Educación sanitaria sobre polifarmacia y efectos adversos en geriatría

Health education on polypharmacy and adverse effects in geriatric care

Incluido en la revista CADICE. Vol. I . N.º 7 – Julio 2026

Pág. Inicial: Vol. I; N.º 7:155

Autor principal (primer firmante): Jorge Navarro Medina

Fecha recepción: 30/06/26

Fecha aceptación: 26/07/26

Fecha de publicación: 31/07/26

Ref.: CADICE. 2026;1(7):155

Autores:
Jorge Navarro Medina
Elena Vargas Prieto
Rocío Sánchez Gil
Pablo Ibáñez Cortés

Categoría: Enfermería

Palabras clave: Conciliación de medicamentos; Educación del paciente; Fragilidad; Efectos adversos; Cuidadores; Enfermería geriátrica; Pluripatología; Polifarmacia; Anciano; Educación para la salud

Keywords: Medication Reconciliation; Patient Education; Frailty; Drug-Related Side Effects and Adverse Reactions; Caregivers; Geriatric Nursing; Comorbidity; Polypharmacy; Aged; Health Education

Resumen

Introducción: La polifarmacia constituye una situación frecuente en las personas mayores con pluripatología y fragilidad, especialmente cuando concurren varios prescriptores, cambios terapéuticos repetidos y apoyo informal por parte de cuidadores. En este contexto, la educación sanitaria dirigida al paciente y a su entorno próximo puede contribuir a mejorar la comprensión del tratamiento, favorecer la conciliación de medicamentos y reducir incidentes relacionados con el uso inadecuado de fármacos o con la detección tardía de efectos adversos.

Objetivos: Describir un programa de educación para la salud orientado a personas mayores con polifarmacia y a sus cuidadores, centrado en la seguridad farmacoterapéutica, la identificación precoz de problemas relacionados con la medicación y el papel de Enfermería en el seguimiento.

Metodología: Se presenta una propuesta de intervención educativa de carácter estructurado, aplicable en atención primaria, consultas de Enfermería, hospitalización geriátrica o dispositivos de continuidad asistencial. El programa se organiza a partir de la valoración enfermera inicial, la estratificación de necesidades educativas, la conciliación terapéutica, sesiones individualizadas y evaluación del aprendizaje mediante entrevista clínica y revisión práctica del manejo domiciliario de la medicación.

Resultados: El programa incluye contenidos sobre conocimiento básico del tratamiento, organización segura de tomas, señales de alerta ante posibles efectos adversos, prevención de errores en transiciones asistenciales y participación del cuidador cuando existe deterioro funcional, cognitivo o sensorial. La intervención enfermera se orienta a detectar barreras de comprensión, dificultades de adherencia, automedicación, duplicidades, confusión con formatos o cambios recientes no comprendidos. La evaluación contempla comprensión del plan terapéutico, capacidad para explicar pautas de administración, identificación de signos que requieren consulta y actualización del listado de medicación.

Discusión/Conclusiones: La educación sanitaria en polifarmacia geriátrica no debe limitarse a la entrega de recomendaciones generales, sino integrarse en una estrategia continuada de valoración, enseñanza y seguimiento. Su utilidad depende de la adaptación al nivel funcional y cognitivo, de la coordinación entre ámbitos asistenciales y de la implicación de cuidadores cuando resulte necesario. Enfermería ocupa una posición especialmente relevante para reforzar la seguridad del paciente mayor, favorecer el autocuidado posible y detectar precozmente situaciones de riesgo.

Abstract

Introduction: Polypharmacy is a common situation among older adults with multimorbidity and frailty, particularly when several prescribers are involved, treatment changes are frequent, and informal caregivers participate in daily care. In this setting, patient and caregiver education may improve treatment understanding, support medication reconciliation, and help reduce incidents related to inappropriate drug use or delayed recognition of adverse effects.

Objectives: To describe a health education programme aimed at older adults with polypharmacy and their caregivers, focused on medication safety, early identification of medication-related problems, and the nursing role in follow-up.

Methodology: A structured educational intervention is presented, suitable for primary care, nursing consultations, geriatric wards, and continuity-of-care settings. The programme is based on initial nursing assessment, identification of educational needs, medication reconciliation, individualised sessions, and learning assessment through clinical interview and practical review of medication management at home.

Results: The programme includes core contents on basic treatment knowledge, safe organisation of doses, warning signs of possible adverse effects, prevention of errors during care transitions, and caregiver involvement when functional, cognitive, or sensory impairment is present. Nursing intervention focuses on identifying comprehension barriers, adherence difficulties, self-medication, therapeutic duplication, confusion related to pharmaceutical forms, and poorly understood recent treatment changes. Evaluation addresses understanding of the therapeutic plan, ability to explain medication administration, recognition of signs requiring consultation, and updating of the medication list.

Discussion/Conclusions: Health education in geriatric polypharmacy should not be reduced to the delivery of generic advice; it needs to be integrated into an ongoing strategy of assessment, teaching, and follow-up. Its usefulness depends on adaptation to functional and cognitive status, coordination across care settings, and caregiver involvement when necessary. Nursing plays a particularly relevant role in strengthening patient safety, supporting self-care whenever possible, and identifying risk situations at an early stage.

Introducción

La atención a las personas mayores con pluripatología plantea uno de los escenarios más complejos para la práctica enfermera. La coexistencia de enfermedades crónicas, la asistencia por distintos profesionales y la necesidad de ajustar tratamientos según la evolución clínica favorecen la acumulación de medicamentos y aumentan la probabilidad de incidencias relacionadas con su uso. En geriatría, la polifarmacia no puede interpretarse únicamente como un recuento de fármacos; debe entenderse como una situación clínica y de cuidados en la que confluyen vulnerabilidad biológica, fragilidad, variabilidad funcional y un margen estrecho entre beneficio terapéutico y daño potencial.

La aparición de efectos adversos en este grupo de población puede manifestarse de forma poco específica. Somnolencia, inestabilidad, estreñimiento, confusión, anorexia, hipotensión, sequedad de mucosas o deterioro funcional pueden atribuirse erróneamente al envejecimiento o a la enfermedad de base, retrasando la identificación del problema. A ello se añaden factores que modifican la seguridad del tratamiento: alteraciones visuales, hipoacusia, dificultades de deglución, deterioro cognitivo, dependencia para actividades básicas, baja alfabetización en salud, uso de múltiples envases o cambios de prescripción tras ingresos y consultas sucesivas.

La educación sanitaria resulta especialmente pertinente cuando el paciente necesita comprender no solo qué medicación toma, sino por qué la toma, cómo administrarla, qué incidencias debe vigilar y cuándo solicitar ayuda. En personas mayores, esta intervención no puede ser estandarizada de forma rígida. Debe ajustarse al contexto clínico, a la capacidad de aprendizaje, a la presencia de cuidador y al entorno donde se gestiona la medicación. La mera entrega de listados o instrucciones escritas no garantiza comprensión ni manejo seguro.

La Enfermería geriátrica dispone de una posición estratégica para abordar este problema. Su cercanía al paciente, la continuidad en el seguimiento y la visión integral de las necesidades de cuidados facilitan la detección de barreras prácticas que a menudo pasan desapercibidas: errores en la preparación de tomas, uso de medicación antigua almacenada en el domicilio, duplicidades por nombres comerciales diferentes, suspensión no comunicada de fármacos o escasa capacidad para reconocer signos de alarma. Desde esta perspectiva, la educación para la salud no se limita a transmitir información, sino que integra valoración, comunicación terapéutica, apoyo al autocuidado, implicación familiar y coordinación entre niveles asistenciales.

Un programa educativo bien estructurado puede contribuir a reforzar la seguridad farmacoterapéutica, mejorar la participación informada del paciente y reducir situaciones evitables de riesgo. Su interés es mayor en los momentos de transición asistencial, cuando los cambios de medicación son más frecuentes y el riesgo de confusión aumenta. Por ello, la intervención enfermera debe incorporar la conciliación de medicamentos, el seguimiento del aprendizaje y la reevaluación periódica del plan de cuidados.

Objetivos

Describir un programa de educación sanitaria dirigido a personas mayores con polifarmacia y a sus cuidadores, orientado a mejorar la seguridad en el manejo de la medicación y a favorecer la detección precoz de efectos adversos en el ámbito geriátrico.

Como objetivos específicos se plantean los siguientes:

  • Identificar la población diana que puede beneficiarse de una intervención educativa prioritaria, especialmente en presencia de fragilidad, pluripatología o dependencia parcial para el manejo del tratamiento.
  • Definir los contenidos educativos mínimos sobre conocimiento del régimen terapéutico, administración segura, prevención de errores y reconocimiento de signos de alerta.
  • Describir el papel de Enfermería en la valoración inicial, la conciliación terapéutica, la adaptación de la enseñanza y el seguimiento posterior.
  • Incorporar de forma sistemática a cuidadores y familiares cuando el paciente presenta limitaciones funcionales, cognitivas o sensoriales que comprometen el manejo autónomo de la medicación.
  • Proponer criterios de evaluación del aprendizaje y de la adherencia observada, útiles para la práctica clínica habitual.

Metodología

Se desarrolla una propuesta de programa educativo aplicable a distintos dispositivos asistenciales en los que Enfermería mantiene contacto continuado con la persona mayor: consulta de atención primaria, seguimiento domiciliario, hospitalización, hospital de día o consulta de continuidad tras alta. La intervención se concibe como un proceso longitudinal, no como una acción puntual. Aunque puede iniciarse en un episodio concreto, su efectividad depende de la reevaluación periódica y de la adaptación a los cambios terapéuticos.

La población diana la constituyen personas mayores con polifarmacia, entendida en sentido práctico como uso simultáneo de múltiples medicamentos y especial complejidad en su manejo. Se consideran de atención prioritaria aquellas situaciones en las que coexisten fragilidad, pluripatología, deterioro cognitivo, dependencia en actividades instrumentales, antecedentes de dificultades de adherencia, cambios recientes de tratamiento, presencia de varios prescriptores o apoyo principal de un cuidador informal.

La intervención se organiza en cuatro fases. La primera corresponde a la valoración enfermera inicial. Incluye entrevista clínica, revisión de la medicación disponible en el domicilio o en los informes aportados, exploración de conocimientos previos, identificación de barreras sensoriales y funcionales, y análisis del contexto de cuidados. En esta fase interesa conocer quién prepara la medicación, cómo se almacenan los envases, si existen tomas omitidas o repetidas, si el paciente utiliza productos sin prescripción y qué significado atribuye a los síntomas que presenta.

La segunda fase consiste en la conciliación de medicamentos en coordinación con el resto del equipo. No se trata de revisar la pertinencia farmacológica en sentido prescriptor, sino de verificar que el paciente y su cuidador disponen de un listado actualizado, comprensible y coherente con la información clínica disponible. La enfermera puede detectar discrepancias entre informes, medicación domiciliaria y relato del paciente, así como incidencias en la comprensión de dosis, horarios, vías de administración o duración prevista.

La tercera fase comprende la intervención educativa propiamente dicha. Se recomienda un formato flexible, preferentemente individualizado, con lenguaje claro y comprobación continua de la comprensión. La enseñanza debe priorizar pocos mensajes por sesión, reforzar los aspectos de mayor riesgo y apoyarse en demostración práctica cuando sea posible. La información escrita puede ser útil si se presenta con formato legible, denominaciones claras y organización adaptada al paciente. En personas con deterioro cognitivo o dependencia significativa, el cuidador principal pasa a ser interlocutor esencial del proceso educativo.

La cuarta fase corresponde a la evaluación y seguimiento. La comprensión no debe inferirse a partir del asentimiento verbal. Es más útil solicitar al paciente o cuidador que explique con sus palabras para qué sirve cada grupo de medicamentos, cómo organiza las tomas y qué signos motivarían consulta. La reevaluación posterior permite identificar nuevas barreras, especialmente tras cambios de prescripción, ingresos hospitalarios o aparición de efectos indeseados.

En cuanto a recursos, el programa puede apoyarse en listados simplificados de tratamiento, planificadores semanales cuando proceda, esquemas por franjas horarias, revisión de envases aportados por el paciente y registro enfermero de incidencias detectadas. La metodología educativa se basa en entrevista motivacional breve, enseñanza adaptada al nivel de alfabetización en salud, refuerzo positivo de conductas seguras y participación del entorno cuidador. No sustituye la valoración médica ni la revisión farmacológica especializada, pero sí complementa ambas desde la perspectiva de seguridad y continuidad de cuidados.

Resultados

La aplicación del programa permite estructurar la educación sanitaria en torno a contenidos clínicamente relevantes para la persona mayor con polifarmacia. Su utilidad práctica reside en que transforma una información dispersa, a menudo fragmentada entre informes y prescripciones, en un proceso comprensible y supervisado por Enfermería.

Valoración educativa inicial y estratificación de necesidades

En la primera entrevista es habitual encontrar perfiles muy distintos. Algunos pacientes mantienen un manejo autónomo razonable, aunque con conocimientos parciales sobre el objetivo de su tratamiento. Otros delegan completamente la preparación y administración en familiares, sin capacidad para identificar qué medicación toman. También son frecuentes las situaciones intermedias, con autonomía aparente pero errores repetidos en dosis, duplicidades o conservación inadecuada.

La valoración debe incluir dimensiones clínicas y de cuidados. Resulta pertinente explorar capacidad de lectura, comprensión de instrucciones, memoria reciente, destreza manual, visión funcional, patrón de sueño, hábitos alimentarios, estreñimiento, riesgo de caídas y presencia de síntomas que podrían relacionarse con el tratamiento. Igualmente conviene identificar creencias que influyen en la adherencia: temor a “tomar demasiadas pastillas”, percepción de que algunos fármacos son prescindibles cuando el paciente se encuentra bien, o automodificación de dosis en función de síntomas inespecíficos.

Esta fase también ayuda a priorizar. No todos los pacientes requieren la misma intensidad educativa. La prioridad aumenta cuando existe fragilidad, ingreso reciente, múltiples cambios de medicación, antecedente de incidentes relacionados con fármacos, deterioro cognitivo o cuidador sobrecargado. En estos casos, la educación debe ser más frecuente, más concreta y con comprobación práctica del aprendizaje.

Contenidos esenciales del programa

Un primer bloque de contenidos se dirige al conocimiento básico del tratamiento. El objetivo no es que el paciente memorice información farmacológica compleja, sino que pueda reconocer su plan terapéutico, diferenciar la medicación habitual de la ocasional y comprender la finalidad general de cada grupo de fármacos. Esta comprensión favorece una participación más segura y reduce el riesgo de suspensión no comunicada o de duplicidad por confusión entre presentaciones.

Un segundo bloque aborda la organización cotidiana de las tomas. Se trabaja la relación entre horarios y rutinas habituales, la importancia de mantener una pauta clara, la precaución ante olvidos y la necesidad de no introducir cambios por iniciativa propia sin consultar. Cuando se utilizan dispositivos organizadores, la enfermera debe verificar que el paciente o cuidador sabe prepararlos correctamente y que no se emplean como sustituto de la revisión del tratamiento. También es importante revisar aspectos como la manipulación de comprimidos, el uso de formas líquidas, la diferenciación entre medicación de uso continuo y medicación según necesidad, y la conservación adecuada de los envases.

Un tercer bloque se centra en la identificación de posibles efectos adversos y problemas relacionados con la medicación. En geriatría resulta más útil trabajar con signos funcionales y observables que con explicaciones excesivamente técnicas. Deben comentarse, según el tratamiento y la situación clínica, señales como somnolencia llamativa, mareo, caídas, confusión aguda, estreñimiento persistente, náuseas, diarrea, retención urinaria, sequedad intensa, pérdida de apetito, palpitaciones, edema, erupciones cutáneas o empeoramiento repentino del estado general. El mensaje educativo debe incluir la necesidad de consultar ante síntomas nuevos o agravamiento no explicado, evitando tanto la banalización como la interpretación alarmista.

Un cuarto bloque se dedica a la prevención de errores en las transiciones asistenciales. Tras el alta hospitalaria o después de una consulta con modificaciones terapéuticas, muchos pacientes conservan medicación previa y no siempre distinguen qué ha sido suspendido, sustituido o temporalmente modificado. La intervención enfermera se orienta a comparar listados, retirar del circuito domiciliario la información obsoleta y reforzar por escrito qué cambios deben mantenerse. La participación del cuidador en este punto suele ser determinante.

Papel de Enfermería en la intervención

El papel enfermero no se agota en la transmisión de instrucciones. Incluye observación clínica, detección de riesgos, priorización educativa y coordinación con otros profesionales. La enfermera puede identificar síntomas sugestivos de intolerancia farmacológica, alertar sobre dificultades de adherencia, promover la actualización del listado de tratamiento y facilitar que el paciente o cuidador disponga de una explicación integrada de la medicación.

La relación terapéutica adquiere un valor especial en personas mayores que han normalizado malestar, cansancio o inestabilidad como parte inevitable de su edad. Una entrevista bien conducida puede revelar que determinados síntomas aparecieron tras un cambio terapéutico o que la pauta real difiere de la prescrita. Del mismo modo, la observación del domicilio o del modo en que el paciente presenta sus envases aporta información muy útil sobre su capacidad de manejo.

En la práctica, la enfermera actúa como profesional de referencia para reforzar mensajes, detectar discrepancias y sostener la continuidad del aprendizaje. Cuando intervienen cuidadores familiares, también debe valorar su capacidad para comprender instrucciones, el grado de sobrecarga y la existencia de relevo en la preparación de la medicación. Un cuidador inseguro o agotado constituye por sí mismo un factor de riesgo.

Participación de cuidadores y adaptación a la fragilidad

La inclusión del cuidador en el programa no debe entenderse solo como apoyo logístico. En muchos casos, es quien observa primero cambios de conducta, somnolencia, alteraciones del apetito o inestabilidad al caminar. Por ello, necesita formación específica en reconocimiento de señales de alarma, manejo de listados y comunicación de incidencias. Además, conviene clarificar quién asume la preparación de la medicación, qué hacer ante una toma olvidada y cómo actuar cuando diferentes familiares participan en el cuidado.

La fragilidad obliga a adaptar la intervención educativa. Las sesiones extensas o con exceso de información resultan poco eficaces. Suele funcionar mejor una enseñanza breve, repetida, apoyada en ejemplos cotidianos y centrada en problemas concretos. Si existe deterioro cognitivo, la comunicación debe simplificarse y dirigirse principalmente a la persona responsable del manejo del tratamiento, sin excluir al paciente de la interacción. Cuando predominan limitaciones visuales o manipulativas, es preferible revisar soluciones prácticas sobre identificación de envases, legibilidad del plan y accesibilidad física a la medicación.

Evaluación del aprendizaje y seguimiento

La evaluación del programa se apoya en criterios clínicos y educativos observables. Entre ellos destacan la capacidad del paciente o cuidador para mostrar un listado actualizado de medicación, explicar la pauta habitual con un grado razonable de precisión, diferenciar tratamientos crónicos de los ocasionales, identificar síntomas que requieren consulta y describir cómo organiza las tomas en el domicilio. También debe considerarse la reducción de discrepancias entre la medicación prescrita y la realmente utilizada, así como la detección temprana de incidencias comunicadas por el paciente o la familia.

El seguimiento puede realizarse en consulta, por contacto telefónico estructurado o en visitas domiciliarias según el contexto. Los momentos más sensibles para reevaluar son los días posteriores a un alta, la introducción de nuevos fármacos, la aparición de deterioro funcional o la sustitución del cuidador principal. En cada revisión conviene actualizar el plan terapéutico, confirmar comprensión y explorar síntomas potencialmente relacionados con la medicación.

Cuando el programa se integra en la rutina asistencial, favorece una atención más segura y coherente con las necesidades de la persona mayor. No elimina por sí mismo la complejidad farmacoterapéutica, pero puede reducir errores evitables, mejorar la comunicación y facilitar una vigilancia más precoz de problemas relacionados con el tratamiento.

Discusión/Conclusiones

La polifarmacia en geriatría exige un abordaje que combine prudencia clínica, continuidad asistencial y adaptación al nivel de vulnerabilidad del paciente. La educación sanitaria ocupa un lugar relevante porque muchas incidencias no derivan solo del número de medicamentos, sino de la dificultad para comprender cambios, integrar instrucciones dispersas y reconocer síntomas de posible relación farmacológica. Desde esta perspectiva, la intervención enfermera aporta un valor diferencial al traducir el plan terapéutico a un lenguaje operativo y viable para la vida diaria.

Uno de los principales retos es evitar enfoques uniformes. La misma pauta puede ser gestionable para una persona mayor autónoma y convertirse en una fuente constante de errores en otra con fragilidad, deterioro cognitivo leve o apoyo familiar insuficiente. Por eso, la educación debe ser individualizada, progresiva y centrada en conductas observables. Preguntar al paciente si ha entendido suele ser insuficiente; resulta más útil verificar qué hace realmente con su medicación, cómo interpreta los cambios y qué síntomas considera normales.

La participación de cuidadores merece una atención específica. Su implicación puede mejorar la seguridad del tratamiento, pero también introducir nuevas posibilidades de error si no reciben información clara o si varias personas se alternan en el cuidado sin coordinación. Incluirlos en la enseñanza, revisar con ellos los listados y clarificar responsabilidades contribuye a disminuir confusiones en el domicilio.

Otro aspecto relevante es la conciliación de medicamentos como parte del proceso educativo. Las transiciones entre niveles asistenciales son momentos de especial vulnerabilidad para las personas mayores. La revisión conjunta del tratamiento, la depuración de información obsoleta y la confirmación de los cambios realmente vigentes representan tareas de alto impacto en seguridad clínica. En este punto, la coordinación entre profesionales condiciona de manera importante la efectividad de la educación sanitaria.

Este tipo de programas presenta límites. Su utilidad depende del tiempo disponible, de la accesibilidad al seguimiento, de la estabilidad del entorno cuidador y de la capacidad del sistema para mantener mensajes coherentes entre profesionales. Además, algunos problemas relacionados con la medicación requieren revisión diagnóstica o terapéutica por otros miembros del equipo. La educación enfermera no sustituye esas decisiones, pero sí puede favorecer su detección oportuna y mejorar la calidad del proceso asistencial.

En la práctica, una intervención educativa bien planificada puede contribuir a que el paciente mayor y su cuidador identifiquen mejor su tratamiento, comprendan los cambios recientes y consulten con mayor rapidez ante síntomas sugestivos de efecto adverso. La aportación de Enfermería se sitúa en la intersección entre seguridad, acompañamiento y continuidad de cuidados. Integrar esta labor en la atención habitual a la persona mayor con polifarmacia representa una medida razonable para reforzar la calidad del cuidado geriátrico y promover un uso más seguro de la medicación.

Conflicto de intereses

Los autores comunican que no tienen conflictos de intereses vinculados al desarrollo o publicación de este artículo.

Financiación

Los autores declaran que este artículo no ha contado con financiación externa.

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