Optimising paediatric pain assessment with family participation
Incluido en la revista CADICE. Vol. I . N.º 10 – Octubre 2026
Pág. Inicial: Vol. I; N.º 10:559
Autor principal (primer firmante): Lucía Ortega Ramos
Fecha recepción: 08/09/26
Fecha aceptación: 15/10/26
Fecha de publicación: 20/10/26
Ref.: CADICE. 2026;1(10):559
Autores:
Lucía Ortega Ramos
Sergio Martín Delgado
Categoría: Enfermería
Palabras clave: Dolor en niños; Mejora de la calidad; Niño; Seguridad del paciente; Dolor postoperatorio; Salud infantil; Enfermería pediátrica; Gestión de riesgos; Familia; Medición del dolor
Keywords: Pain; Quality Improvement; Child; Patient Safety; Pain, Postoperative; Child Health; Pediatric Nursing; Risk Management; Family; Pain Measurement
Resumen
Introducción: La valoración del dolor en la infancia continúa siendo un área especialmente sensible para la seguridad del paciente y para la calidad de los cuidados enfermeros. La dificultad para la expresión verbal en determinados grupos de edad, la variabilidad en la interpretación conductual y la dependencia del contexto clínico hacen que el dolor pediátrico pueda infravalorarse o registrarse de forma heterogénea. En este escenario, la participación de la familia puede aportar información relevante sobre la conducta habitual del niño, sus respuestas al malestar y los cambios observados durante el proceso asistencial.
Objetivos: Describir una propuesta de mejora orientada a optimizar la valoración del dolor pediátrico mediante la integración estructurada de la familia en el proceso enfermero, con especial atención a la seguridad, la continuidad del registro y la toma de decisiones clínicas.
Metodología: Se desarrolla un artículo de mejora de calidad y seguridad del paciente basado en un análisis clínico-organizativo del proceso de valoración del dolor en población pediátrica. Se plantea una intervención aplicable al ámbito hospitalario, especialmente en unidades de hospitalización y periodo postoperatorio, incorporando criterios de valoración, medidas organizativas, indicadores de seguimiento, barreras y facilitadores.
Resultados: La propuesta incluye la estandarización del momento de valoración, la selección razonada de escalas según edad y desarrollo, la incorporación de la familia como informante complementario, la mejora del registro enfermero y la comunicación entre profesionales. Se identifican beneficios potenciales en la detección precoz del dolor, en la coherencia de las reevaluaciones y en la seguridad clínica, así como necesidades formativas y organizativas para su implantación.
Discusión/Conclusiones: La participación familiar no sustituye la valoración profesional, pero puede reforzarla cuando se integra de forma estructurada, ética y contextualizada. La mejora del proceso requiere liderazgo enfermero, adaptación a los protocolos del centro y seguimiento continuo mediante indicadores asistenciales. Su utilidad radica en favorecer una valoración más consistente, centrada en el niño y sensible a la variabilidad clínica.
Abstract
Introduction: Pain assessment in childhood remains a particularly sensitive area for patient safety and nursing care quality. Limited verbal expression in some age groups, variability in behavioural interpretation, and the influence of the clinical setting may lead to underrecognition or inconsistent documentation of pediatric pain. In this context, family involvement may provide relevant information on the child’s usual behaviour, distress responses, and changes during the care process.
Objectives: To describe a quality improvement proposal aimed at optimizing pediatric pain assessment through structured family participation within the nursing process, with special attention to safety, continuity of documentation, and clinical decision-making.
Methodology: A quality and patient safety article was developed from a clinical and organizational analysis of pediatric pain assessment. The proposed intervention is intended for hospital settings, especially pediatric wards and postoperative care, and includes assessment criteria, organizational measures, follow-up indicators, barriers, and facilitators.
Results: The proposal includes standardizing assessment timing, selecting age-appropriate tools, integrating the family as a complementary source of information, improving nursing documentation, and strengthening interprofessional communication. Potential benefits are identified in earlier pain detection, more coherent reassessment, and safer care, together with training and organizational needs for implementation.
Discussion/Conclusions: Family participation does not replace professional assessment, but it may strengthen it when incorporated in a structured, ethical, and context-sensitive way. Process improvement requires nursing leadership, adaptation to local protocols, and continuous monitoring through care indicators. Its main contribution lies in promoting a more consistent, child-centred assessment process responsive to clinical variability.
Introducción
El dolor pediátrico constituye un problema asistencial de primer orden por sus implicaciones clínicas, emocionales y relacionales. En la práctica diaria, su valoración presenta dificultades específicas derivadas de la edad, del nivel madurativo, de la situación aguda o postoperatoria y de la coexistencia de ansiedad, miedo o alteraciones del sueño. A ello se suma que el niño no siempre dispone de recursos comunicativos suficientes para describir la intensidad, la localización o la cualidad del dolor, lo que obliga a una aproximación enfermera que combine observación sistemática, escucha activa y uso adecuado de herramientas de medida.
La variabilidad en la valoración del dolor puede traducirse en registros incompletos, reevaluaciones irregulares o discrepancias entre la percepción de la familia y la apreciación profesional. Estas diferencias no deben interpretarse como una oposición entre perspectivas, sino como un indicador de la complejidad del fenómeno doloroso en la infancia. La familia, y en especial la persona cuidadora principal, suele identificar cambios sutiles en la expresión facial, la postura, el llanto, la interacción o la conducta de reposo y alimentación. Esta información, integrada con juicio clínico y con instrumentos apropiados, puede enriquecer la valoración y contribuir a una respuesta más ajustada.
En el ámbito hospitalario, y de manera destacada en el dolor postoperatorio, la necesidad de valorar de forma continuada adquiere mayor relevancia. El dolor no detectado o insuficientemente reevaluado puede relacionarse con mayor malestar, rechazo a la movilización, dificultades para el descanso y experiencias asistenciales negativas. Por ello, la valoración del dolor no puede reducirse a un acto puntual ni a un único registro numérico; debe considerarse un proceso dinámico, integrado en la vigilancia clínica y en la planificación de cuidados.
La Enfermería pediátrica ocupa una posición central en este proceso. Su presencia continuada junto al niño y su familia facilita la observación evolutiva, la detección de signos de sufrimiento, la educación sanitaria y la coordinación con el resto del equipo. Desde la perspectiva de la calidad asistencial, optimizar la valoración del dolor implica revisar prácticas, disminuir la heterogeneidad en el uso de escalas, clarificar el papel de la familia y reforzar la trazabilidad del registro. Desde la seguridad del paciente, supone reducir el riesgo de infravaloración, de demora en la respuesta terapéutica y de decisiones basadas en datos incompletos.
La participación familiar, cuando se canaliza de forma estructurada, puede aportar valor al proceso sin desplazar la responsabilidad clínica de los profesionales. Integrar a la familia no significa delegar la valoración, sino reconocerla como fuente complementaria de información sobre el comportamiento basal del niño, sus formas de expresar malestar y la respuesta a las medidas instauradas. Esta aproximación se alinea con modelos asistenciales centrados en la persona y su entorno, y resulta especialmente pertinente en pediatría, donde la experiencia de enfermedad se vive de forma relacional.
Plantear una mejora en este ámbito requiere considerar no solo las herramientas de medición, sino también la organización de los cuidados: cuándo se valora, quién lo registra, cómo se comunica la información relevante y de qué modo se documenta la aportación familiar. La propuesta que se expone a continuación se orienta a fortalecer ese proceso desde una perspectiva enfermera, realista y adaptable a diferentes unidades pediátricas.
Objetivos
El objetivo general es presentar una propuesta de mejora para optimizar la valoración del dolor pediátrico mediante la participación estructurada de la familia en el proceso asistencial, favoreciendo la calidad del cuidado, la continuidad del registro y la seguridad del paciente.
Como objetivos específicos se plantean:
- Identificar los puntos del proceso asistencial en los que la valoración del dolor pediátrico puede resultar más vulnerable a la variabilidad clínica y organizativa.
- Describir el papel de la Enfermería en la integración de la información aportada por la familia dentro de una valoración multidimensional del dolor.
- Definir componentes operativos de una intervención de mejora aplicable a unidades pediátricas hospitalarias, incluidas situaciones postoperatorias.
- Proponer indicadores cualitativos y organizativos que permitan monitorizar la implantación y el seguimiento de la mejora.
- Analizar barreras y facilitadores para la incorporación efectiva de la familia en un proceso de valoración seguro, consistente y clínicamente útil.
Metodología
Se presenta una propuesta de mejora de calidad y seguridad construida a partir de un análisis narrativo del proceso de valoración del dolor en pediatría y de la experiencia asistencial habitualmente observada en entornos hospitalarios. El enfoque se centra en unidades de hospitalización infantil, áreas de recuperación y situaciones de dolor agudo, con especial aplicabilidad al periodo postoperatorio, aunque varios elementos son transferibles a otros contextos de atención pediátrica.
La intervención se organiza en torno a cinco ejes: valoración inicial estandarizada, reevaluación planificada, participación familiar estructurada, registro clínico homogéneo y comunicación interdisciplinar. No se plantea como protocolo cerrado, sino como marco operativo que debe adaptarse al perfil de pacientes, a la organización del centro y a los procedimientos vigentes.
Ámbito de aplicación
La propuesta resulta especialmente pertinente en niños con capacidad verbal limitada, en lactantes, en pacientes con ansiedad elevada, en periodos postoperatorios y en situaciones en las que el profesional dispone de observaciones clínicas fragmentadas por cambios de turno o por alta carga asistencial. También puede ser útil en niños con discapacidad o con patrones de expresión del dolor menos convencionales, siempre que el equipo disponga de información basal aportada por sus cuidadores.
Elementos de análisis del proceso
Para estructurar la mejora se han considerado varios puntos críticos frecuentes en la práctica:
- Uso no homogéneo de escalas o herramientas de observación según edad y desarrollo.
- Registros centrados exclusivamente en un valor puntual, sin contexto conductual ni temporal.
- Escasa sistematización de la información proporcionada por la familia.
- Diferencias entre la valoración previa y la reevaluación posterior a intervenciones farmacológicas o no farmacológicas.
- Comunicación insuficiente entre turnos y entre profesionales sobre la evolución del dolor.
A partir de estos puntos se diseña una estrategia de mejora basada en la incorporación deliberada de la familia como informante complementario y en el fortalecimiento del liderazgo enfermero en la observación continuada.
Indicadores propuestos
Sin establecer cifras objetivo universales, la evaluación de la implantación puede apoyarse en indicadores como la presencia de valoración inicial documentada, la constancia de reevaluaciones en momentos definidos del proceso asistencial, el registro de la escala empleada, la incorporación de observaciones familiares cuando sean pertinentes y la existencia de comunicación explícita sobre cambios relevantes en la respuesta del niño al dolor. También puede valorarse la percepción de utilidad por parte de profesionales y familias, así como la consistencia entre observación clínica, registro y decisiones de cuidado.
Resultados
La optimización de la valoración del dolor pediátrico se articula en una propuesta de intervención con componentes clínicos y organizativos. El eje central es reconocer que la información familiar, lejos de ser un elemento accesorio, puede complementar la valoración enfermera cuando se integra de manera estructurada y con criterios claros.
Valoración inicial más completa y contextualizada
La primera medida consiste en reforzar la valoración inicial del dolor desde el ingreso, en el postoperatorio inmediato o ante cualquier cambio clínico relevante. Esta valoración debe incluir la selección de una herramienta acorde con la edad, el desarrollo cognitivo y la capacidad de comunicación del niño. En los pacientes que pueden expresarse verbalmente, la autoevaluación debe priorizarse siempre que sea viable. En los niños con menor capacidad de verbalización, la observación de indicadores conductuales y fisiológicos requiere una lectura clínica cuidadosa, evitando interpretar de manera aislada signos que pueden estar influidos por el miedo o por el entorno.
En este punto, la participación de la familia puede ayudar a precisar si determinadas conductas son nuevas, si difieren del patrón habitual del niño o si han aparecido tras un procedimiento concreto. Preguntas breves y estructuradas, incorporadas a la entrevista enfermera, facilitan obtener información útil: cómo expresa habitualmente el malestar, qué cambios han notado los cuidadores, qué medidas le alivian o aumentan la incomodidad y cómo suele reaccionar ante la movilización o el contacto.
Participación familiar estructurada
La aportación familiar resulta más eficaz cuando se aleja de la improvisación. Para ello, se propone que la Enfermería delimite claramente qué tipo de información se solicita y en qué momentos. La familia puede colaborar en la identificación de signos tempranos de dolor, en la observación de la respuesta a las intervenciones y en la detección de conductas de evitación, irritabilidad o retraimiento poco habituales.
Esta participación debe encuadrarse en un modelo de alianza terapéutica. No se trata de pedir a la familia que puntúe el dolor como sustituta del profesional, sino de integrar su conocimiento del niño como parte del razonamiento clínico. Cuando existen discrepancias entre la observación del equipo y la percepción familiar, conviene explorar las razones de forma abierta: momento de la observación, cambios recientes, expectativas, miedo al dolor o experiencias previas. La discrepancia, bien abordada, puede convertirse en una oportunidad para refinar la valoración.
También es recomendable explicar a la familia cómo se valora el dolor en la unidad, qué significa la reevaluación y por qué puede variar la expresión del dolor tras el descanso, la movilización o los procedimientos. Esta información reduce incertidumbre y favorece una colaboración más útil y menos centrada en impresiones aisladas.
Reevaluación planificada y vinculada a la respuesta clínica
Una debilidad frecuente del proceso es la distancia entre la valoración inicial y las reevaluaciones posteriores. La mejora propuesta contempla que toda intervención orientada al alivio del dolor, farmacológica o no farmacológica, vaya acompañada de una reevaluación en un plazo coherente con la situación clínica y con el tipo de medida instaurada. La continuidad del seguimiento es especialmente importante en el postoperatorio, donde la intensidad del dolor puede modificarse con rapidez por el despertar, la movilización, la retirada de dispositivos o el inicio de la tolerancia oral.
La familia puede aportar observaciones entre mediciones regladas, sobre todo cuando permanece junto al niño durante periodos prolongados. Para que esta colaboración sea segura, la instrucción debe ser concreta: comunicar cambios conductuales significativos, aumento del llanto inconsolable, rechazo persistente al movimiento o expresión verbal de dolor no observada previamente. De este modo, la familia actúa como aliada en la vigilancia, no como evaluadora autónoma del proceso clínico.
Mejora del registro enfermero
El registro constituye una pieza esencial de la calidad asistencial. Documentar solo un valor numérico o una impresión inespecífica dificulta la comparación evolutiva y reduce la utilidad del dato. La propuesta plantea que el registro incluya, además de la escala o criterio utilizado, el contexto de la valoración, la conducta observada, las intervenciones realizadas y la respuesta posterior. Cuando la información familiar haya sido relevante para la toma de decisiones, también conviene reflejarla de forma sintética y objetiva.
Un registro más completo favorece la continuidad entre turnos y minimiza interpretaciones contradictorias. Además, permite distinguir si el dolor aparece en reposo, con el movimiento, durante los cuidados o en relación con el miedo anticipatorio. Esta diferenciación puede orientar mejor la planificación de intervenciones y la coordinación con el equipo médico.
Comunicación y coordinación del equipo
La calidad de la valoración no depende solo del momento en que se observa al niño, sino también de cómo se transmite la información. En unidades con rotación de profesionales, la ausencia de una comunicación clara puede generar duplicidades o, por el contrario, lagunas en el seguimiento. Por ello, la intervención incorpora recomendaciones organizativas sencillas: incluir la situación del dolor en los relevos, señalar cambios relevantes en la conducta del niño y comunicar la percepción familiar cuando esta haya modificado la sospecha clínica o motivado una reevaluación.
La Enfermería puede desempeñar un papel de enlace entre la observación continuada, la educación a la familia y la coordinación interdisciplinar. Este liderazgo no se limita al registro; implica también interpretar la evolución, detectar patrones y activar la revisión clínica cuando la respuesta analgésica resulte insuficiente o la situación cambie de forma inesperada.
Formación y cultura de seguridad
La implantación de la mejora requiere entrenamiento de los profesionales en dos planos complementarios: el uso consistente de herramientas de valoración y la comunicación clínica con las familias. La competencia técnica en escalas pediátricas es necesaria, pero no suficiente. También debe trabajarse la capacidad para explorar la percepción familiar sin invalidarla ni asumirla acríticamente, así como para traducir esa información en observaciones útiles para la práctica.
Desde la cultura de seguridad, valorar bien el dolor supone reconocer que la ausencia de un registro claro o la minimización de la conducta del niño pueden constituir riesgos asistenciales. Del mismo modo, una familia ignorada o mal orientada puede dejar de comunicar señales relevantes. Incorporar su participación de forma estructurada reduce ese riesgo y contribuye a una atención más sensible a las necesidades reales del paciente pediátrico.
Barreras y facilitadores
Entre las barreras previsibles se encuentran la carga asistencial, la variabilidad formativa entre profesionales, la percepción de que la participación familiar enlentece el proceso y la dificultad para homogeneizar el registro. También pueden surgir tensiones cuando la familia presenta ansiedad elevada o interpreta cualquier malestar como dolor intenso. Estas situaciones no invalidan la propuesta, pero obligan a una comunicación clara y a un marco de actuación compartido.
Como facilitadores destacan la continuidad de la presencia familiar en pediatría, la posición estratégica de la Enfermería en la vigilancia clínica, la posibilidad de incorporar preguntas breves al ingreso y la utilidad de plantillas de registro que incluyan observación conductual, escala empleada y respuesta a intervenciones. El apoyo de referentes clínicos de la unidad y la retroalimentación periódica sobre el proceso pueden favorecer la sostenibilidad de la mejora.
Discusión/Conclusiones
La valoración del dolor pediátrico exige una mirada clínica que reconozca la singularidad del niño y la complejidad de su expresión del sufrimiento. La propuesta expuesta parte de una idea sencilla, pero con implicaciones prácticas relevantes: la familia puede aportar información de alto valor cuando se integra en un proceso estructurado, liderado por Enfermería y orientado por criterios asistenciales consistentes.
Uno de los principales aportes de esta aproximación es desplazar la valoración del dolor desde una lógica exclusivamente puntual hacia un seguimiento más contextualizado. El registro de una escala continúa siendo útil, pero alcanza mayor significado cuando se acompaña de observación conductual, interpretación del momento clínico y contraste con la percepción de quienes conocen mejor el patrón habitual del niño. Esta integración puede mejorar la sensibilidad del proceso, especialmente en lactantes, niños pequeños o pacientes con limitaciones de comunicación.
La participación familiar, sin embargo, no está exenta de desafíos. Puede introducir sesgos si no se define bien su función, si se delega en exceso la interpretación o si no se ofrece una orientación clara. Por ello, su valor depende de que se incorpore como fuente complementaria de información y no como sustitución de la valoración profesional. La responsabilidad clínica sigue correspondiendo al equipo, que debe decidir, documentar y reevaluar con criterios de seguridad.
Desde el punto de vista organizativo, la mejora del proceso no requiere necesariamente dispositivos complejos, pero sí consistencia. La selección adecuada de herramientas, la estandarización de momentos de valoración, la comunicación entre turnos y la documentación de la respuesta a las intervenciones son elementos asumibles en muchos entornos si existe liderazgo clínico y compromiso de unidad. La Enfermería se sitúa en una posición especialmente favorable para impulsar este cambio, dado su contacto continuo con el niño y con su familia.
Entre los límites de la propuesta se encuentra su necesaria adaptación a cada contexto asistencial. Las características de la unidad, la disponibilidad de formación, el perfil de los pacientes y los sistemas de registro condicionarán la forma de implantación. Además, no todos los entornos disponen del mismo tiempo para incorporar entrevistas estructuradas o reevaluaciones tan frecuentes como sería deseable. Esto obliga a priorizar intervenciones factibles y a revisar periódicamente el proceso para identificar oportunidades reales de mejora.
La optimización de la valoración del dolor pediátrico con participación familiar puede contribuir a una atención más segura, más coherente y más centrada en el paciente. Su interés no reside solo en mejorar la detección del dolor, sino también en fortalecer la relación terapéutica, dar mayor continuidad a los cuidados y favorecer decisiones clínicas apoyadas en información más completa. En pediatría, donde la experiencia del enfermar se comparte con la familia, integrar esa realidad en la práctica enfermera no representa una concesión, sino una forma de afinar la calidad del cuidado.
Conflicto de intereses
Los autores declaran la ausencia de conflictos de intereses en la preparación de este manuscrito.
Financiación
El presente manuscrito se ha realizado sin financiación externa específica.
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