Care plan for depression with low adherence to treatment
Incluido en la revista CADICE. Vol. I . N.º 8 – Agosto 2026
Pág. Inicial: Vol. I; N.º 8:289
Autor principal (primer firmante): Cristina Moreno Vila
Fecha recepción: 23/07/26
Fecha aceptación: 22/08/26
Fecha de publicación: 27/08/26
Ref.: CADICE. 2026;1(8):289
Autores:
Cristina Moreno Vila
Daniel Ortega Medina
Patricia Serrano López
Categoría: Enfermería
Palabras clave: Adherencia terapéutica; Intervención en crisis; Apoyo psicosocial; Depresión; Antidepresivos; Cuidados de Enfermería; Relaciones enfermera-paciente; Salud mental; Autocuidado; Proceso de Enfermería
Keywords: Treatment Adherence and Compliance; Crisis Intervention; Psychosocial Support; Depression; Antidepressive Agents; Nursing Care; Nurse-Patient Relations; Mental Health; Self Care; Nursing Process
Resumen
Introducción: La depresión plantea una importante carga de sufrimiento, deterioro funcional y riesgo clínico, especialmente cuando se asocia a baja adherencia al tratamiento farmacológico y al seguimiento terapéutico. En este contexto, la Enfermería de salud mental ocupa una posición relevante en la detección precoz de dificultades, en la construcción de la alianza terapéutica y en la continuidad de cuidados.
Objetivos: Describir un plan de cuidados de Enfermería aplicado a una persona adulta con sintomatología depresiva y baja adherencia al tratamiento, centrado en la valoración integral, la identificación de problemas de cuidados, la planificación de intervenciones y la evolución clínica inicial.
Metodología: Se expone una situación clínica estructurada mediante el proceso de Enfermería. La valoración se organiza a partir de datos clínicos, funcionales, emocionales, familiares y sociales, con especial atención a la adherencia terapéutica, al autocuidado, al apoyo disponible y a la presencia de señales de riesgo que requieren vigilancia estrecha.
Resultados: La paciente presentaba ánimo deprimido, anhedonia, fatiga, alteraciones del sueño, sentimientos de inutilidad, escasa motivación para el autocuidado y discontinuidad en la toma del tratamiento antidepresivo. El plan enfermero priorizó la vinculación terapéutica, la evaluación continuada del riesgo, la psicoeducación sobre la depresión y el tratamiento, la organización de rutinas sencillas, el apoyo en actividades básicas y la coordinación con la red familiar y los dispositivos de salud mental. Durante el seguimiento se observó mayor aceptación del tratamiento, mejor comunicación de malestar, recuperación parcial de hábitos cotidianos y asistencia más regular a las revisiones.
Discusión/Conclusiones: La baja adherencia en depresión suele relacionarse con factores clínicos, cognitivos, emocionales y contextuales. Un plan de cuidados individualizado, centrado en la relación terapéutica y en objetivos alcanzables, puede contribuir a mejorar la continuidad asistencial y a reducir situaciones de descompensación. La evaluación del riesgo y la coordinación interdisciplinar deben mantenerse como ejes permanentes del abordaje.
Abstract
Introduction: Depression is associated with significant emotional distress, functional impairment and clinical risk, particularly when poor adherence to medication and follow-up is present. In this setting, mental health nursing plays a relevant role in early detection of difficulties, therapeutic engagement and continuity of care.
Objectives: To describe a nursing care plan for an adult patient with depressive symptoms and poor treatment adherence, focusing on comprehensive assessment, identification of care problems, care planning and early clinical follow-up.
Methodology: A clinical situation is presented and organized through the nursing process. Assessment includes clinical, functional, emotional, family and social data, with special attention to treatment adherence, self-care, available support and warning signs requiring close monitoring.
Results: The patient showed depressed mood, anhedonia, fatigue, sleep disturbance, feelings of worthlessness, poor self-care motivation and inconsistent use of antidepressant medication. Nursing care priorities included therapeutic engagement, ongoing risk assessment, psychoeducation about depression and treatment, support for simple daily routines, assistance with basic activities and coordination with family and mental health services. Follow-up showed better treatment acceptance, improved communication of distress, partial recovery of daily habits and more regular attendance at appointments.
Discussion/Conclusions: Poor adherence in depression is usually linked to clinical, cognitive, emotional and contextual factors. An individualized nursing care plan, based on the therapeutic relationship and realistic goals, may improve continuity of care and help prevent worsening of the clinical condition. Risk assessment and interdisciplinary coordination remain essential components of management.
Introducción
La depresión constituye un problema asistencial frecuente en distintos niveles de atención y puede expresarse con intensidad variable, desde formas leves con predominio de apatía y pérdida de interés hasta cuadros de mayor complejidad con afectación funcional marcada, retraimiento social y riesgo de autolesión. En la práctica enfermera, uno de los aspectos que más condiciona la evolución es la baja adherencia al tratamiento, entendida no solo como la omisión o irregularidad en la toma de la medicación, sino también como la dificultad para mantener citas de seguimiento, sostener pautas de autocuidado y participar en medidas terapéuticas no farmacológicas.
La falta de adherencia en personas con depresión rara vez responde a una única causa. Puede vincularse a desesperanza, lentitud psicomotora, alteraciones del sueño, déficit de concentración, estigma, escaso apoyo social, miedo a efectos adversos, desconfianza hacia el tratamiento o percepción de inutilidad del mismo. A ello se añaden factores relacionales y organizativos, como experiencias sanitarias previas poco satisfactorias, discontinuidad en la atención o dificultades para acceder a recursos de salud mental. Desde la perspectiva enfermera, identificar estos elementos resulta más útil que atribuir la situación a una simple falta de voluntad.
La atención de Enfermería en salud mental se apoya en la observación clínica continuada, la escucha terapéutica, la educación sanitaria, el acompañamiento en el afrontamiento y la coordinación con otros profesionales. En pacientes con depresión y baja adherencia, la relación enfermera-paciente adquiere una relevancia particular porque permite explorar barreras, reconocer señales de empeoramiento, reforzar conductas de autocuidado y sostener una intervención ajustada al ritmo de la persona. Este trabajo relacional no sustituye al abordaje médico ni psicológico, pero puede facilitar la permanencia en el proceso terapéutico.
El plan de cuidados debe considerar, además, la posible coexistencia de ideación autolítica, consumo de sustancias, aislamiento, deterioro de la higiene, abandono ocupacional y sobrecarga familiar. En estos casos, la valoración integral y el seguimiento estructurado son necesarios para priorizar problemas, definir objetivos realistas y adaptar las intervenciones a la capacidad funcional del momento. No se trata de imponer un itinerario uniforme, sino de organizar respuestas proporcionales al estado clínico, a los recursos disponibles y al nivel de apoyo informal.
El presente artículo desarrolla una situación clínica centrada en una mujer adulta con depresión y baja adherencia terapéutica. A través del proceso de Enfermería se expone la valoración inicial, la formulación de problemas de cuidados, la planificación de intervenciones y la evolución inicial, con especial atención a la seguridad, al apoyo psicosocial y a la continuidad asistencial.
Objetivos
Describir un plan de cuidados de Enfermería orientado al abordaje de una persona con depresión y baja adherencia al tratamiento, integrando valoración clínica, necesidades de apoyo, seguimiento y coordinación asistencial.
Como objetivos específicos se plantean:
- Identificar factores personales, familiares y contextuales asociados a la discontinuidad terapéutica.
- Priorizar problemas de cuidados relacionados con el estado de ánimo, el autocuidado, el patrón de sueño, la motivación y la seguridad clínica.
- Diseñar intervenciones enfermeras dirigidas a favorecer la vinculación terapéutica y la aceptación progresiva del tratamiento.
- Promover estrategias sencillas de afrontamiento y recuperación funcional ajustadas al nivel de energía y capacidad de la paciente.
- Reforzar la participación de la familia o red de apoyo en términos de acompañamiento, observación de cambios y facilitación del seguimiento.
- Plantear criterios de evaluación clínica y funcional útiles para el control evolutivo en salud mental.
Metodología
Se desarrolla una situación clínica del ámbito ambulatorio de salud mental estructurada mediante el proceso de Enfermería. El abordaje se organiza a partir de una valoración inicial, la identificación de problemas prioritarios, la planificación de cuidados, la ejecución de intervenciones y el seguimiento evolutivo.
La valoración enfermera se centra en dimensiones clínicas y psicosociales especialmente relevantes en depresión: estado de ánimo, expresión emocional, pensamiento de desesperanza, energía disponible, capacidad de autocuidado, patrón de sueño y alimentación, adherencia al tratamiento prescrito, consumo de tóxicos, red de apoyo, situación laboral, percepción de enfermedad y capacidad de pedir ayuda. También se incorporan datos observacionales sobre aspecto general, contacto visual, iniciativa, lenguaje, actividad psicomotora y grado de colaboración.
La planificación se formula con un criterio de prudencia clínica. Se priorizan aquellas intervenciones orientadas a mantener la seguridad, establecer una relación terapéutica estable, disminuir barreras para la adherencia y recuperar progresivamente rutinas básicas. Dado que la depresión puede cursar con oscilaciones y episodios de empeoramiento, el plan se concibe como dinámico y revisable, con necesidad de coordinación con medicina, psicología clínica o psiquiatría, trabajo social y entorno familiar cuando resulte pertinente.
La evaluación se basa en indicadores observables de evolución, tales como regularidad en la asistencia, expresión de malestar, grado de colaboración con el tratamiento, cumplimiento aproximado de la pauta farmacológica, nivel de autocuidado, tolerancia a la actividad, calidad del descanso, capacidad de planificación de tareas simples y disminución de conductas de aislamiento. La vigilancia del riesgo autolítico forma parte transversal del proceso y obliga a revalorar el plan ante cualquier cambio clínico relevante.
Resultados
Presentación de la situación clínica
Mujer de 46 años, a la que se identificará como M.R., remitida a seguimiento de salud mental por empeoramiento de sintomatología depresiva. Convive con una hija adolescente y mantiene contacto irregular con otros familiares. En los meses previos había cesado de forma intermitente la toma del antidepresivo pautado, suspendiéndolo en ocasiones durante varios días por sensación de ineficacia, somnolencia subjetiva y falta de motivación para mantener rutinas. Había faltado a revisiones anteriores y refería dificultad para salir del domicilio, escasa energía y pérdida de interés por actividades previamente significativas.
Durante la entrevista inicial se mostraba enlentecida, con voz baja, afecto triste y limitada espontaneidad. Manifestaba insomnio de conciliación, despertar precoz, cansancio persistente, disminución del apetito y abandono parcial del autocuidado. Describía sentimientos de carga para su familia, ideas reiteradas de incapacidad y percepción pesimista del futuro. Negaba un plan autolítico estructurado, aunque verbalizaba pensamientos de deseo de no despertarse y de desaparecer, lo que obligó a extremar la valoración del riesgo y la frecuencia del seguimiento.
En el plano funcional, había reducido tareas domésticas básicas, permanecía largos periodos en cama o en sofá y realizaba higiene personal de manera irregular. La hija asumía parte de las tareas del hogar y expresaba preocupación por el aislamiento creciente de su madre. No se objetivaban signos de intoxicación aguda ni de desorganización conductual grave, pero sí una marcada dificultad para sostener hábitos mínimos. La percepción de la paciente respecto al tratamiento era ambivalente: reconocía que en periodos previos había mejorado parcialmente, aunque predominaba la idea de que nada podía ayudarla de forma estable.
Valoración enfermera
La valoración permitió identificar como áreas alteradas el afrontamiento, el autocuidado, el sueño-descanso, la actividad, la interacción social y la gestión del régimen terapéutico. La paciente presentaba escasa iniciativa, elevada autocrítica y baja expectativa de mejoría. La relación con los profesionales era correcta, aunque con tendencia inicial al retraimiento y a respuestas breves. El vínculo terapéutico se consideró un objetivo prioritario, dado que la adherencia difícilmente podía mejorar sin una alianza asistencial mínima.
Desde la perspectiva de seguridad, los pensamientos pasivos de muerte, la desesperanza y el deterioro funcional aconsejaban una observación estrecha. Aunque no existían datos de conducta suicida inminente en ese momento, el cuadro requería explorar de forma repetida la intensidad del malestar, la presencia de ideas autolíticas más estructuradas, la disponibilidad de apoyo y los cambios en la conducta habitual. Se revisó con la paciente la necesidad de comunicar de forma precoz cualquier incremento del riesgo, y se consensuó implicar a un familiar de referencia para facilitar detección y acompañamiento.
Se consideraron como problemas de cuidados prioritarios: baja adherencia al tratamiento terapéutico, afrontamiento ineficaz, déficit de autocuidado relacionado con desmotivación y fatiga, alteración del patrón del sueño, aislamiento social y riesgo de empeoramiento clínico asociado a desesperanza e interrupción del seguimiento. La formulación operativa de estos problemas permitió orientar intervenciones concretas sin perder de vista la evolución fluctuante del trastorno depresivo.
Planificación de cuidados
El primer objetivo asistencial fue favorecer la permanencia de la paciente en el circuito terapéutico. Para ello se plantearon contactos enfermeros periódicos, inicialmente más próximos, con entrevistas breves y estructuradas que redujeran la sensación de sobreexigencia. Se priorizó un entorno comunicativo no confrontativo, validando el sufrimiento expresado y evitando mensajes simplificadores sobre la voluntad o la necesidad de “animarse”.
Un segundo objetivo consistió en mejorar gradualmente la adherencia al tratamiento farmacológico mediante psicoeducación individualizada. Se exploraron creencias sobre los antidepresivos, experiencias previas, temores y expectativas. La información se ofreció con lenguaje claro y en fragmentos breves, explicando la importancia de no interrumpir la medicación sin valoración profesional y revisando posibles dificultades prácticas para la toma. Se propusieron recordatorios sencillos, asociación de la medicación a rutinas estables y supervisión puntual por parte del entorno cercano, siempre que la paciente lo aceptara.
El tercer eje del plan se orientó a recuperar autocuidados básicos. En lugar de establecer metas amplias, se fijaron tareas muy concretas y graduadas: higiene diaria al menos parcial, cambio de ropa, ventilación de la habitación, incorporación fuera de la cama en determinados momentos y una actividad doméstica simple. El propósito no era aumentar la exigencia, sino reconstruir sensación de capacidad. Cada objetivo se revisó en la siguiente entrevista, valorando barreras y reforzando cualquier avance funcional, por pequeño que fuese.
También se abordó el patrón de sueño. Se revisaron hábitos previos al descanso, tiempo en cama durante el día, consumo de estimulantes y relación entre rumiación nocturna y empeoramiento del insomnio. Las recomendaciones se individualizaron con medidas de higiene del sueño asumibles, evitando sobrecargar a la paciente con múltiples instrucciones simultáneas. Cuando la falta de descanso se relacionaba con incremento de angustia, se entrenaron estrategias sencillas de respiración pausada, reducción de estímulos y preparación de una secuencia rutinaria nocturna.
La intervención sobre apoyo psicosocial se centró en disminuir aislamiento y sobrecarga familiar. Se propuso identificar una persona de referencia para acompañar citas, facilitar la organización del tratamiento y comunicar cambios clínicos preocupantes. Con consentimiento de la paciente, se realizó entrevista con la hija para ofrecer orientación básica sobre señales de alarma, formas de apoyo y límites del rol familiar, subrayando que el acompañamiento no debe traducirse en control coercitivo ni en responsabilización exclusiva del entorno.
Intervenciones enfermeras desarrolladas
Durante las primeras semanas se mantuvieron entrevistas centradas en escucha terapéutica, evaluación del estado emocional y revisión de la adherencia. La enfermera utilizó preguntas abiertas y concretas, favoreciendo la expresión de dificultades sin juicios. Se exploró en cada contacto la presencia de ideas de muerte, cambios en el sueño, ingesta, nivel de actividad y capacidad para realizar tareas esenciales. Esta monitorización permitió detectar oscilaciones del cuadro y ajustar la intensidad del acompañamiento.
En relación con la medicación, se trabajó la identificación de momentos de mayor riesgo de omisión, especialmente mañanas con intensa apatía y fines de semana con desestructuración horaria. Se acordó un sistema de pastillero semanal y anotación simple de tomas. La finalidad no fue fiscalizar, sino ayudar a hacer visible el cumplimiento y a conversar sobre interrupciones sin culpabilización. La paciente refirió que, al poder explicar por qué dejaba la medicación, disminuía su resistencia a retomar la pauta.
Se incorporaron intervenciones de apoyo para la activación conductual básica. La paciente eligió dos actividades realistas: ducharse antes del mediodía y caminar brevemente en el exterior acompañada por su hija tres veces por semana, siempre que el malestar lo permitiera. La enfermera reformuló estas acciones como parte del cuidado diario y no como exigencias de rendimiento. Este enfoque favoreció una mejor aceptación y redujo la vivencia de fracaso cuando no podía cumplirlas todos los días.
Ante verbalizaciones de desesperanza, se trabajó la contención emocional y la reorientación hacia metas inmediatas. En lugar de discutir la validez de sus pensamientos, se ayudó a la paciente a diferenciar entre la intensidad del malestar presente y la irreversibilidad de la situación. La intervención en crisis se aplicó de manera puntual en momentos de especial desbordamiento, priorizando reducción de estímulos, presencia terapéutica, exploración directa del riesgo y activación de apoyos.
La coordinación con el equipo de salud mental resultó necesaria para revisar la tolerancia al tratamiento, valorar ajustes terapéuticos y unificar mensajes. Asimismo, se consideró la dimensión social del caso, dado que la paciente había reducido notablemente su funcionamiento cotidiano y presentaba dificultades para sostener responsabilidades domésticas. La continuidad asistencial se apoyó en citas programadas, posibilidad de contacto ante empeoramiento y participación del entorno cuando la paciente lo permitía.
Evolución inicial
En el seguimiento posterior se observó una mejoría parcial pero clínicamente significativa en aspectos concretos. La paciente acudió con mayor regularidad a las consultas programadas y mostró una actitud menos evasiva durante las entrevistas. Aunque persistían tristeza y fatigabilidad, comenzó a identificar con más precisión los momentos en que pensaba abandonar la medicación y a verbalizar dudas antes de suspenderla. Esta modificación conductual se interpretó como un avance en la alianza terapéutica y en la toma compartida de decisiones.
También se apreció recuperación limitada del autocuidado: aumento de la frecuencia de higiene, mayor permanencia fuera de la cama durante el día y reanudación ocasional de pequeñas tareas domésticas. El sueño continuaba alterado, pero la paciente refería menor desorganización nocturna y cierta utilidad de las rutinas previas al descanso. La hija informaba de una convivencia algo menos tensa y de mejor disposición materna para aceptar ayuda.
Los pensamientos pasivos de muerte no desaparecieron por completo, por lo que se mantuvo la vigilancia estrecha. Sin embargo, la paciente comenzó a comunicar antes el aumento del malestar y aceptó revisar un plan básico de actuación ante empeoramiento, incluyendo contacto con familiares y recurso sanitario de referencia. La evolución descrita no permitía hablar de resolución del cuadro, pero sí de una fase inicial de mayor vinculación terapéutica, reducción de interrupciones del tratamiento y mejor disposición para continuar el proceso asistencial.
Discusión/Conclusiones
La situación expuesta ilustra una realidad frecuente en salud mental: la baja adherencia en depresión no suele ser un fenómeno aislado, sino parte de un entramado en el que convergen síntomas nucleares del trastorno, deterioro funcional, creencias negativas, problemas de apoyo y dificultades prácticas para sostener la vida cotidiana. En este escenario, la intervención enfermera no puede limitarse a recordar la necesidad de cumplir una pauta. Requiere comprender por qué la persona interrumpe el tratamiento, qué significado atribuye a la enfermedad y qué capacidad real tiene para asumir recomendaciones en un momento de gran vulnerabilidad.
El caso muestra que la relación enfermera-paciente puede actuar como elemento facilitador de adherencia cuando se construye desde la escucha, la regularidad y la ausencia de juicio moral. Muchas personas con depresión viven el incumplimiento terapéutico con culpa añadida, lo que incrementa el distanciamiento del sistema sanitario. Un abordaje centrado en barreras concretas, con objetivos de pequeña escala y revisión frecuente, suele ser más útil que estrategias basadas en la confrontación o en la sobrecarga informativa.
La recuperación funcional inicial de esta paciente se apoyó en metas muy básicas, compatibles con su nivel de energía y concentración. Esta orientación tiene implicaciones prácticas: en depresión moderada o intensa, insistir en objetivos complejos puede reforzar la sensación de incapacidad. En cambio, reorganizar higiene, descanso, alimentación y una mínima activación diaria puede constituir un primer escalón clínicamente relevante. La mejora de la adherencia también suele beneficiarse de intervenciones sencillas, como adaptar horarios, revisar efectos percibidos, utilizar recordatorios o implicar apoyos consensuados.
La seguridad clínica merece una mención específica. La presencia de desesperanza, aislamiento y pensamientos pasivos de muerte obliga a incorporar valoración continuada del riesgo, incluso cuando no se objetive un plan autolítico estructurado. La evolución en depresión puede cambiar con rapidez, y la baja adherencia al tratamiento puede aumentar la vulnerabilidad. Por ello, la observación enfermera, la entrevista directa sobre ideación autolítica y la coordinación con el equipo resultan componentes inseparables del plan de cuidados.
Entre los límites del abordaje descrito se encuentra la imposibilidad de generalizar un único itinerario asistencial para todos los pacientes con depresión y escasa adherencia. Las intervenciones deben ajustarse a la gravedad del cuadro, al contexto familiar, a la coexistencia de comorbilidad psiquiátrica o somática y a los recursos del entorno asistencial. No obstante, la situación presentada permite subrayar algunos elementos estables para la práctica enfermera: valoración integral, priorización de la seguridad, alianza terapéutica, apoyo al autocuidado, psicoeducación dosificada y continuidad de cuidados.
En personas con depresión y dificultades para mantener el tratamiento, el plan enfermero aporta especial utilidad cuando combina vigilancia clínica, acompañamiento relacional y objetivos funcionales realistas. Más que buscar cambios rápidos, pretende sostener el vínculo, reducir barreras y facilitar que la persona permanezca en el proceso terapéutico el tiempo suficiente para beneficiarse de él. Esta perspectiva, aplicada de forma individualizada y coordinada con el resto del equipo, puede contribuir a una atención más segura, más humana y más ajustada a las necesidades reales del paciente.
Conflicto de intereses
Los autores manifiestan que no existe ningún conflicto de intereses que haya podido influir en el contenido del presente trabajo.
Financiación
La elaboración de este artículo no contó con financiación externa pública ni privada.
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