Nursing procedure for hip fracture from emergency care to admission
Incluido en la revista CADICE. Vol. I . N.º 8 – Agosto 2026
Pág. Inicial: Vol. I; N.º 8:208
Autor principal (primer firmante): Víctor Ramírez Ponce
Fecha recepción: 06/07/26
Fecha aceptación: 05/08/26
Fecha de publicación: 11/08/26
Ref.: CADICE. 2026;1(8):208
Autores:
Víctor Ramírez Ponce
Alicia Martín Salas
Noelia Prieto Guzmán
Rubén Castro Peña
Categoría: Enfermería
Palabras clave: Caídas accidentales; Movilidad; Dolor; Intervenciones de Enfermería; Enfermería de urgencias; Protocolos clínicos; Fractura de cadera; Triaje; Servicio de urgencias; Atención inicial
Keywords: Accidental Falls; Mobility Limitation; Pain; Nursing Interventions; Emergency Nursing; Clinical Protocols; Hip Fractures; Triage; Emergency Service, Hospital; Initial Care
Resumen
Introducción: La fractura de cadera constituye un motivo frecuente de atención urgente y se asocia a dolor intenso, limitación funcional brusca, riesgo de complicaciones derivadas de la inmovilidad y elevada necesidad de coordinación asistencial. Desde la llegada al servicio de urgencias hasta el ingreso hospitalario, la actuación enfermera influye en la seguridad del paciente, la detección precoz de problemas de cuidados y la continuidad del proceso.
Objetivos: Describir una guía de actuación enfermera orientativa para el abordaje de la persona con sospecha o confirmación de fractura de cadera desde el triaje hasta su ingreso, identificando prioridades de valoración, intervenciones de cuidados, medidas de seguridad y criterios de transferencia clínica.
Metodología: Se desarrolla una revisión aplicada con formato de guía de intervención centrada en el proceso asistencial habitual en urgencias hospitalarias. El contenido se organiza a partir de la valoración enfermera inicial, la atención al dolor, la inmovilización y movilización segura, la prevención de complicaciones inmediatas, la comunicación con el equipo interdisciplinar y la preparación para el ingreso.
Resultados: La atención enfermera se estructura en fases sucesivas: recepción y priorización en triaje, valoración clínica inicial, monitorización y control sintomático, prevención del deterioro asociado a la inmovilidad, cuidados de confort, vigilancia de la perfusión y del estado neurológico distal, apoyo emocional, información a la familia y transmisión ordenada de la información relevante en el traslado a hospitalización o al área correspondiente. La intervención requiere individualizarse según edad, comorbilidad, situación funcional previa y contexto terapéutico.
Discusión/Conclusiones: Un procedimiento enfermero bien secuenciado puede contribuir a reducir demoras evitables en cuidados básicos, mejorar el control del dolor, favorecer la seguridad durante la movilización y reforzar la continuidad asistencial. Su aplicación debe adaptarse a los protocolos del centro, a la disponibilidad de recursos y a la situación clínica de cada paciente.
Abstract
Introduction: Hip fracture is a frequent reason for emergency care and is associated with severe pain, sudden functional impairment, risk of complications related to immobility, and a high need for coordinated care. From arrival at the emergency department to hospital admission, nursing management has a relevant role in patient safety, early identification of care needs, and continuity of care.
Objectives: To describe a nursing intervention guide for the management of patients with suspected or confirmed hip fracture from triage to hospital admission, identifying assessment priorities, nursing interventions, safety measures, and transfer criteria.
Methodology: An applied review was developed as an intervention guide focused on the usual care pathway in hospital emergency settings. The content is organized according to initial nursing assessment, pain management, safe immobilization and mobilization, prevention of early complications, interdisciplinary communication, and preparation for admission.
Results: Nursing care may be structured in sequential phases: reception and prioritization at triage, initial clinical assessment, monitoring and symptom control, prevention of deterioration related to immobility, comfort measures, surveillance of perfusion and distal neurological status, emotional support, family information, and orderly handover of relevant data during transfer to the inpatient unit or the appropriate care area. Interventions should be individualized according to age, comorbidity, previous functional status, and therapeutic context.
Discussion/Conclusions: A well-sequenced nursing approach may help reduce avoidable delays in basic care, improve pain control, enhance safety during mobilization, and strengthen continuity of care. Its implementation should be adapted to local protocols, available resources, and the clinical condition of each patient.
Introducción
La fractura de cadera representa una situación clínica de alta relevancia para Enfermería por la combinación de dolor intenso, pérdida inmediata de movilidad, necesidad de inmovilización cuidadosa y potencial aparición de complicaciones durante las primeras horas de atención. Aunque el acto diagnóstico y la indicación terapéutica corresponden al equipo médico dentro del abordaje interdisciplinar, la respuesta enfermera condiciona de forma directa la estabilidad inicial, el confort, la prevención de lesiones añadidas y la calidad de la transición desde urgencias al área de ingreso.
En la práctica asistencial, la persona que consulta por caída con impotencia funcional de miembro inferior suele llegar con ansiedad, miedo al movimiento, dificultad para cambiar de postura y, con frecuencia, acompañada de familiares que demandan información inmediata. A ello se añaden circunstancias clínicas que pueden modificar la prioridad de cuidados, como fragilidad, deterioro cognitivo, tratamiento anticoagulante o antiagregante, comorbilidad cardiovascular, deshidratación, ayuno prolongado o presencia de lesiones asociadas. Por este motivo, la atención enfermera no puede limitarse a la recepción y canalización de procedimientos, sino que requiere una valoración integral y dinámica.
Desde el punto de vista asistencial, el recorrido desde el triaje hasta el ingreso concentra varios momentos sensibles. Entre ellos destacan la clasificación inicial, el traslado seguro desde la camilla o silla, la evaluación sistemática del dolor, la vigilancia de la extremidad afectada, la prevención de lesiones por presión, el mantenimiento del equilibrio térmico, la gestión de accesos venosos y fluidoterapia si procede, la preparación para pruebas complementarias y la comunicación efectiva entre profesionales. Cada uno de estos pasos influye en la experiencia del paciente y en la seguridad del proceso.
La fractura de cadera también obliga a considerar la continuidad de cuidados más allá del episodio urgente. El estado funcional previo, la red de apoyo, la capacidad para comprender instrucciones, la situación basal de movilidad y la existencia de barreras sociales o cognitivas son elementos que conviene identificar desde fases tempranas. Este enfoque permite anticipar necesidades durante el ingreso y evita que información relevante se pierda en el relevo asistencial.
En este contexto, disponer de una guía orientativa de intervención enfermera resulta útil para ordenar prioridades, homogeneizar actuaciones básicas y favorecer un lenguaje clínico compartido. No se trata de un protocolo universal cerrado, sino de una propuesta de actuación compatible con la práctica hospitalaria habitual y susceptible de adaptación a las características de cada centro y de cada persona atendida.
Objetivos
Describir el procedimiento enfermero orientativo en la atención a la persona con sospecha o diagnóstico de fractura de cadera desde su llegada al servicio de urgencias hasta el ingreso hospitalario.
Como objetivos específicos se plantean:
- Identificar los elementos prioritarios de valoración enfermera en triaje y en la atención inicial.
- Precisar las intervenciones de cuidados dirigidas al control del dolor, la inmovilización segura y la prevención de complicaciones precoces.
- Ordenar las actuaciones de monitorización, confort, apoyo emocional y preparación para pruebas o tratamiento.
- Definir los aspectos relevantes de la continuidad asistencial durante la transferencia a la unidad de ingreso.
- Subrayar la necesidad de individualizar el plan de cuidados según situación funcional, comorbilidad y contexto clínico.
Metodología
Se presenta una guía de intervención basada en el proceso habitual de cuidados enfermeros en el ámbito hospitalario de urgencias. El desarrollo se organiza de forma secuencial, desde la recepción del paciente hasta su ingreso, integrando valoración inicial, actuaciones prioritarias, seguimiento clínico y criterios de transferencia de información.
El enfoque es práctico y está orientado a la actividad asistencial. Se consideran especialmente los problemas de cuidados más frecuentes en esta situación: dolor agudo, deterioro de la movilidad física, riesgo de caídas, riesgo de lesión cutánea por presión, ansiedad, déficit de autocuidado transitorio y necesidad de vigilancia clínica estrecha. Cuando la situación del paciente lo requiere, el procedimiento debe coordinarse con las decisiones diagnósticas y terapéuticas del equipo interdisciplinar.
La guía se plantea para personas adultas atendidas en urgencias con clínica compatible con fractura de cadera tras una caída o traumatismo, así como para pacientes ya diagnosticados que permanecen en observación o en espera de ingreso. Quedan fuera los escenarios pediátricos y las lesiones traumáticas complejas con compromiso vital predominante, en las que la prioridad asistencial se reorganiza según la gravedad global.
La exposición se articula en torno a cuatro ejes: priorización clínica, seguridad del paciente, continuidad asistencial y humanización del cuidado. La finalidad es ofrecer una herramienta de lectura útil para la práctica sin sustituir la adaptación necesaria a los protocolos locales, a la dotación de recursos y al juicio clínico profesional.
Resultados
Recepción, triaje y priorización inicial
La primera intervención enfermera comienza en el momento de la llegada al área de urgencias. El triaje debe valorar no solo el motivo de consulta, sino también la presencia de dolor intenso, la incapacidad para la marcha, la postura antiálgica, la sospecha de acortamiento o rotación del miembro, el estado general y la posible coexistencia de otros problemas derivados de la caída. En pacientes de edad avanzada, una caída aparentemente banal puede acompañarse de descompensación clínica, síncope, confusión aguda o traumatismos asociados.
En esta fase conviene identificar de forma temprana factores que aumentan la complejidad de los cuidados: tratamiento anticoagulante, deterioro cognitivo, hipoacusia, dependencia funcional, fragilidad, aislamiento social, ayuno prolongado o dificultad para comunicar síntomas. La enfermera registra la información básica, determina la prioridad de atención según el sistema vigente en el centro y procura minimizar movilizaciones innecesarias desde el primer contacto.
Si el paciente llega en silla o con transferencias poco seguras, se recomienda organizar el traslado a camilla con ayuda suficiente y con técnicas de movilización que eviten torsiones sobre la cadera afectada. El objetivo inicial es preservar la estabilidad, reducir el dolor inducido por movimiento y evitar caídas secundarias durante la recepción.
Valoración enfermera inicial en el box o área de observación
Una vez ubicado el paciente, la valoración debe ser sistemática. Resulta pertinente comprobar nivel de consciencia, orientación, expresión facial de dolor, patrón respiratorio, coloración cutánea y tolerancia al decúbito. A continuación se exploran características del dolor, aparición tras el traumatismo, irradiación, intensidad referida, factores que lo agravan y respuesta a medidas previas si las hubiera. En personas con deterioro cognitivo o dificultad de comunicación, la observación conductual adquiere especial relevancia.
La extremidad afectada se inspecciona de forma prudente para valorar deformidad aparente, limitación funcional, edema, temperatura y estado de la piel. También debe vigilarse la perfusión distal y la sensibilidad del miembro, comparando con la extremidad contralateral cuando sea posible. Estas observaciones son útiles para detectar cambios que requieran reevaluación rápida.
La valoración se completa con antecedentes relevantes, alergias conocidas, medicación habitual, situación basal de movilidad, uso previo de ayudas técnicas, continencia, presencia de prótesis, última ingesta y soporte familiar. En muchos casos, esta información condiciona tanto la preparación para procedimientos como las necesidades posteriores de ingreso.
Control del dolor y medidas de confort
El dolor es uno de los ejes centrales del cuidado. Su manejo exige evaluación inicial y reevaluación tras cada intervención. La enfermera participa en la administración del tratamiento analgésico prescrito, vigila su efecto y registra la respuesta clínica. Además, aplica medidas no farmacológicas complementarias, como la alineación cuidadosa del cuerpo, la reducción de estímulos innecesarios, la explicación previa antes de cada movilización y la búsqueda de una postura de mayor tolerancia.
Durante las primeras horas, incluso movimientos leves como retirar ropa, cambiar sábanas o recolocar almohadas pueden desencadenar dolor significativo. Por ello, cada intervención debe planificarse, realizarse con ayuda si es necesaria y explicarse al paciente para reducir miedo y resistencia muscular. La comunicación calmada y la anticipación del procedimiento forman parte del control sintomático.
El confort incluye también la preservación de la intimidad, el abrigo térmico adecuado, la higiene básica si la situación lo permite y la respuesta rápida a necesidades como sed, náuseas o eliminación. Aunque algunas actuaciones puedan parecer secundarias frente al proceso traumático, su atención influye en la percepción global del cuidado y en la tolerancia al tiempo de espera.
Movilización e inmovilización segura
En la sospecha de fractura de cadera, la regla práctica es evitar movilizaciones innecesarias y mantener el miembro en posición de descanso, sin forzar correcciones posturales. Las transferencias para pruebas o cambios de ubicación deben coordinarse entre profesionales, utilizando ayudas mecánicas o técnicas de deslizamiento cuando estén disponibles. La movilización precipitada o insuficientemente asistida puede incrementar el dolor y generar inestabilidad.
La enfermera debe comprobar que la camilla disponga de frenos activados, barandillas según situación clínica y un entorno despejado de obstáculos. Si el paciente presenta agitación, desorientación o intentos de incorporarse, el riesgo de caída aumenta y hace necesaria una vigilancia más estrecha. También se recomienda revisar de forma periódica la correcta colocación de ropa de cama, absorbentes y dispositivos para evitar tracciones accidentales o posturas lesivas.
Cuando se requiere traslado a radiología u otras áreas, es importante anticipar el movimiento, preparar la documentación y confirmar que el paciente ha recibido las medidas analgésicas indicadas en la medida de lo posible. La coordinación previa disminuye demoras y evita movilizaciones repetidas por falta de preparación.
Vigilancia clínica y prevención de complicaciones tempranas
La inmovilidad, el dolor y la edad avanzada favorecen la aparición de complicaciones en tiempos relativamente cortos. Por ello, la vigilancia enfermera no debe limitarse a la zona lesionada. Es preciso observar cambios en el nivel de consciencia, aparición de somnolencia excesiva tras analgesia, signos de intolerancia hemodinámica, dificultad respiratoria, náuseas, vómitos, retención urinaria o empeoramiento del estado general.
La integridad cutánea merece una atención específica. El tiempo prolongado sobre superficies rígidas, unido a la imposibilidad de cambios posturales amplios, puede favorecer lesiones por presión en sacro, talones y prominencias óseas. Deben emplearse medidas de protección y alivio de presión disponibles en el centro, junto con inspección periódica de la piel y control de humedad. La prevención no siempre exige movilizaciones completas; pequeñas correcciones posturales y una adecuada preparación del lecho pueden ser de utilidad.
La hidratación, el balance de eliminación y el mantenimiento del ayuno si existe previsión de procedimiento deben registrarse con claridad. También conviene vigilar la tolerancia a la vía venosa y la administración de fluidoterapia o medicación prescrita. En pacientes con deterioro cognitivo o delirium incipiente, la orientación frecuente, la presencia del acompañante cuando sea posible y un ambiente tranquilo pueden contribuir a reducir la desorganización conductual.
Comunicación terapéutica y apoyo a paciente y familia
La fractura de cadera suele vivirse como un evento brusco y amenazante, sobre todo cuando afecta a personas previamente autónomas. La enfermera ocupa una posición privilegiada para modular la ansiedad mediante información clara, honesta y adaptada a la capacidad de comprensión. Explicar qué maniobras se van a realizar, por qué se evita el movimiento y qué pasos pueden seguirse a continuación ayuda a disminuir incertidumbre.
La familia también requiere orientación, especialmente en relación con tiempos de espera, necesidad de no movilizar al paciente por iniciativa propia y conveniencia de aportar información sobre medicación habitual, situación funcional previa, alergias y apoyos disponibles en el domicilio. Esta información tiene valor clínico y organizativo.
En personas con deterioro cognitivo, alteración sensorial o barreras idiomáticas, la comunicación debe reforzarse con mensajes sencillos, contacto frecuente y comprobación de comprensión. Mantener una relación terapéutica respetuosa favorece la colaboración en un momento en el que el dolor y el miedo al movimiento pueden generar conductas defensivas.
Preparación para pruebas, tratamiento e ingreso
A medida que avanza la atención, la enfermera participa en la preparación para las exploraciones complementarias y para el eventual tratamiento hospitalario. Esto incluye verificar identificación, revisar alergias comunicadas, registrar la última ingesta, mantener la documentación clínica accesible y asegurar que la información relevante acompañe al paciente en cada traslado interno.
Cuando se prevé ingreso, debe actualizarse el plan de cuidados con los problemas detectados y las intervenciones ya realizadas. Resulta especialmente útil dejar consignado el grado de dolor y su respuesta al tratamiento, la situación de la piel, el estado cognitivo, la movilidad basal previa, la continencia, los dispositivos colocados, la necesidad de ayuda para cambios posturales y cualquier incidencia ocurrida en urgencias.
La continuidad asistencial mejora cuando la transferencia de información es estructurada y orientada a riesgos. En el relevo deben comunicarse, al menos, los datos de identificación, motivo de consulta, sospecha o confirmación diagnóstica, antecedentes relevantes, tratamiento administrado, observaciones sobre perfusión distal y estado neurológico del miembro, situación funcional y aspectos psicosociales significativos. Una transmisión incompleta puede traducirse en duplicidad de actuaciones o en omisión de cuidados básicos durante las primeras horas de ingreso.
Criterios orientativos de evaluación enfermera
La evaluación del procedimiento no depende únicamente de la confirmación diagnóstica o de la resolución quirúrgica posterior. Desde la perspectiva enfermera, pueden considerarse signos de evolución favorable durante el trayecto urgencias-ingreso la priorización adecuada del paciente, el control sintomático aceptable para su situación clínica, la ausencia de incidencias en movilizaciones y traslados, la preservación de la integridad cutánea, la detección precoz de alteraciones cognitivas o hemodinámicas y la correcta transferencia de la información de cuidados.
También forma parte de la evaluación la percepción de seguridad por parte del paciente y su familia, la comprensión básica de las indicaciones inmediatas y la trazabilidad del registro enfermero. Un buen registro no solo documenta tareas realizadas, sino que refleja la evolución del dolor, la respuesta al tratamiento, las necesidades de ayuda y los riesgos identificados.
Discusión/Conclusiones
La atención enfermera a la persona con fractura de cadera en urgencias exige una combinación de rapidez, prudencia y continuidad. La prioridad inicial es reconocer una situación dolorosa y funcionalmente incapacitante que, aunque no siempre curse con inestabilidad vital, puede deteriorarse si se subestiman la fragilidad, la comorbilidad o el impacto de la inmovilidad. En este proceso, el valor añadido de Enfermería reside en integrar la vigilancia clínica con cuidados básicos que a menudo condicionan el pronóstico inmediato y la experiencia asistencial.
Uno de los principales retos es evitar que el circuito urgente fragmentado convierta la atención en una sucesión de actos técnicos inconexos. El paciente con fractura de cadera pasa por triaje, box, exploraciones, observación y traslado a ingreso, y en cada punto existe riesgo de pérdidas de información, demoras en analgesia, movilizaciones dolorosas o descuido de necesidades esenciales. Un procedimiento ordenado ayuda a mantener coherencia entre fases y a sostener la seguridad del proceso.
La individualización resulta imprescindible. No requiere la misma intervención una persona mayor frágil con deterioro cognitivo y dependencia previa que un adulto con mayor reserva funcional tras un traumatismo de alta energía. Del mismo modo, la presencia de anticoagulación, descompensación cardiopulmonar, lesión asociada o sospecha de síndrome confusional agudo modifica las prioridades de vigilancia. Por ello, cualquier guía de actuación debe entenderse como un marco adaptable y no como una secuencia rígida aplicable de forma uniforme.
La discusión sobre este procedimiento también remite a la importancia del entorno organizativo. La disponibilidad de ayudas para movilización, superficies de alivio de presión, circuitos ágiles de pruebas y sistemas estandarizados de relevo condiciona la calidad final del cuidado. En ausencia de estos recursos, la carga recaerá en mayor medida sobre la capacidad de anticipación del profesional y sobre la coordinación del equipo. De ahí que la mejora del proceso no dependa solo de competencias individuales, sino también del diseño asistencial.
En síntesis, la actuación enfermera desde urgencias hasta el ingreso puede contribuir de manera relevante al control del dolor, a la prevención de complicaciones tempranas, a la movilización segura y a la continuidad asistencial en la fractura de cadera. Su eficacia práctica aumenta cuando la valoración es integral, el registro es útil para el relevo y la información se adapta a las necesidades del paciente y de su entorno. La consolidación de procedimientos compartidos, revisables y ajustados al contexto de cada centro favorece una atención más segura y más coherente con las necesidades reales de cuidados.
Conflicto de intereses
No se identifican conflictos de intereses por parte de los autores en relación con el tema tratado en este artículo.
Financiación
No se ha recibido financiación externa para el desarrollo, redacción o publicación del presente trabajo.
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