Eating disorders in adolescents: review for Nursing
Incluido en la revista CADICE. Vol. I . N.º 8 – Agosto 2026
Pág. Inicial: Vol. I; N.º 8:231
Autor principal (primer firmante): Nuria Pérez Aguilar
Fecha recepción: 05/07/26
Fecha aceptación: 12/08/26
Fecha de publicación: 16/08/26
Ref.: CADICE. 2026;1(8):231
Autores:
Nuria Pérez Aguilar
Miguel Torres Calvo
Laura Hidalgo Romero
Carmen Ruiz Esteban
Héctor Jiménez Lara
Ana Belén Cano Soler
Categoría: Enfermería
Palabras clave: Relaciones enfermera-paciente; Intervención en crisis; Adolescente; Nutrición; Imagen corporal; Trastornos de la conducta alimentaria; Enfermería basada en la evidencia; Salud mental; Cuidados de Enfermería; Apoyo psicosocial
Keywords: Nurse-Patient Relations; Crisis Intervention; Adolescent; Nutrition; Body Image; Feeding and Eating Disorders; Evidence-Based Nursing; Mental Health; Nursing Care; Psychosocial Support
Resumen
Introducción: Los trastornos de la conducta alimentaria en la adolescencia constituyen un problema de salud complejo en el que confluyen dimensiones biológicas, psicológicas, familiares y socioculturales. Su abordaje requiere una mirada clínica amplia, capaz de integrar el estado nutricional, la vivencia corporal, el malestar emocional, la seguridad del paciente y la relación terapéutica. En este marco, Enfermería ocupa una posición especialmente relevante por su proximidad asistencial, su continuidad en los cuidados y su capacidad para detectar cambios precoces.
Objetivos: Revisar los principales elementos clínicos y psicosociales de los trastornos de la conducta alimentaria en adolescentes y analizar las aportaciones específicas de Enfermería en la valoración, el acompañamiento terapéutico, la intervención inicial y la coordinación asistencial.
Metodología: Se realiza una revisión teórica de carácter narrativo orientada a la práctica enfermera. El contenido se organiza en torno a la comprensión del problema, los factores implicados, las manifestaciones clínicas más relevantes y las líneas de actuación enfermera en distintos niveles asistenciales.
Resultados: Los trastornos de la conducta alimentaria pueden presentarse con restricción alimentaria, atracones, conductas compensatorias, preocupación excesiva por el peso y la figura, alteración de la imagen corporal y deterioro del funcionamiento social y emocional. La valoración enfermera debe contemplar signos físicos, hábitos alimentarios, relación con el cuerpo, riesgo autolesivo, contexto familiar, adherencia terapéutica y necesidades de apoyo. La relación enfermera-paciente, la contención emocional, la educación sanitaria y la vigilancia clínica forman parte del núcleo del cuidado.
Discusión/Conclusiones: El abordaje enfermero de estos trastornos exige competencia clínica, prudencia y coordinación interdisciplinar. La detección temprana, la comunicación terapéutica no estigmatizante y el seguimiento continuado pueden contribuir a mejorar la seguridad, la vinculación terapéutica y la respuesta asistencial. Resulta necesario mantener una atención individualizada, sensible al desarrollo adolescente y al impacto familiar del proceso.
Abstract
Introduction: Feeding and eating disorders during adolescence represent a complex health problem involving biological, psychological, family-related and sociocultural dimensions. Their management requires a broad clinical perspective able to integrate nutritional status, body experience, emotional distress, patient safety and therapeutic relationship. Within this framework, nursing plays a particularly relevant role because of its proximity to patients, continuity of care and ability to detect early changes.
Objectives: To review the main clinical and psychosocial features of feeding and eating disorders in adolescents and to analyse the specific contribution of nursing to assessment, therapeutic support, early intervention and care coordination.
Methodology: A narrative theoretical review focused on nursing practice was conducted. The content is organised around understanding the problem, the factors involved, the most relevant clinical manifestations and the main nursing approaches across care settings.
Results: Feeding and eating disorders may involve food restriction, binge eating, compensatory behaviours, excessive concern about weight and shape, distorted body image and impairment in social and emotional functioning. Nursing assessment should address physical signs, eating habits, body-related experiences, self-harm risk, family context, treatment adherence and support needs. Nurse-patient relationship, emotional containment, health education and clinical monitoring are central components of care.
Discussion/Conclusions: Nursing management of these disorders requires clinical competence, caution and interdisciplinary coordination. Early detection, non-stigmatising therapeutic communication and sustained follow-up may contribute to safety, therapeutic engagement and overall quality of care. Individualised attention, sensitive to adolescent development and family impact, remains essential.
Introducción
Los trastornos de la conducta alimentaria en adolescentes representan una de las áreas de mayor complejidad dentro de la atención a la salud mental infantojuvenil. No se reducen a una alteración de la ingesta ni a una preocupación por el peso, sino que suelen expresar un sufrimiento psíquico con manifestaciones corporales, cognitivas, emocionales y relacionales. En muchos casos, la conducta alimentaria se convierte en un modo de gestionar malestar, necesidad de control, conflicto identitario o intensa autoexigencia, lo que dificulta una lectura exclusivamente nutricional del problema.
La adolescencia es una etapa especialmente sensible por los cambios puberales, la reorganización de la identidad, la influencia del grupo de iguales y la mayor relevancia de la imagen corporal. A ello se añaden factores familiares, experiencias de vulnerabilidad emocional, exposición a ideales estéticos restrictivos y dinámicas sociales que pueden favorecer comparaciones continuas. Ninguno de estos elementos explica por sí solo la aparición de un trastorno, pero su interacción puede generar escenarios de riesgo que requieren detección cuidadosa.
Desde el punto de vista clínico, los trastornos de la conducta alimentaria pueden expresarse mediante restricción alimentaria, evitación de ciertos grupos de alimentos, episodios de ingesta compulsiva, conductas compensatorias, ejercicio físico desadaptativo, temor intenso a ganar peso o marcada insatisfacción corporal. También pueden aparecer irritabilidad, retraimiento, dificultades de concentración, conflicto familiar en torno a las comidas y pérdida progresiva de la funcionalidad cotidiana. La presentación no siempre es llamativa en fases iniciales; por ello, la observación continuada por parte de profesionales de Enfermería adquiere especial valor.
Enfermería participa en distintos momentos del proceso asistencial: promoción de la salud, identificación de señales de alarma, primera acogida, valoración integral, seguimiento clínico, apoyo a la adherencia y coordinación entre niveles asistenciales. La cercanía al paciente adolescente y a su familia permite captar aspectos que no siempre emergen en entrevistas más puntuales, como los rituales alimentarios, el significado emocional de las comidas, los cambios en el vínculo social o la respuesta ante la supervisión.
La relación enfermera-paciente ocupa un lugar central. En este tipo de trastornos, la alianza terapéutica puede verse comprometida por la minimización del problema, la ambivalencia respecto al tratamiento, la vergüenza y el temor a perder control. Un estilo comunicativo respetuoso, no confrontativo y sostenido en el tiempo facilita la expresión del malestar y favorece un abordaje más seguro. Del mismo modo, la intervención enfermera debe contemplar a la familia como parte del contexto de cuidados, evitando culpabilizaciones y promoviendo apoyo estructurado.
Una revisión orientada a Enfermería resulta útil para integrar la dimensión física y la psicosocial del problema, delimitar prioridades de valoración y reforzar una práctica clínica prudente. El objetivo no es simplificar un trastorno heterogéneo, sino ofrecer un marco de comprensión y actuación que ayude a responder con rigor, sensibilidad y continuidad.
Objetivos
Revisar los trastornos de la conducta alimentaria en adolescentes desde una perspectiva enfermera, considerando sus manifestaciones clínicas, factores asociados y repercusiones asistenciales.
De forma específica, se pretende:
- Describir los elementos clínicos y psicosociales que suelen estar implicados en estos trastornos durante la adolescencia.
- Analizar los componentes esenciales de la valoración enfermera en adolescentes con sospecha o diagnóstico de trastorno de la conducta alimentaria.
- Examinar el papel de la relación terapéutica, el apoyo psicosocial y la educación sanitaria en el plan de cuidados.
- Identificar líneas de actuación enfermera relacionadas con la seguridad, la continuidad asistencial y la coordinación interdisciplinar.
- Reflexionar sobre dificultades frecuentes en la práctica clínica y sobre aspectos que requieren especial prudencia en la atención a esta población.
Metodología
Se presenta una revisión teórica de carácter narrativo, centrada en la aplicabilidad clínica para profesionales de Enfermería que trabajan con población adolescente en entornos comunitarios, escolares, hospitalarios o de salud mental. El enfoque se orienta a sintetizar conocimientos de uso habitual en la práctica asistencial sobre la naturaleza de los trastornos de la conducta alimentaria, su expresión clínica y las necesidades de cuidados asociadas.
La organización del contenido responde a una lógica clínica. En primer lugar, se aborda la comprensión general del problema y de los factores que pueden influir en su aparición o mantenimiento. En segundo término, se examinan las manifestaciones observables y las dimensiones que deben incluirse en la valoración enfermera. Posteriormente, se desarrollan las intervenciones más relevantes en relación con el vínculo terapéutico, la vigilancia clínica, el soporte nutricional dentro del marco competencial enfermero, el acompañamiento emocional y el trabajo con la familia. Finalmente, se discuten implicaciones prácticas, límites del abordaje y necesidades de coordinación.
Al tratarse de una revisión teórica, no se exponen resultados de estudios concretos ni se formulan recomendaciones cerradas atribuibles a una guía determinada. Las propuestas se expresan en términos prudentes y adaptables a la situación clínica, al nivel asistencial y a los protocolos vigentes en cada centro. Esta orientación permite mantener la utilidad práctica del texto sin presentar el contenido como un algoritmo universal de actuación.
Resultados
Comprensión clínica del problema
Los trastornos de la conducta alimentaria en adolescentes deben entenderse como procesos multifactoriales. La conducta alimentaria alterada suele estar relacionada con aspectos emocionales, cognitivos y relacionales, además de con la alimentación en sí misma. La preocupación por el peso o por la figura puede actuar como elemento visible de un malestar más amplio, en el que aparecen rigidez, necesidad de control, baja autoestima, perfeccionismo, dificultades en la regulación emocional o intensa sensibilidad a la valoración externa.
La imagen corporal desempeña un papel relevante. Durante la adolescencia, los cambios físicos pueden vivirse con extrañeza, rechazo o comparación constante. Cuando esa experiencia se combina con ideales corporales poco realistas, experiencias de crítica, inseguridad o presión grupal, la insatisfacción corporal puede intensificarse. En algunos adolescentes, la restricción alimentaria o las conductas compensatorias se asocian a la percepción de recuperar dominio sobre su cuerpo o sobre emociones difíciles de manejar.
No todos los cuadros presentan el mismo patrón. Algunos adolescentes muestran restricción progresiva y temor marcado al aumento ponderal; otros presentan episodios de ingesta descontrolada, con o sin conductas posteriores dirigidas a compensar. También pueden observarse formas clínicas en las que predominan la evitación alimentaria, la selección extrema de alimentos, la ritualización de las comidas o la preocupación persistente por “comer sano” de manera rígida. Por ello, la valoración no debería limitarse a categorías cerradas, sino atender a la funcionalidad, al riesgo y al impacto sobre la salud.
Manifestaciones de alerta para la práctica enfermera
La sospecha clínica puede surgir a partir de cambios conductuales y emocionales aparentemente sutiles. Entre ellos figuran la reducción llamativa de la ingesta, la evitación de comer en grupo, el aumento de conductas de comprobación corporal, la preocupación desproporcionada por calorías o composición de los alimentos, la práctica de ejercicio con fines compensatorios, el uso del baño tras las comidas o la irritabilidad asociada a situaciones alimentarias.
Junto a estos signos pueden aparecer manifestaciones físicas generales, como cansancio, sensación de frío, alteraciones del sueño, mareo, debilidad o cambios en la tolerancia al esfuerzo. También son frecuentes el retraimiento social, el descenso del rendimiento académico, la mayor conflictividad familiar en torno a la comida y la pérdida de interés por actividades previas. Estas manifestaciones no son diagnósticas por sí mismas, pero su agrupación o persistencia requiere valoración profesional.
La minimización del problema es habitual. Algunos adolescentes no reconocen el riesgo de sus conductas o las interpretan como hábitos saludables, disciplina personal o simple preocupación estética. Esta falta de conciencia puede coexistir con intenso sufrimiento interno. Desde Enfermería, conviene explorar el significado subjetivo de la conducta alimentaria alterada, evitando mensajes moralizantes o discusiones centradas únicamente en el peso.
Valoración enfermera integral
La valoración debe ser sistemática y, al mismo tiempo, suficientemente flexible para adaptarse al momento evolutivo y al grado de colaboración del adolescente. Es recomendable incluir la historia alimentaria reciente, patrones de restricción o descontrol, presencia de conductas purgativas o compensatorias, cambios en la rutina de ejercicio, percepción corporal, vivencia emocional y repercusión funcional.
La exploración del estado físico requiere atención a signos de deterioro general, tolerancia a la actividad, hidratación, regularidad de la ingesta, molestias digestivas referidas, patrón de sueño y otros indicadores clínicos observables que puedan sugerir compromiso del estado de salud. Según el nivel asistencial, la enfermera puede participar también en el control evolutivo de parámetros corporales y en la detección de síntomas que aconsejen una evaluación médica más inmediata.
La dimensión psicosocial resulta inseparable de la valoración. Deben considerarse el clima familiar, la forma en que se organizan las comidas, la respuesta de los cuidadores, la existencia de conflicto o sobreprotección, el apoyo del entorno y la presencia de situaciones de acoso, aislamiento o consumo problemático de contenidos relacionados con el cuerpo. También es pertinente explorar antecedentes de ansiedad, síntomas depresivos, conductas autolesivas, ideas de desesperanza y cualquier indicador de riesgo que exija una respuesta prioritaria.
Otro eje fundamental es la adherencia terapéutica. La resistencia a la intervención no debe interpretarse únicamente como falta de colaboración, sino como parte del trastorno o como expresión de miedo, vergüenza y necesidad de control. Una valoración enfermera eficaz reconoce esta ambivalencia y trata de trabajar con ella sin invalidar la experiencia subjetiva del adolescente.
Relación terapéutica y comunicación clínica
La relación enfermera-paciente puede convertirse en un factor protector. El adolescente con trastorno de la conducta alimentaria suele experimentar exposición, desconfianza o sensación de pérdida de autonomía cuando entra en contacto con el sistema sanitario. La entrevista enfermera debe favorecer un espacio de seguridad relacional, donde sea posible hablar de la alimentación sin reducir a la persona a su síntoma.
Resulta útil mantener una comunicación clara, calmada y consistente. Las preguntas abiertas facilitan comprender la función que cumple la conducta alimentaria alterada, mientras que la escucha activa ayuda a identificar contradicciones, miedos y objetivos de cambio realistas. Conviene evitar comentarios centrados en la apariencia física, refuerzos no intencionados de la delgadez o confrontaciones directas que puedan intensificar la oposición. El lenguaje debe ser respetuoso, no estigmatizante y ajustado al desarrollo adolescente.
En situaciones de alta ansiedad, rechazo a la ingesta o crisis emocional, la intervención de contención requiere presencia terapéutica, regulación del entorno y mensajes breves orientados a la seguridad. La enfermera puede ayudar a disminuir la escalada emocional, sostener límites asistenciales y actuar como figura estable dentro del equipo. Este papel es especialmente relevante cuando existen cambios de dispositivo o dificultades de continuidad.
Intervenciones enfermeras en el plan de cuidados
Las intervenciones deben individualizarse. En términos generales, Enfermería participa en la monitorización clínica, la observación de conductas de riesgo, la estructuración del entorno de cuidados, la educación sanitaria y el acompañamiento emocional. En adolescentes con mayor compromiso físico o conductual, la vigilancia debe intensificarse y coordinarse estrechamente con el resto del equipo.
En el ámbito nutricional, la función enfermera no se limita a supervisar la ingesta. También incluye identificar barreras, registrar patrones, anticipar situaciones de ansiedad alrededor de las comidas y reforzar pautas acordadas por el equipo tratante. La educación debe adaptarse al nivel de comprensión y a la fase del proceso, evitando convertir la información nutricional en un nuevo foco de control rígido. Más que una acumulación de datos, se busca facilitar una relación más segura y menos amenazante con la alimentación.
El apoyo psicosocial forma parte del cuidado cotidiano. Pueden trabajarse estrategias básicas de afrontamiento, reconocimiento de emociones, identificación de desencadenantes y búsqueda de recursos de apoyo. En determinados contextos, la enfermera puede colaborar en intervenciones breves dirigidas a mejorar la conciencia del problema, reducir conductas de evitación y favorecer la participación activa en el tratamiento.
Cuando el adolescente presenta ideas autolesivas, intensa desesperanza, deterioro acelerado o negativa persistente con repercusión clínica importante, la prioridad es la seguridad. La respuesta debe ajustarse al entorno asistencial y contemplar la comunicación inmediata con el equipo responsable, la observación clínica estrecha y la activación de los recursos pertinentes.
Trabajo con la familia y continuidad asistencial
La familia suele experimentar incertidumbre, culpa, miedo y agotamiento. No es infrecuente que se produzcan interacciones muy tensas durante las comidas o discrepancias entre cuidadores sobre cómo actuar. Enfermería puede desempeñar una función mediadora y educativa, ayudando a transformar la comida en un espacio menos confrontativo y más estructurado. Esto requiere ofrecer orientaciones comprensibles, sostener expectativas realistas y reconocer la carga emocional de los cuidadores.
La información a la familia debe equilibrar apoyo y límites. Es recomendable explicar de forma accesible que determinadas conductas no responden solo a falta de voluntad, sin por ello minimizar la necesidad de supervisión. El acompañamiento familiar puede centrarse en la observación de signos de alarma, en la organización del entorno doméstico, en la comunicación no culpabilizante y en la coordinación con los recursos asistenciales.
La continuidad de cuidados es un punto crítico. Los adolescentes con trastornos de la conducta alimentaria pueden transitar entre atención primaria, salud mental, urgencias, hospitalización o dispositivos intermedios. En cada cambio de nivel asistencial aumenta el riesgo de fragmentación del cuidado. La enfermera contribuye a reducirlo mediante la transmisión clínica pertinente, el seguimiento de objetivos acordados y la identificación precoz de dificultades de adherencia o reaparición de conductas de riesgo.
Prevención y detección precoz
La prevención no debe reducirse a mensajes generales sobre alimentación saludable. Un enfoque enfermero más útil incorpora promoción de una imagen corporal menos normativa, detección de señales de malestar emocional, lectura crítica de presiones estéticas y fortalecimiento de competencias personales y familiares. En el ámbito escolar y comunitario, la enfermera puede colaborar en actividades de educación para la salud dirigidas a adolescentes, familias y profesionales educativos, siempre con especial cuidado para no reforzar preocupaciones centradas en el peso.
La detección precoz depende en gran medida de la sensibilidad clínica ante cambios progresivos y de la capacidad de preguntar con naturalidad. Interrogar por hábitos alimentarios, vivencia corporal, uso del ejercicio, aislamiento social o estrategias de control del peso puede abrir espacios de intervención antes de que el cuadro alcance mayor gravedad. Esta aproximación debe mantenerse libre de juicio moral y ajustada al grado de vulnerabilidad del paciente.
Discusión/Conclusiones
Los trastornos de la conducta alimentaria en adolescentes exigen una respuesta enfermera que combine observación clínica, capacidad relacional y trabajo coordinado. La complejidad del cuadro obliga a integrar el estado físico, el malestar psicológico, la vivencia corporal y el contexto familiar, evitando interpretaciones reduccionistas. El cuidado no puede centrarse únicamente en la recuperación ponderal ni limitarse a una dimensión educativa sobre nutrición, porque el trastorno suele estar sostenido por significados emocionales y relacionales de mayor profundidad.
Uno de los principales retos asistenciales es la ambivalencia del adolescente respecto al tratamiento. Este aspecto puede generar frustración en profesionales y familias, sobre todo cuando coexisten deterioro físico, negación del problema y necesidad de supervisión. En este escenario, la enfermera aporta continuidad, capacidad de observación y una presencia terapéutica que ayuda a sostener el proceso sin aumentar la confrontación. La alianza terapéutica no sustituye a otras medidas clínicas, pero puede condicionar de forma relevante la posibilidad de adherencia y seguimiento.
También merece atención la carga que asume la familia. El entorno cercano participa de manera decisiva en la evolución, aunque a menudo necesita apoyo para comprender el trastorno, manejar los conflictos cotidianos y mantener una actitud protectora sin caer en dinámicas coercitivas o culpabilizadoras. La intervención enfermera puede facilitar un marco de acompañamiento más estructurado, especialmente cuando existe cansancio o desorganización de los cuidados en domicilio.
Desde una perspectiva organizativa, la coordinación entre dispositivos sigue siendo un aspecto especialmente sensible. La fragmentación asistencial dificulta la coherencia del mensaje terapéutico y puede favorecer abandonos o repeticiones innecesarias de la valoración. La continuidad de cuidados, la comunicación entre profesionales y la identificación compartida de prioridades clínicas deberían considerarse componentes esenciales del abordaje.
En síntesis, Enfermería desempeña un papel nuclear en la detección temprana, la valoración integral, la vigilancia clínica, el acompañamiento emocional y el apoyo a la familia en adolescentes con trastornos de la conducta alimentaria. Su aportación resulta especialmente valiosa cuando se ejerce desde una relación terapéutica consistente, un lenguaje respetuoso y una práctica prudente, individualizada y coordinada. Mantener esa mirada amplia permite responder mejor a un problema que afecta simultáneamente a la salud física, la salud mental y el desarrollo vital del adolescente.
Conflicto de intereses
No se identifican conflictos de intereses por parte de los autores en relación con el tema tratado en este artículo.
Financiación
No se ha recibido financiación externa para el desarrollo, redacción o publicación del presente trabajo.
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