Educational program for detection and safety in gender-based violence
Incluido en la revista CADICE. Vol. I . N.º 7 – Julio 2026
Pág. Inicial: Vol. I; N.º 7:14
Autor principal (primer firmante): Miriam Castillo Ruiz
Fecha recepción: 05/06/26
Fecha aceptación: 29/06/26
Fecha de publicación: 03/07/26
Ref.: CADICE. 2026;1(7):14
Autores:
Miriam Castillo Ruiz
Guillermo Pérez Navarro
Nadia Torres Aguilera
Categoría: Enfermería
Palabras clave: Relaciones enfermera-paciente; Seguridad; Educación del paciente; Intervención en crisis; Salud mental; Derivación; Apoyo psicosocial; Violencia de género; Educación para la salud; Trauma psicológico
Keywords: Nurse-Patient Relations; Safety; Patient Education; Crisis Intervention; Mental Health; Referral and Consultation; Psychosocial Support; Gender-Based Violence; Health Education; Psychological Trauma
Resumen
Introducción: La violencia de género constituye un problema sanitario y social con repercusiones físicas, psicológicas, relacionales y comunitarias. Los dispositivos asistenciales representan con frecuencia uno de los pocos espacios de contacto sostenido con mujeres en situación de vulnerabilidad, por lo que la consulta de Enfermería puede facilitar la detección, la escucha terapéutica, la valoración inicial de la seguridad y la activación de apoyos. La intervención educativa no debe reducirse a la transmisión de información, sino integrarse en una relación clínica segura, no culpabilizadora y sensible al trauma.
Objetivos: Diseñar un programa educativo de Enfermería orientado a mejorar la detección de indicios de violencia de género, reforzar la seguridad de la mujer, favorecer el reconocimiento del riesgo, ofrecer apoyo psicosocial básico y facilitar la derivación a recursos sanitarios, sociales y jurídicos según las necesidades detectadas.
Metodología: Se desarrolla una propuesta de educación para la salud aplicable a atención primaria, urgencias, salud mental, consultas hospitalarias y dispositivos comunitarios. El programa se dirige a mujeres adultas atendidas en el sistema sanitario con sospecha, revelación o antecedentes compatibles con violencia de género. Se estructura en valoración inicial, intervención educativa breve o intensiva, planificación de seguridad, seguimiento y coordinación interprofesional. Se plantean contenidos, metodología docente, recursos, criterios de inclusión y evaluación del aprendizaje.
Resultados: El programa incorpora educación sobre identificación de formas de violencia, efectos sobre la salud, señales de control y aislamiento, derechos asistenciales, recursos disponibles, estrategias de autoprotección y preparación de un plan de seguridad individualizado. La enfermera actúa como profesional de primera acogida, facilitadora de la comunicación, apoyo emocional y nexo con otros recursos. La evaluación incluye comprensión de la información, capacidad para reconocer situaciones de riesgo, conocimiento de contactos de ayuda, adherencia al seguimiento y percepción de seguridad.
Discusión/Conclusiones: Un programa educativo enfermero puede contribuir a una detección más temprana y a una respuesta asistencial más segura cuando se inserta en circuitos de coordinación y se adapta al contexto clínico, al momento vital de la mujer y a su disponibilidad para hablar. Su utilidad depende de la formación de los profesionales, la confidencialidad, la sensibilidad cultural, la continuidad de cuidados y la existencia de recursos de derivación. No sustituye la valoración clínica integral ni los procedimientos del centro, pero puede mejorar la accesibilidad, la confianza terapéutica y la protección inicial.
Abstract
Introduction: Gender-based violence is a health and social problem with physical, psychological, relational, and community consequences. Healthcare settings are often one of the few sustained points of contact with women in vulnerable situations; therefore, nursing encounters may facilitate early identification, therapeutic listening, initial safety assessment, and timely support. Educational action should not be limited to information delivery but should be embedded in a safe, non-judgmental, trauma-informed clinical relationship.
Objectives: To design a nursing educational program aimed at improving the detection of gender-based violence, strengthening women’s safety, promoting risk recognition, providing basic psychosocial support, and facilitating referral to health, social, and legal resources according to identified needs.
Methodology: An educational health program is proposed for primary care, emergency care, mental health services, hospital outpatient settings, and community-based care. The target population includes adult women attended in healthcare services with suspicion, disclosure, or history compatible with gender-based violence. The program is structured around initial assessment, brief or intensive educational intervention, safety planning, follow-up, and interprofessional coordination. Contents, teaching methods, resources, inclusion criteria, and learning assessment are described.
Results: The program includes education on forms of violence, health consequences, signs of control and isolation, available support resources, self-protection strategies, and individualized safety planning. Nurses function as first-contact professionals, communication facilitators, providers of emotional support, and links to additional services. Evaluation focuses on understanding of information, ability to recognize risk situations, knowledge of help contacts, follow-up adherence, and perceived safety.
Discussion/Conclusions: A nursing educational program may contribute to earlier identification and a safer clinical response when integrated into coordinated care pathways and adapted to the woman’s context, readiness to speak, and immediate safety needs. Its usefulness depends on professional training, confidentiality, cultural sensitivity, continuity of care, and access to referral resources. It does not replace comprehensive clinical assessment or local procedures, but it may improve accessibility, therapeutic trust, and initial protection.
Introducción
La violencia de género afecta de manera transversal a la salud de las mujeres y puede manifestarse en cualquier nivel asistencial. Sus consecuencias no se limitan a las lesiones visibles ni a episodios agudos; con frecuencia se expresan mediante síntomas somáticos persistentes, trastornos del sueño, ansiedad, miedo, hipervigilancia, alteraciones del estado de ánimo, dificultades en la adherencia terapéutica, aislamiento social, consumo problemático de sustancias o consultas reiteradas por malestar inespecífico. En muchos casos, la demanda asistencial no se formula de manera explícita como violencia, lo que obliga a una aproximación clínica sensible, prudente y no invasiva.
La Enfermería ocupa una posición especialmente relevante por su proximidad, continuidad y capacidad para establecer una relación terapéutica basada en la escucha, la observación y el acompañamiento. En la consulta programada, en el triaje, en la atención domiciliaria, en salud mental o en el seguimiento de procesos crónicos, la enfermera puede identificar signos de alarma, explorar necesidades de seguridad y facilitar la expresión del sufrimiento sin precipitar decisiones que la mujer no esté en disposición de asumir. La detección precoz no debe confundirse con interrogatorios directivos ni con la obtención forzada de un relato, sino con la creación de un entorno clínico que permita hablar cuando existan condiciones mínimas de confianza y privacidad.
Desde la perspectiva educativa, el abordaje enfermero en violencia de género requiere algo más que informar sobre recursos disponibles. Es preciso trabajar el reconocimiento de conductas de control, la comprensión de las repercusiones sobre la salud, la validación del malestar, la reducción de la culpa, la identificación del riesgo y la preparación de medidas de seguridad. Este proceso debe respetar el ritmo de la mujer, su contexto familiar y social, la presencia o no de hijos a cargo, las barreras culturales o idiomáticas, la situación administrativa, la dependencia económica y la coexistencia de trastornos mentales o secuelas traumáticas.
Un programa educativo bien estructurado puede homogeneizar la respuesta enfermera, mejorar la accesibilidad a la ayuda y favorecer la continuidad asistencial. Su desarrollo resulta especialmente útil en entornos donde la violencia permanece infradetectada o donde la intervención se limita a momentos de crisis. Integrar educación para la salud, apoyo psicosocial básico e intervención orientada a la seguridad puede contribuir a transformar contactos asistenciales fragmentarios en oportunidades de cuidado clínico significativo.
Objetivos
El objetivo general de este trabajo es diseñar un programa educativo de Enfermería dirigido a la detección y el refuerzo de la seguridad en mujeres con sospecha o confirmación de violencia de género atendidas en el ámbito sanitario.
Como objetivos específicos se plantean:
- Favorecer la identificación de signos y manifestaciones clínicas que puedan asociarse a violencia de género en distintos niveles asistenciales.
- Promover una comunicación terapéutica que facilite la revelación voluntaria y disminuya la percepción de juicio o culpabilización.
- Ofrecer contenidos educativos comprensibles sobre formas de violencia, impacto en la salud y señales de riesgo.
- Orientar a la mujer en la elaboración de medidas básicas de seguridad adaptadas a su situación inmediata.
- Facilitar el conocimiento y el acceso a recursos sanitarios, sociales, psicológicos y de protección disponibles según el contexto.
- Reforzar el seguimiento enfermero y la coordinación con otros profesionales implicados en la atención.
- Establecer criterios de evaluación centrados en el aprendizaje, la percepción de apoyo y la continuidad del contacto asistencial.
Metodología
Se propone un programa de educación para la salud de carácter aplicable y adaptable a diferentes dispositivos asistenciales. El diseño se orienta a mujeres adultas que consultan por cualquier motivo y en quienes se detectan indicadores compatibles con violencia de género, así como a aquellas que verbalizan de forma directa situaciones de maltrato, control, amenazas, coerción o miedo en el ámbito de la pareja o expareja. También puede resultar útil en mujeres con antecedentes conocidos de violencia y necesidad de seguimiento.
El programa contempla una modalidad individual, con posibilidad de refuerzo grupal en contextos comunitarios cuando la seguridad y la confidencialidad estén garantizadas. La intervención individual es prioritaria en la fase inicial, ya que permite adaptar el contenido al nivel de riesgo, al estado emocional, a la disponibilidad para hablar y a las características socioculturales de cada mujer. El formato grupal puede reservarse para acciones de sensibilización, alfabetización en salud, fortalecimiento de redes de apoyo y recuperación psicosocial, evitando siempre la exposición de experiencias personales que puedan comprometer la intimidad o incrementar el riesgo.
Población diana y criterios de acceso
La población diana principal son mujeres mayores de edad atendidas en consultas de Enfermería de atención primaria, servicios de urgencias, salud mental, hospital de día, seguimiento obstétrico-ginecológico, puerperio, planificación familiar y programas comunitarios. El acceso al programa puede producirse tras una detección oportunista, a petición de la propia mujer, por derivación de otro profesional o durante el seguimiento de problemas de salud que hagan sospechar una situación de violencia.
La inclusión debe valorar la capacidad de participación, el nivel de seguridad en el momento de la atención, la presencia de acompañantes potencialmente controladores y la necesidad de intervención urgente. Cuando exista riesgo inmediato para la integridad de la mujer o de menores a cargo, la prioridad asistencial se desplaza a la protección y a la activación de los circuitos establecidos en el centro.
Estructura del programa
La intervención se organiza en cinco momentos: acogida y creación de un espacio seguro; valoración inicial; intervención educativa; planificación de seguridad; y seguimiento con coordinación interprofesional. No todas las mujeres precisan el mismo número de contactos ni la misma intensidad. En algunos casos, una consulta breve centrada en validación, información y entrega segura de recursos puede ser el máximo abordaje posible. En otros, la continuidad permite profundizar en el reconocimiento de la violencia, el impacto emocional y la preparación de decisiones complejas.
La acogida exige garantizar privacidad, lenguaje claro y una actitud libre de confrontación. La valoración inicial debe explorar de forma progresiva el motivo de consulta, el estado emocional, la red de apoyo, la dependencia económica, la presencia de menores o personas dependientes, los episodios recientes de amenaza y la percepción subjetiva de seguridad. La intervención educativa se adapta a lo expresado por la mujer, evitando sobrecargar de información en fases de intensa ansiedad o desorganización emocional.
Metodología docente y recursos
Se plantean técnicas educativas breves, centradas en entrevista motivacional adaptada, escucha activa, reformulación, validación emocional, entrega de información escrita discreta, resolución de dudas y entrenamiento en medidas básicas de autoprotección. Resulta útil combinar la comunicación verbal con materiales de lectura sencilla, pictogramas cuando existan barreras idiomáticas o de alfabetización y tarjetas con teléfonos o recursos redactadas de forma neutra si hay posibilidad de supervisión por parte del agresor.
Los recursos necesarios incluyen espacio de consulta que preserve la confidencialidad, tiempo asistencial suficiente, circuitos de derivación conocidos por el equipo, materiales educativos seguros y formación específica de las enfermeras en violencia, trauma psicológico, entrevista clínica y actuación coordinada. La metodología incorpora reevaluación continua del riesgo y de la disposición al cambio, sin interpretar la ambivalencia como falta de colaboración.
Evaluación del programa
La evaluación combina indicadores cualitativos y asistenciales. Se valora si la mujer comprende la información recibida, si identifica conductas de violencia previamente normalizadas, si conoce al menos una vía de ayuda accesible, si ha podido participar en la elaboración de medidas de seguridad y si acepta seguimiento o derivación. También interesa registrar aspectos del proceso, como la adecuación del entorno, la privacidad conseguida, la continuidad del contacto y la coordinación con otros dispositivos. La evaluación debe ser sensible a progresos pequeños, ya que en este ámbito la toma de decisiones suele ser gradual y no lineal.
Resultados
El resultado principal del diseño es un programa educativo estructurado, flexible y centrado en la seguridad, cuyo núcleo es la relación enfermera-paciente. La intervención no se limita a detectar un problema, sino que ofrece un marco de acompañamiento que integra apoyo emocional, educación sanitaria y orientación hacia recursos de ayuda.
Contenidos educativos prioritarios
El primer bloque de contenidos aborda la identificación de la violencia. Se trabajan formas de maltrato físico, psicológico, sexual, económico y digital, con especial atención a conductas de control, humillación, aislamiento, vigilancia, amenazas y coerción. Muchas mujeres consultan sin nombrar la violencia porque determinadas prácticas han sido normalizadas o justificadas. Por ello, el lenguaje educativo debe ser concreto, comprensible y libre de tecnicismos innecesarios.
Un segundo bloque se centra en las repercusiones sobre la salud. La enfermera puede relacionar el malestar actual con las experiencias de violencia sin imponer interpretaciones cerradas. Se explican de forma prudente las posibles asociaciones con ansiedad, tristeza, miedo persistente, alteraciones del sueño, cefaleas, dolor crónico, síntomas digestivos, dificultades de concentración, impacto en la autoestima y secuelas traumáticas. Esta información ayuda a legitimar el sufrimiento y a reducir la autoatribución de culpa o debilidad.
El tercer bloque aborda seguridad y protección. Incluye reconocimiento de señales de agravamiento, importancia de conservar contactos de ayuda, preparación de documentación esencial si ello fuera viable, identificación de personas de confianza, planificación de una salida segura y medidas sobre el uso del teléfono o de la mensajería cuando exista control digital. Estas orientaciones deben individualizarse y nunca plantearse como instrucciones universales; una recomendación aparentemente sencilla puede aumentar el riesgo si no se ajusta al contexto.
El cuarto bloque se dedica a derechos y recursos. La mujer recibe información básica sobre posibilidad de atención sanitaria continuada, apoyo psicológico, trabajo social, recursos de emergencia y otros dispositivos de apoyo disponibles en su entorno. La enfermera no reemplaza a otros profesionales, pero sí puede facilitar el primer enlace, disminuir barreras y aclarar qué puede esperar de cada recurso.
Desarrollo de sesiones
El programa puede organizarse en un itinerario de entre tres y cinco contactos, presenciales o combinados con seguimiento telefónico seguro cuando esté indicado y no comprometa la confidencialidad. En la primera sesión se priorizan la acogida, la valoración del riesgo percibido y la apertura de un espacio de confianza. El objetivo no es obtener un relato exhaustivo, sino permitir que la mujer exprese aquello que esté en condiciones de comunicar. Se ofrece validación emocional, se exploran necesidades urgentes y se acuerda la modalidad de contacto posterior.
La segunda sesión se orienta al reconocimiento de la violencia y a su impacto en la salud. Puede trabajarse mediante preguntas abiertas, ejemplos de conductas de control y devolución clínica de síntomas relacionados con el estrés traumático. Si la mujer lo tolera, se introducen recursos de apoyo y se revisa qué personas o servicios podrían constituir una red segura.
La tercera sesión se centra en seguridad práctica. Se elabora un plan adaptado a la situación actual, contemplando lugares de refugio, vías de ayuda, preparación de contactos, protección de menores y señales para pedir auxilio. Cuando la mujer no desea abandonar la convivencia o no puede hacerlo, el plan debe ajustarse a esa realidad sin juicios, priorizando medidas de reducción del daño y seguimiento estrecho.
Los contactos sucesivos, cuando son posibles, consolidan la adherencia al seguimiento, revisan cambios en el riesgo y facilitan derivaciones. En mujeres con secuelas psicológicas intensas, la repetición de mensajes breves y consistentes suele ser más útil que la sobreinformación puntual. El programa prevé que algunas participantes interrumpan el proceso y lo retomen más adelante; mantener una puerta abierta al recontacto forma parte del cuidado.
Papel de Enfermería
La enfermera asume funciones de detección, acogida, educación, contención emocional inicial y coordinación. Su intervención comienza con la observación clínica de signos de alerta: retraso en la búsqueda de ayuda, ansiedad al responder, hipervigilancia, presencia de acompañante que interfiere, lesiones de explicación inconsistente, somatización recurrente o expresiones de miedo. Ninguno de estos elementos confirma por sí solo la existencia de violencia, pero su agrupación invita a explorar con tacto.
En la entrevista, la relación terapéutica debe evitar preguntas culpabilizadoras y priorizar mensajes de legitimación: reconocer que la violencia no es aceptable, que pedir ayuda puede resultar difícil y que la seguridad es una prioridad. La enfermera también desempeña un papel de puente con medicina, trabajo social, psicología, salud mental, recursos comunitarios y, cuando proceda, los dispositivos de protección establecidos. Esta coordinación requiere registro clínico cuidadoso, confidencialidad y criterio para compartir información solo con quienes intervienen en la atención y conforme al marco normativo aplicable.
Evaluación del aprendizaje y del proceso
La evaluación del programa no se centra exclusivamente en si la mujer abandona la relación o formaliza una denuncia, ya que estas decisiones dependen de múltiples factores y no pueden utilizarse como única medida de éxito asistencial. Resulta más ajustado valorar indicadores como la capacidad para nombrar conductas violentas, la identificación de situaciones de alto riesgo, el conocimiento de recursos, la percepción de haber sido escuchada con respeto, la aceptación de seguimiento y la elaboración de alguna medida de seguridad factible.
También deben considerarse indicadores de proceso: accesibilidad de la consulta, posibilidad real de atención sin acompañantes, tiempo de escucha disponible, uso adecuado de materiales educativos y coordinación entre niveles asistenciales. Cuando el programa se implanta en un equipo, la revisión de casos, la formación continuada y el apoyo entre profesionales pueden reducir la variabilidad en la respuesta y el desgaste emocional asociado a estas situaciones.
Discusión/Conclusiones
La propuesta educativa presentada parte de una idea sencilla: en violencia de género, la información solo resulta útil cuando se transmite en un contexto de seguridad, respeto y continuidad. Las mujeres afectadas no siempre llegan preparadas para explicar lo que ocurre ni para adoptar medidas inmediatas. Por ello, el valor del programa reside tanto en sus contenidos como en la forma de ofrecerlos. Una relación enfermera-paciente basada en confianza, privacidad y sensibilidad al trauma puede transformar consultas aparentemente inespecíficas en oportunidades de detección y protección.
Entre las fortalezas del programa destaca su aplicabilidad transversal. Puede integrarse en distintos niveles asistenciales y permite adaptar la intensidad de la intervención al momento clínico. Además, sitúa a la Enfermería en un lugar coherente con su práctica habitual: valorar, escuchar, educar, acompañar y coordinar. Este enfoque favorece una respuesta menos fragmentada y puede contribuir a evitar que la mujer tenga que repetir reiteradamente su experiencia sin beneficio clínico claro.
No obstante, su efectividad práctica depende de condiciones organizativas concretas. Sin privacidad real, tiempos mínimos de atención, circuitos de derivación conocidos y formación específica, cualquier programa corre el riesgo de quedar reducido a preguntas aisladas o a una entrega descontextualizada de recursos. También debe considerarse el impacto emocional sobre los profesionales. La exposición continuada a relatos de violencia exige espacios de apoyo, supervisión y trabajo en equipo para prevenir respuestas defensivas, banalización o sobreimplicación.
Otro aspecto relevante es la necesidad de adaptación cultural y social. Las mujeres migrantes, con discapacidad, con barreras idiomáticas, en situación administrativa inestable, con dependencia económica intensa o con problemas de salud mental pueden encontrar obstáculos adicionales para la revelación y el acceso a recursos. Un programa útil debe contemplar estas desigualdades y evitar interpretaciones uniformes de la seguridad o de la capacidad de decisión.
La intervención educativa tampoco debe confundirse con un protocolo cerrado. Cada centro sanitario dispone de procedimientos y marcos de coordinación propios, y la actuación ante riesgo grave o presencia de menores puede requerir decisiones específicas. El programa se plantea como una base de trabajo para organizar la respuesta enfermera, no como sustituto de la valoración clínica integral ni de las obligaciones legales y organizativas vigentes.
En conjunto, la educación para la salud orientada a detección y seguridad puede reforzar el papel de la Enfermería ante la violencia de género, especialmente cuando se articula con apoyo psicosocial, intervención en crisis y derivación. Su aportación más relevante quizá no sea la resolución inmediata del problema, sino la creación de un espacio clínico donde la mujer pueda reconocer lo vivido, comprender su impacto sobre la salud y disponer de un primer itinerario de ayuda seguro y accesible.
Conflicto de intereses
Los autores declaran que no existen conflictos de intereses personales, profesionales o económicos relacionados con este trabajo.
Financiación
La realización de este trabajo no recibió ayudas económicas ni financiación institucional específica.
Bibliografía
- McFarlane J, Malecha A, Watson K, Gist J, Batten E, Hall I, et al.. Intimate partner physical and sexual assault & child behavior problems.. MCN Am J Matern Child Nurs. 2007;32(2):74-80. doi: https://doi.org/10.1097/01.NMC.0000264285.03609.66
- Childress S, Highfill C, Mammah R, Schrag RV, Arenas-Itotia K, Orwig T, et al.. Interprofessional Education for Domestic Violence Safety Planning in Nursing and Social Work: A Scoping Review.. J Soc Work Educ. 2024;60(4):551-564. doi: https://doi.org/10.1080/10437797.2023.2298389
- Voth Schrag RJ, Baumler E, Hairston D, Jones C, Wood L. Safety and Academic Outcomes of College Campus-Based Advocacy Services.. J Interpers Violence. 2024;39(3-4):869-896. doi: https://doi.org/10.1177/08862605231198487
- Campbell VLS, Foley HL, Vianna KW, Brunger F. Folie du système? Preventing Violence Against Nurses in In-patient Psychiatry.. Psychiatr Q. 2019;90(2):413-420. doi: https://doi.org/10.1007/s11126-019-09636-1
- Winfield A, Hilton NZ, Poon J, Straatman AL, Jaffe PG. Coping Strategies in Women and Children Living with Domestic Violence: Staying Alive.. J Fam Violence. 2023;:1-13. doi: https://doi.org/10.1007/s10896-022-00488-1
- Childress S, Mammah R, Schrag RV, Arenas-Itotia K, Orwig T, Roye J, et al.. Preparing to intervene in intimate partner violence: An interprofessional safety planning and assessment simulation.. J Soc Work Educ. 2024;60(3):448-462. doi: https://doi.org/10.1080/10437797.2023.2298392
- Hunter T, Botfield JR, Estoesta J, Markham P, Robertson S, McGeechan K. Experience of domestic violence routine screening in Family Planning NSW clinics.. Sex Health. 2017;14(2):155-163. doi: https://doi.org/10.1071/SH16143
- Aboutanos MB, Altonen M, Vincent A, Broering B, Maher K, Thomson ND. Critical call for hospital-based domestic violence intervention: The Davis Challenge.. J Trauma Acute Care Surg. 2019;87(5):1197-1204. doi: https://doi.org/10.1097/TA.0000000000002450