Continuity-of-care procedure for self-injury in adolescents
Incluido en la revista CADICE. Vol. I . N.º 8 – Agosto 2026
Pág. Inicial: Vol. I; N.º 8:245
Autor principal (primer firmante): Marta Vidal Herrera
Fecha recepción: 14/07/26
Fecha aceptación: 14/08/26
Fecha de publicación: 18/08/26
Ref.: CADICE. 2026;1(8):245
Autores:
Marta Vidal Herrera
Raúl Gómez Salcedo
Irene Campos Núñez
David León Morales
Paula Ríos Fuentes
Categoría: Enfermería
Palabras clave: Continuidad asistencial; Familia; Salud infantil; Intervenciones de Enfermería; Protocolos clínicos; Enfermería pediátrica; Adolescente; Niño; Autolesión; Riesgo suicida
Keywords: Continuity of Patient Care; Family; Child Health; Nursing Interventions; Clinical Protocols; Pediatric Nursing; Adolescent; Child; Self-Injurious Behavior; Suicide Risk
Resumen
Introducción: Las autolesiones en la adolescencia constituyen un motivo de atención frecuente en dispositivos urgentes, consultas pediátricas y recursos de salud mental. Más allá del episodio agudo, el principal reto asistencial suele situarse en la continuidad de cuidados, la coordinación entre niveles y la capacidad del sistema para sostener un seguimiento clínico, familiar y comunitario sin discontinuidades. Enfermería ocupa una posición relevante en la detección de necesidades, la valoración del riesgo, la educación sanitaria y la articulación del plan de cuidados tras el contacto inicial.
Objetivos: Describir un procedimiento orientativo de continuidad asistencial ante autolesiones en adolescentes desde la perspectiva enfermera; ordenar la valoración inicial, la coordinación interprofesional, la implicación familiar y los criterios de seguimiento; y señalar elementos de seguridad clínica aplicables a distintos entornos asistenciales.
Metodología: Se presenta una guía de intervención estructurada a partir del proceso enfermero y del análisis clínico-organizativo del tránsito entre urgencias, hospitalización si existiera, atención primaria, pediatría y salud mental infantojuvenil. El abordaje se formula de manera general para facilitar su adaptación a los protocolos vigentes de cada centro.
Resultados: La continuidad asistencial requiere una valoración inicial integral, diferenciando la estabilización física del análisis emocional y relacional; una comunicación clínica clara entre dispositivos; un plan de alta con información comprensible; participación de la familia o cuidadores cuando resulte adecuado; seguimiento precoz y accesible; y reevaluación del riesgo en cada contacto. Enfermería puede contribuir mediante escucha terapéutica, identificación de signos de alarma, educación a la familia, conciliación de información y supervisión del cumplimiento del plan acordado.
Discusión/Conclusiones: La respuesta asistencial ante autolesiones en adolescentes no debe reducirse al manejo puntual del episodio. Un procedimiento de continuidad bien definido puede mejorar la seguridad, disminuir pérdidas de seguimiento y favorecer intervenciones proporcionales a la situación clínica y social. Su aplicación debe individualizarse según edad, contexto familiar, intencionalidad, comorbilidad y recursos disponibles.
Abstract
Introduction: Self-injurious behavior in adolescence is a common reason for contact with emergency departments, pediatric services and mental health resources. Beyond the acute episode, continuity of care, coordination across settings and the capacity to maintain follow-up are major clinical concerns. Nursing has a relevant role in needs assessment, risk appraisal, health education and care coordination after the initial encounter.
Objectives: To describe a nursing-oriented procedure for continuity of care in adolescents presenting with self-injurious behavior; to organize initial assessment, interprofessional coordination, family involvement and follow-up criteria; and to identify patient safety elements applicable to different healthcare settings.
Methodology: An intervention guide is presented using the nursing process and a clinical-organizational approach to transitions between emergency care, inpatient care when needed, primary care, pediatrics and child and adolescent mental health services. The proposal is intentionally general so that it can be adapted to local protocols.
Results: Continuity of care requires comprehensive initial assessment, distinguishing physical stabilization from emotional and relational evaluation; clear communication between care settings; a discharge plan with understandable information; family or caregiver involvement when appropriate; early and accessible follow-up; and risk reassessment at every contact. Nursing may contribute through therapeutic listening, identification of warning signs, family education, information reconciliation and supervision of the agreed care plan.
Discussion/Conclusions: Clinical response to self-injurious behavior in adolescents should not be limited to management of the acute episode. A structured continuity-of-care procedure may improve safety, reduce follow-up loss and support interventions tailored to the adolescent’s clinical and social situation. Its implementation should be individualized according to age, family context, intentionality, comorbidity and available resources.
Introducción
La autolesión en población adolescente plantea un problema asistencial complejo, no solo por sus implicaciones clínicas inmediatas, sino por el significado relacional, emocional y social que suele acompañarla. Bajo esta denominación pueden agruparse conductas de distinta intencionalidad, gravedad y frecuencia, desde lesiones superficiales repetidas hasta episodios asociados a una mayor preocupación por la seguridad. Esta heterogeneidad obliga a evitar respuestas uniformes y a situar la valoración profesional en el centro de la toma de decisiones.
En la práctica clínica, muchas intervenciones se concentran en el momento de la consulta urgente: cura de lesiones, observación, entrevista breve y eventual derivación. Sin embargo, la calidad del cuidado depende en gran medida de lo que sucede después. Cuando no existe un enlace claro entre el primer contacto asistencial y el seguimiento posterior, aumentan la fragmentación, la sobrecarga familiar, la repetición de consultas no planificadas y la sensación de desamparo del propio adolescente. La continuidad asistencial constituye, por tanto, un componente de seguridad y no un mero aspecto organizativo.
Desde la perspectiva enfermera, la continuidad de cuidados implica acompañar transiciones clínicas y relacionales. Esto incluye recoger información significativa, interpretar necesidades de cuidado, facilitar la comunicación entre niveles asistenciales, preparar a la familia para el seguimiento domiciliario y promover que el adolescente disponga de un itinerario comprensible. La intervención enfermera no se limita a transmitir citas o recomendaciones; también comprende la contención emocional, la observación de cambios conductuales, la detección de factores de vulnerabilidad y la promoción de un entorno de apoyo razonablemente seguro.
La adolescencia añade elementos específicos. Se trata de una etapa de desarrollo con progresiva búsqueda de autonomía, oscilaciones emocionales, influencia del grupo de iguales y especial sensibilidad al conflicto interpersonal. A ello pueden sumarse experiencias de acoso, dificultades escolares, antecedentes de trauma, consumo de sustancias, problemas de identidad, trastornos del estado de ánimo o disfunción familiar. En este contexto, la conducta autolesiva no debe interpretarse de manera simplista. Puede expresar sufrimiento intenso, dificultades de regulación emocional, necesidad de alivio inmediato o coexistir con riesgo suicida, situación que requiere siempre valoración profesional cuidadosa.
La familia ocupa un lugar decisivo en la continuidad asistencial. Su participación puede favorecer el seguimiento, la supervisión y el sostén emocional, aunque no siempre parte de una posición de comprensión o disponibilidad. Con frecuencia aparece culpa, miedo, enfado o incertidumbre ante cómo actuar. Enfermería puede ayudar a transformar esa reacción inicial en una colaboración útil, ofreciendo información clara, orientando sobre signos de alarma y evitando enfoques culpabilizadores que dificulten la alianza terapéutica.
Este artículo desarrolla un procedimiento orientativo de continuidad asistencial ante autolesiones en adolescentes. No pretende sustituir los protocolos locales ni establecer un circuito universal cerrado, sino ordenar, desde una óptica enfermera, los elementos que permiten sostener cuidados seguros, coordinados y clínicamente proporcionados.
Objetivos
Describir un procedimiento de continuidad asistencial ante autolesiones en adolescentes que sirva de apoyo a la práctica enfermera en distintos niveles de atención.
Como objetivos específicos se plantean:
- Definir los componentes de la valoración inicial con relevancia para la planificación del seguimiento.
- Ordenar la intervención enfermera desde el primer contacto hasta la derivación o revisión posterior.
- Precisar el papel de la familia y de las personas cuidadoras en el plan de continuidad.
- Identificar criterios clínicos y organizativos que favorecen una transición asistencial segura.
- Señalar aspectos de reevaluación y seguimiento útiles para detectar empeoramiento, abandono del plan o nuevas necesidades.
Metodología
Se elabora una guía de intervención orientada a la práctica clínica habitual en el ámbito pediátrico, de urgencias, atención primaria y salud mental infantojuvenil. El contenido se organiza según una secuencia asistencial que comienza en la acogida y valoración inicial del episodio, continúa con la planificación del alta o la derivación y finaliza con los elementos básicos del seguimiento. El enfoque se basa en el proceso enfermero, priorizando valoración, planificación, coordinación y evaluación continuada.
La propuesta adopta un carácter orientativo. Por ello, se evita presentar decisiones cerradas sobre derivación, observación o manejo farmacológico, que dependen de la valoración médica, de los recursos disponibles y de los procedimientos internos de cada organización. Del mismo modo, se considera que la conducta autolesiva puede aparecer en escenarios clínicos distintos: primer episodio, recurrencia, coexistencia con trastorno mental conocido, conflicto familiar agudo, situación de desprotección o consulta motivada por terceros. Esta variabilidad justifica que el procedimiento se plantee como un marco adaptable.
En la construcción de la guía se priorizan cuatro ejes: seguridad del adolescente, continuidad de la información clínica, participación familiar y accesibilidad del seguimiento. Cada uno de ellos condiciona la calidad del proceso. No basta con consignar un motivo de consulta y una derivación; es necesario que la información relevante acompañe al paciente, que la familia entienda qué debe vigilar, que el adolescente disponga de un referente y que exista una vía razonable para recontactar con el sistema si se produce empeoramiento.
La metodología incorpora, además, una mirada interdisciplinar. El papel de Enfermería se integra con el de pediatría, medicina de urgencias, psiquiatría o psicología clínica, trabajo social sanitario y atención primaria. La continuidad asistencial se entiende como una responsabilidad compartida en la que la enfermera puede actuar como profesional de enlace, especialmente cuando el caso combina necesidades emocionales, familiares y comunitarias.
Resultados
Recepción, acogida y priorización inicial
El primer contacto debe orientarse a asegurar un entorno de atención sin juicios, con privacidad suficiente y un lenguaje claro. En adolescentes con autolesiones, la forma de acogida influye de manera significativa en la disposición posterior a hablar y aceptar ayuda. Una actitud interrogativa o moralizante puede reforzar el cierre comunicativo y dificultar la continuidad del cuidado.
La prioridad inicial es descartar compromiso físico inmediato y atender las lesiones presentes. De forma paralela, conviene observar estado general, nivel de conciencia, conducta, contacto visual, grado de ansiedad, agitación, retraimiento o bloqueo emocional. Esta observación no sustituye a la entrevista clínica, pero ofrece datos útiles para anticipar necesidades de contención, acompañamiento y seguridad.
Valoración enfermera integral
Tras la estabilización inicial, la valoración debe ampliar el foco más allá de la lesión. Resulta útil explorar, con preguntas abiertas y formulación prudente, el contexto del episodio, la presencia de conductas autolesivas previas, la frecuencia, el método utilizado, los precipitantes percibidos por el adolescente, el grado de planificación, la existencia de ideas de muerte o desesperanza y los apoyos disponibles. No toda autolesión implica la misma intencionalidad, pero la posible coexistencia de riesgo suicida requiere siempre atención específica.
También deben valorarse antecedentes de salud mental, tratamientos en curso, adherencia, consumo de alcohol u otras sustancias, calidad del sueño, alimentación, escolarización, relaciones con iguales y episodios recientes de pérdida, humillación, conflicto o violencia. En algunos casos, la autolesión se inserta en un patrón de regulación emocional deteriorada; en otros, aparece en un contexto de crisis aguda o desbordamiento familiar. Esta distinción ayuda a decidir la intensidad del seguimiento.
La entrevista con la familia o cuidadores aporta una segunda fuente de información. Debe realizarse preservando, en la medida posible, un espacio de escucha al adolescente y otro de intercambio con los adultos responsables. Conviene explorar qué saben del episodio, cómo están interpretándolo, qué capacidad tienen para acompañar en domicilio y si existen dificultades relevantes de supervisión, conflicto grave o falta de apoyo. La valoración social puede ser especialmente importante cuando hay sospecha de desprotección, convivencia inestable o barreras significativas para acceder a revisiones.
Problemas de cuidados frecuentes
Aunque la situación clínica exige individualización, suelen identificarse necesidades relacionadas con el afrontamiento ineficaz, la regulación emocional alterada, el deterioro de la interacción familiar, la ansiedad, el riesgo de nuevas autolesiones, el abandono del seguimiento y el déficit de conocimiento de la familia sobre cómo responder sin agravar el malestar. En determinadas situaciones puede coexistir aislamiento social, baja percepción de apoyo, trastornos del sueño o dificultades importantes en el autocuidado.
La formulación de estos problemas debe traducirse en objetivos concretos y observables: mantener la seguridad inmediata, facilitar la expresión del malestar, asegurar comprensión del plan de alta, promover supervisión familiar adecuada y garantizar contacto asistencial posterior en un plazo clínicamente razonable según la valoración realizada.
Comunicación clínica y toma de decisiones compartida
Uno de los puntos más vulnerables del proceso es la transmisión insuficiente de información entre dispositivos. La continuidad asistencial mejora cuando el relevo incluye motivo de consulta, contexto del episodio, hallazgos relevantes de la entrevista, nivel de preocupación clínica, apoyos familiares disponibles, necesidades sociales detectadas y plan acordado. La información debe ser sintética, útil y comprensible para el siguiente equipo, evitando registros ambiguos que dificulten priorizar.
La toma de decisiones debe incorporar al adolescente de acuerdo con su grado de madurez, preservando una relación terapéutica basada en respeto y claridad. Informar no significa trasladar toda la responsabilidad, sino explicar qué se va a hacer, por qué se propone un seguimiento determinado y qué opciones existen si el malestar aumenta. Cuando participa la familia, conviene alinear mensajes para reducir contradicciones entre lo indicado por los profesionales y lo que finalmente ocurre en domicilio.
Plan de alta o transición asistencial
El alta tras un episodio de autolesión requiere una preparación más cuidadosa que la entrega de recomendaciones generales. Desde Enfermería, el plan de continuidad puede estructurarse en varios elementos:
- Información verbal y escrita comprensible: debe incluir motivo del seguimiento, recursos de referencia, signos de alarma y pauta de reconsulta si aparece empeoramiento emocional, repetición de conductas, verbalización de deseo de morir, imposibilidad familiar para supervisar o cualquier cambio que incremente la preocupación clínica.
- Confirmación de citas o derivaciones: siempre que el circuito lo permita, conviene concretar quién realizará el siguiente contacto asistencial y por qué vía. La indefinición del referente favorece pérdidas de seguimiento.
- Medidas de seguridad en domicilio: se recomienda valorar con la familia la conveniencia de reducir el acceso no supervisado a objetos o situaciones potencialmente lesivas, siempre desde un enfoque realista y no punitivo.
- Organización del acompañamiento: en las primeras horas o días puede ser necesario intensificar la presencia de un adulto responsable, especialmente si persiste elevada inestabilidad emocional, impulsividad o dificultad para pedir ayuda.
- Registro de un plan sencillo de apoyo: identificar personas de confianza, recursos asistenciales disponibles y estrategias básicas previamente útiles para disminuir la escalada emocional.
Cuando la valoración indique necesidad de observación prolongada, ingreso o intervención especializada urgente, la continuidad asistencial adopta la forma de una transición interna entre dispositivos. En ese caso, el papel enfermero sigue siendo relevante para mantener coherencia informativa y sostén emocional durante la espera y el traslado.
Papel de la familia en la continuidad
La implicación familiar no debe reducirse a la vigilancia. Es necesario ayudar a los cuidadores a comprender que la supervisión resulta más eficaz cuando se combina con disponibilidad emocional, límites consistentes y reducción de respuestas extremas. Las familias suelen preguntar qué decir, qué evitar y cuándo preocuparse. La orientación enfermera puede centrarse en favorecer una comunicación no confrontativa, recomendar que se escuche antes de interpretar y promover que se consulte ante cambios significativos aunque no exista una nueva lesión visible.
En familias muy desbordadas puede ser útil priorizar mensajes breves y concretos: mantener presencia, evitar interrogatorios repetidos, no minimizar el sufrimiento, no convertir el episodio en un conflicto disciplinario y respetar el seguimiento propuesto. Si se identifican factores sociales o relacionales de especial vulnerabilidad, la coordinación con trabajo social sanitario puede aportar apoyo adicional.
Seguimiento precoz y reevaluación
La continuidad se consolida en el primer contacto posterior al episodio agudo. Ese seguimiento puede realizarse en atención primaria, pediatría, salud mental infantojuvenil o dispositivo intermedio, según la organización local. Desde la mirada enfermera, en cada revisión conviene reevaluar malestar actual, presencia de nuevas autolesiones, adherencia al plan, comprensión familiar, conflictos recientes, consumo de sustancias, calidad del sueño y accesibilidad real a los recursos indicados.
La reevaluación también debe contemplar la experiencia subjetiva del adolescente respecto al episodio asistencial previo. Sentirse escuchado, comprendido y orientado puede facilitar la vinculación con el sistema; por el contrario, una vivencia de juicio o indiferencia puede incrementar el rechazo al seguimiento. Este aspecto, aunque a veces se considera secundario, influye en la adherencia y en la posibilidad de intervención temprana ante recaídas.
Si aparecen nuevos indicadores de gravedad, dificultad intensa para garantizar seguridad en domicilio o rechazo mantenido con deterioro clínico, procede una nueva valoración por el dispositivo correspondiente. La continuidad asistencial no implica mantener el mismo nivel de respuesta, sino ajustar la intensidad del cuidado a la evolución del caso.
Elementos de seguridad del paciente
En este tipo de situaciones, la seguridad clínica se apoya en medidas sencillas pero consistentes: privacidad en la entrevista, registro claro, identificación de referentes, verificación de comprensión del plan, circuitos de reconsulta conocidos y vigilancia de transiciones particularmente frágiles, como fines de semana, cambios de domicilio, altas recientes o intervalos prolongados sin cita. También es importante evitar que el adolescente quede atrapado entre dispositivos sin una responsabilidad asistencial definida.
La estigmatización constituye otro riesgo de seguridad. Etiquetar el episodio como mera conducta de llamada de atención puede empobrecer la valoración y retrasar cuidados adecuados. Del mismo modo, medicalizar de forma automática cualquier autolesión sin análisis contextual puede generar intervenciones desproporcionadas. La seguridad exige equilibrio entre prudencia clínica, escucha y coordinación.
Discusión/Conclusiones
La continuidad asistencial ante autolesiones en adolescentes debe entenderse como un proceso clínico transversal. No comienza en el momento del alta, sino en el primer encuentro con el sistema, cuando ya se decide cómo se escucha, qué se registra, qué riesgos se consideran y qué apoyos se activan. En este proceso, Enfermería aporta una mirada integradora que une cuidado físico, contención emocional, educación sanitaria y coordinación entre niveles.
La principal utilidad de un procedimiento estructurado radica en reducir variabilidad evitable. Cuando la actuación depende exclusivamente de iniciativas individuales, aparecen diferencias en la calidad de la información transmitida, en la preparación de la familia y en la capacidad para asegurar seguimiento. Un marco común favorece que todos los adolescentes reciban, como mínimo, una valoración amplia, un plan comprensible y una transición asistencial menos fragmentada.
No obstante, cualquier procedimiento presenta límites. La autolesión adolescente es un fenómeno heterogéneo y condicionado por variables evolutivas, familiares, sociales y psicopatológicas. Por ello, los itinerarios deben adaptarse a la intencionalidad atribuida al episodio, al contexto de vulnerabilidad, a la disponibilidad real de recursos y a la capacidad de la familia para sostener cuidados en domicilio. La estandarización solo es útil cuando no borra la singularidad clínica.
También conviene subrayar que la continuidad asistencial no depende únicamente del buen hacer profesional en el contacto individual. Requiere circuitos organizativos definidos, accesibilidad razonable a salud mental infantojuvenil, coordinación con atención primaria y dispositivos sociales cuando proceda, así como registros clínicos que faciliten el relevo. En entornos con recursos limitados, la función de enlace enfermero puede adquirir todavía mayor relevancia para evitar pérdidas en la transición.
Desde una perspectiva práctica, tres ideas resultan especialmente aplicables. La primera es que toda autolesión en la adolescencia merece una valoración integral y no solo lesional. La segunda es que la familia necesita orientación específica para convertirse en apoyo terapéutico y no en un factor añadido de tensión. La tercera es que el seguimiento temprano, con un referente claro, puede contribuir a detectar empeoramiento y a sostener la alianza asistencial.
Un procedimiento de continuidad asistencial bien articulado no elimina por sí mismo la complejidad de estos casos, pero ayuda a transformar una atención episódica en un proceso de cuidados más coherente, seguro y sensible a las necesidades del adolescente y su entorno. Esa continuidad constituye una parte sustantiva del cuidado enfermero y una condición necesaria para responder con calidad a un problema de elevada repercusión clínica y familiar.
Conflicto de intereses
Los autores manifiestan que no existe ningún conflicto de intereses que haya podido influir en el contenido del presente trabajo.
Financiación
La elaboración de este artículo no contó con financiación externa pública ni privada.
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