Plan de prevención de lesiones por presión orientado al confort paliativo

Comfort-oriented pressure injury prevention plan in palliative care

Incluido en la revista CADICE. Vol. I . N.º 9 – Septiembre 2026

Pág. Inicial: Vol. I; N.º 9:458

Autor principal (primer firmante): Marta Vidal Herrera

Fecha recepción: 01/09/26

Fecha aceptación: 26/09/26

Fecha de publicación: 30/09/26

Ref.: CADICE. 2026;1(9):458

Autores:
Marta Vidal Herrera
Raúl Gómez Salcedo
Irene Campos Núñez
David León Morales
Paula Ríos Fuentes

Categoría: Enfermería

Palabras clave: Cuidadores familiares; Movilidad reducida; Intervenciones de Enfermería; Valoración de Enfermería; Lesión por presión; Atención al final de la vida; Protocolos clínicos; Control de síntomas; Cuidados paliativos; Confort

Keywords: Family Caregivers; Mobility Limitation; Nursing Interventions; Nursing Assessment; Pressure Ulcer; End-of-Life Care; Clinical Protocols; Symptom Management; Palliative Care; Comfort

Resumen

Introducción: La prevención de lesiones por presión en personas con enfermedad avanzada plantea un reto asistencial singular. En el ámbito paliativo, la inmovilidad, la fragilidad cutánea, la disminución de la ingesta, la alteración del nivel de conciencia y la dependencia para las actividades básicas pueden aumentar la vulnerabilidad tisular. Sin embargo, la toma de decisiones no debe centrarse exclusivamente en evitar el daño local, sino en preservar el confort, aliviar el sufrimiento y respetar la situación clínica, los objetivos del paciente y las preferencias familiares.

Objetivos: Desarrollar una guía de intervención enfermera para la prevención de lesiones por presión en cuidados paliativos, integrando la valoración clínica, la planificación de cuidados, la individualización de medidas preventivas y la participación de cuidadores familiares desde una perspectiva centrada en el confort.

Metodología: Se presenta una propuesta de actuación organizada según el proceso enfermero y dirigida a entornos hospitalarios, sociosanitarios y domiciliarios. La guía se estructura en torno a la valoración inicial, la identificación de factores condicionantes, la selección de intervenciones preventivas y los criterios de seguimiento, con formulación prudente y adaptable a la situación funcional, pronóstica y sintomática de cada persona.

Resultados: El plan propuesto prioriza la valoración integral de piel, movilidad, dolor, tolerancia al movimiento, perfusión, humedad, estado nutricional e impacto del cuidado sobre el bienestar. Se describen medidas relacionadas con posicionamiento terapéutico, manejo de superficies de alivio, higiene e hidratación cutánea, control de microclima, adecuación de ropa de cama, alivio de presión y educación al cuidador. La intervención enfermera incorpora la reevaluación continua y la limitación razonada de aquellas medidas que puedan aumentar el malestar sin aportar beneficio proporcional.

Discusión/Conclusiones: En cuidados paliativos, la prevención de lesiones por presión requiere un enfoque clínico y ético equilibrado. No todas las medidas preventivas son igualmente apropiadas en todas las fases de la enfermedad. La enfermera desempeña un papel central en la individualización del plan, en la coordinación del equipo y en la comunicación con familia y cuidadores. El objetivo asistencial más adecuado suele ser prevenir daño evitable sin comprometer el confort, la dignidad ni la tolerancia de la persona atendida.

Abstract

Introduction: Preventing pressure ulcers in people with advanced illness is a complex nursing challenge. In palliative care, immobility, skin fragility, poor intake, altered consciousness and dependence for basic activities may increase tissue vulnerability. Nevertheless, decision-making should not focus only on avoiding local injury, but also on preserving comfort, relieving suffering and respecting the patient’s condition, goals of care and family preferences.

Objectives: To develop a nursing intervention guide for pressure ulcer prevention in palliative care, integrating clinical assessment, care planning, individualized preventive measures and family caregiver involvement within a comfort-oriented approach.

Methodology: A practice guide structured around the nursing process is presented for hospital, long-term care and home settings. The proposal includes initial assessment, identification of conditioning factors, selection of preventive interventions and follow-up criteria, with a prudent wording adaptable to the functional, prognostic and symptomatic status of each person.

Results: The proposed plan prioritizes comprehensive assessment of skin status, mobility, pain, tolerance to movement, perfusion, moisture, nutritional condition and the impact of care on well-being. Measures related to therapeutic positioning, pressure-redistributing support surfaces, skin hygiene and hydration, microclimate control, bedding adaptation, pressure relief and caregiver education are described. Nursing intervention includes continuous reassessment and the reasoned limitation of measures that may increase discomfort without a proportional benefit.

Discussion/Conclusions: In palliative care, pressure ulcer prevention requires a balanced clinical and ethical approach. Not all preventive measures are equally appropriate at every stage of illness. Nurses play a central role in individualizing the care plan, coordinating the team and communicating with family members and caregivers. The most appropriate care goal is often to prevent avoidable harm without compromising comfort, dignity or tolerance.

Introducción

Las lesiones por presión continúan siendo un problema relevante de cuidados en personas con movilidad reducida y dependencia funcional. En el contexto paliativo, su abordaje adquiere matices propios, ya que la fragilidad clínica, la progresión de la enfermedad y la aparición de síntomas complejos obligan a revisar de forma continua la proporcionalidad de las intervenciones. La prevención no puede entenderse únicamente como una secuencia de maniobras técnicas; debe integrarse en un plan terapéutico cuyo eje sea el bienestar de la persona.

La enfermedad avanzada suele acompañarse de reducción de la actividad, pérdida de masa muscular, agotamiento, alteraciones de perfusión, cambios en la hidratación y dificultades para la alimentación o la comunicación. A ello se suman situaciones frecuentes como somnolencia, dolor, disnea, agitación o deterioro cognitivo, que pueden limitar la tolerancia a los cambios posturales intensivos. Por tanto, el riesgo de daño cutáneo no depende solo de la presión mantenida, sino también de un conjunto de factores intrínsecos y extrínsecos que interactúan en un organismo especialmente vulnerable.

Desde la perspectiva enfermera, el reto consiste en compatibilizar la prevención del daño con el control de síntomas y la preservación de la dignidad. En determinados momentos del proceso paliativo, insistir en maniobras preventivas rígidas puede aumentar dolor, fatiga o ansiedad. En otros casos, pequeñas modificaciones en la postura, el uso adecuado de superficies de apoyo o la protección de zonas de riesgo pueden aportar beneficio sin generar sufrimiento adicional. De ahí la necesidad de una valoración individualizada y dinámica.

La familia y los cuidadores también ocupan un lugar relevante. En el domicilio y en algunos recursos de larga estancia, participan activamente en la movilización, la higiene y la observación de la piel. Sin embargo, con frecuencia asocian la aparición de una lesión por presión a una idea de fracaso del cuidado, lo que puede generar culpa, frustración o expectativas poco realistas. La intervención enfermera incluye, por tanto, la educación sanitaria, la clarificación de objetivos y el acompañamiento emocional.

Un plan preventivo orientado al confort paliativo debe reconocer que no todas las personas se benefician de la misma intensidad de medidas ni del mismo balance entre prevención y tolerancia. La práctica clínica requiere ponderar el estado general, el pronóstico, el nivel de fragilidad, la sintomatología, las preferencias expresadas y el contexto asistencial. Esta aproximación permite sostener decisiones prudentes, proporcionadas y coherentes con los objetivos de cuidados.

Objetivos

Objetivo general: Proponer un plan de prevención de lesiones por presión en personas en cuidados paliativos que oriente la práctica enfermera hacia la protección tisular compatible con el confort, el control de síntomas y la individualización terapéutica.

Objetivos específicos:

  • Describir los elementos de valoración enfermera que condicionan el riesgo de lesión por presión en enfermedad avanzada.
  • Organizar una intervención preventiva gradual, adaptable al grado de dependencia, tolerancia al movimiento y situación evolutiva.
  • Integrar medidas relacionadas con movilización, posicionamiento, cuidado cutáneo, humedad, soporte nutricional y entorno inmediato.
  • Delimitar criterios de seguimiento clínico y reevaluación centrados en bienestar, integridad cutánea y carga del cuidado.
  • Incorporar la participación de cuidadores familiares en aquellas actuaciones que puedan realizarse con seguridad y comprensión suficiente.
  • Favorecer una toma de decisiones proporcional cuando las medidas preventivas puedan entrar en conflicto con el confort paliativo.

Metodología

Se desarrolla una guía de intervención basada en el proceso de Enfermería y orientada a la práctica asistencial en personas adultas con enfermedad avanzada, necesidades paliativas y riesgo de lesión por presión. Su aplicación puede considerarse en hospitalización, recursos sociosanitarios y atención domiciliaria, siempre adaptándose a la organización del centro, a la disponibilidad de recursos materiales y al plan terapéutico compartido por el equipo.

La propuesta parte de una valoración clínica inicial y de reevaluaciones sucesivas, ya que el estado funcional y la tolerancia de la persona pueden variar en periodos breves. La guía no se plantea como protocolo universal ni como secuencia invariable, sino como marco de actuación para apoyar decisiones enfermeras prudentes. La prioridad es identificar qué medidas son útiles, tolerables y coherentes con los objetivos de cuidados en cada momento evolutivo.

La metodología se organiza en cuatro ejes. El primero es la valoración integral, que contempla piel, prominencias óseas, dolor, movilidad, humedad, nutrición, perfusión, estado cognitivo y apoyo familiar. El segundo es la estratificación del riesgo clínico-práctico, entendida no solo como posibilidad de daño cutáneo, sino también como probabilidad de que una medida preventiva resulte mal tolerada. El tercero es la planificación individualizada, con selección de intervenciones realistas y priorizadas. El cuarto es la evaluación continua de la respuesta, la aparición de complicaciones y el impacto del cuidado sobre el confort.

En la formulación de objetivos de cuidados se priorizan resultados observables y clínicamente relevantes: mantener la piel íntegra cuando sea posible, reducir presión y fricción, minimizar dolor asociado a movilización, mejorar la tolerancia postural, controlar humedad, facilitar descanso y disminuir carga emocional del cuidador. Cuando la evolución clínica limita el margen preventivo, los objetivos pueden reorientarse hacia la contención del daño, la reducción del sufrimiento y la adecuación de expectativas.

Resultados

Valoración inicial orientada a la toma de decisiones

La primera actuación enfermera consiste en explorar el estado de la piel y las zonas corporales sometidas a mayor presión. Deben observarse coloración, temperatura, integridad, maceración, sequedad, presencia de lesiones previas, edema, fragilidad, exudado o dolor localizado. En personas con piel muy fina o con perfusión periférica comprometida, pequeñas áreas de enrojecimiento persistente o cambios de consistencia pueden anticipar deterioro tisular y justificar una vigilancia más estrecha.

La movilidad debe valorarse más allá de la capacidad de deambulación. Resulta útil determinar si la persona realiza microcambios espontáneos, si puede colaborar en transferencias, si mantiene posturas antiálgicas o si permanece largos periodos en la misma posición por debilidad, sedación o disminución del nivel de conciencia. La dependencia total para el reposicionamiento aumenta la necesidad de apoyo profesional o familiar y obliga a planificar maniobras seguras.

El dolor y otros síntomas condicionan de forma directa la viabilidad del plan preventivo. Una movilización técnicamente correcta puede ser inaceptable si desencadena dolor intenso, disnea, ansiedad o agotamiento. Por ello, la valoración debe incluir localización del dolor, relación con el movimiento, respuesta a analgesia, presencia de rigidez, contracturas, tos, disnea de esfuerzo mínimo, delirium o agitación. La información sintomática permite decidir cuándo movilizar, con qué intensidad y con qué medidas de alivio previas.

También deben revisarse humedad cutánea, incontinencia, sudoración, fiebre, secreciones y uso de absorbentes, ya que el microclima desfavorable favorece maceración y fricción. El estado nutricional y de hidratación merece una lectura prudente: en la enfermedad avanzada, la baja ingesta puede formar parte de la evolución y no siempre es susceptible de corrección. Aun así, la enfermera debe valorar la tolerancia oral, la sequedad mucocutánea, la pérdida de tejido subcutáneo y el impacto de estas circunstancias sobre la integridad de la piel.

Por último, es necesario explorar el entorno de cuidados. La disponibilidad de colchones o cojines de alivio, el tipo de cama, el espacio para movilizaciones, la preparación del cuidador y la coordinación con otros profesionales influyen de forma decisiva en la aplicabilidad del plan.

Planificación de objetivos de cuidados

Tras la valoración, el plan debe concretar objetivos asistenciales realistas. En fases iniciales o intermedias de enfermedad avanzada, puede ser razonable aspirar a mantener la piel íntegra, evitar fricción y reducir la presión mantenida mediante cambios posturales programados y superficies de apoyo adecuadas. En situaciones de mayor deterioro, cuando la tolerancia al movimiento es escasa, el objetivo puede desplazarse hacia la prevención de agravamiento rápido, la reducción de dolor y la protección de zonas especialmente vulnerables.

La definición de objetivos debe compartir lenguaje comprensible con paciente y familia. Explicar que el propósito no es “mover por mover”, sino aliviar presión con el menor sufrimiento posible, facilita la adherencia y disminuye la sensación de imposición técnica. Del mismo modo, conviene aclarar que la aparición o progresión de una lesión puede relacionarse con la situación general de la enfermedad, no exclusivamente con una omisión de cuidados.

Intervenciones enfermeras prioritarias

1. Posicionamiento terapéutico individualizado. El reposicionamiento sigue siendo una medida preventiva importante, pero su frecuencia e intensidad deben adaptarse a la situación clínica. En cuidados paliativos no siempre resulta apropiado mantener cambios posturales estrictos si provocan dolor o interrumpen un descanso reparador. Pueden ser preferibles ajustes posturales de menor amplitud, uso de almohadas para descarga selectiva y modificaciones graduales que alivien presión sin exigir movilizaciones completas cada vez.

Es recomendable evitar arrastres sobre la cama y reducir fricción y cizalla mediante técnicas de movilización con ayuda suficiente. La elevación excesiva del cabecero puede aumentar el deslizamiento corporal, por lo que debe ajustarse al mínimo compatible con confort respiratorio, alimentación o comunicación. La colocación de cojines entre prominencias óseas y bajo segmentos concretos puede mejorar la distribución de cargas.

2. Superficies especiales de apoyo. La selección de colchones, sobrecolchones o cojines debe responder al grado de inmovilidad, al tiempo de permanencia en cama o sillón y a la fragilidad cutánea. Estos dispositivos pueden contribuir a redistribuir la presión, pero no sustituyen por sí solos la valoración clínica ni eliminan la necesidad de vigilancia. En personas que pasan muchas horas sentadas, conviene revisar la tolerancia al sillón, la postura pélvica y la necesidad de descansos en cama o de alivios periódicos.

3. Cuidado de la piel y control del microclima. La higiene debe realizarse con productos suaves, evitando fricciones vigorosas. Tras la limpieza, es preferible secar por contacto y aplicar productos hidratantes cuando exista sequedad, especialmente en extremidades y zonas expuestas. En presencia de humedad por incontinencia o sudoración, la prioridad es proteger la piel con barreras adecuadas, cambiar ropa o absorbentes cuando sea preciso y mantener ropa de cama limpia, seca y sin pliegues.

El uso de masaje directo sobre prominencias óseas no resulta aconsejable cuando la piel es frágil o existen signos de compromiso tisular. La observación regular de sacro, talones, caderas, codos, occipucio y otras áreas de presión ayuda a detectar cambios precoces y a reajustar el plan antes de que el daño progrese.

4. Manejo del dolor y de síntomas asociados al movimiento. La prevención eficaz en cuidados paliativos depende en gran medida del control sintomático. Antes de movilizar, puede ser útil coordinar la intervención con la pauta analgésica prescrita y valorar el momento del día en que la persona se encuentra más confortable. Si existe disnea, conviene combinar el cambio postural con pausas, apoyo verbal, oxigenoterapia o medidas no farmacológicas si están indicadas en el plan terapéutico. Cuando el paciente presenta ansiedad o agitación, la aproximación gradual y la anticipación de cada maniobra pueden mejorar la tolerancia.

5. Nutrición, hidratación y cuidado de mucosas. En este ámbito, la actuación enfermera debe alejarse de objetivos normativos y centrarse en la situación real de la persona. Se recomienda valorar qué ingestas son posibles y confortables, fomentar texturas aceptadas, fraccionar ofertas y priorizar el placer y la tolerancia sobre metas cuantitativas. La hidratación oral, cuando es viable, y el cuidado de labios y mucosas pueden mejorar bienestar general y reducir sensación de sequedad, con impacto indirecto sobre la piel.

6. Educación y apoyo al cuidador familiar. El cuidador necesita indicaciones claras sobre observación de la piel, forma segura de colaborar en pequeños cambios posturales, uso de almohadas, manejo de absorbentes y señales de alarma que requieren consulta profesional. Esta educación debe ser realista y respetuosa con su capacidad física y emocional. No es adecuado transferir tareas complejas sin entrenamiento ni generar la expectativa de que la familia puede prevenir cualquier lesión por sí sola.

Criterios de reevaluación

La efectividad del plan no debe medirse solo por la ausencia de lesión. También importa valorar si la persona descansa mejor, si disminuye el dolor al movilizarla, si se reducen zonas de presión mantenida, si la humedad se controla con mayor facilidad y si el cuidador comprende y ejecuta las medidas acordadas. La reevaluación debe ser más frecuente cuando hay deterioro rápido, sedación creciente, fiebre, incontinencia persistente o cambios significativos de perfusión o conciencia.

Si una maniobra preventiva provoca sufrimiento reiterado o su beneficio potencial es escaso en relación con la carga que genera, el plan debe revisarse. La enfermera ha de documentar la respuesta clínica y comunicar al equipo la necesidad de redefinir objetivos. En fases de últimos días, la prioridad puede situarse claramente en la comodidad postural, la higiene delicada, la protección local y el acompañamiento, evitando intervenciones insistentes que no aporten alivio.

Seguridad del paciente y continuidad asistencial

La seguridad en este ámbito implica prevenir daño evitable sin introducir nuevas fuentes de malestar. Las movilizaciones deben realizarse con técnica adecuada y con número suficiente de personas cuando la dependencia lo requiera, para evitar caídas, tracciones dolorosas o lesiones musculoesqueléticas del cuidador. En domicilio, conviene simplificar el plan para que sea aplicable y mantener vías de contacto para resolver dudas si aparecen cambios cutáneos o empeora la tolerancia.

La continuidad asistencial exige transmitir de forma clara el objetivo del plan, las posturas mejor toleradas, las zonas de riesgo, los productos utilizados y los signos de alarma observados. Esta comunicación es especialmente relevante en traslados entre niveles asistenciales o cuando intervienen equipos distintos en periodos breves.

Discusión/Conclusiones

La prevención de lesiones por presión en cuidados paliativos no puede abordarse desde una lógica exclusivamente protocolaria. Aunque comparte fundamentos con otros contextos asistenciales, su aplicación requiere ponderar variables clínicas, éticas y relacionales que modifican el sentido de cada intervención. Una estrategia adecuada es aquella que reduce el riesgo de daño sin desatender dolor, cansancio, descanso, intimidad ni preferencias de la persona.

La práctica enfermera muestra que el valor de una medida preventiva depende de su tolerancia y de su oportunidad clínica. Cambios posturales muy frecuentes, reposicionamientos amplios o manipulaciones repetidas pueden ser apropiados en algunos pacientes, pero desproporcionados en otros. Esta diferencia no implica menor calidad del cuidado, sino una adaptación razonada a los objetivos paliativos. La calidad asistencial, en este escenario, incluye la capacidad de renunciar a intervenciones poco beneficiosas cuando incrementan el sufrimiento.

Otro aspecto relevante es la comunicación con la familia. Informar de forma honesta y comprensible sobre la fragilidad cutánea, la evolución funcional y el alcance real de las medidas preventivas ayuda a reducir la culpabilidad asociada a la aparición de lesiones. El acompañamiento enfermero debe sostener tanto la dimensión técnica del cuidado como la experiencia emocional de quienes cuidan.

El plan aquí expuesto ofrece un marco útil para organizar la valoración, priorizar intervenciones y reevaluar su impacto. Su principal fortaleza reside en orientar la prevención hacia objetivos clínicamente realistas y humanamente proporcionados. Su aplicación, no obstante, debe ajustarse a protocolos locales, recursos disponibles y juicio profesional del equipo responsable.

En síntesis, prevenir lesiones por presión en el final de la vida significa cuidar la piel sin perder de vista a la persona. La intervención enfermera alcanza su mayor sentido cuando consigue integrar protección, alivio y respeto, manteniendo el confort como referencia principal del proceso asistencial.

Conflicto de intereses

Los autores declaran no presentar conflictos de intereses relacionados con la elaboración y publicación de este artículo.

Financiación

Este trabajo no ha recibido financiación externa ni apoyo económico específico para su realización.

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