Transición a cuidados paliativos: comunicación, continuidad y enfoque centrado en la persona

Transition to palliative care: communication, continuity and person-centred care

Incluido en la revista CADICE. Vol. I . N.º 7 – Julio 2026

Pág. Inicial: Vol. I; N.º 7:127

Autor principal (primer firmante): Marta Vidal Herrera

Fecha recepción: 16/06/26

Fecha aceptación: 20/07/26

Fecha de publicación: 26/07/26

Ref.: CADICE. 2026;1(7):127

Autores:
Marta Vidal Herrera
Raúl Gómez Salcedo
Irene Campos Núñez
David León Morales
Paula Ríos Fuentes

Categoría: Enfermería

Palabras clave: Cuidadores familiares; Continuidad asistencial; Comunicación; Atención al final de la vida; Revisión; Enfermería basada en la evidencia; Cuidados paliativos; Control de síntomas; Cuidados de Enfermería; Cáncer avanzado

Keywords: Family Caregivers; Continuity of Patient Care; Communication; End-of-Life Care; Review; Evidence-Based Nursing; Palliative Care; Symptom Management; Nursing Care; Advanced Cancer

Resumen

Introducción: La transición a cuidados paliativos constituye un proceso clínico y relacional de especial complejidad en personas con cáncer avanzado. No se limita a un cambio de dispositivo asistencial ni a una redefinición del objetivo terapéutico, sino que implica revisar expectativas, priorizar el alivio del sufrimiento y reorganizar los cuidados en torno a valores, preferencias y necesidades cambiantes del paciente y su entorno familiar. En este contexto, la Enfermería ocupa una posición estratégica por su proximidad clínica, su capacidad de valoración integral y su papel en la continuidad asistencial.

Objetivos: Analizar los elementos clave que intervienen en la transición a cuidados paliativos, con especial atención a la comunicación clínica, la coordinación entre niveles asistenciales, el control de síntomas y el acompañamiento a cuidadores familiares desde una perspectiva centrada en la persona.

Metodología: Revisión teórica de carácter narrativo orientada a integrar conceptos clínicos y organizativos relevantes para la práctica enfermera. Se desarrollan los principales ejes del proceso de transición, sin atribuir resultados a estudios concretos ni formular protocolos cerrados, con un enfoque prudente y aplicable a distintos entornos asistenciales.

Resultados: La transición a cuidados paliativos se asocia a necesidades informativas, emocionales, funcionales y sociales que requieren valoración continuada. La comunicación honesta, gradual y adaptada al grado de comprensión del paciente puede favorecer la toma de decisiones compartida. La continuidad asistencial depende de una coordinación efectiva entre profesionales y dispositivos, de la claridad del plan de cuidados y de la anticipación de problemas frecuentes. Enfermería contribuye al control de síntomas, a la detección de malestar emocional, al apoyo a la familia y a la planificación del seguimiento.

Discusión/Conclusiones: La integración temprana del enfoque paliativo puede mejorar la coherencia del proceso asistencial y reducir transiciones fragmentadas o vividas como abandono. Resulta aconsejable un abordaje que combine competencia clínica, habilidades comunicativas y coordinación interprofesional. La práctica enfermera, cuando se orienta a la persona y a su red de apoyo, puede facilitar una transición más comprensible, más segura y más acorde con los objetivos de cuidado en la fase avanzada de la enfermedad.

Abstract

Introduction: The transition to palliative care is a clinically and relationally complex process in people with advanced cancer. It is not merely a change in care setting or therapeutic goal, but a reorientation of care priorities towards relief of suffering, alignment with personal values and adaptation to changing needs. In this context, nursing plays a central role due to its close contact with patients and families, its comprehensive assessment capacity and its contribution to continuity of care.

Objectives: To analyse the key elements involved in the transition to palliative care, with particular focus on clinical communication, care continuity, symptom management and support for family caregivers from a person-centred perspective.

Methodology: A narrative theoretical review was undertaken to integrate relevant clinical and organisational aspects for nursing practice. The main dimensions of the transition process are discussed without attributing findings to specific studies or presenting fixed protocols, maintaining a prudent and practice-oriented approach.

Results: Transition to palliative care is associated with informational, emotional, functional and social needs that require ongoing assessment. Honest, gradual and tailored communication may support shared decision-making. Continuity of care depends on effective coordination across care settings, a clear care plan and anticipation of common problems. Nursing contributes to symptom control, identification of emotional distress, family support and follow-up planning.

Discussion/Conclusions: Early integration of a palliative approach may improve coherence in the care process and reduce fragmented transitions or perceptions of abandonment. An approach combining clinical competence, communication skills and interprofessional coordination appears especially relevant. Person-centred nursing care can facilitate a transition that is more understandable, safer and better aligned with goals of care in advanced illness.

Introducción

La evolución del cáncer avanzado suele acompañarse de una progresiva complejidad clínica, un aumento de la carga sintomática y una mayor vulnerabilidad emocional y social. En este escenario, la transición a cuidados paliativos no debe interpretarse únicamente como el momento en que se suspenden determinados tratamientos dirigidos al control tumoral. Se trata, más bien, de una reorientación del cuidado hacia objetivos centrados en el confort, la proporcionalidad terapéutica, la calidad de vida y el acompañamiento de la persona y su familia durante una etapa de alta exigencia asistencial.

Desde la práctica enfermera, esta transición tiene implicaciones que superan el control de síntomas. Afecta al modo en que se comunica la situación clínica, a la forma en que se exploran expectativas y preferencias, a la coordinación entre atención hospitalaria, atención primaria, atención domiciliaria y recursos específicos, y al apoyo que reciben los cuidadores familiares. Cuando la transición se produce de forma brusca, tardía o poco explicada, pueden aparecer sentimientos de desconcierto, pérdida de confianza y percepción de abandono. Por el contrario, una transición planificada, gradual y comprensible puede facilitar la adaptación y sostener la continuidad del vínculo terapéutico.

El enfoque paliativo se apoya en una visión integral de la persona enferma. Junto al sufrimiento físico, deben valorarse el impacto funcional, la incertidumbre, los cambios en los roles familiares, las necesidades espirituales y las preocupaciones sobre el final de la vida. La Enfermería dispone de herramientas clínicas y relacionales especialmente útiles para detectar estas necesidades, traducirlas en planes de cuidados y promover una atención coherente entre profesionales y niveles asistenciales.

La relevancia de este tema también responde a cambios organizativos en los sistemas sanitarios. La coexistencia de múltiples dispositivos, la fragmentación de la información clínica y la variabilidad en los circuitos asistenciales pueden dificultar una atención continua. En pacientes con enfermedad avanzada, esta discontinuidad se traduce con frecuencia en ingresos evitables, visitas no planificadas, decisiones precipitadas y sobrecarga familiar. Por ello, la transición a cuidados paliativos debe entenderse como un proceso que requiere anticipación, comunicación compartida y responsabilidad profesional distribuida.

Enfermería desempeña un papel singular en este proceso por su presencia sostenida junto al paciente, su capacidad para identificar cambios clínicos significativos y su función de enlace entre necesidades expresadas, decisiones clínicas y recursos disponibles. Su aportación incluye la valoración integral, el seguimiento evolutivo, la educación sanitaria, el apoyo emocional, la detección de sobrecarga del cuidador y la coordinación de cuidados. Todo ello resulta particularmente relevante cuando la enfermedad avanzada obliga a reformular objetivos y a priorizar intervenciones de alivio y acompañamiento.

Objetivos

Analizar la transición a cuidados paliativos en personas con cáncer avanzado desde una perspectiva enfermera centrada en la persona, atendiendo a sus dimensiones clínica, comunicativa y organizativa.

Como objetivos específicos, se plantean los siguientes:

  • Describir los elementos que caracterizan la transición a cuidados paliativos y su impacto en el proceso asistencial.
  • Examinar la importancia de la comunicación clínica en la comprensión de la situación, la toma de decisiones y la preservación de la autonomía.
  • Identificar los componentes de la continuidad asistencial relevantes para un seguimiento seguro y coherente.
  • Revisar el papel de Enfermería en la valoración integral, el control de síntomas y el acompañamiento a cuidadores familiares.
  • Reflexionar sobre las dificultades habituales del proceso y sobre posibles líneas de mejora en la práctica clínica.

Metodología

Se presenta una revisión teórica de tipo narrativo orientada a integrar aspectos conceptuales y prácticos relacionados con la transición a cuidados paliativos en el ámbito del cáncer avanzado. El enfoque adoptado prioriza la utilidad para la práctica enfermera, la prudencia clínica y la aplicabilidad transversal a distintos entornos, incluyendo hospitalización, consultas externas, atención domiciliaria y coordinación con atención primaria.

La revisión se articula a partir de varios ejes de análisis: significado clínico de la transición, necesidades de la persona enferma y de la familia, procesos de comunicación, continuidad asistencial, control de síntomas y funciones específicas de Enfermería. Dado que no se han aportado fuentes primarias concretas ni resultados de investigaciones determinadas, el desarrollo se basa en formulaciones generales, consistentes con la práctica clínica habitual en cuidados paliativos y con principios reconocidos de atención centrada en la persona.

No se pretende establecer un protocolo universal ni sustituir la valoración individualizada. Las consideraciones expuestas deben adaptarse a la situación clínica, al contexto organizativo, a la disponibilidad de recursos y a las preferencias expresadas por la persona atendida. Se han evitado afirmaciones cuantitativas, referencias a guías concretas o atribuciones bibliográficas no proporcionadas.

Resultados

Sentido clínico de la transición a cuidados paliativos

La transición a cuidados paliativos puede iniciarse antes de la fase de últimos días y, en muchos casos, convive durante un tiempo con tratamientos modificadores de la enfermedad. Más que un punto de corte nítido, suele tratarse de un proceso progresivo en el que cambian las prioridades terapéuticas. El alivio sintomático, la preservación de la funcionalidad posible, la disminución de intervenciones desproporcionadas y la atención a la experiencia subjetiva del enfermar adquieren un lugar central.

Este tránsito suele activarse cuando la enfermedad presenta progresión, cuando los tratamientos específicos ofrecen un beneficio limitado o cuando la carga de síntomas y la fragilidad aumentan. Sin embargo, la necesidad paliativa no depende solo del pronóstico. También se relaciona con el sufrimiento global de la persona, con la complejidad de las decisiones pendientes y con la necesidad de organizar apoyos que permitan sostener cuidados de calidad.

En la práctica, uno de los problemas habituales es que la transición se interprete como retirada o renuncia. Esta vivencia puede intensificarse si la comunicación es ambigua, si los cambios no se explican de manera comprensible o si el paciente identifica los cuidados paliativos exclusivamente con el momento final de la vida. De ahí que la presentación del enfoque paliativo deba vincularse al control de síntomas, al acompañamiento experto y a la adaptación de los cuidados a los objetivos significativos para la persona.

Comunicación clínica y proceso deliberativo

La comunicación ocupa un lugar nuclear en toda transición asistencial compleja. En el ámbito paliativo no se reduce a informar sobre un empeoramiento, sino que implica explorar qué sabe el paciente, qué desea conocer, cuáles son sus prioridades, qué teme y quiénes participan en las decisiones. Una comunicación adecuada requiere tiempo, continuidad del mensaje y sensibilidad para adaptar la información al estado emocional y cognitivo de la persona.

La práctica enfermera puede facilitar este proceso de varias formas. En primer lugar, mediante la escucha activa y la observación de señales de incomprensión, negación, ansiedad o cansancio decisional. En segundo lugar, ayudando a traducir información clínica a un lenguaje comprensible, evitando tecnicismos innecesarios y comprobando la comprensión real del mensaje. En tercer lugar, favoreciendo que las preferencias del paciente sean expresadas y transmitidas al resto del equipo.

La comunicación útil en este contexto no se caracteriza por la brusquedad ni por la acumulación de datos, sino por la gradualidad y la honestidad. Informar con prudencia no significa ocultar, sino acompasar la información al proceso de adaptación. También conviene evitar mensajes excesivamente dicotómicos, como presentar el tratamiento activo y los cuidados paliativos como opciones incompatibles en todos los casos. La integración del enfoque paliativo puede explicarse como una intensificación del cuidado orientado al confort y a la calidad de vida.

En situaciones de cáncer avanzado, el entorno familiar suele desempeñar un papel decisivo. La familia puede ser fuente de apoyo, pero también espacio de tensiones, silencios o discrepancias sobre la información que debe compartirse. Enfermería necesita identificar estas dinámicas, respetar la autonomía del paciente y contribuir a una deliberación clínica que tenga en cuenta tanto la voluntad de la persona como la realidad de los cuidados cotidianos.

Valoración integral y control de síntomas

La transición a cuidados paliativos suele coincidir con una mayor frecuencia e intensidad de síntomas físicos. Dolor, disnea, astenia, anorexia, náuseas, estreñimiento, insomnio o ansiedad pueden coexistir y potenciarse entre sí. La valoración enfermera debe ser sistemática, repetida y sensible a la evolución clínica. No basta con registrar la presencia del síntoma; es necesario explorar su impacto funcional, su repercusión emocional, los factores que lo agravan y la respuesta a las medidas instauradas.

El control de síntomas en cuidados paliativos exige individualización. Las intervenciones pueden incluir medidas farmacológicas prescritas por el equipo médico, cuidados no farmacológicos, modificaciones del entorno, educación al cuidador y seguimiento estrecho de la respuesta. La Enfermería resulta especialmente relevante en la detección precoz de cambios, en la evaluación del alivio conseguido y en la identificación de efectos adversos o dificultades de adherencia.

Junto al componente físico, debe valorarse el malestar emocional. La tristeza, la incertidumbre, el miedo al sufrimiento futuro, la preocupación por la familia o la pérdida de control pueden manifestarse de manera explícita o quedar enmascarados por síntomas somáticos. La presencia terapéutica, la validación del sufrimiento y la derivación a otros profesionales cuando sea necesario forman parte del cuidado paliativo de calidad. Del mismo modo, las necesidades sociales y espirituales merecen atención, ya que influyen en la manera en que la persona vive la enfermedad y toma decisiones.

Un aspecto particularmente importante es la anticipación. Explicar qué síntomas pueden aparecer, cuándo conviene consultar, qué medidas de alivio están disponibles y cómo actuar ante problemas previsibles puede disminuir la sensación de incertidumbre y favorecer una mayor seguridad en el domicilio. Esta anticipación requiere mensajes claros, por escrito si procede, y verificación de que la persona cuidadora dispone de capacidad real para asumir determinadas tareas.

Continuidad asistencial y coordinación entre niveles

La continuidad asistencial constituye uno de los pilares de una transición bien resuelta. En el cáncer avanzado, la persona puede transitar por distintos escenarios: consultas hospitalarias, hospital de día, urgencias, ingreso, domicilio o recursos específicos de apoyo paliativo. Cada cambio de dispositivo introduce riesgo de pérdida de información, duplicidad de actuaciones o mensajes contradictorios. La continuidad no depende solo de la existencia de recursos, sino de cómo se conectan entre sí y de la claridad con la que se comparten los objetivos de cuidado.

Desde la perspectiva enfermera, la coordinación incluye varias tareas: actualizar el plan de cuidados, comunicar cambios clínicos relevantes, registrar necesidades del paciente y de la familia, identificar profesionales de referencia y facilitar circuitos de contacto accesibles. Cuando estos elementos no están definidos, el paciente puede quedar atrapado entre dispositivos, con consultas repetidas, decisiones demoradas o actuaciones poco alineadas con la situación avanzada de la enfermedad.

La planificación compartida del seguimiento resulta de especial interés. Saber quién realizará el control de síntomas, cómo se gestionarán las descompensaciones, qué recursos domiciliarios están disponibles y a qué profesional debe recurrir la familia puede reducir la vivencia de desamparo. Asimismo, una adecuada transmisión de la información clínica evita reiniciar en cada contacto conversaciones ya mantenidas y favorece la coherencia del proceso asistencial.

En algunos contextos, la discontinuidad se manifiesta como una sucesión de ingresos por problemas previsibles o como un uso reiterado de urgencias ante síntomas mal controlados. Aunque no siempre es posible evitar estas situaciones, una transición paliativa bien coordinada puede contribuir a identificar precozmente señales de deterioro y a activar respuestas más proporcionales y centradas en el confort.

Cuidadores familiares: necesidades y sobrecarga

El papel de los cuidadores familiares adquiere una relevancia creciente a medida que progresa la enfermedad. Su participación suele ser esencial para el manejo cotidiano de síntomas, la administración de cuidados básicos, la supervisión del tratamiento y la comunicación con los servicios sanitarios. Sin embargo, esta responsabilidad puede comportar sobrecarga física, emocional y organizativa, especialmente cuando la transición a cuidados paliativos se produce con poca preparación o escaso apoyo.

La valoración enfermera debe incluir a la persona cuidadora como sujeto de atención. Conviene explorar su comprensión de la situación, su disponibilidad real, sus miedos, sus límites y la presencia de otros apoyos. También es importante detectar signos de agotamiento, ansiedad o dificultad para asumir cuidados complejos. En ocasiones, la familia expresa una disposición plena al cuidado domiciliario, pero precisa entrenamiento, supervisión y tiempos de adaptación que no siempre se contemplan.

El apoyo a cuidadores familiares puede adoptar distintas formas: información clara, educación sobre medidas básicas de confort, anticipación de síntomas frecuentes, orientación sobre recursos y espacios de escucha donde expresar dudas o ambivalencias. Del mismo modo, debe reconocerse que no todas las familias pueden sostener el mismo nivel de cuidados y que la decisión sobre el lugar de atención debe individualizarse según la situación clínica y social.

La Enfermería puede desempeñar una función de mediación cuando aparecen discrepancias entre deseos del paciente, expectativas familiares y posibilidades reales de cuidado. Esta mediación no implica sustituir la toma de decisiones, sino favorecer conversaciones más realistas y compasivas, alineadas con el bienestar de la persona enferma y con la seguridad del entorno cuidador.

Enfoque centrado en la persona y adecuación de objetivos

La atención centrada en la persona exige reconocer que, en el cáncer avanzado, los objetivos de cuidado no son uniformes. Algunas personas priorizan mantenerse en domicilio el mayor tiempo posible; otras conceden más valor al control intensivo de síntomas en un entorno institucional. Algunas desean información detallada y participación activa en todas las decisiones; otras prefieren delegar ciertos aspectos en familiares o profesionales. La transición a cuidados paliativos debe respetar esta diversidad.

Para Enfermería, este enfoque implica integrar datos clínicos con la biografía, el contexto familiar, la capacidad funcional, las preferencias expresadas y el significado que la persona atribuye a su situación. El cuidado no puede reducirse a una suma de procedimientos. Requiere presencia, continuidad y capacidad de ajustar las intervenciones a lo que resulta proporcionado y valioso en cada momento.

La adecuación de objetivos terapéuticos forma parte de esta atención. A medida que avanza la enfermedad, determinadas intervenciones pueden aportar escaso beneficio o generar cargas desproporcionadas. La transición a cuidados paliativos facilita revisar estas medidas y priorizar aquellas orientadas al alivio, la dignidad y el acompañamiento. Enfermería contribuye a esta adecuación identificando necesidades reales, comunicando cambios funcionales y ayudando a que el plan de cuidados sea coherente con la evolución clínica.

También debe contemplarse la dimensión ética del proceso. La autonomía, la beneficencia, la no maleficencia y la justicia se concretan en decisiones cotidianas: cuánto informar, cómo respetar preferencias, cuándo insistir en determinados procedimientos y cómo evitar tanto el abandono terapéutico como la obstinación. La deliberación compartida y la coordinación del equipo son especialmente valiosas ante estos dilemas.

Discusión/Conclusiones

La transición a cuidados paliativos en personas con cáncer avanzado representa un punto de inflexión asistencial que pone a prueba la calidad relacional y organizativa de los cuidados. Su complejidad no procede solo de la gravedad clínica, sino de la necesidad de armonizar información, emociones, decisiones y recursos en un periodo de gran vulnerabilidad. Cuando este proceso se aborda de manera fragmentada, centrado exclusivamente en el cambio de tratamiento o en el deterioro pronóstico, aumenta el riesgo de sufrimiento evitable y de pérdida de continuidad.

La revisión realizada sugiere que la comunicación, la continuidad asistencial y el enfoque centrado en la persona constituyen dimensiones inseparables. Una comunicación adecuada no solo transmite datos, sino que sostiene la relación terapéutica y favorece la comprensión del nuevo marco de cuidados. La continuidad asistencial, por su parte, no puede limitarse a derivaciones formales; requiere coordinación efectiva, accesibilidad y claridad en el plan. Todo ello cobra especial sentido cuando se integra con una valoración enfermera capaz de identificar síntomas, preocupaciones y recursos familiares.

El papel de Enfermería resulta especialmente visible en la articulación práctica de esta transición. La valoración integral, el seguimiento evolutivo, la educación al cuidador, la detección de malestar emocional y la facilitación de la comunicación interprofesional sitúan a la profesión en una posición clave para hacer operativa la atención paliativa. Esta contribución no debe entenderse como accesoria, sino como parte del núcleo del cuidado en la enfermedad avanzada.

Asimismo, conviene subrayar que una transición de calidad no equivale a uniformidad. Debe adaptarse a ritmos distintos de aceptación, a estructuras familiares heterogéneas y a recursos asistenciales variables. En algunos casos, el principal reto será mejorar la anticipación de síntomas; en otros, clarificar objetivos terapéuticos o sostener a una familia exhausta. La individualización, lejos de ser un complemento, constituye un requisito del buen cuidado paliativo.

Entre las principales áreas de mejora se encuentran la identificación más temprana de necesidades paliativas, la reducción de mensajes contradictorios entre profesionales, la definición de referentes asistenciales y el refuerzo del apoyo a cuidadores familiares. También parece razonable promover espacios de formación específica en comunicación clínica y en toma de decisiones compartida, dado que muchas dificultades del proceso no derivan de la falta de recursos técnicos, sino de la forma en que se acompaña la transición.

En síntesis, la transición a cuidados paliativos puede vivirse como una etapa de abandono o como una reorganización cuidadosa y humana del proceso asistencial. La diferencia entre ambas experiencias depende, en buena medida, de cómo se comunican los cambios, de cómo se coordinan los cuidados y de si la persona se siente reconocida en sus valores y prioridades. La práctica enfermera, cuando mantiene una mirada integral y un compromiso activo con la continuidad, puede contribuir de manera decisiva a que esta transición sea clínicamente más segura y humanamente más habitable.

Conflicto de intereses

Los autores manifiestan que no existe ningún conflicto de intereses que haya podido influir en el contenido del presente trabajo.

Financiación

La elaboración de este artículo no contó con financiación externa pública ni privada.

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