Nursing assessment of postpartum hemorrhage risk on the maternity ward
Incluido en la revista CADICE. Vol. I . N.º 8 – Agosto 2026
Pág. Inicial: Vol. I; N.º 8:254
Autor principal (primer firmante): Natalia García Serrano
Fecha recepción: 16/07/26
Fecha aceptación: 14/08/26
Fecha de publicación: 20/08/26
Ref.: CADICE. 2026;1(8):254
Autores:
Natalia García Serrano
Tomás Navarro Ríos
Julia Cortés Molina
Categoría: Enfermería
Palabras clave: Puerperio; Salud materno-infantil; Proceso de Enfermería; Cuidados de Enfermería; Enfermería obstétrica; Valoración clínica; Signos vitales; Informes de casos; Lactancia materna; Hemorragia posparto
Keywords: Postpartum Period; Maternal-Child Health Services; Nursing Process; Nursing Care; Obstetric Nursing; Clinical Assessment; Vital Signs; Case Reports; Breast Feeding; Postpartum Hemorrhage
Resumen
Introducción: La hemorragia posparto continúa siendo una complicación de elevada relevancia clínica durante el puerperio inmediato. En planta maternal, la mujer puede presentar inicialmente una evolución aparentemente favorable y, sin embargo, desarrollar signos precoces de sangrado anómalo, hipovolemia o mala involución uterina. La valoración enfermera sistemática resulta determinante para identificar factores de riesgo, reconocer cambios clínicos sutiles y favorecer una respuesta asistencial temprana.
Objetivos: Describir la valoración enfermera del riesgo de hemorragia posparto en planta maternal mediante una situación clínica estructurada con el proceso de Enfermería, analizando la detección de signos de alarma, la planificación de cuidados y la evolución materna durante las primeras horas del puerperio.
Metodología: Se expone una situación clínica del ámbito hospitalario organizada a partir de la valoración inicial, la identificación de problemas de cuidados, la priorización clínica, la planificación de intervenciones enfermeras y el seguimiento evolutivo. El abordaje incorpora la observación del sangrado, la palpación uterina, el control de signos vitales, la revisión del estado perineal, la valoración del dolor, la tolerancia al inicio de la lactancia y la educación sanitaria a la puérpera.
Resultados: La valoración permitió identificar una combinación de antecedentes obstétricos y hallazgos clínicos que aumentaban la vulnerabilidad a un sangrado posparto clínicamente significativo. La vigilancia continuada, la reevaluación seriada del útero y de los loquios, junto con la comunicación temprana con el equipo responsable, facilitaron la detección de una evolución no plenamente favorable. La intervención enfermera incluyó monitorización estrecha, medidas de seguridad, apoyo emocional, ayuda en el contacto madre-recién nacido y adaptación del plan de cuidados según la respuesta clínica.
Discusión/Conclusiones: La valoración enfermera en planta maternal no debe limitarse a la comprobación puntual del sangrado visible. La integración de datos obstétricos, exploración física, estado hemodinámico, percepción subjetiva de la mujer y observación de la diuresis y el comportamiento general puede contribuir a reconocer de forma precoz una hemorragia posparto en desarrollo. El enfoque enfermero estructurado favorece la seguridad materna, la continuidad asistencial y una atención compatible con el vínculo y la lactancia, siempre que la situación clínica lo permita.
Abstract
Introduction: Postpartum hemorrhage remains a highly relevant complication during the immediate postpartum period. In the maternity ward, women may initially appear clinically stable while early signs of abnormal bleeding, hypovolemia, or inadequate uterine involution develop. Systematic nursing assessment plays a central role in identifying risk factors, recognizing subtle clinical changes, and supporting prompt intervention.
Objectives: To describe nursing assessment of postpartum hemorrhage risk in a maternity ward through a clinical situation structured according to the nursing process, focusing on early warning signs, care planning, and maternal evolution during the first postpartum hours.
Methodology: A hospital-based clinical situation is presented, organized around initial assessment, identification of care problems, clinical prioritization, planning of nursing interventions, and follow-up. The approach includes observation of vaginal bleeding, uterine palpation, monitoring of vital signs, perineal assessment, pain evaluation, tolerance to breastfeeding initiation, and patient education.
Results: Assessment identified a combination of obstetric background and clinical findings associated with increased vulnerability to clinically relevant postpartum bleeding. Ongoing surveillance, serial reassessment of uterine tone and lochia, and early communication with the healthcare team supported recognition of an unfavourable trend. Nursing care included close monitoring, safety measures, emotional support, assistance with mother-infant contact, and adjustment of the care plan according to clinical response.
Discussion/Conclusions: Nursing assessment in the maternity ward should not be limited to occasional checking of visible bleeding. Integrating obstetric information, physical examination, haemodynamic status, the woman’s subjective perception, urine output, and overall behaviour may help identify evolving postpartum hemorrhage at an early stage. A structured nursing approach supports maternal safety, continuity of care, and care compatible with bonding and breastfeeding whenever clinically feasible.
Introducción
La atención enfermera durante el puerperio inmediato exige una vigilancia clínica activa, incluso en mujeres cuya evolución inicial parece dentro de la normalidad. Tras el parto, la transición desde el área de partos a la planta maternal puede generar una percepción de menor riesgo; sin embargo, persisten complicaciones potencialmente graves que pueden manifestarse de forma progresiva y con signos iniciales poco llamativos. Entre ellas, la hemorragia posparto ocupa un lugar prioritario por su capacidad para comprometer la estabilidad hemodinámica materna en un intervalo de tiempo relativamente breve.
En la práctica diaria, la enfermera de planta maternal se sitúa en una posición clave para detectar variaciones en el patrón de sangrado, la consistencia uterina, la tolerancia a la movilización, la aparición de mareo, palidez, malestar, taquicardia o sensación subjetiva de debilidad. También observa aspectos menos evidentes, como el modo en que la mujer interactúa con su recién nacido, su disposición a iniciar la lactancia o su capacidad para participar en los autocuidados. Estos elementos no sustituyen a la valoración física, pero la completan y permiten interpretar el estado clínico de forma global.
La hemorragia posparto no debe entenderse únicamente como una pérdida hemática cuantificable. En el entorno de hospitalización obstétrica, la valoración enfermera se orienta a reconocer trayectorias clínicas de riesgo: sangrado que aumenta, útero mal contraído, globo vesical que dificulta la involución uterina, restos retenidos sospechados por la evolución, traumatismo del canal del parto, alteraciones de la coagulación conocidas o antecedentes que aconsejan una observación más estrecha. La identificación temprana de estos factores permite priorizar cuidados, intensificar la monitorización y avisar al equipo médico ante cambios sugestivos de deterioro.
Además, el puerperio inmediato no se limita al control fisiológico. La mujer se encuentra en un momento de elevada vulnerabilidad física y emocional, con cansancio, dolor, cambios hormonales, demandas del recién nacido y expectativas sobre el inicio de la lactancia. La vigilancia del riesgo hemorrágico debe integrarse, por tanto, en unos cuidados que preserven la intimidad, disminuyan la ansiedad y mantengan, siempre que la situación clínica lo permita, el vínculo materno-filial. Este equilibrio entre seguridad y humanización constituye una competencia central de la Enfermería obstétrica.
Desde el proceso de Enfermería, la valoración sistemática ofrece un marco útil para organizar la recogida de datos, interpretar prioridades y adaptar el seguimiento. Más allá de una lista de comprobación, supone una observación clínica continuada y contextualizada. El interés de presentar una situación clínica en planta maternal reside en mostrar cómo hallazgos inicialmente discretos pueden modificar el nivel de vigilancia y orientar decisiones asistenciales prudentes.
Objetivos
Describir la valoración enfermera del riesgo de hemorragia posparto en planta maternal a partir de una situación clínica centrada en el puerperio inmediato.
Como objetivos específicos, se plantean los siguientes:
- Identificar los datos obstétricos y clínicos que justifican una vigilancia reforzada tras el traslado a planta.
- Analizar la secuencia de valoración enfermera en relación con sangrado vaginal, tono uterino, signos vitales, estado perineal, diuresis, dolor y estado general.
- Exponer problemas de cuidados prioritarios asociados al riesgo de deterioro hemodinámico, ansiedad y limitación funcional transitoria en el inicio del puerperio.
- Describir intervenciones enfermeras orientadas a la detección precoz de complicaciones, la seguridad materna, el apoyo a la lactancia y la continuidad de la atención.
- Reflexionar sobre la aportación de la enfermera de planta maternal en la comunicación clínica y en la respuesta temprana ante una posible hemorragia posparto.
Metodología
Se desarrolla una situación clínica del ámbito hospitalario estructurada mediante el proceso de Enfermería. El caso se centra en una puérpera ingresada en planta maternal tras un parto vaginal, con necesidad de vigilancia clínica por presentar elementos obstétricos y evolutivos que aconsejan una observación estrecha durante las primeras horas.
La recogida de información se organiza a partir de la valoración inicial al ingreso en planta y de reevaluaciones sucesivas. Se consideran como ejes principales el estado general, los antecedentes obstétricos inmediatos, la cuantía y características del sangrado, el tono y la altura uterina, la presencia de coágulos, la integridad perineal, la presencia de dolor, la perfusión periférica, la tolerancia a la deambulación, la diuresis, el nivel de cansancio y la adaptación al contacto con el recién nacido. Se incorporan igualmente la percepción de seguridad de la mujer, sus manifestaciones de malestar y sus necesidades de información.
El abordaje clínico se apoya en una secuencia de valoración, identificación de problemas de cuidados, planificación, intervención y seguimiento. No se propone un protocolo cerrado, sino una exposición razonada de decisiones enfermeras habituales en este contexto, dependientes de la situación clínica y de la organización asistencial del centro. La evolución se presenta con especial atención a la capacidad de la enfermera para detectar cambios progresivos y comunicar oportunamente los hallazgos relevantes.
Resultados
Presentación de la situación clínica
Mujer de 32 años, primípara, trasladada a planta maternal tras parto vaginal de evolución globalmente favorable. En el área de partos se había referido alumbramiento sin incidencias mayores y estabilidad inicial. A su llegada a planta se encontraba consciente, orientada, cansada y con deseo de permanecer con su recién nacido. Manifestaba dolor perineal moderado y sensación de debilidad atribuida por ella al esfuerzo del parto. Se mostraba motivada para iniciar lactancia materna, aunque precisaba ayuda para la colocación y el manejo postural.
En el relevo se transmitía la existencia de sangrado posparto dentro de lo esperado hasta ese momento, una episiorrafia reciente sin complicaciones inmediatas aparentes y la recomendación de observación del tono uterino por haber presentado cierta tendencia a la atonía transitoria en las primeras maniobras de revisión tras el alumbramiento. No constaban patologías hematológicas conocidas, pero sí anemia gestacional previa controlada durante el embarazo. La paciente había recibido fluidoterapia en el contexto del parto y aún portaba vía venosa periférica permeable.
Valoración enfermera inicial
En la primera valoración en planta, la enfermera observó un estado general aceptable, aunque con facies de cansancio intenso. La piel se apreciaba discretamente pálida, sin frialdad distal evidente. El útero se palpaba algo por encima de lo esperable para una involución firme y su consistencia no era homogéneamente dura. Los loquios eran rojos, con empapamiento de compresa más rápido de lo deseable para el momento evolutivo. No se objetivaban grandes coágulos en ese instante, pero sí sangrado que requería vigilancia estrecha.
La mujer refería mareo leve al incorporarse y expresaba inseguridad para levantarse al baño. La diuresis desde el parto no se había documentado con claridad y verbalizaba sensación de vejiga llena, aunque no había intentado miccionar desde su llegada. El dolor perineal condicionaba la movilización y favorecía una postura rígida en la cama. Durante el intento de amamantamiento se mostraba distraída por su propio malestar, con dificultad para mantener la atención en la toma.
La interpretación conjunta de estos datos llevó a considerar una situación de riesgo clínico aumentado: tono uterino subóptimo, sangrado mayor del inicialmente esperado, posible globo vesical contribuyente, anemia previa y síntomas subjetivos compatibles con intolerancia hemodinámica inicial. Aunque la paciente no mostraba deterioro brusco, la evolución requería reevaluación seriada y medidas de seguridad.
Problemas de cuidados prioritarios
En la priorización enfermera destacaban varios problemas. El primero era el riesgo de sangrado posparto clínicamente significativo, asociado a mala contracción uterina y posible distensión vesical. En segundo lugar, se identificaba riesgo de disminución de la tolerancia a la actividad relacionado con debilidad, dolor y posible repercusión hemodinámica. También se observaban ansiedad situacional e inseguridad ante su estado físico, al percibir que el posparto no estaba resultando tan confortable como esperaba. Por último, aparecía una necesidad de apoyo específico para el inicio de la lactancia, interferida por el cansancio, el dolor y la vigilancia clínica requerida.
La formulación de estos problemas permitió orientar una actuación simultánea en varios planos: vigilancia hemodinámica, control del sangrado, promoción de la micción, alivio del dolor, prevención de caídas, observación del estado emocional y protección del vínculo madre-recién nacido.
Planificación e intervenciones enfermeras
Se instauró monitorización más frecuente de signos vitales y del estado general, complementada con reevaluación seriada de la consistencia uterina y de las características de los loquios. La observación del sangrado no se limitó a la compresa; se valoró también la presencia de coágulos, la necesidad de cambios repetidos, la respuesta del útero tras masaje suave cuando estaba indicado y la correlación con síntomas maternos. La enfermera mantuvo la vía venosa accesible, revisó su permeabilidad y verificó que la paciente permaneciera bajo condiciones de seguridad para una eventual actuación terapéutica adicional.
Ante la sospecha de globo vesical funcional, se favoreció la micción precoz con ayuda en la movilización, intimidad, soporte postural y vigilancia del mareo. Esta intervención tenía doble finalidad: mejorar el confort y evitar que la distensión vesical interfiriera en la adecuada contracción uterina. La movilización se realizó con supervisión, instruyendo a la mujer para pedir ayuda antes de incorporarse y evitando desplazamientos autónomos iniciales.
El dolor perineal se abordó mediante valoración de intensidad y repercusión funcional, revisión de la zona suturada y aplicación de las medidas disponibles en la unidad según prescripción y práctica habitual del centro. Disminuir el dolor resultaba relevante no solo por confort, sino también por su impacto en la capacidad para movilizarse, orinar, atender al recién nacido y participar en la lactancia.
Se informó a la paciente, con lenguaje claro y no alarmista, de la necesidad de observar con atención el sangrado y el tono del útero. Se le explicó qué manifestaciones debía comunicar de inmediato: aumento repentino del sangrado, salida de coágulos, mareo intenso, palpitaciones, sensación de desvanecimiento o empeoramiento del dolor. La información se adaptó al momento emocional de la puérpera, evitando sobrecargarla y procurando reducir su ansiedad.
De forma paralela, la enfermera facilitó el contacto con el recién nacido en condiciones seguras, ayudó a encontrar una postura tolerable para la toma y promovió una lactancia no interferida por maniobras innecesarias. El apoyo se orientó a conservar el inicio del vínculo sin perder de vista la prioridad materna. La observación del binomio madre-hijo permitió ajustar el cuidado: cuando la mujer se encontraba más sintomática, se reforzó el acompañamiento para que no asumiera sola actividades que podían comprometer su seguridad.
Evolución clínica en planta
En la reevaluación posterior, la paciente consiguió miccionar con ayuda, pero persistía cierta sensación de debilidad y el sangrado seguía siendo superior al esperado para la evolución temporal. El útero mejoró transitoriamente su consistencia tras las medidas iniciales, aunque tendía a la relajación en controles sucesivos. La mujer refirió mayor mareo al intentar sentarse durante una toma y se objetivó empeoramiento de la palidez. Estos cambios, aunque aún sin colapso clínico, indicaban una trayectoria no plenamente favorable.
La enfermera intensificó la vigilancia, solicitó valoración médica y comunicó de forma estructurada la secuencia observada: antecedentes de tono uterino inestable, sangrado mantenido, respuesta parcial a las medidas iniciales, síntomas de mareo, limitación para la movilización y dificultad para sostener el inicio de la lactancia por malestar materno. Esta comunicación facilitó la reevaluación del caso y la adopción de medidas complementarias por parte del equipo responsable.
Durante el periodo posterior, la paciente permaneció en reposo supervisado, con seguimiento estrecho del sangrado, control de signos clínicos de perfusión y apoyo continuo. La prioridad se centró en evitar retrasos en la detección de un posible empeoramiento. Tras la intervención conjunta del equipo, la evolución fue hacia una mejor estabilidad, con reducción progresiva del sangrado y mejora del tono uterino. La puérpera pudo retomar de forma más confortable el contacto piel con piel y la lactancia, inicialmente con apoyo cercano y después con mayor autonomía.
Aspectos relevantes para la práctica enfermera
La situación expuesta pone de manifiesto que el deterioro en el puerperio puede expresarse primero como una suma de indicios moderados: compresas que se saturan antes de lo previsto, útero menos firme de lo deseable, mareo al incorporarse, dificultad para orinar, cansancio desproporcionado o incapacidad para sostener actividades básicas. Ninguno de estos datos, por separado, define la gravedad, pero su integración orienta la toma de decisiones.
También muestra la necesidad de que la observación enfermera mantenga continuidad entre turnos. La calidad del relevo asistencial influye directamente en la percepción del riesgo y en la rapidez de respuesta. La transmisión de antecedentes del parto, pérdidas estimadas previas, tono uterino, presencia de desgarros o suturas, administración de fármacos y tolerancia inicial permite contextualizar mejor los hallazgos en planta.
Otro aspecto de interés es la compatibilidad entre vigilancia clínica y cuidados humanizados. La puérpera con riesgo de hemorragia no debe quedar reducida a un conjunto de parámetros; necesita información, contención emocional, ayuda para el autocuidado y protección del vínculo con su hijo. El cuidado enfermero adquiere valor precisamente en esa capacidad de sostener la seguridad sin desatender la experiencia materna.
Discusión/Conclusiones
La valoración del riesgo de hemorragia posparto en planta maternal requiere una mirada clínica amplia y dinámica. En muchas ocasiones, la enfermera es la profesional que permanece más tiempo junto a la puérpera durante las primeras horas tras el parto y, por tanto, quien puede advertir antes pequeños cambios evolutivos. Esta proximidad asistencial no garantiza por sí sola una mejor detección; necesita apoyarse en una valoración sistemática, en la experiencia clínica y en una comunicación efectiva con el resto del equipo.
El caso presentado sugiere que la combinación de varios elementos de observación tiene mayor valor que la interpretación aislada de un único dato. El sangrado visible debe relacionarse con el tono uterino, los antecedentes obstétricos, la situación vesical, la tolerancia postural, el color cutáneo, la vivencia subjetiva de la mujer y su capacidad funcional inmediata. El puerperio inmediato es un periodo de cambios fisiológicos intensos, y esa complejidad obliga a evitar tanto la banalización del sangrado como respuestas desproporcionadas ante hallazgos poco específicos.
Desde la perspectiva de cuidados, la enfermera aporta no solo detección, sino también intervención precoz. La reevaluación seriada, la promoción de la micción, la prevención de caídas, el mantenimiento de accesos venosos permeables si la situación lo aconseja, el apoyo en la movilización y la educación sanitaria breve orientada a signos de alarma forman parte de un abordaje coherente y centrado en la seguridad. A ello se añade un componente menos visible, pero igualmente relevante: sostener emocionalmente a una mujer que puede interpretar el sangrado y la debilidad como una amenaza para sí misma o para la atención de su recién nacido.
La lactancia y el vínculo temprano no deben considerarse dimensiones accesorias. En presencia de riesgo hemorrágico, su mantenimiento dependerá de la estabilidad clínica materna, pero incluso cuando es necesario priorizar la vigilancia, la enfermera puede facilitar alternativas de apoyo, explicar lo que ocurre y reducir la sensación de pérdida de control. Este acompañamiento puede mejorar la vivencia del puerperio y favorecer la recuperación posterior.
Entre los límites del abordaje se encuentra la variabilidad clínica de la hemorragia posparto y la dependencia de protocolos institucionales, recursos humanos y tiempos de respuesta del equipo. Por ello, cualquier plan de cuidados debe adaptarse al contexto asistencial y a la situación concreta de la paciente. Aun así, resulta razonable afirmar que una valoración enfermera estructurada, repetida y sensible a los cambios clínicos contribuye a una atención más segura en planta maternal.
La práctica cotidiana confirma que la estabilidad aparente en las primeras horas posparto no excluye complicaciones evolutivas. Mantener una vigilancia proporcionada, interpretar de forma conjunta signos y síntomas y actuar con prontitud ante desviaciones de la normalidad son componentes esenciales del cuidado obstétrico hospitalario. La Enfermería de planta maternal desempeña, en este sentido, una función decisiva en la detección precoz del riesgo de hemorragia posparto y en la continuidad de unos cuidados que integren seguridad materna, apoyo funcional y respeto a la experiencia del nacimiento.
Conflicto de intereses
Los autores manifiestan que no existe ningún conflicto de intereses que haya podido influir en el contenido del presente trabajo.
Financiación
La elaboración de este artículo no contó con financiación externa pública ni privada.
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