Soledad no deseada en personas mayores: implicaciones para la atención enfermera

Unwanted loneliness in older adults: implications for nursing care

Incluido en la revista CADICE. Vol. I . N.º 10 – Octubre 2026

Pág. Inicial: Vol. I; N.º 10:476

Autor principal (primer firmante): Nuria Pérez Aguilar

Fecha recepción: 30/08/26

Fecha aceptación: 30/09/26

Fecha de publicación: 04/10/26

Ref.: CADICE. 2026;1(10):476

Autores:
Nuria Pérez Aguilar
Miguel Torres Calvo
Laura Hidalgo Romero
Carmen Ruiz Esteban
Héctor Jiménez Lara
Ana Belén Cano Soler

Categoría: Enfermería

Palabras clave: Apoyo social; Actividades de la vida diaria; Fragilidad; Enfermería basada en la evidencia; Aislamiento social; Soledad; Cuidados de Enfermería; Revisión; Enfermería geriátrica; Anciano

Keywords: Social Support; Activities of Daily Living; Frailty; Evidence-Based Nursing; Social Isolation; Loneliness; Nursing Care; Review; Geriatric Nursing; Aged

Resumen

Introducción: La soledad no deseada en las personas mayores constituye un problema de salud y de cuidados con repercusiones emocionales, funcionales y sociales. Aunque no equivale al aislamiento social, ambos fenómenos pueden coexistir y aumentar la vulnerabilidad clínica, especialmente en situaciones de fragilidad, dependencia incipiente, duelo, multimorbilidad o limitación de la participación comunitaria. Desde Enfermería, su identificación temprana resulta relevante por su impacto sobre el bienestar percibido, la capacidad para las actividades de la vida diaria y la continuidad de cuidados.

Objetivos: Analizar las implicaciones de la soledad no deseada en personas mayores para la práctica enfermera, revisar sus principales factores asociados y describir líneas de valoración e intervención aplicables en distintos ámbitos asistenciales.

Metodología: Se desarrolla una revisión teórica de carácter narrativo centrada en la relación entre soledad, apoyo social, funcionalidad y fragilidad, con especial atención al papel de la Enfermería geriátrica y comunitaria. El enfoque integra aspectos conceptuales, clínicos y organizativos útiles para la práctica profesional.

Resultados: La soledad no deseada se asocia a pérdida de vínculos significativos, barreras de movilidad, deterioro sensorial, carga de enfermedad, menor participación social y dificultades en el desempeño cotidiano. La valoración enfermera debe contemplar de forma conjunta dimensión emocional, red de apoyo, situación funcional, riesgo de fragilidad, salud mental, seguridad en el domicilio y preferencias de la persona. Entre las respuestas enfermeras destacan la detección precoz, la escucha terapéutica, el refuerzo del autocuidado, la activación de recursos formales e informales, la coordinación interprofesional y el seguimiento longitudinal.

Discusión/Conclusiones: La soledad no deseada no puede abordarse únicamente como un problema relacional, ya que frecuentemente se entrelaza con necesidades de cuidados, dependencia y vulnerabilidad social. La Enfermería ocupa una posición estratégica para reconocer situaciones de riesgo, promover intervenciones individualizadas y favorecer una atención centrada en la persona, siempre adaptada al contexto clínico, familiar y comunitario.

Abstract

Introduction: Unwanted loneliness in older adults is a relevant health and care issue with emotional, functional, and social consequences. Although it is not synonymous with social isolation, both conditions may coexist and increase clinical vulnerability, particularly in the presence of frailty, early dependency, bereavement, multimorbidity, or reduced community participation. From a nursing perspective, early recognition is important because of its potential impact on perceived well-being, activities of daily living, and continuity of care.

Objectives: To analyse the implications of unwanted loneliness in older people for nursing practice, review its main associated factors, and describe assessment and intervention lines applicable across care settings.

Methodology: A narrative theoretical review was developed, focusing on the relationship between loneliness, social support, functionality, and frailty, with particular attention to geriatric and community nursing. The approach integrates conceptual, clinical, and organisational aspects relevant to professional practice.

Results: Unwanted loneliness is associated with loss of meaningful relationships, mobility barriers, sensory impairment, disease burden, lower social participation, and difficulties in everyday functioning. Nursing assessment should jointly address emotional status, support network, functional situation, frailty risk, mental health, home safety, and personal preferences. Relevant nursing responses include early detection, therapeutic listening, support for self-care, mobilisation of formal and informal resources, interprofessional coordination, and longitudinal follow-up.

Discussion/Conclusions: Unwanted loneliness should not be addressed only as a relational problem, since it is often intertwined with care needs, dependency, and social vulnerability. Nurses are in a strategic position to identify risk situations, promote individualised interventions, and support person-centred care adapted to the clinical, family, and community context.

Introducción

La soledad no deseada en la vejez ha adquirido una notable relevancia en el ámbito sanitario por su relación con el sufrimiento subjetivo, la pérdida de autonomía y la complejidad de los cuidados. No se trata únicamente de la ausencia objetiva de compañía. Muchas personas mayores mantienen contactos familiares o conviven con otras personas y, aun así, refieren sensación de desconexión, falta de reciprocidad afectiva o escasez de relaciones significativas. A la inversa, algunas viven solas sin experimentar malestar. Esta distinción obliga a una aproximación clínica cuidadosa, centrada en la experiencia de la persona y no solo en indicadores estructurales de convivencia.

En términos asistenciales, conviene diferenciar la soledad no deseada del aislamiento social. El aislamiento suele referirse a un menor número de contactos o interacciones, mientras que la soledad remite a la percepción de carencia relacional. Ambos fenómenos pueden solaparse, pero no son equivalentes. Para Enfermería, esta diferencia es importante porque condiciona la valoración y las intervenciones. Una red social numéricamente amplia no garantiza apoyo emocional útil, del mismo modo que una red limitada no implica necesariamente desamparo. El significado que la persona atribuye a sus relaciones, su historia vital, sus pérdidas y sus expectativas deben incorporarse a la evaluación.

En las personas mayores, la soledad no deseada suele entrelazarse con acontecimientos frecuentes en esta etapa, como el duelo por la pérdida de la pareja, la reducción del círculo social, la jubilación, la institucionalización, la aparición de problemas de movilidad, el deterioro auditivo o visual, la polimedicación y la dependencia progresiva para actividades básicas o instrumentales. Estas circunstancias pueden modificar la participación social y aumentar la necesidad de apoyo, con repercusión en la percepción de control y en la calidad de vida. Además, cuando coexisten fragilidad, deterioro cognitivo leve o enfermedades crónicas, la soledad puede convertirse en un factor añadido de vulnerabilidad.

La atención enfermera tiene un papel destacado porque la soledad no deseada suele hacerse visible en momentos de contacto asistencial ordinario: visitas domiciliarias, seguimiento de cronicidad, valoración al alta, programas de envejecimiento saludable, consulta de Atención Primaria, hospitalización o atención sociosanitaria. En muchos casos no aparece como motivo explícito de consulta. Se manifiesta de forma indirecta, a través de insomnio, apatía, baja adherencia, descuido del autocuidado, uso reiterado de servicios sanitarios, verbalizaciones de vacío, miedo a la noche o dificultad para organizar la vida cotidiana. Reconocer estos signos exige competencia relacional y una mirada integral de los cuidados.

Desde una perspectiva enfermera, el interés por este problema no se limita al malestar emocional. La soledad no deseada puede influir en la nutrición, la movilidad, la seguridad en el domicilio, la motivación para mantener rutinas, la participación en actividades significativas y la capacidad para solicitar ayuda. También puede agravar situaciones de riesgo social no detectadas. Por ello, su abordaje requiere integrar dimensiones clínicas, funcionales, familiares y comunitarias, evitando tanto la banalización del problema como su reducción a una única respuesta social.

Objetivos

Analizar las implicaciones de la soledad no deseada en personas mayores para la atención enfermera, considerando su relación con la funcionalidad, la fragilidad, el apoyo social y la continuidad asistencial.

De manera específica, se pretende:

  • Delimitar el concepto de soledad no deseada y diferenciarlo del aislamiento social desde una perspectiva útil para la práctica clínica.
  • Describir factores personales, familiares, funcionales y contextuales que pueden favorecer su aparición o mantenimiento.
  • Examinar las consecuencias potenciales de la soledad sobre el autocuidado, las actividades de la vida diaria y la vulnerabilidad de la persona mayor.
  • Identificar elementos clave de la valoración enfermera en distintos niveles asistenciales.
  • Proponer líneas generales de intervención enfermera, coordinación y seguimiento adaptables al contexto de cada paciente.

Metodología

Se presenta una revisión teórica de carácter narrativo orientada a sintetizar contenidos clínicos y de cuidados relacionados con la soledad no deseada en personas mayores. El desarrollo se apoya en un enfoque integrador, útil para la práctica enfermera, que contempla la dimensión subjetiva de la soledad, su interacción con la funcionalidad y la fragilidad, y la respuesta asistencial en el ámbito comunitario, hospitalario y sociosanitario.

La organización del contenido se articula a partir de preguntas clínicas relevantes para Enfermería: cómo reconocer la soledad no deseada, qué factores pueden estar implicados, de qué modo repercute en la vida diaria y qué intervenciones pueden considerarse razonables desde una atención centrada en la persona. No se formula una revisión sistemática ni se presentan estimaciones cuantitativas específicas, sino una síntesis razonada y prudente destinada a facilitar la toma de decisiones profesionales en contextos reales de cuidado.

El análisis prioriza elementos transferibles a la valoración enfermera: estado funcional, apoyo social disponible, significación del malestar expresado, comorbilidad, barreras ambientales, posibilidades de autocuidado, capacidad de participación y necesidad de coordinación con otros recursos. Asimismo, se incorpora una lectura crítica del riesgo de respuestas simplificadas. La soledad no deseada no admite soluciones uniformes; requiere explorar qué representa para la persona, qué factores la perpetúan y qué apoyos resultan aceptables y factibles.

Resultados

Comprensión clínica de la soledad no deseada

La soledad no deseada puede entenderse como una experiencia subjetiva de insuficiencia o insatisfacción relacional que genera malestar y afecta al equilibrio biopsicosocial. Su intensidad y significado varían considerablemente. En algunas personas predomina la pérdida de un vínculo íntimo; en otras, la falta de pertenencia, de interlocución cotidiana o de reconocimiento. Esta heterogeneidad tiene relevancia asistencial, porque no todas las situaciones responden del mismo modo a las mismas intervenciones.

En la vejez, la soledad suele inscribirse en trayectorias biográficas complejas. Las transiciones vitales, el cambio de rol dentro de la familia, la reducción del espacio comunitario habitual o la limitación para salir del domicilio pueden modificar el modo en que la persona se relaciona con su entorno. A ello se suman factores de salud que restringen la iniciativa o la capacidad de mantener contactos: dolor persistente, fatiga, síntomas depresivos, alteraciones del sueño, dificultades de audición, miedo a caídas o dependencia del transporte de terceros. Por tanto, la soledad no deseada no debe interpretarse solo como una carencia afectiva, sino también como una consecuencia de obstáculos acumulados para sostener una vida cotidiana significativa.

Factores asociados y situaciones de especial vulnerabilidad

Existen circunstancias que pueden aumentar la probabilidad de soledad no deseada. Entre ellas destacan el duelo reciente o no resuelto, la viudedad, vivir solo cuando ello no responde a una elección satisfactoria, la ausencia de red de apoyo cercana, la conflictividad familiar, la sobrecarga del cuidador principal cuando existe dependencia, el deterioro sensorial, la pérdida de movilidad y las barreras arquitectónicas que limitan la salida del domicilio. También pueden influir la pobreza relacional, la brecha digital, la institucionalización vivida con escasa adaptación y determinados trastornos del estado de ánimo o del neurodesarrollo previamente compensados.

La fragilidad merece una consideración específica. La disminución de reservas fisiológicas y la mayor susceptibilidad ante eventos adversos pueden favorecer un círculo de retroalimentación: a menor fuerza, equilibrio o resistencia, menor participación social; y a menor participación, mayor sedentarismo, desmotivación y sensación de desconexión. Del mismo modo, la dependencia parcial para actividades instrumentales, como hacer compras, gestionar citas o desplazarse, puede reducir las oportunidades de interacción espontánea y aumentar la percepción de carga para la familia.

Otro ámbito de vulnerabilidad es el relacionado con las transiciones asistenciales. El alta hospitalaria, el inicio de ayudas domiciliarias, el traslado a un recurso residencial o la pérdida súbita de capacidades pueden generar sentimientos de extrañeza, desarraigo y pérdida de control. En estos momentos, la persona mayor puede percibir que su red habitual no basta o que ya no ocupa un lugar reconocido. La valoración enfermera en estas etapas debe explorar no solo necesidades técnicas de cuidado, sino también el impacto relacional del cambio.

Repercusiones sobre salud, funcionalidad y autocuidado

La soledad no deseada puede asociarse a un peor bienestar psicológico y a alteraciones en la rutina cotidiana. No es infrecuente que se exprese mediante apatía, desinterés por actividades antes valoradas, disminución del apetito, alteración del patrón de sueño, mayor focalización en molestias somáticas o reducción del autocuidado. En algunas personas, la falta de estímulo interpersonal se acompaña de abandono de tratamientos no por rechazo deliberado, sino por desorganización, desánimo o sensación de inutilidad.

En el plano funcional, la soledad puede contribuir a la pérdida de hábitos que sostienen la autonomía. Cocinar para uno mismo, mantener horarios, caminar a diario, acudir a controles de salud o implicarse en actividades comunitarias exige una energía física y motivacional que puede verse mermada cuando predomina el sentimiento de desconexión. Si esta situación se prolonga, aumenta el riesgo de desacondicionamiento, inmovilidad relativa y mayor dependencia en actividades de la vida diaria.

También es necesario considerar la seguridad. Las personas mayores que viven solas y presentan soledad no deseada pueden tener más dificultad para pedir ayuda precoz ante un empeoramiento clínico, una caída o un problema doméstico. A veces minimizan síntomas por temor a molestar; otras veces, buscan el contacto sanitario como única vía de relación disponible. Ambas respuestas merecen una lectura clínica no estigmatizante. La utilización frecuente de recursos puede ser un indicador indirecto de necesidad relacional y de insuficiencia de apoyos cotidianos.

Valoración enfermera integral

La valoración de la soledad no deseada no debería limitarse a preguntar si la persona vive sola. Resulta más útil explorar cómo percibe sus relaciones, con quién cuenta en situaciones habituales y en momentos de necesidad, qué actividades conserva, qué ha dejado de hacer y qué significado atribuye a esos cambios. La entrevista clínica, cuando se desarrolla con tiempo suficiente y escucha activa, permite identificar verbalizaciones orientadoras: “no quiero molestar”, “ya no pinto nada”, “los días se hacen muy largos”, “desde que falleció mi pareja no salgo”, “tengo familia, pero no hablo con nadie de verdad”.

La evaluación ha de integrar varias dimensiones:

  • Situación relacional: calidad y frecuencia de los contactos, apoyo emocional percibido, existencia de figuras de confianza y satisfacción con la red disponible.
  • Estado funcional: autonomía para actividades básicas e instrumentales, movilidad, equilibrio, tolerancia al esfuerzo y capacidad para mantener rutinas.
  • Fragilidad y comorbilidad: presencia de debilidad, pérdida de resistencia, fatiga, enfermedades crónicas, dolor o síntomas que limiten la participación.
  • Esfera emocional y cognitiva: ánimo, ansiedad, miedo, duelo, sentimientos de inutilidad, cambios conductuales, memoria y comprensión.
  • Entorno y seguridad: accesibilidad del domicilio, barreras arquitectónicas, recursos de transporte, disponibilidad de ayuda inmediata y riesgos domésticos.
  • Contexto social: convivencia, apoyos formales, recursos comunitarios, situación económica y preferencias personales respecto a recibir ayuda.

La valoración debe evitar inferencias automáticas. No toda persona con escasa red relacional desea ampliar contactos, y no toda propuesta grupal resulta adecuada. El objetivo enfermero no es imponer sociabilidad, sino identificar necesidades no cubiertas, sufrimiento evitable y factores modificables que comprometen la salud o la autonomía.

Implicaciones para la intervención enfermera

La respuesta enfermera ante la soledad no deseada exige combinar relación terapéutica, enfoque preventivo y coordinación. Una primera línea de actuación consiste en legitimar el malestar sin trivializarlo. Escuchar, clarificar y devolver significado a lo expresado favorece la alianza y puede reducir la vivencia de invisibilidad. Esta intervención relacional, aunque básica, no es menor: muchas personas mayores han normalizado su sufrimiento o no encuentran espacios donde verbalizarlo.

Una segunda línea se orienta a preservar funcionalidad y autocuidado. La revisión de rutinas de sueño, alimentación, hidratación, movilidad y manejo terapéutico permite detectar puntos de deterioro sobre los que intervenir. A veces, promover pequeños objetivos alcanzables, como recuperar paseos breves, reorganizar horarios o facilitar ayudas técnicas, mejora la percepción de eficacia personal y reabre posibilidades de contacto con el entorno.

La activación de apoyos constituye otro componente esencial. Enfermería puede identificar y poner en relación recursos formales e informales: familia disponible, vecindad significativa, trabajo social sanitario, servicios domiciliarios, programas comunitarios, centros de mayores o iniciativas locales de acompañamiento. Sin embargo, dicha activación debe ser consensuada. Las intervenciones impuestas, especialmente cuando se viven como paternalistas, pueden generar rechazo o aumentar la sensación de pérdida de autonomía.

En presencia de duelo, síntomas depresivos, ansiedad, deterioro cognitivo o sospecha de maltrato o negligencia, la coordinación con otros profesionales resulta especialmente relevante. La soledad no deseada puede coexistir con problemas que exceden la respuesta exclusiva de Enfermería, aunque la enfermera suela ser quien primero detecta la situación. En estos casos, el seguimiento compartido y la continuidad asistencial aportan mayor seguridad que las actuaciones aisladas.

En el domicilio, la observación del entorno ofrece información de gran valor: nevera vacía, medicación desordenada, ausencia de rutinas, escasa iluminación o renuncia a espacios de la vivienda por miedo a caídas. Estos hallazgos pueden indicar que la soledad ya está impactando en el funcionamiento diario. En hospitalización, por su parte, conviene planificar el alta considerando si la persona regresa a un medio con apoyos suficientes, capacidad de autocuidado y posibilidades reales de seguimiento.

Ámbitos asistenciales y continuidad de cuidados

En Atención Primaria, la longitudinalidad facilita reconocer cambios sutiles: menor asistencia a controles, verbalizaciones de cansancio vital, pérdida de peso no intencionada, empeoramiento del manejo de la medicación o descenso de la actividad social. La enfermera comunitaria puede desempeñar una función de enlace entre la valoración clínica y los recursos del entorno, especialmente cuando la soledad se acompaña de fragilidad o dependencia incipiente.

En el ámbito hospitalario, la soledad no deseada puede pasar inadvertida si la atención se centra exclusivamente en el motivo de ingreso. Sin embargo, la planificación del alta ofrece una oportunidad para detectar riesgo social, dificultades de recuperación en domicilio y ausencia de apoyo informal. Esto es relevante tras procesos agudos que condicionan pérdida funcional, ya que el retorno a casa puede intensificar la sensación de desamparo.

En recursos sociosanitarios o residenciales, el reto no consiste solo en garantizar compañía física, sino en favorecer adaptación, participación y relaciones con significado. La convivencia institucional no elimina por sí misma la soledad. Las personas pueden sentirse rodeadas y, al mismo tiempo, profundamente desconectadas. La observación enfermera del modo en que la persona se integra, expresa preferencias y mantiene vínculos previos ayuda a orientar cuidados más personalizados.

Discusión/Conclusiones

La soledad no deseada en personas mayores plantea un problema de cuidados que desborda las categorías simplificadoras. No basta con identificar ausencia de convivencia ni con derivar de forma automática a un recurso social. Su abordaje requiere comprender la interacción entre pérdidas relacionales, estado de salud, capacidad funcional, entorno y significado subjetivo del malestar. Desde esta perspectiva, la aportación de Enfermería es especialmente valiosa porque conecta la experiencia vivida por la persona con la observación clínica de sus necesidades de cuidado.

Una de las principales implicaciones para la práctica es la necesidad de incorporar preguntas sobre relación, apoyo y sentido de la vida cotidiana dentro de la valoración habitual, sin restringirlas a situaciones extremas. La detección temprana puede facilitar intervenciones menos reactivas y más preventivas, orientadas a conservar autonomía y participación antes de que aparezca un deterioro mayor. Del mismo modo, conviene evitar enfoques uniformes. La respuesta apropiada dependerá de si predominan el duelo, la limitación funcional, la carencia de apoyos, la apatía, el miedo a salir o la falta de oportunidades de interacción significativa.

También debe subrayarse que la soledad no deseada no siempre puede resolverse por completo. En algunos casos, especialmente cuando existen pérdidas irreversibles o enfermedad avanzada, el objetivo realista no será eliminar el sentimiento de soledad, sino aliviar sufrimiento, sostener el vínculo terapéutico, reforzar seguridad y preservar la dignidad de la persona. Esta mirada evita intervenciones voluntaristas poco ajustadas a la situación clínica.

La práctica enfermera puede contribuir de forma relevante mediante una combinación de valoración integral, escucha terapéutica, apoyo al autocuidado, coordinación interprofesional y seguimiento longitudinal. Estas acciones adquieren mayor sentido cuando se desarrollan desde una atención centrada en la persona, respetuosa con su historia, sus preferencias y su modo de vincularse. Más que añadir actividades de forma indiscriminada, se trata de identificar qué apoyos son significativos, accesibles y sostenibles.

En suma, la soledad no deseada en la vejez debe considerarse un fenómeno con repercusiones clínicas, funcionales y sociales que interpela directamente a los cuidados enfermeros. Reconocerla a tiempo, contextualizarla y responder con intervenciones individualizadas puede favorecer una atención más humana, más segura y más coherente con las necesidades reales de las personas mayores.

Conflicto de intereses

Los autores declaran que no existen conflictos de intereses personales, profesionales o económicos relacionados con este trabajo.

Financiación

La realización de este trabajo no recibió ayudas económicas ni financiación institucional específica.

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