Skin tears in older adults: review of prevention and dressings
Incluido en la revista CADICE. Vol. I . N.º 8 – Agosto 2026
Pág. Inicial: Vol. I; N.º 8:161
Autor principal (primer firmante): Marina Solís Navarro
Fecha recepción: 27/06/26
Fecha aceptación: 26/07/26
Fecha de publicación: 02/08/26
Ref.: CADICE. 2026;1(8):161
Autores:
Marina Solís Navarro
Andrés Fernández Rivas
Categoría: Enfermería
Palabras clave: Desgarros cutáneos; Cicatrización de heridas; Piel; Revisión; Apósitos; Piel frágil; Enfermería basada en la evidencia; Cuidados de Enfermería; Estomas quirúrgicos; Anciano
Keywords: Skin Tears; Wound Healing; Skin; Review; Bandages; Fragile Skin; Evidence-Based Nursing; Nursing Care; Surgical Stomas; Aged
Resumen
Introducción: Los desgarros cutáneos constituyen una lesión frecuente en personas mayores con fragilidad de la piel, dependencia funcional o exposición a procedimientos asistenciales repetidos. Su aparición se relaciona con el adelgazamiento cutáneo, la disminución de la elasticidad, la vulnerabilidad frente a la fricción y el cizallamiento y, en determinados contextos, con la presencia de adhesivos, dispositivos o estomas. Para Enfermería, su relevancia no se limita al tratamiento de la herida, sino que incluye la identificación de factores predisponentes, la prevención y la continuidad de cuidados.
Objetivos: Revisar de forma narrativa los elementos clínicos más relevantes de los desgarros cutáneos en personas mayores, con especial atención a su prevención, valoración enfermera y criterios generales para la selección de apósitos.
Metodología: Se realizó una revisión teórica de carácter narrativo centrada en la práctica enfermera. Se integraron conceptos clínicos habitualmente aceptados sobre fisiopatología de la piel frágil, mecanismos de lesión, principios de valoración local y enfoques de cuidado orientados a la protección tisular y al manejo húmedo de la herida.
Resultados: La prevención requiere una aproximación multifactorial que contemple el estado cutáneo, la movilidad, el entorno, la manipulación durante los cuidados, la nutrición y la selección de productos menos traumáticos. La valoración debe describir el mecanismo de producción, la viabilidad del colgajo cutáneo cuando exista, la cantidad de exudado, el estado de la piel perilesional y los signos de complicación. En cuanto a los apósitos, suele priorizarse el uso de materiales atraumáticos, conformables y capaces de mantener un entorno de cicatrización adecuado sin adherirse al lecho ni dañar la piel perilesional al retirarlos. La elección debe individualizarse según exudado, localización, integridad del colgajo y riesgo de maceración.
Discusión/Conclusiones: El abordaje enfermero de los desgarros cutáneos en personas mayores debe apoyarse en una prevención sistemática y en una toma de decisiones prudente respecto al apósito y la técnica de fijación. La protección de la piel frágil y la evitación de nuevos traumatismos son tan relevantes como el cierre de la lesión. Resulta aconsejable adaptar las medidas a cada contexto asistencial y a los protocolos vigentes del centro.
Abstract
Introduction: Skin tears are a common injury in older adults with fragile skin, functional dependence, or repeated exposure to healthcare procedures. They are associated with skin thinning, reduced elasticity, susceptibility to friction and shear, and, in some settings, the use of adhesives, devices, or stomas. For nursing practice, their relevance extends beyond wound treatment and includes risk identification, prevention, and continuity of care.
Objectives: To provide a narrative review of the main clinical aspects of skin tears in older adults, with particular emphasis on prevention, nursing assessment, and general criteria for dressing selection.
Methodology: A narrative theoretical review focused on nursing practice was undertaken. Commonly accepted clinical concepts regarding fragile skin pathophysiology, mechanisms of injury, principles of local assessment, and care strategies aimed at tissue protection and moist wound healing were integrated.
Results: Prevention requires a multifactorial approach addressing skin condition, mobility, environment, handling during care, nutrition, and the selection of less traumatic products. Assessment should describe the mechanism of injury, the viability of any skin flap, the amount of exudate, the condition of the periwound skin, and signs of complications. Regarding dressings, atraumatic and conformable materials that help maintain an appropriate healing environment without adhering to the wound bed or damaging surrounding fragile skin are often preferred. Dressing choice should be individualized according to exudate level, location, flap integrity, and risk of maceration.
Discussion/Conclusions: Nursing management of skin tears in older adults should be based on systematic prevention and prudent decision-making regarding dressings and fixation methods. Protecting fragile skin and avoiding further trauma are as important as promoting wound closure. Measures should be adapted to each clinical setting and local protocols.
Introducción
Los desgarros cutáneos son lesiones traumáticas superficiales producidas habitualmente por fricción, cizallamiento o golpes de baja intensidad sobre una piel vulnerable. Aunque pueden aparecer a cualquier edad en situaciones de especial fragilidad tisular, adquieren una relevancia particular en las personas mayores por los cambios estructurales propios del envejecimiento cutáneo y por la coexistencia de dependencia, pluripatología y exposición a maniobras asistenciales repetidas.
La piel envejecida presenta menor resistencia mecánica, pérdida de elasticidad, reducción del tejido de sostén y una capacidad de recuperación más limitada ante traumatismos aparentemente menores. Esta situación favorece que actividades cotidianas, transferencias, movilizaciones, retirada de adhesivos o roces con mobiliario y dispositivos desencadenen lesiones que, aun siendo a menudo clasificadas como heridas agudas, pueden complicarse si no se identifican y tratan de forma precoz. En la práctica clínica, una misma persona puede presentar además factores que enlentecen la cicatrización, como malnutrición, edema, alteraciones vasculares, deterioro funcional o tratamiento farmacológico que incremente la fragilidad capilar o cutánea.
Desde la perspectiva enfermera, los desgarros cutáneos plantean varios retos. El primero es reconocerlos de forma diferenciada frente a otras lesiones relacionadas con la dependencia o frente a erosiones de origen químico o mecánico. El segundo es prevenir su aparición mediante medidas que afectan a la organización de los cuidados, la educación de cuidadores y el uso de materiales menos traumáticos. El tercero es seleccionar un plan local de cura que preserve el tejido viable, mantenga un entorno húmedo adecuado y reduzca el dolor y el riesgo de nuevas lesiones durante las curas.
Su impacto no es exclusivamente local. Estas heridas pueden generar dolor, exudado, temor al movimiento, limitación funcional y aumento de la carga asistencial. En entornos con presencia de estomas quirúrgicos o dispositivos adhesivos, la piel periestomal y la piel circundante pueden verse sometidas a manipulaciones frecuentes, con el consiguiente aumento del riesgo de desprendimiento epidérmico o laceración si la retirada de sistemas de fijación no se adapta a la fragilidad tisular. Por ello, la prevención no debe entenderse como una recomendación aislada, sino como una línea transversal de seguridad en los cuidados.
La evolución favorable de un desgarro cutáneo depende en buena medida de intervenciones iniciales correctas. La recolocación cuidadosa del colgajo si es viable, la limpieza atraumática, la elección de un apósito que no se adhiera al lecho y la protección de la piel perilesional pueden contribuir a una mejor cicatrización. Del mismo modo, la omisión de estas medidas o el empleo de productos inadecuados puede favorecer maceración, sangrado, dolor o pérdida adicional de tejido.
Esta revisión se centra en los aspectos más útiles para la práctica enfermera habitual: comprensión del problema, identificación de factores predisponentes, valoración clínica y criterios prudentes para la prevención y la selección de apósitos en personas mayores con piel frágil.
Objetivos
El objetivo general es revisar los principales elementos del abordaje enfermero de los desgarros cutáneos en personas mayores, con atención especial a la prevención y al manejo local mediante apósitos.
Como objetivos específicos se plantean:
- Describir los factores intrínsecos y extrínsecos que favorecen la aparición de desgarros cutáneos en piel envejecida.
- Analizar los aspectos clave de la valoración enfermera de la lesión y de la piel circundante.
- Examinar medidas preventivas aplicables en los distintos niveles asistenciales.
- Revisar criterios generales para la elección de apósitos y sistemas de fijación en función de las características de la herida.
- Señalar implicaciones prácticas para la continuidad de cuidados y la seguridad del paciente.
Metodología
Se realizó una revisión teórica de tipo narrativo orientada a la práctica clínica enfermera. El enfoque se dirigió a integrar conocimientos clínicos consolidados sobre envejecimiento cutáneo, mecanismos de producción de desgarros cutáneos, principios básicos de tratamiento local de heridas y criterios de protección de la piel frágil.
El contenido se organizó en torno a cuatro ejes: factores de riesgo, valoración clínica, prevención y selección de apósitos. Al no disponerse en los datos de entrada de una estrategia bibliográfica formal ni de estudios concretos para su síntesis, no se describe una búsqueda sistemática ni se presentan resultados cuantitativos. La exposición prioriza formulaciones prudentes y aplicables a la práctica asistencial, evitando atribuir recomendaciones a organismos específicos no proporcionados.
Se adoptó una perspectiva centrada en la toma de decisiones enfermeras, considerando distintos ámbitos de atención, como hospitalización, atención domiciliaria, centros residenciales y situaciones con dispositivos o estomas que incrementan la manipulación de la piel. La finalidad no es establecer un protocolo universal, sino ofrecer una revisión útil para apoyar la valoración clínica y la individualización de cuidados.
Resultados
Fragilidad cutánea y mecanismos lesionales
El envejecimiento modifica la estructura y la función barrera de la piel. La epidermis y la dermis se hacen más vulnerables, disminuye la cohesión entre capas cutáneas y la respuesta frente al traumatismo se vuelve menos eficaz. La sequedad, la pérdida de elasticidad y la atrofia del tejido subcutáneo reducen la capacidad amortiguadora, de modo que fuerzas relativamente leves pueden provocar una separación parcial de las capas o una laceración lineal o en colgajo.
Los mecanismos más habituales son la fricción y el cizallamiento durante movilizaciones, transferencias, cambios posturales o retirada de ropa y dispositivos. También se observan lesiones secundarias a golpes contra barandillas, sillas, mesas auxiliares o elementos del domicilio. En personas con edema o congestión venosa, la piel puede tensionarse y lesionarse con mayor facilidad. Cuando se añaden adhesivos de alta fijación o recambios frecuentes de apósitos y dispositivos, el riesgo de desprendimiento epidérmico aumenta.
En el área periestomal, aunque la lesión cutánea más conocida suele relacionarse con humedad o irritación química, también pueden producirse desgarros por tracción al retirar barreras cutáneas, placas o cintas adhesivas. Esto obliga a extremar la técnica de despegado, la elección de materiales y la inspección sistemática de la piel.
Factores predisponentes
Los factores intrínsecos incluyen edad avanzada, antecedentes de piel frágil, xerosis, deterioro nutricional, deshidratación, edema, fragilidad vascular y presencia de enfermedades crónicas que comprometan la integridad cutánea o la cicatrización. El deterioro cognitivo y la dependencia para las actividades básicas pueden aumentar el riesgo indirectamente al dificultar la colaboración en movilizaciones o el autocuidado de la piel.
Entre los factores extrínsecos destacan la manipulación frecuente, la movilización apresurada, las caídas, los entornos con mobiliario no adaptado, el uso de prendas o calzado que generen roce y la aplicación de adhesivos que se retiran sin técnica atraumática. El lavado excesivo con productos irritantes, la falta de emolientes y determinadas prácticas rutinarias no revisadas desde la perspectiva de la piel frágil también pueden favorecer la lesión.
En muchos pacientes concurren varios de estos elementos. Por ello, la prevención resulta más eficaz cuando se incorpora a la valoración integral y no se limita a la cura una vez producida la herida.
Valoración enfermera
La valoración inicial debe comenzar por el mecanismo de producción y por la situación basal de la piel. Conocer si la lesión apareció durante una transferencia, por choque con un objeto o tras retirar un adhesivo ayuda a identificar riesgos repetibles y orienta medidas correctoras. En paralelo, conviene explorar antecedentes de lesiones similares, presencia de edema, grado de autonomía, estado nutricional, ayudas técnicas disponibles y apoyo cuidador.
En la exploración local interesa describir la localización, el tamaño aproximado, la existencia o no de colgajo cutáneo y su viabilidad aparente, el sangrado, el exudado, el aspecto del lecho y el estado de la piel perilesional. La observación de coloración alterada, calor, incremento del dolor, exudado maloliente o deterioro inesperado de la herida puede sugerir complicación y requiere valoración profesional más amplia según el contexto clínico.
La piel que rodea la lesión merece una atención específica. Una piel seca, descamada o sometida a humedad persistente se daña con mayor facilidad y condiciona la elección del apósito y de la técnica de fijación. Del mismo modo, la presencia de hematoma, friabilidad capilar o hipersensibilidad dolorosa puede requerir maniobras especialmente delicadas y una frecuencia de cura ajustada para evitar trauma reiterado.
También es relevante valorar el dolor asociado, tanto en reposo como durante la cura. El dolor puede ser infrarregistrado en personas mayores y contribuir al rechazo de movilizaciones o manipulaciones, con impacto funcional añadido. La observación clínica y la comunicación con el paciente y la familia permiten adaptar tiempos, analgesia prescrita y técnica de cura.
Principios generales del manejo local
En el manejo inicial suele ser prioritario controlar el sangrado con medidas suaves, limpiar la herida con una solución adecuada al contexto asistencial y evitar fricciones intensas sobre el lecho. Cuando existe un colgajo cutáneo viable, su recolocación cuidadosa puede favorecer la cobertura del lecho y preservar tejido. Esta maniobra debe realizarse sin tensión excesiva y con instrumental y técnica que minimicen el trauma adicional.
La limpieza debe orientarse a retirar restos visibles sin dañar estructuras frágiles. El secado por presión suave en la piel circundante, evitando arrastres, reduce la posibilidad de ampliar la lesión. Tras ello, la selección del apósito debe perseguir varios objetivos simultáneos: proteger el lecho, gestionar el exudado, mantener humedad terapéutica adecuada, no adherirse de forma traumática y permitir retiradas seguras.
Cuando la lesión es pequeña y el exudado escaso, puede ser suficiente un apósito de contacto atraumático con cobertura secundaria ligera. Si el exudado es mayor, puede valorarse un material con mayor capacidad de absorción, siempre evitando compresión o fijaciones agresivas sobre una piel vulnerable. En zonas sometidas a roce o movilidad continua, la conformabilidad y la estabilidad del apósito resultan especialmente relevantes.
Criterios para la selección de apósitos
No existe un único apósito adecuado para todos los desgarros cutáneos. La elección depende del equilibrio entre protección, absorción, facilidad de retirada y tolerancia cutánea. En general, suelen preferirse materiales atraumáticos, con superficie de contacto no adherente o de baja adherencia al lecho, que permitan cambios sin arrancar tejido neoformado ni lesionar la piel perilesional.
Los apósitos de malla o de contacto suave pueden resultar útiles cuando se pretende proteger el colgajo recolocado o evitar el contacto directo de una cobertura secundaria más absorbente con el lecho. Las espumas conformables pueden considerarse cuando existe exudado moderado y se precisa amortiguación frente a nuevos roces. En lesiones muy secas o con escaso exudado, conviene vigilar que el material elegido no favorezca desecación adicional del tejido.
La fijación es un aspecto central. En piel frágil debe valorarse la conveniencia de emplear sistemas de sujeción menos traumáticos y técnicas de retirada lenta, sujetando la piel y despegando en el sentido de menor tensión. El uso indiscriminado de cintas adhesivas de alta adherencia puede convertir la propia cura en un factor de daño. Cuando sea preciso asegurar el apósito, la extensión del adhesivo y su contacto directo con la piel deberían minimizarse en la medida de lo posible.
La frecuencia de cambio debe individualizarse según exudado, integridad del apósito, confort y estado de la piel circundante. Cambios demasiado frecuentes pueden aumentar el trauma mecánico; cambios demasiado espaciados pueden favorecer maceración, fugas o pérdida de control clínico de la herida. En pacientes con deterioro cognitivo o manipulación involuntaria del apósito, puede ser necesario reforzar la protección de la zona y revisar la causa subyacente.
Prevención enfermera
La prevención comienza con la identificación de la persona en riesgo. La observación de piel fina, equimosis frecuentes, xerosis marcada, antecedentes de desgarros o necesidad de ayuda para las movilizaciones debe alertar sobre la necesidad de un plan preventivo. Este plan puede incluir hidratación cutánea con productos emolientes adecuados, revisión del entorno, adaptación de maniobras de movilización y educación a cuidadores.
Durante los cuidados, la técnica es determinante. Conviene evitar arrastres sobre la sábana, utilizar ayudas para transferencias cuando estén indicadas, proteger prominencias o zonas expuestas a golpes y revisar el ajuste de ropa, calzado y dispositivos. Las uñas cuidadas, la retirada de joyas por parte de profesionales o cuidadores y la atención a superficies potencialmente lesivas son medidas sencillas con impacto preventivo.
La gestión de adhesivos merece un apartado específico. En personas con piel frágil debe valorarse si el producto es realmente necesario, qué superficie de contacto precisa y cuál será la técnica de retirada. En el ámbito de estomas, drenajes o terapias que requieren fijación, la inspección de la piel en cada recambio ayuda a detectar precozmente signos de intolerancia mecánica y a modificar el material antes de que aparezca una lesión de mayor entidad.
La prevención también se relaciona con factores generales de salud. La valoración del estado nutricional, de la hidratación, del control del edema y de la capacidad funcional forma parte del abordaje enfermero integral. Aunque estas medidas no sustituyen la protección mecánica de la piel, pueden contribuir a mejorar la tolerancia tisular y la evolución de la herida si esta ya se ha producido.
Continuidad de cuidados y educación
Los desgarros cutáneos suelen aparecer en pacientes que transitan entre distintos dispositivos asistenciales o que dependen de cuidados familiares. Por ello, la continuidad informativa es relevante. Registrar de forma clara el mecanismo lesional, el aspecto inicial, el apósito empleado y las precauciones de retirada permite mantener coherencia entre profesionales y reducir manipulaciones innecesarias.
La educación a la persona y a su entorno debe centrarse en medidas realistas: reconocimiento de la fragilidad de la piel, hidratación cutánea habitual, evitación de golpes y roces, observación de signos de deterioro y consulta ante cambios en dolor, exudado o integridad del apósito. En el domicilio o en centros residenciales, estas recomendaciones tienen valor añadido porque gran parte del riesgo se concentra en actividades básicas como vestido, higiene y movilización.
Discusión/Conclusiones
Los desgarros cutáneos en personas mayores representan una lesión de elevada relevancia enfermera porque condensan varios problemas frecuentes en la atención a la fragilidad: vulnerabilidad tisular, riesgo derivado de la propia asistencia y necesidad de continuidad de cuidados. Su abordaje no puede reducirse a la colocación de un apósito, ya que la prevención del trauma repetido y la protección de la piel perilesional condicionan de forma decisiva la evolución.
La revisión pone de manifiesto que el razonamiento clínico debe comenzar antes de la herida y mantenerse durante todo el proceso de cicatrización. Conocer el mecanismo de lesión, revisar cómo se moviliza al paciente, qué adhesivos se utilizan y cómo se retiran, o qué apoyo existe en el domicilio, ofrece información tan útil como la inspección del lecho. Esta mirada amplia es especialmente necesaria en personas mayores con dependencia funcional, deterioro cognitivo, edema o coexistencia de dispositivos y estomas.
En relación con los apósitos, la principal implicación práctica es evitar decisiones basadas exclusivamente en la disponibilidad del producto o en rutinas estandarizadas no adaptadas a la piel frágil. El material ideal será aquel que proteja sin adherirse, absorba según necesidad y permita cambios atraumáticos. Más que priorizar una familia concreta de productos, conviene atender a propiedades funcionales y al comportamiento del apósito en cada caso.
Existen además aspectos que requieren sensibilidad clínica. Una cura demasiado intervencionista puede ampliar la lesión; una fijación excesiva puede generar un nuevo desgarro; una retirada rápida del adhesivo puede desestructurar la piel perilesional. Del mismo modo, la falta de educación a cuidadores o la ausencia de registro de las precauciones de manejo favorecen recurrencias evitables.
En la práctica profesional, resulta aconsejable incorporar medidas preventivas de forma sistemática en pacientes con piel frágil, revisar los productos adhesivos empleados y reforzar la formación de los equipos sobre técnicas de manipulación atraumática. También conviene individualizar la frecuencia de cura y la elección del apósito según exudado, localización, movilidad de la zona y tolerancia de la piel.
En síntesis, los desgarros cutáneos en personas mayores deben entenderse como un problema de integridad tisular y de seguridad en los cuidados. La prevención activa, la valoración enfermera minuciosa y el uso prudente de apósitos atraumáticos pueden contribuir a una evolución más favorable y a una menor carga de complicaciones, siempre dentro de una atención adaptada al contexto clínico y a los protocolos vigentes.
Conflicto de intereses
Los autores declaran no presentar conflictos de intereses relacionados con la elaboración y publicación de este artículo.
Financiación
Este trabajo no ha recibido financiación externa ni apoyo económico específico para su realización.
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