Fragilidad en la persona mayor: revisión de valoración y cuidados enfermeros

Frailty in older adults: a review of nursing assessment and care

Incluido en la revista CADICE. Vol. I . N.º 8 – Agosto 2026

Pág. Inicial: Vol. I; N.º 8:157

Autor principal (primer firmante): Nuria Pérez Aguilar

Fecha recepción: 28/06/26

Fecha aceptación: 25/07/26

Fecha de publicación: 01/08/26

Ref.: CADICE. 2026;1(8):157

Autores:
Nuria Pérez Aguilar
Miguel Torres Calvo
Laura Hidalgo Romero
Carmen Ruiz Esteban
Héctor Jiménez Lara
Ana Belén Cano Soler

Categoría: Enfermería

Palabras clave: Valoración geriátrica; Anciano; Revisión; Fragilidad; Atención centrada en el paciente; Cuidados de Enfermería; Enfermería basada en la evidencia; Actividades de la vida diaria; Educación del paciente; Enfermería geriátrica

Keywords: Geriatric Assessment; Aged; Review; Frailty; Patient-Centered Care; Nursing Care; Evidence-Based Nursing; Activities of Daily Living; Patient Education; Geriatric Nursing

Resumen

Introducción: La fragilidad en la persona mayor constituye un estado de especial vulnerabilidad asociado a una menor reserva fisiológica y a una mayor susceptibilidad ante acontecimientos adversos. Su presencia condiciona la autonomía, la tolerancia al estrés clínico y la evolución funcional, por lo que representa un área de interés prioritario para la práctica enfermera en los distintos niveles asistenciales.

Objetivos: Revisar el concepto de fragilidad, sus principales dimensiones clínicas y funcionales, así como los elementos centrales de la valoración y de los cuidados enfermeros orientados a la prevención del deterioro, el mantenimiento de la capacidad funcional y la atención centrada en la persona.

Metodología: Se presenta una revisión teórica de carácter narrativo basada en el análisis conceptual y clínico del síndrome de fragilidad desde la perspectiva enfermera. Se integran aspectos relacionados con la valoración geriátrica, la funcionalidad, la movilidad, el estado nutricional, la esfera cognitiva y emocional, el entorno y la educación sanitaria.

Resultados: La fragilidad no debe entenderse únicamente como una consecuencia del envejecimiento, sino como una condición dinámica y potencialmente modificable. La valoración enfermera integral permite identificar signos de vulnerabilidad antes de que se establezca una dependencia avanzada. Los cuidados más relevantes incluyen la detección precoz, el seguimiento funcional, la promoción de actividad física adaptada, la prevención de caídas, el apoyo nutricional, la revisión del autocuidado, la educación a pacientes y cuidadores y la coordinación asistencial.

Discusión/Conclusiones: El abordaje de la fragilidad requiere una mirada integral, longitudinal e individualizada. Enfermería ocupa una posición estratégica para reconocer cambios sutiles, priorizar problemas de cuidados y favorecer intervenciones realistas que mantengan la funcionalidad y la calidad de vida. La atención centrada en la persona y la continuidad asistencial son elementos clave para una respuesta clínica proporcionada y segura.

Abstract

Introduction: Frailty in older adults is a state of increased vulnerability associated with reduced physiological reserve and greater susceptibility to adverse events. It has a direct impact on autonomy, tolerance to clinical stress, and functional outcomes, making it highly relevant for nursing practice across care settings.

Objectives: To review the concept of frailty, its main clinical and functional dimensions, and the core elements of nursing assessment and care aimed at preventing decline, preserving functional capacity, and supporting person-centred care.

Methodology: A narrative theoretical review is presented from a nursing perspective. The paper integrates conceptual and clinical aspects related to geriatric assessment, functionality, mobility, nutritional status, cognitive and emotional spheres, environmental factors, and patient education.

Results: Frailty should not be interpreted merely as a consequence of ageing, but as a dynamic and potentially modifiable condition. Comprehensive nursing assessment helps identify vulnerability before advanced dependency becomes established. Relevant nursing interventions include early detection, functional monitoring, promotion of adapted physical activity, fall prevention, nutritional support, self-care review, education for patients and caregivers, and care coordination.

Discussion/Conclusions: Frailty requires a comprehensive, longitudinal, and individualized approach. Nurses are in a strategic position to recognize subtle changes, prioritize care needs, and promote realistic interventions focused on maintaining function and quality of life. Person-centred care and continuity across settings remain essential for a safe and appropriate response.

Introducción

La fragilidad se ha consolidado como uno de los conceptos más relevantes en la atención a las personas mayores porque permite comprender situaciones de vulnerabilidad que no siempre quedan bien reflejadas por la presencia aislada de enfermedades crónicas o por la edad cronológica. Dos personas con un perfil diagnóstico similar pueden mostrar trayectorias muy diferentes ante una infección intercurrente, una hospitalización, un cambio de domicilio o una pérdida afectiva importante. Esa diferencia en la respuesta clínica y funcional se relaciona, en buena medida, con el grado de reserva biológica, funcional, cognitiva y social disponible.

Desde la perspectiva asistencial, la fragilidad se asocia a una mayor probabilidad de deterioro funcional, inmovilidad, caídas, dependencia para las actividades de la vida diaria, institucionalización y complicaciones ante procesos agudos. Sin embargo, no se trata de una condición homogénea ni irreversiblemente establecida en todos los casos. Su carácter dinámico obliga a una detección precoz y a una valoración continuada, especialmente en personas mayores que aún viven en la comunidad, conservan parte de su autonomía o presentan cambios sutiles que podrían pasar desapercibidos en una valoración centrada solo en la enfermedad.

En este contexto, Enfermería desempeña un papel especialmente relevante. La proximidad al paciente, la observación longitudinal, la capacidad para integrar datos clínicos y funcionales y el enfoque sobre el autocuidado sitúan a la profesión en una posición idónea para identificar fragilidad, estimar su impacto sobre la vida cotidiana y planificar cuidados ajustados a necesidades reales. La valoración enfermera no se limita a registrar déficits; también permite reconocer capacidades conservadas, apoyos significativos, preferencias, prioridades de la persona y posibilidades de intervención.

La fragilidad exige además superar una visión fragmentada del cuidado. No basta con controlar parámetros biomédicos si no se explora cómo camina la persona, si come adecuadamente, si puede vestirse sola, si recuerda su tratamiento, si teme caerse o si su entorno facilita o limita el mantenimiento de la autonomía. La atención centrada en la persona mayor frágil requiere una aproximación integral en la que funcionalidad, seguridad, estado emocional, carga de síntomas y red de apoyo formen parte del mismo proceso de valoración.

Esta revisión aborda la fragilidad como un problema de salud de especial interés para la Enfermería geriátrica y comunitaria, pero también para ámbitos hospitalarios, sociosanitarios y de atención domiciliaria. El interés no reside solo en describir el fenómeno, sino en ordenar sus implicaciones prácticas para el cuidado diario.

Objetivos

El objetivo general de este trabajo es revisar la fragilidad en la persona mayor desde una perspectiva enfermera, con especial atención a la valoración integral y a los cuidados orientados al mantenimiento de la capacidad funcional.

Como objetivos específicos se plantean los siguientes:

  • Delimitar el significado clínico y asistencial de la fragilidad en relación con el envejecimiento y la comorbilidad.
  • Describir los componentes de la valoración enfermera que permiten detectar vulnerabilidad funcional y riesgo de eventos adversos.
  • Analizar las principales áreas de intervención enfermera en personas mayores con fragilidad o en riesgo de desarrollarla.
  • Examinar la importancia de la educación sanitaria, la participación de la familia y la continuidad de cuidados en la evolución de estos pacientes.
  • Reflexionar sobre las implicaciones de una atención centrada en la persona en contextos de complejidad clínica y funcional.

Metodología

Se ha elaborado una revisión teórica de tipo narrativo centrada en el abordaje enfermero de la fragilidad en la persona mayor. El desarrollo del contenido se ha organizado a partir de ejes clínicos y funcionales habitualmente vinculados a la valoración geriátrica integral y al proceso de cuidados: movilidad, funcionalidad, nutrición, cognición, estado emocional, seguridad, apoyo social, educación para la salud y continuidad asistencial.

La metodología responde a una finalidad de síntesis y actualización conceptual, no a una revisión sistemática ni a un metaanálisis. Por ello, el texto prioriza la integración razonada de dimensiones clínicas relevantes para la práctica profesional, evitando presentar algoritmos cerrados o recomendaciones universales. El enfoque adoptado pretende facilitar una lectura útil para profesionales de Enfermería en distintos entornos, con especial interés en la detección precoz de cambios funcionales y en la planificación de cuidados individualizados.

Para estructurar la exposición se ha partido de varias premisas. En primer lugar, la fragilidad debe analizarse como un fenómeno multidimensional, no solo físico. En segundo lugar, el riesgo clínico en la persona mayor no puede evaluarse adecuadamente si se separa de la situación funcional previa, del entorno y de la capacidad de autocuidado. En tercer lugar, las intervenciones enfermeras más útiles suelen ser aquellas que combinan seguimiento, educación, adaptación progresiva y coordinación con otros profesionales y con la red de apoyo.

Desde esta perspectiva, la revisión no persigue establecer un único modelo explicativo, sino recoger elementos comúnmente aceptados en la práctica clínica y en el razonamiento enfermero para orientar una atención prudente, proporcional y centrada en objetivos funcionales.

Resultados

Comprensión clínica de la fragilidad

La fragilidad puede entenderse como un estado de vulnerabilidad aumentado derivado de la disminución de reservas y de la menor capacidad de respuesta ante estresores internos o externos. Esta situación se manifiesta con frecuencia mediante pérdida de resistencia, enlentecimiento, fatiga, reducción de la actividad, inestabilidad funcional y mayor riesgo de descompensación. Aunque guarda relación con la edad avanzada, no debe equipararse al envejecimiento normal ni a la discapacidad establecida.

Su interés clínico radica en que actúa como punto de inflexión entre independencia relativa y deterioro progresivo. En fases iniciales puede presentarse con signos poco llamativos: dificultad para levantarse de una silla, reducción del paseo habitual, menor participación social, pérdida de apetito, errores en la toma del tratamiento o necesidad creciente de ayuda para tareas antes asumibles. La observación de estos cambios forma parte del trabajo enfermero y puede anticipar situaciones de dependencia más complejas.

También conviene diferenciar fragilidad, comorbilidad y discapacidad. La comorbilidad hace referencia a la coexistencia de enfermedades; la discapacidad expresa limitación funcional; la fragilidad, por su parte, señala una susceptibilidad incrementada a sufrir deterioro. En la práctica estas dimensiones suelen superponerse, pero distinguirlas ayuda a orientar mejor la valoración y a no reducir la intervención al listado de diagnósticos médicos.

Valoración enfermera integral

La valoración de la persona mayor con sospecha de fragilidad debe ser global, gradual y contextualizada. No se trata solo de confirmar si existen déficits, sino de conocer la situación basal, la trayectoria reciente y los factores que pueden precipitar deterioro. La entrevista clínica, la observación directa y la información aportada por familia o cuidadores son fuentes complementarias que deben integrarse con criterio.

La funcionalidad constituye uno de los ejes centrales. Resulta recomendable explorar la capacidad para las actividades básicas e instrumentales de la vida diaria, el nivel de autonomía real en el domicilio y la existencia de cambios recientes. Pequeñas pérdidas funcionales, especialmente si son de instauración progresiva, pueden ser más relevantes que un gran déficit crónico ya compensado por la rutina familiar.

La movilidad merece una atención específica. Debe valorarse la marcha, el equilibrio, la necesidad de apoyos técnicos, la tolerancia al esfuerzo y el miedo a caer. No todas las limitaciones se expresan como caídas previas; en muchos casos la persona restringe voluntariamente su actividad por inseguridad, dolor o cansancio, lo que favorece desacondicionamiento e inmovilidad incipiente.

El estado nutricional y la hidratación son dimensiones estrechamente ligadas a la fragilidad. La pérdida involuntaria de peso, la disminución del apetito, la dificultad para masticar o deglutir, la soledad durante las comidas, las barreras económicas y la dependencia para comprar o cocinar pueden contribuir al deterioro funcional. La intervención enfermera debe contemplar tanto el acto de comer como sus condicionantes físicos, emocionales y sociales.

La esfera cognitiva y emocional requiere igualmente valoración. Alteraciones de memoria, desorientación fluctuante, apatía, tristeza, ansiedad o duelo no resuelto pueden empeorar la adherencia terapéutica, reducir la actividad cotidiana y aumentar la dependencia. En la persona mayor frágil, el deterioro funcional rara vez es exclusivamente físico. Por ello, la observación del comportamiento, la capacidad de comprensión y la motivación para el autocuidado ofrecen información de gran valor.

El sueño, el dolor, la continencia y la carga farmacológica deben incluirse en la valoración habitual. El dolor persistente condiciona inmovilidad y aislamiento; la nocturia o el insomnio incrementan el cansancio diurno; la incontinencia altera la autoestima y favorece la restricción de salidas; la complejidad terapéutica dificulta la adherencia y puede asociarse a eventos adversos. Estos elementos, aunque a veces considerados secundarios, impactan de forma directa en la trayectoria de fragilidad.

Finalmente, el entorno y la red de apoyo son determinantes. La presencia de barreras arquitectónicas, escaso soporte familiar, sobrecarga del cuidador principal o dificultad de acceso a recursos pueden acelerar la pérdida de autonomía. La valoración enfermera cobra especial sentido cuando conecta la situación clínica con el contexto real de vida.

Problemas de cuidados frecuentes

En las personas mayores con fragilidad son habituales problemas de cuidados relacionados con intolerancia a la actividad, deterioro de la movilidad, riesgo de caídas, déficit en el autocuidado, desequilibrio nutricional, riesgo de deterioro cutáneo, alteraciones del patrón del sueño, manejo ineficaz del régimen terapéutico y sobrecarga familiar. No todos aparecen de forma simultánea ni con la misma intensidad, por lo que la priorización debe individualizarse.

La identificación de problemas no debe orientarse exclusivamente al déficit presente. Resulta especialmente útil reconocer riesgos y señales de transición. Por ejemplo, una persona que aún conserva autonomía para el aseo puede requerir más tiempo, apoyarse en el mobiliario o evitar ducharse con frecuencia por temor a resbalar. Estas manifestaciones anticipan necesidades de cuidado y justifican intervenciones preventivas antes de que se instaure una dependencia consolidada.

Intervenciones enfermeras prioritarias

La detección precoz es una de las intervenciones con mayor impacto potencial. En atención primaria, hospitalización, urgencias, residencias o domicilio, Enfermería puede identificar signos de fragilidad durante contactos asistenciales habituales. Registrar cambios en la marcha, en el apetito, en la fuerza o en la capacidad para desenvolverse en casa permite activar una valoración más completa y adaptar el plan de cuidados.

La promoción de la actividad física adaptada ocupa un lugar central. En términos generales, la movilización regular, el entrenamiento de fuerza ajustado a la situación clínica, los ejercicios de equilibrio y la prevención del sedentarismo pueden contribuir al mantenimiento funcional. No obstante, las recomendaciones deben individualizarse según capacidad basal, dolor, riesgo de caídas, comorbilidad y contexto de supervisión. La función enfermera incluye valorar barreras, reforzar la adherencia, vigilar la tolerancia y traducir objetivos amplios en acciones concretas y asumibles para la persona.

El apoyo nutricional forma parte del plan de cuidados en muchos pacientes frágiles. Resulta útil explorar preferencias, horarios, textura adecuada, dentición, convivencia, capacidad para preparar alimentos y posibles dificultades económicas o logísticas. Las medidas enfermeras pueden incluir educación sobre ingestas suficientes y repartidas, fomento de hidratación, supervisión de signos de desnutrición y coordinación con otros profesionales cuando se detecten problemas que requieran abordaje específico.

La prevención de caídas debe abordarse desde una visión amplia. Además del entorno físico, conviene revisar calzado, iluminación, ayudas técnicas, urgencia miccional, hipotensión ortostática, fatiga, alteraciones visuales y efectos adversos de tratamientos. La educación al paciente y a la familia resulta más eficaz cuando parte de situaciones concretas de la vida diaria y no de mensajes genéricos poco transferibles al domicilio.

La revisión del autocuidado y del manejo terapéutico es igualmente prioritaria. La persona mayor frágil puede mantener cierta independencia, pero con una reserva limitada que se descompensa ante instrucciones complejas o cambios frecuentes de medicación. En este ámbito, Enfermería puede simplificar información, verificar comprensión, detectar errores de administración, proponer estrategias compensatorias y reforzar el papel del cuidador cuando sea necesario.

La vigilancia de la piel, la continencia, el descanso nocturno y el dolor completa un abordaje integral. Son áreas que influyen de forma acumulativa en la funcionalidad, en el estado de ánimo y en la carga del cuidado. Del mismo modo, el acompañamiento emocional y la escucha terapéutica pueden facilitar la adaptación a pérdidas, la aceptación de ayudas técnicas o la negociación de objetivos realistas.

Educación sanitaria y participación de la familia

La educación del paciente en situaciones de fragilidad no debe limitarse a la transmisión de recomendaciones. Requiere conocer el grado de comprensión, las creencias sobre el envejecimiento, las prioridades cotidianas y la capacidad real para incorporar cambios. Con frecuencia, la persona mayor asume determinadas pérdidas como inevitables y no consulta hasta que el deterioro ya es notable. La intervención educativa enfermera puede ayudar a reinterpretar señales tempranas y a promover conductas protectoras sin generar dependencia innecesaria.

La familia y los cuidadores constituyen un recurso de apoyo, pero también pueden presentar incertidumbre, sobrecarga o expectativas poco ajustadas. Incluirles en el plan de cuidados favorece la detección de cambios, mejora la continuidad de las recomendaciones y permite distribuir tareas de una forma más realista. Conviene, sin embargo, evitar que la participación familiar sustituya por completo las capacidades conservadas de la persona mayor. Mantener la autonomía posible sigue siendo un objetivo terapéutico relevante.

Continuidad asistencial y coordinación

La fragilidad se expresa con especial intensidad en las transiciones asistenciales. Un alta hospitalaria, una reagudización de enfermedad crónica o un ingreso temporal pueden desencadenar pérdida funcional si no existe seguimiento. Por ello, la continuidad de cuidados es una dimensión esencial del trabajo enfermero. La comunicación entre niveles asistenciales, la reconciliación de información relevante y la identificación temprana de necesidades tras la transición pueden reducir complicaciones evitables.

En las personas mayores frágiles, la coordinación con medicina, fisioterapia, trabajo social, terapia ocupacional, farmacia y recursos comunitarios puede resultar necesaria según el caso. No se trata de multiplicar derivaciones, sino de construir respuestas proporcionadas a problemas concretos. Enfermería, por su visión global y su contacto mantenido con paciente y familia, suele actuar como elemento vertebrador de esta coordinación.

Discusión/Conclusiones

La fragilidad interpela directamente a la práctica enfermera porque obliga a mirar más allá del diagnóstico biomédico y a valorar la capacidad de la persona para sostener su vida cotidiana en condiciones cambiantes. En la atención a personas mayores, una respuesta clínica adecuada no depende solo de tratar procesos agudos o de controlar enfermedades crónicas, sino de anticipar el deterioro funcional y de proteger la autonomía posible.

Uno de los principales retos es que la fragilidad puede pasar desapercibida cuando la valoración se orienta exclusivamente a problemas ya consolidados. La pérdida de velocidad al caminar, el cansancio creciente, la disminución de la ingesta o el abandono de actividades habituales no siempre se registran como datos clínicos prioritarios, pese a que pueden anunciar un empeoramiento significativo. El enfoque enfermero resulta especialmente útil para reconocer estas señales tempranas y convertirlas en objetivos de cuidado.

Otro aspecto relevante es evitar interpretaciones simplificadoras. No toda persona mayor con múltiples enfermedades es necesariamente frágil, y no toda fragilidad conduce del mismo modo a dependencia severa. La heterogeneidad clínica exige intervenciones adaptadas, prudentes y evaluables. El mantenimiento funcional debe considerarse un resultado asistencial de primer orden, tanto en el domicilio como en instituciones y hospitales.

Los cuidados enfermeros más útiles suelen ser aquellos que combinan observación continuada, educación significativa, movilización adaptada, prevención de riesgos y apoyo a la toma de decisiones cotidianas. Este planteamiento requiere tiempo clínico, capacidad de priorización y coordinación con la red asistencial y social. También exige reconocer que los objetivos del cuidado pueden variar: en algunas personas se perseguirá mejorar rendimiento funcional; en otras, evitar una pérdida acelerada; en otras, garantizar confort y seguridad manteniendo la máxima autonomía compatible con su situación.

La atención centrada en la persona aporta un marco especialmente pertinente en fragilidad. Escuchar qué considera importante la persona mayor, qué actividades desea preservar, qué ayudas acepta y qué riesgos está dispuesta a asumir permite formular planes de cuidados más realistas. Cuando el abordaje se desvincula de estas preferencias, aumenta la probabilidad de intervenciones poco sostenibles o escasamente significativas.

En síntesis, la fragilidad debe entenderse como una condición clínica compleja pero abordable desde la práctica enfermera. La valoración geriátrica integral, la detección precoz de cambios, la atención a la funcionalidad y la continuidad de cuidados constituyen pilares para una intervención útil. En un escenario de envejecimiento poblacional y creciente complejidad asistencial, reforzar la competencia enfermera en este ámbito puede contribuir a una atención más segura, más personalizada y más orientada a preservar la capacidad de vivir con la mayor autonomía posible.

Conflicto de intereses

Los autores declaran no presentar conflictos de intereses relacionados con la elaboración y publicación de este artículo.

Financiación

Este trabajo no ha recibido financiación externa ni apoyo económico específico para su realización.

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