Management of surgical drains and monitoring of warning signs
Incluido en la revista CADICE. Vol. I . N.º 10 – Octubre 2026
Pág. Inicial: Vol. I; N.º 10:469
Autor principal (primer firmante): Marina Solís Navarro
Fecha recepción: 01/09/26
Fecha aceptación: 28/09/26
Fecha de publicación: 02/10/26
Ref.: CADICE. 2026;1(10):469
Autores:
Marina Solís Navarro
Andrés Fernández Rivas
Categoría: Enfermería
Palabras clave: Drenaje quirúrgico; Exudado; Cuidados de Enfermería; Apósitos; Piel; Proceso de Enfermería; Estomas quirúrgicos; Signos de alarma; Cicatrización de heridas; Herida quirúrgica
Keywords: Drainage; Exudates and Transudates; Nursing Care; Bandages; Skin; Nursing Process; Surgical Stomas; Warning Signs; Wound Healing; Surgical Wound
Resumen
Introducción: El drenaje quirúrgico continúa siendo un recurso habitual en diferentes procedimientos para facilitar la evacuación de colecciones, reducir la tensión local y permitir la observación del lecho quirúrgico. Su presencia modifica los cuidados de la herida, condiciona la movilidad y puede incrementar la preocupación de la persona intervenida. En este contexto, la actuación enfermera combina vigilancia clínica, manejo del dispositivo, prevención de complicaciones y educación para la continuidad de cuidados.
Objetivos: Describir el abordaje enfermero de una situación clínica con drenaje quirúrgico, centrado en la valoración integral, el control del exudado, la protección cutánea y la identificación precoz de signos de alarma.
Metodología: Se expone una situación clínica del ámbito quirúrgico estructurada mediante el proceso de Enfermería. El análisis incluye valoración inicial, problemas de cuidados, planificación de intervenciones, seguimiento evolutivo y recomendaciones de continuidad asistencial en un marco de práctica clínica prudente.
Resultados: La valoración sistemática permitió identificar necesidades relacionadas con integridad cutánea, manejo del exudado, dolor, ansiedad y conocimientos insuficientes sobre autocuidados. La intervención enfermera se orientó al control del drenaje, registro de características del efluente, mantenimiento de la permeabilidad, cuidado del punto de salida, selección de apósitos, vigilancia de la herida y educación al paciente y cuidador. La evolución fue favorable tras intensificar la observación de la piel perilesional, reforzar medidas de fijación y revisar los criterios de consulta ante cambios locales o sistémicos.
Discusión/Conclusiones: El drenaje quirúrgico exige una vigilancia clínica continuada y una toma de decisiones ajustada al contexto de cada paciente. La observación del volumen y aspecto del exudado, el estado de la piel, la fijación del dispositivo y la aparición de signos de alarma puede contribuir a detectar incidencias de forma precoz. La educación sanitaria y la coordinación entre niveles asistenciales resultan especialmente relevantes cuando el alta se produce con el drenaje aún colocado.
Abstract
Introduction: Surgical drains remain a common resource in several procedures to evacuate collections, reduce local tension and allow monitoring of the surgical site. Their presence modifies wound care, affects mobility and may increase patient concern. In this setting, nursing care integrates clinical surveillance, device management, complication prevention and education for continuity of care.
Objectives: To describe the nursing management of a clinical situation involving a surgical drain, focusing on comprehensive assessment, exudate control, skin protection and early recognition of warning signs.
Methodology: A clinical situation from a surgical setting is presented and organized through the nursing process. The analysis includes initial assessment, care problems, intervention planning, follow-up and discharge-oriented education within a prudent clinical approach.
Results: Systematic assessment identified needs related to skin integrity, exudate management, pain, anxiety and limited knowledge regarding self-care. Nursing interventions focused on drain monitoring, recording output characteristics, maintaining patency, caring for the insertion site, dressing selection, wound surveillance and patient-caregiver education. The clinical course was favorable after closer monitoring of perilesional skin, reinforcement of fixation measures and review of consultation criteria for local or systemic changes.
Discussion/Conclusions: Surgical drains require continuous clinical surveillance and context-based decision-making. Observation of exudate volume and appearance, skin condition, device fixation and warning signs may support early detection of complications. Health education and coordination across care settings are particularly relevant when discharge occurs with the drain still in place.
Introducción
El drenaje quirúrgico forma parte del postoperatorio de múltiples intervenciones abdominales, mamarias, torácicas, ortopédicas y de otras especialidades. Su indicación responde a la necesidad de exteriorizar contenido seroso, hemático o mixto, limitar la acumulación de fluidos y favorecer la observación de la evolución local. Aunque su uso es conocido por los equipos asistenciales, su manejo requiere una vigilancia continuada y una interpretación clínica prudente, ya que la presencia de un drenaje no es un hecho aislado, sino un elemento más del proceso de cicatrización y de la seguridad del paciente intervenido.
Desde la perspectiva enfermera, el drenaje modifica de forma directa la planificación de cuidados. Obliga a valorar no solo la herida quirúrgica, sino también el trayecto de salida, la integridad de la piel circundante, la fijación del dispositivo, la permeabilidad del sistema, el volumen y la naturaleza del exudado y la respuesta de la persona a los cuidados. En paralelo, condiciona aspectos funcionales como la movilidad, el descanso, la higiene y la percepción de autonomía, especialmente cuando el paciente teme desplazarse o manipular accidentalmente el dispositivo.
El control del exudado y de los apósitos constituye otro eje asistencial relevante. Un apósito insuficiente puede favorecer fugas, maceración o desprendimiento precoz, mientras que un exceso de manipulación incrementa la incomodidad y puede interferir con la estabilidad del sistema. La protección de la piel adquiere especial importancia en pacientes con fragilidad cutánea, sudoración, pliegues, obesidad, desnutrición o tratamientos que alteran la cicatrización. Del mismo modo, la observación del efluente aporta información clínica útil, aunque su interpretación siempre debe contextualizarse con el tipo de cirugía, el momento evolutivo y la situación general del paciente.
En la práctica diaria, una parte de las incidencias asociadas al drenaje se relaciona con obstrucción, pérdida de vacío en sistemas cerrados, tracción accidental, incremento inesperado del débito, cambio brusco de coloración del exudado, mal olor, dolor local, eritema, edema o deterioro de la piel perilesional. Algunas de estas alteraciones pueden tener una explicación evolutiva no necesariamente patológica; otras requieren valoración médica sin demora. De ahí que la vigilancia de signos de alarma no deba limitarse a una lista cerrada, sino integrarse en una observación clínica continua y razonada.
La educación sanitaria es inseparable de este proceso. Cuando el drenaje permanece colocado tras el alta, el paciente y su entorno necesitan comprender aspectos básicos sobre vaciado, registro, higiene, fijación, cambios de apósito y motivos de consulta. La calidad de esta información puede influir en la adherencia a los cuidados, en la detección precoz de incidencias y en la reducción de consultas evitables o tardías. Por ello, el papel de Enfermería se extiende más allá del entorno inmediato del postoperatorio y alcanza la preparación para el autocuidado y la continuidad asistencial.
El presente artículo desarrolla una situación clínica representativa para analizar el manejo enfermero del drenaje quirúrgico y la vigilancia de signos de alarma desde una perspectiva aplicada a la práctica asistencial.
Objetivos
Describir el abordaje enfermero de una persona portadora de drenaje quirúrgico en el periodo postoperatorio, con atención específica al control del exudado, la protección de la piel y la detección precoz de signos de alarma.
De forma más concreta, se plantean los siguientes objetivos:
- Identificar los elementos esenciales de la valoración enfermera en pacientes con drenaje quirúrgico.
- Analizar problemas de cuidados frecuentes relacionados con herida, apósitos, dolor, movilidad y conocimientos sobre autocuidado.
- Desarrollar intervenciones enfermeras orientadas al mantenimiento del dispositivo y a la prevención de complicaciones locales.
- Describir criterios clínicos de vigilancia que permitan reconocer cambios que requieren reevaluación profesional.
- Integrar la educación al paciente y a la familia en la preparación para el alta y la continuidad asistencial.
Metodología
Se desarrolla una situación clínica del ámbito hospitalario estructurada mediante el proceso de Enfermería. El abordaje se organiza a partir de la valoración inicial tras una intervención quirúrgica programada, la identificación de problemas de cuidados prioritarios, la planificación de intervenciones, el seguimiento evolutivo durante el ingreso y la preparación del alta con recomendaciones de continuidad.
La valoración se centra en dimensiones clínicas y funcionales especialmente relevantes en presencia de drenaje quirúrgico: estado general, dolor, movilidad, aspecto de la herida, características del exudado, estado del punto de salida, condición de la piel perilesional, tolerancia a los apósitos, seguridad del sistema, respuesta emocional y capacidad para comprender y participar en los cuidados.
La planificación enfermera se formula con lenguaje profesional estandarizado y orientado a resultados observables, sin reducir el cuidado a la mera manipulación técnica del drenaje. Se contemplan medidas de vigilancia, higiene, protección cutánea, registro clínico, educación sanitaria y coordinación con el equipo para reevaluar la evolución local y sistémica. La interpretación del caso se realiza con un enfoque prudente, evitando extrapolarlo como protocolo universal y entendiendo que las decisiones deben adaptarse al tipo de cirugía, al dispositivo empleado y a las indicaciones vigentes en cada centro.
Resultados
Presentación de la situación clínica
Paciente de 67 años, mujer, intervenida de cirugía abdominal programada. Entre sus antecedentes destacaban hipertensión arterial bien controlada y sobrepeso. En el postoperatorio inmediato se mantuvo un drenaje cerrado de aspiración en zona próxima a la incisión, con salida por contrabertura y fijación cutánea. A su llegada a la unidad presentaba estabilidad clínica, dolor moderado en reposo y mayor molestia con la movilización. Se observaba ansiedad leve, motivada sobre todo por el temor a que el drenaje se desplazara y por la inquietud que le producía ver contenido hemático en el reservorio.
Durante las primeras horas, el dispositivo funcionaba sin incidencias aparentes. El apósito del punto de salida mostraba discreto manchado, y la herida quirúrgica permanecía cubierta con apósito limpio y seco. La paciente verbalizaba escaso conocimiento sobre la finalidad del drenaje y preguntaba si la presencia de líquido significaba que la herida estaba “abierta por dentro”, lo que reflejaba necesidad de información adaptada a su nivel de comprensión.
Valoración enfermera inicial
La valoración focalizada permitió identificar varios aspectos prioritarios. En primer lugar, resultaba necesario controlar el dolor para facilitar cambios posturales y deambulación, ya que la paciente tendía a inmovilizarse por miedo al aumento de molestias y a la tracción del drenaje. En segundo lugar, se objetivaba riesgo de deterioro de la piel perilesional debido a exudado leve persistente, adhesivos y fricción del sistema con el movimiento. También se consideró relevante el afrontamiento emocional, dado que la ansiedad incrementaba la hipervigilancia sobre el dispositivo y dificultaba la participación en los cuidados.
En la inspección local, el reservorio conservaba el sistema cerrado y mostraba drenado serohemático de aspecto esperado para el momento evolutivo. No se apreciaban acodamientos evidentes ni pérdida manifiesta de aspiración. El punto de salida presentaba leve sensibilidad a la palpación, sin induración clara ni supuración. La piel circundante comenzaba a mostrar enrojecimiento superficial en el contorno del adhesivo, más compatible con irritación mecánica y humedad que con infección local. La herida principal no presentaba signos llamativos de complicación en ese momento.
Se valoró, además, la capacidad de la paciente para realizar autocuidados. Mantenía buena comprensión cuando la información se ofrecía de forma pausada, pero expresaba inseguridad para observar el drenaje o participar en el vaciado. Su acompañante principal, conviviente y con disponibilidad para colaborar, también requería orientación básica para apoyar la continuidad de cuidados.
Problemas de cuidados prioritarios
A partir de la valoración se identificaron como problemas prioritarios el dolor agudo postoperatorio, el riesgo de deterioro de la integridad cutánea en la zona del drenaje, el riesgo de infección asociado a herida quirúrgica y dispositivo invasivo, la ansiedad relacionada con el proceso quirúrgico y la presencia del drenaje, y el déficit de conocimientos sobre su manejo y los signos que debían motivar consulta.
Esta formulación orientó un plan de cuidados centrado en objetivos prácticos: mantener el drenaje permeable y correctamente fijado, preservar la piel perilesional, favorecer un patrón de exudado compatible con la evolución esperable, minimizar la manipulación innecesaria, promover movilización segura y asegurar que paciente y cuidador pudieran reconocer incidencias relevantes.
Planificación e intervenciones enfermeras
La primera línea de actuación consistió en reforzar la vigilancia sistemática del drenaje. Se registraron de forma periódica el volumen aproximado del efluente, su color, consistencia, presencia de coágulos y cualquier cambio brusco respecto a la observación previa. Este registro se integró con la valoración global de la paciente, evitando interpretar el débito de forma aislada. También se comprobó la integridad del sistema, la ausencia de pliegues en el tubo, la correcta posición del reservorio y la fijación para disminuir tracciones durante los cambios posturales.
En relación con el punto de salida, se realizó cura con técnica aséptica según práctica habitual de la unidad, priorizando una manipulación ordenada y la menor movilización posible del dispositivo. El apósito se seleccionó con el objetivo de absorber exudado leve sin aumentar la maceración y permitiendo una inspección razonable del área si aparecían molestias o humedad. Ante el eritema superficial atribuido al adhesivo, se revisó el sistema de fijación y se prestó atención a la retirada atraumática del material de cura, protegiendo la piel y evitando recolocaciones repetidas.
Se implementaron medidas para prevenir el deterioro cutáneo: mantener la zona limpia y seca, cambiar el apósito cuando la humedad lo hiciera necesario y observar bordes, temperatura local, dolor, edema y aspecto del orificio de salida. En pacientes con drenaje, la piel puede verse afectada no solo por el exudado, sino por la combinación de adhesivos, fricción, sudoración y tensión del tubo; por ello, la vigilancia se amplió al trayecto de contacto del dispositivo con la superficie corporal y la ropa de cama.
El control del dolor se abordó de forma coordinada con la pauta analgésica prescrita y con medidas no farmacológicas como posicionamiento, apoyo del área quirúrgica durante la movilización y explicación anticipada de los procedimientos. Reducir la molestia tuvo un efecto positivo sobre la deambulación y sobre la percepción de control de la paciente. Al sentirse más segura, disminuyó la resistencia a levantarse de la cama y a participar en el cuidado del drenaje.
La educación sanitaria se inició precozmente, adaptándola al momento clínico. Se explicó la finalidad del drenaje con un lenguaje comprensible, insistiendo en que la observación del contenido no se interpretara de forma aislada ni como signo automático de mala evolución. Posteriormente se enseñó cómo evitar tirones, cómo colocar el reservorio por debajo del punto de inserción cuando correspondía al sistema utilizado, cómo vigilar que no hubiera acodamientos y qué cambios debían comunicarse. Se evitó sobrecargar a la paciente con información excesiva en una sola sesión, distribuyendo las explicaciones en distintos momentos del ingreso.
Evolución durante el ingreso
En las siguientes jornadas, la paciente mejoró su tolerancia a la movilización y comenzó a colaborar en la observación del reservorio y del apósito. El débito mostró tendencia descendente y una coloración menos hemática. Sin embargo, en una revisión se detectó humedecimiento del apósito del punto de salida con inicio de maceración superficial y aumento del disconfort local. No había fiebre ni datos generales de deterioro, y la herida quirúrgica principal continuaba sin alteraciones relevantes.
Ante este cambio, se reevaluó el sistema completo. Se comprobó que la fijación externa permitía cierto balanceo del tubo con los movimientos al incorporarse, favoreciendo microtracción y salida de exudado alrededor del orificio. Se procedió a revisar la sujeción del drenaje, a optimizar el material de protección cutánea y a aumentar la frecuencia de inspección local. También se reforzaron las indicaciones de movilización con el reservorio bien sujeto a la ropa o al dispositivo previsto para ello, evitando que quedara libre y generara arrastre.
La respuesta fue favorable. El eritema perilesional disminuyó progresivamente, el apósito permaneció más tiempo seco y la paciente manifestó menos temor a moverse. La educación al cuidador acompañante permitió que ambos identificaran diferencias entre un pequeño manchado esperable y una fuga persistente que debía consultarse. La participación del binomio paciente-cuidador mejoró la seguridad del cuidado, sobre todo en las horas con menor presencia continuada de profesionales junto a la cama.
Vigilancia de signos de alarma
Durante todo el proceso se insistió en la observación de signos que podían requerir reevaluación profesional. Entre ellos se incluyeron el aumento brusco del volumen drenado, la aparición de sangre fresca en cantidad superior a la observada previamente, el cese repentino del drenaje acompañado de dolor, distensión o tumefacción local, la salida accidental o desplazamiento parcial del dispositivo, la pérdida del cierre del sistema, el mal olor, el exudado de aspecto purulento, el enrojecimiento progresivo con calor y dolor creciente en el punto de salida o en la herida, así como la fiebre u otros signos generales de afectación.
La vigilancia no se limitó a la detección de infección. También se consideraron signos de alarma la maceración intensa, el despegado repetido del apósito con contaminación del área, la intolerancia cutánea al material adhesivo, el dolor desproporcionado a la manipulación o la dificultad persistente para mantener la permeabilidad del drenaje. Estos problemas, aun sin acompañarse de inestabilidad clínica, pueden alterar la evolución local, aumentar la incomodidad y comprometer la continuidad de cuidados si no se interviene con prontitud.
Preparación para el alta
Antes del alta, la paciente aún mantenía el drenaje, por lo que la planificación de cuidados se orientó a domicilio. Se verificó la comprensión de aspectos esenciales: higiene de manos antes de la manipulación, protección del punto de salida durante el aseo según las indicaciones recibidas, observación diaria del aspecto del exudado y de la piel, forma de vaciar el reservorio cuando procedía, registro orientativo del débito y conservación de la fijación. También se explicó la conveniencia de evitar ropa que comprimiera el trayecto del tubo o favoreciera tirones.
La enseñanza se realizó mediante demostración y repetición supervisada. La paciente fue capaz de describir con sus palabras los pasos principales y los motivos de consulta más relevantes. El cuidador mostró habilidad suficiente para ayudar sin invadir la autonomía de la paciente. Se entregó información escrita adaptada al nivel de comprensión habitual del servicio y se recomendó contacto con el dispositivo asistencial de referencia ante cualquier duda clínica o empeoramiento.
Discusión/Conclusiones
La situación descrita permite observar que el manejo del drenaje quirúrgico no se reduce a vaciar un reservorio o cambiar un apósito. Se trata de un proceso de valoración clínica continua en el que pequeños cambios, como la humedad mantenida en el punto de salida o una fijación inadecuada, pueden anticipar problemas de mayor impacto si no se corrigen. La aportación enfermera radica en integrar datos locales y generales, priorizar problemas, intervenir de forma proporcionada y educar para la continuidad del cuidado.
Uno de los aspectos más relevantes es la observación del exudado. El volumen, la coloración y la consistencia ofrecen información útil, pero deben interpretarse en relación con el tipo de cirugía, el momento postoperatorio y la evolución global. Un cambio aislado puede no tener el mismo significado en todos los pacientes. De ahí la importancia de registrar tendencias, comparar con observaciones previas y evitar mensajes simplificados que generen alarma o falsa seguridad.
La protección cutánea merece una consideración específica. El deterioro de la piel perilesional suele infravalorarse frente a complicaciones más evidentes, aunque afecta al confort, dificulta la fijación, favorece nuevas fugas y complica el cuidado domiciliario. La selección de apósitos, la gestión de la humedad, la minimización del trauma por adhesivos y la revisión del sistema de sujeción son medidas de alto valor práctico que dependen en gran medida del juicio enfermero a pie de cama.
También destaca la dimensión educativa. La presencia de un drenaje puede vivirse con temor, especialmente cuando el paciente asocia la salida de exudado a una mala evolución. Explicar el sentido del dispositivo, diferenciar hallazgos esperables de signos de alarma y entrenar habilidades básicas de observación reduce incertidumbre y favorece una participación más segura. Esta educación no debería reservarse al momento del alta; conviene iniciarla de forma progresiva desde el postoperatorio temprano, ajustándola al estado físico y emocional de la persona.
El caso subraya, además, la necesidad de coordinación asistencial cuando el drenaje se mantiene fuera del hospital. La información transmitida por Enfermería debe ser coherente, comprensible y suficiente para sostener el autocuidado sin trasladar una responsabilidad excesiva al paciente o a su familia. En ese equilibrio entre autonomía y seguridad reside buena parte de la calidad del seguimiento.
Como reflexión final, el manejo enfermero del drenaje quirúrgico exige competencia técnica, capacidad de observación y comunicación clínica eficaz. La vigilancia de signos de alarma, el control del exudado, el cuidado de la piel y la educación sanitaria conforman un conjunto inseparable de intervenciones que puede contribuir a una evolución postoperatoria más segura y a una mejor experiencia de cuidado. Su aplicación debe individualizarse según procedimiento, tipo de drenaje, condición de la persona y protocolos vigentes en cada entorno asistencial.
Conflicto de intereses
No se identifican conflictos de intereses por parte de los autores en relación con el tema tratado en este artículo.
Financiación
No se ha recibido financiación externa para el desarrollo, redacción o publicación del presente trabajo.
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