad asistencial

La continuidad del seguimiento constituye uno de los principales retos. Un cambio de nivel asistencial sin información suficiente puede traducirse en retrasos de cura, manejo inadecuado del sistema o duplicidad de valoraciones. Para evitarlo, la transmisión de información debería incluir la situación actual de la herida, objetivos del tratamiento, tipo de apósito utilizado, incidencias recientes, estado de la piel perilesional, tolerancia del paciente y necesidades de apoyo domiciliario.

En esta coordinación, la enfermera actúa como enlace clínico y organizativo. La claridad de las instrucciones de continuidad, el contacto entre dispositivos asistenciales y la identificación temprana de barreras logísticas forman parte de la seguridad del proceso. Si el domicilio no reúne condiciones suficientes o el paciente no puede manejar el equipo con apoyo razonable, debe valorarse con antelación una alternativa viable. La continuidad no consiste únicamente en mantener el mismo tratamiento, sino en sostener un plan de cuidados seguro y factible.

Indicadores de mejora orientados a calidad y seguridad

En ausencia de un único modelo de seguimiento, resulta útil trabajar con indicadores de proceso adaptados al centro. Entre los más pertinentes se encuentran la proporción de revisiones con valoración registrada de la piel perilesional, la constancia de reevaluación de la herida tras incidencias repetidas, la documentación de educación al paciente, la identificación de fugas recurrentes y la comunicación estructurada en las transiciones asistenciales. Su finalidad es detectar oportunidades de mejora, no penalizar la complejidad clínica.

Asimismo, pueden incorporarse indicadores relacionados con la práctica segura: presencia de verificación del funcionamiento del sistema, registro de dolor asociado al procedimiento, comprobación de integridad del apósito y revisión de factores de riesgo para desprendimiento o contaminación. Estos elementos permiten valorar si el seguimiento se orienta a prevenir daños evitables y a sostener decisiones clínicas justificadas en la evolución observada.

La monitorización de indicadores debe acompañarse de espacios de retroalimentación para el equipo. Revisar incidencias frecuentes, compartir soluciones técnicas y unificar criterios de observación favorece una práctica más consistente. La mejora continua en este ámbito depende menos de formular grandes cambios estructurales que de consolidar hábitos de vigilancia clínica, registro útil y comunicación efectiva.

Discusión/Conclusiones

La terapia de presión negativa puede aportar beneficios en el manejo de heridas complejas, pero su valor clínico se reduce cuando el seguimiento es irregular, excesivamente técnico o desvinculado de la situación global del paciente. Desde Enfermería, optimizar el proceso supone desplazar el foco desde el dispositivo como fin en sí mismo hacia la monitorización de resultados locales, riesgos emergentes y tolerancia real al tratamiento.

Un seguimiento de calidad requiere observar de forma sistemática la herida, la piel perilesional, el exudado, la funcionalidad del sistema y la experiencia del paciente. Esta combinación de datos permite anticipar complicaciones, ajustar el plan de cuidados y decidir cuándo conviene mantener, modificar o reevaluar la estrategia terapéutica. La seguridad del paciente mejora cuando las incidencias se identifican precozmente y quedan documentadas con suficiente precisión para facilitar decisiones compartidas.

El papel enfermero resulta especialmente relevante en tres dimensiones. La primera es la clínica, por la valoración continuada del lecho, del exudado y de la respuesta al apósito. La segunda es la educativa, porque la comprensión del tratamiento por parte del paciente y de su entorno reduce errores de manejo y favorece la detección temprana de problemas. La tercera es la organizativa, al asegurar la continuidad entre distintos niveles asistenciales y minimizar vacíos de información que puedan comprometer la evolución.

La propuesta de mejora basada en criterios homogéneos de valoración, registros observables, vigilancia de riesgos y coordinación interprofesional puede contribuir a una atención más segura y coherente. No obstante, su aplicación debe individualizarse según la localización de la herida, el tipo de dispositivo, la situación funcional del paciente y los recursos disponibles. La estandarización útil no consiste en uniformar todos los casos, sino en asegurar que ningún aspecto esencial del seguimiento quede sin valorar.

En la práctica, avanzar en este campo probablemente dependa de intervenciones concretas: formación continuada, revisión de incidentes frecuentes, herramientas de registro más operativas y circuitos claros de comunicación en transiciones asistenciales. La mejora del seguimiento no requiere necesariamente procedimientos más complejos, sino una vigilancia clínica más consistente, centrada en el paciente y sustentada en el juicio enfermero.

Conflicto de intereses

Los autores declaran la ausencia de conflictos de intereses en la preparación de este manuscrito.

Financiación

El presente manuscrito se ha realizado sin financiación externa específica.

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