Urgent care guide for heat stroke in people with chronic disease
Incluido en la revista CADICE. Vol. I . N.º 9 – Septiembre 2026
Pág. Inicial: Vol. I; N.º 9:455
Autor principal (primer firmante): Marta Vidal Herrera
Fecha recepción: 31/08/26
Fecha aceptación: 23/09/26
Fecha de publicación: 29/09/26
Ref.: CADICE. 2026;1(9):455
Autores:
Marta Vidal Herrera
Raúl Gómez Salcedo
Irene Campos Núñez
David León Morales
Paula Ríos Fuentes
Categoría: Enfermería
Palabras clave: Servicio de urgencias; Enfermedad crónica; Triaje; Protocolos clínicos; Hipertermia; Atención inicial; Intervenciones de Enfermería; Enfermería de urgencias; Golpe de calor; Hidratación
Keywords: Emergency Service, Hospital; Chronic Disease; Triage; Clinical Protocols; Hyperthermia; Initial Care; Nursing Interventions; Emergency Nursing; Heat Stroke; Hydration
Resumen
Introducción: El golpe de calor constituye una urgencia tiempo-dependiente caracterizada por hipertermia y afectación sistémica, con potencial compromiso neurológico, hemodinámico, respiratorio y renal. En personas con enfermedad crónica, la respuesta fisiológica frente al estrés térmico puede encontrarse limitada por la edad, la comorbilidad, la fragilidad, el tratamiento farmacológico y la menor reserva funcional, lo que obliga a una valoración enfermera precoz y a una intervención organizada desde el área de triaje y atención inicial.
Objetivos: Describir una guía práctica de cuidados enfermeros ante la sospecha de golpe de calor en pacientes con enfermedad crónica atendidos en dispositivos de urgencias, orientada a la identificación temprana, la priorización asistencial, las medidas de enfriamiento, el soporte inicial, la monitorización clínica y la continuidad de cuidados.
Metodología: Se presenta una guía de intervención de carácter descriptivo y aplicado, construida a partir del proceso de atención enfermera y de criterios clínicos generales de seguridad en el manejo de la hipertermia grave. El contenido se organiza en torno a la valoración inicial, la actuación por prioridades, la vigilancia de complicaciones y la adaptación del abordaje al contexto asistencial y a la situación basal de la persona.
Resultados: La actuación enfermera se articula en varios momentos: reconocimiento del cuadro en triaje, identificación de factores de vulnerabilidad relacionados con enfermedad crónica, inicio de medidas de enfriamiento y soporte, valoración neurológica y respiratoria, control de la hidratación y de la perfusión, prevención de eventos adversos y reevaluación continua. La atención debe individualizarse especialmente en pacientes con insuficiencia cardiaca, enfermedad renal, patología respiratoria, diabetes, deterioro cognitivo o limitación funcional, ya que pueden presentar manifestaciones menos floridas, riesgo de descompensación y necesidad de ajuste en las medidas de reposición hídrica.
Discusión/Conclusiones: El abordaje enfermero ante el golpe de calor en personas con enfermedad crónica debe combinar rapidez, juicio clínico y adaptación a los protocolos locales. La detección temprana, el inicio de medidas de enfriamiento, la vigilancia estrecha del estado neurológico y hemodinámico, y la consideración de la situación basal del paciente pueden contribuir a mejorar la seguridad asistencial. No se trata de un protocolo cerrado, sino de una orientación profesional que requiere individualización según recursos, gravedad clínica y respuesta evolutiva.
Abstract
Introduction: Heat stroke is a time-sensitive emergency marked by severe hyperthermia and systemic dysfunction, with possible neurological, hemodynamic, respiratory and renal involvement. In people living with chronic disease, physiological adaptation to heat stress may be reduced by comorbidity, frailty, long-term treatment and limited functional reserve. This makes early nursing assessment and prompt action from triage and initial emergency care especially relevant.
Objectives: To describe a practical nursing care guide for suspected heat stroke in patients with chronic disease attended in emergency settings, focusing on early recognition, prioritization, cooling measures, initial support, clinical monitoring and continuity of care.
Methodology: A descriptive and practice-oriented intervention guide is presented, structured according to the nursing process and general safety principles for severe hyperthermia management. The content is organized around initial assessment, priority-based actions, surveillance for complications and adaptation to both the care setting and the patient’s baseline condition.
Results: Nursing management includes several stages: recognition at triage, identification of vulnerability factors related to chronic disease, early cooling and supportive measures, neurological and respiratory assessment, monitoring of hydration and perfusion, prevention of adverse events and continuous reassessment. Care should be individualized in patients with heart failure, kidney disease, respiratory disorders, diabetes, cognitive impairment or functional dependence, as they may show less obvious manifestations, higher risk of decompensation and a need for careful fluid management.
Discussion/Conclusions: Nursing care for heat stroke in people with chronic disease should combine prompt action, clinical judgement and adaptation to local protocols. Early detection, rapid cooling, close monitoring of neurological and hemodynamic status, and attention to baseline vulnerability may improve patient safety. This guide is intended as a professional framework rather than a universal protocol and should be individualized according to severity, available resources and clinical evolution.
Introducción
El golpe de calor representa una forma grave de hipertermia asociada a fracaso de los mecanismos de termorregulación y a daño orgánico potencialmente progresivo. En urgencias, la sospecha clínica suele surgir ante un paciente expuesto a altas temperaturas ambientales o a esfuerzo físico en condiciones de calor, con elevación térmica, alteración del estado mental, deterioro del nivel de conciencia, debilidad intensa, compromiso circulatorio o signos de deshidratación. No obstante, la presentación puede ser más compleja en personas con enfermedad crónica, donde la situación basal, la polimedicación y la comorbilidad modifican tanto la expresión clínica como la respuesta a las medidas terapéuticas iniciales.
La población con patología crónica reúne con frecuencia factores que incrementan la vulnerabilidad frente al calor: edad avanzada, insuficiencia cardiaca, enfermedad renal crónica, enfermedad respiratoria, diabetes mellitus, obesidad, limitación de la movilidad, trastornos neurológicos, dependencia para las actividades básicas, deterioro cognitivo o barreras para mantener una hidratación adecuada. A ello se añaden tratamientos que pueden alterar el equilibrio hidroelectrolítico, la percepción de sed, la sudoración, la respuesta vascular o la eliminación de calor. Desde la perspectiva enfermera, esta combinación exige una lectura clínica amplia y no centrada únicamente en la temperatura corporal.
La atención inicial en urgencias se desarrolla en un entorno de alta presión asistencial, donde la rapidez no debe comprometer la precisión. El triaje enfermero tiene un papel determinante para identificar la prioridad asistencial, detectar signos de gravedad y activar precozmente las medidas de soporte y enfriamiento. En muchos casos, la evolución clínica depende de minutos y de la capacidad del equipo para reducir la carga térmica, sostener la perfusión, anticipar complicaciones y comunicar de forma eficaz la situación del paciente.
En la persona con enfermedad crónica, además, no basta con reconocer el episodio agudo. Es necesario integrar la situación funcional previa, el grado de autonomía, la presencia de descompensaciones concomitantes y el riesgo de iatrogenia derivado de intervenciones no individualizadas. Una reposición hídrica insuficiente puede perpetuar la hipoperfusión, pero un aporte excesivo o mal tolerado puede agravar la sobrecarga en determinados perfiles clínicos. Del mismo modo, el descenso de la temperatura debe ser rápido, pero seguro, con vigilancia estrecha de la tolerancia y del estado neurológico.
Por todo ello, disponer de una guía orientativa de cuidados enfermeros resulta útil para homogeneizar la respuesta inicial, mejorar la seguridad clínica y favorecer la continuidad asistencial. El interés de este abordaje no radica solo en la resolución del evento agudo, sino también en la prevención de complicaciones inmediatas, en la detección de necesidades de apoyo posteriores y en la educación sanitaria que puede plantearse una vez superada la fase crítica.
Objetivos
El objetivo general es ofrecer una guía de intervención enfermera para la atención urgente de personas con enfermedad crónica y sospecha de golpe de calor, aplicable al área de triaje, boxes de urgencias u otros dispositivos asistenciales de atención inmediata.
Como objetivos específicos se plantean:
- Facilitar la identificación temprana de signos y manifestaciones compatibles con hipertermia grave.
- Orientar la priorización enfermera en el triaje de pacientes con comorbilidad o fragilidad.
- Describir una secuencia de valoración inicial centrada en la seguridad del paciente.
- Organizar las intervenciones de enfriamiento, soporte e hidratación de forma prudente e individualizada.
- Integrar la vigilancia de complicaciones neurológicas, respiratorias, hemodinámicas y renales.
- Incorporar consideraciones específicas para personas con insuficiencia cardiaca, enfermedad renal, diabetes, patología respiratoria, deterioro cognitivo o dependencia funcional.
- Favorecer la continuidad de cuidados, la comunicación intraprofesional y la preparación del alta o del ingreso según evolución.
Metodología
Se desarrolla una guía de intervención clínica orientada a la práctica enfermera en urgencias. El planteamiento se apoya en el proceso de atención enfermera y en criterios generales de valoración de la persona adulta con hipertermia grave, priorizando la detección de inestabilidad, la reducción de la temperatura corporal, el soporte de funciones vitales y la prevención de eventos adversos. No se formula como protocolo universal ni sustituye a los procedimientos vigentes de cada centro, sino que propone una secuencia razonada de actuación adaptable al contexto asistencial.
El ámbito de aplicación incluye la recepción del paciente en servicios de urgencias hospitalarios, áreas de observación, dispositivos de atención continuada y situaciones extrahospitalarias con necesidad de estabilización inicial. La población diana son personas con enfermedad crónica conocida o probable, especialmente si presentan comorbilidad múltiple, fragilidad, dependencia, dificultades de comunicación o limitación para la autocuración ante el calor.
La estructura de la guía se organiza en cinco ejes: reconocimiento en triaje, valoración sistemática inicial, inicio de medidas terapéuticas de competencia enfermera o indicadas por el equipo, monitorización y reevaluación, y planificación de continuidad asistencial. En cada eje se incorporan consideraciones de seguridad para evitar retrasos, minimizar errores de valoración y adaptar las intervenciones a la respuesta clínica y a la situación basal del paciente.
Desde el punto de vista de los cuidados, la valoración se centra en necesidades prioritarias: oxigenación, perfusión, hidratación, termorregulación, nivel de conciencia, integridad cutánea, eliminación y capacidad funcional. También se consideran factores ambientales, apoyo familiar o social, tratamientos habituales y dificultades potenciales para la adherencia a las medidas preventivas posteriores. Esta perspectiva resulta especialmente útil cuando el episodio de golpe de calor se enmarca en un proceso de cronicidad compleja y no en un evento aislado.
Resultados
Reconocimiento y priorización en triaje
La primera responsabilidad enfermera consiste en identificar al paciente potencialmente grave. La presencia de exposición al calor, alteración del comportamiento, obnubilación, síncope, confusión, debilidad marcada, piel caliente, signos de deshidratación o deterioro del estado general debe motivar una valoración urgente. En la persona con enfermedad crónica, algunos indicadores pueden pasar desapercibidos si se atribuyen a la patología basal; por ello conviene explorar cambios respecto a la situación habitual, tolerancia al esfuerzo, ingesta reciente, diuresis, presencia de vómitos, aislamiento social, dependencia para beber o enfriarse y modificaciones recientes del tratamiento.
En triaje debe priorizarse la atención cuando existan alteración del nivel de conciencia, compromiso respiratorio, hipotensión, empeoramiento neurológico, signos de hipoperfusión, incapacidad para mantener la vía oral o sospecha de deterioro multiorgánico. La información recogida en esta fase ha de ser breve, estructurada y orientada a la toma de decisiones. Es recomendable registrar antecedentes crónicos relevantes y circunstancias de exposición, sin retrasar el inicio de medidas básicas de enfriamiento y soporte cuando la clínica sea sugestiva.
Valoración inicial sistemática
Una vez asegurada la recepción del paciente en un entorno asistencial adecuado, la valoración debe seguir una secuencia ordenada. En primer lugar, se comprueba la permeabilidad de la vía aérea y la calidad de la respiración, observando frecuencia respiratoria, trabajo ventilatorio, patrón respiratorio y necesidad de oxigenoterapia según la situación clínica y la prescripción correspondiente. Posteriormente se evalúa la circulación, incluyendo coloración, perfusión periférica, relleno capilar, pulso, tensión arterial y signos de compromiso hemodinámico.
La evaluación neurológica tiene especial relevancia. Deben observarse el grado de alerta, la orientación, la capacidad de respuesta a órdenes sencillas, la agitación, la somnolencia, la presencia de conductas inusuales o de convulsiones. Cualquier empeoramiento neurológico requiere comunicación inmediata al equipo médico y reevaluación frecuente. La temperatura corporal debe controlarse con el método disponible que ofrezca mayor fiabilidad en el dispositivo asistencial, evitando que la necesidad de medición retrase las medidas terapéuticas iniciales.
Asimismo, es importante revisar mucosas, turgencia cutánea, sudoración, diuresis reciente, vómitos, diarrea o ingesta insuficiente. En pacientes con enfermedad renal, cardiaca o en tratamiento con diuréticos, la exploración del balance hídrico debe interpretarse con prudencia. La valoración se completa con datos sobre movilidad, apoyo social, autonomía para el autocuidado, barreras cognitivas y capacidad del acompañante para aportar información fiable.
Medidas inmediatas de enfriamiento
El objetivo inicial es reducir la carga térmica de manera temprana. Entre las intervenciones enfermeras habituales se incluyen el traslado a un ambiente fresco, la retirada de ropa innecesaria, la exposición corporal respetando la intimidad, la aplicación de medidas físicas de enfriamiento disponibles y la facilitación de circulación de aire. El tipo de estrategia concreta dependerá del entorno, los recursos, la tolerancia del paciente y las indicaciones del equipo responsable.
La enfermera debe vigilar la respuesta clínica durante el enfriamiento: evolución del estado mental, aparición de escalofríos intensos, cambios hemodinámicos, intolerancia al procedimiento o signos de deterioro. No todas las personas con enfermedad crónica toleran de igual modo las mismas medidas. En pacientes frágiles, con vasculopatía periférica, alteraciones de sensibilidad, deterioro cognitivo o riesgo de lesiones cutáneas, resulta necesario extremar la observación de la piel y ajustar la intensidad de la intervención.
El enfriamiento no debe entenderse como una maniobra aislada, sino integrado en un proceso de soporte continuado. Mientras se lleva a cabo, el paciente requiere supervisión estrecha, acceso venoso cuando esté indicado, control de constantes, prevención de caídas y una comunicación clara con el resto del equipo para coordinar exploraciones y tratamientos sin interrumpir innecesariamente las medidas ya iniciadas.
Hidratación, perfusión y equilibrio clínico
La hidratación ocupa un lugar central, pero su abordaje debe individualizarse. Si el paciente está consciente, protege la vía aérea y presenta buena tolerancia, puede valorarse la administración de líquidos por vía oral según el contexto clínico. Cuando exista alteración del nivel de conciencia, vómitos persistentes, imposibilidad de ingerir, signos de hipoperfusión o mayor gravedad, suele requerirse acceso venoso y soporte según indicación facultativa y protocolos locales.
En personas con insuficiencia cardiaca, enfermedad renal crónica o tendencia a la sobrecarga, la enfermera debe extremar la vigilancia de la tolerancia a la reposición de fluidos. La observación del patrón respiratorio, la auscultación si procede dentro del marco competencial y de la práctica del servicio, la aparición de disnea, el empeoramiento de la oxigenación, el aumento del trabajo respiratorio o los cambios en la perfusión son datos útiles para detectar una evolución desfavorable. El objetivo no es solo rehidratar, sino sostener la perfusión sin provocar descompensación añadida.
También conviene prestar atención a pacientes con diabetes, ya que la deshidratación, la ingesta deficiente y el estrés agudo pueden asociarse a alteraciones metabólicas. En estas situaciones, la monitorización clínica y la comunicación con el equipo resultan prioritarias para integrar el episodio térmico dentro del estado global del paciente y no tratarlo como una entidad aislada.
Monitorización continua y prevención de complicaciones
La reevaluación periódica permite detectar mejorías y, sobre todo, identificar cambios precoces. Deben monitorizarse temperatura, estado neurológico, frecuencia cardiaca, tensión arterial, patrón respiratorio, diuresis cuando sea posible y evolución de la tolerancia a las intervenciones. En función del nivel de gravedad y del dispositivo, puede ser preciso un control más estrecho o traslado a un área de mayor vigilancia.
Las complicaciones potenciales incluyen alteración neurológica persistente, hipotensión, arritmias, deterioro respiratorio, fracaso renal agudo, trastornos hidroelectrolíticos, lesiones cutáneas, broncoaspiración en pacientes con disminución del nivel de conciencia y caídas secundarias a debilidad o confusión. La enfermera desempeña un papel clave en la detección precoz de estas situaciones, en la activación de ayuda y en la continuidad del plan terapéutico.
En pacientes con deterioro cognitivo o desorientación, es útil reducir estímulos innecesarios, ofrecer reorientación breve y frecuente, garantizar acompañamiento cuando sea posible y mantener medidas de seguridad física no restrictivas. La contención del riesgo no debe centrarse únicamente en el control de constantes, sino también en la prevención del daño asociado a la agitación, a la manipulación de dispositivos o a la deambulación insegura.
Consideraciones específicas en enfermedad crónica
La insuficiencia cardiaca obliga a valorar con detalle signos de congestión y tolerancia a la reposición hídrica. La enfermedad renal crónica puede limitar la capacidad de ajuste frente a la sobrecarga o al déficit de volumen y requiere una lectura prudente del balance. En la enfermedad respiratoria crónica, la reserva ventilatoria reducida puede favorecer una rápida fatiga o mala tolerancia al empeoramiento hemodinámico. La diabetes, especialmente cuando se asocia a neuropatía, deterioro visual o dificultades de autocuidado, incrementa el riesgo de consulta tardía y de descompensación metabólica concomitante.
En pacientes con trastornos neurológicos, secuelas de ictus, demencia o enfermedad de Parkinson, la exposición al calor puede pasar inadvertida durante más tiempo por dependencia funcional, alteración de la movilidad o problemas de comunicación. En estos casos, la presencia del cuidador o familiar resulta valiosa para reconstruir la línea basal, reconocer cambios conductuales y planificar las recomendaciones posteriores al episodio agudo.
La polimedicación merece atención específica. Sin entrar en listados cerrados, algunos tratamientos pueden modificar el equilibrio hídrico, la respuesta cardiovascular, el estado de alerta o la termorregulación. Por ello, la conciliación terapéutica inicial y la comunicación de los tratamientos habituales forman parte de la seguridad del proceso asistencial.
Registro, comunicación y continuidad de cuidados
El registro enfermero debe reflejar la hora de inicio de la atención, manifestaciones observadas, temperatura y otras constantes disponibles, medidas aplicadas, respuesta clínica, antecedentes relevantes, nivel funcional basal y cualquier incidencia durante la evolución. Un registro claro favorece la trazabilidad del episodio y facilita la toma de decisiones en contextos de relevo profesional o traslado intrahospitalario.
La comunicación con el equipo debe ser breve, priorizada y centrada en cambios clínicos significativos: empeoramiento neurológico, persistencia de hipertermia, hipotensión, mala respuesta al enfriamiento, dificultad respiratoria, intolerancia a la reposición de líquidos o sospecha de complicaciones. Del mismo modo, la preparación del alta, cuando sea posible, requiere valorar si el paciente dispone de apoyo suficiente, comprensión de las medidas preventivas, acceso a hidratación, ambiente térmico adecuado y capacidad para consultar de nuevo ante signos de alarma.
En pacientes dados de alta tras estabilización, la educación sanitaria debe adaptarse al nivel cognitivo y a la situación social. Conviene reforzar medidas de protección frente al calor, reconocimiento de síntomas de alerta, importancia de la hidratación según indicación profesional, control del ambiente doméstico y necesidad de apoyo familiar o comunitario en personas dependientes. Si persiste vulnerabilidad significativa o existen dudas razonables sobre la seguridad en domicilio, debe comunicarse al equipo para valorar alternativas asistenciales.
Discusión/Conclusiones
La atención urgente al golpe de calor en personas con enfermedad crónica exige una mirada enfermera que vaya más allá del control de la temperatura. La hipertermia grave se expresa sobre un terreno clínico heterogéneo, condicionado por la reserva funcional, la comorbilidad, el grado de dependencia y el tratamiento habitual. En este contexto, las decisiones aparentemente simples, como iniciar una reposición hídrica o elegir una medida de enfriamiento, adquieren matices clínicos relevantes y requieren observación continua.
Uno de los principales retos asistenciales es que la gravedad puede infravalorarse cuando el paciente presenta síntomas poco específicos o cuando el deterioro se confunde con la enfermedad basal. Este riesgo es particularmente alto en personas mayores, con demencia, enfermedad neurológica, insuficiencia cardiaca o limitaciones de comunicación. De ahí que el triaje enfermero y la reevaluación seriada constituyan herramientas esenciales para detectar cambios sutiles y evitar retrasos en la atención.
Otro aspecto central es la necesidad de adaptar las intervenciones a perfiles clínicos muy diferentes. La misma sospecha diagnóstica no se traduce en idénticas necesidades de cuidados. El paciente independiente, orientado y con buena tolerancia oral puede requerir un abordaje distinto al de la persona frágil, polimedicada y con reserva cardiopulmonar limitada. Esta variabilidad refuerza la idea de que las guías de actuación deben entenderse como marcos de apoyo a la decisión y no como secuencias rígidas.
La seguridad del paciente depende, además, de elementos organizativos: disponibilidad de un espacio fresco, material para enfriamiento, monitorización adecuada, coordinación entre triaje y boxes, y registros clínicos claros. Aunque estos factores pueden parecer operativos, tienen impacto directo sobre la calidad de los cuidados. La preparación de los equipos para los periodos de altas temperaturas y la sensibilidad hacia la vulnerabilidad del paciente crónico pueden mejorar la respuesta asistencial de forma apreciable.
Desde una perspectiva de continuidad, el episodio agudo también debe considerarse una oportunidad para identificar riesgos prevenibles. La soledad no deseada, la dependencia funcional, las dificultades económicas para climatizar el domicilio o la falta de apoyo para mantener la hidratación son cuestiones que pueden condicionar nuevas consultas y complicaciones posteriores. La Enfermería, por su proximidad al paciente y a la familia, está en una posición privilegiada para detectar estas necesidades y transmitirlas al resto del equipo.
En síntesis, el abordaje enfermero del golpe de calor en personas con enfermedad crónica debe apoyarse en la identificación temprana, la actuación rápida, la monitorización clínica estrecha y la individualización de los cuidados. Su utilidad práctica reside en ordenar la intervención sin convertirla en un esquema cerrado. La aplicación final debe armonizarse con los protocolos del centro, los recursos disponibles y la evolución concreta de cada paciente.
Conflicto de intereses
Los autores declaran la ausencia de conflictos de intereses en la preparación de este manuscrito.
Financiación
El presente manuscrito se ha realizado sin financiación externa específica.
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