Prevención de lesiones por presión en paciente paliativo con baja movilidad

Prevention of pressure injuries in palliative patients with low mobility

Incluido en la revista CADICE. Vol. I . N.º 8 – Agosto 2026

Pág. Inicial: Vol. I; N.º 8:287

Autor principal (primer firmante): Víctor Ramírez Ponce

Fecha recepción: 25/07/26

Fecha aceptación: 21/08/26

Fecha de publicación: 27/08/26

Ref.: CADICE. 2026;1(8):287

Autores:
Víctor Ramírez Ponce
Alicia Martín Salas
Noelia Prieto Guzmán
Rubén Castro Peña

Categoría: Enfermería

Palabras clave: Cuidadores familiares; Movilidad reducida; Informes de casos; Control de síntomas; Cuidados de Enfermería; Atención al final de la vida; Confort; Cuidados paliativos; Proceso de Enfermería; Lesión por presión

Keywords: Family Caregivers; Mobility Limitation; Case Reports; Symptom Management; Nursing Care; End-of-Life Care; Comfort; Palliative Care; Nursing Process; Pressure Ulcer

Resumen

Introducción: La prevención de lesiones por presión en personas con enfermedad avanzada y movilidad reducida constituye una prioridad de cuidados, especialmente cuando la fragilidad cutánea, la dependencia funcional, la disminución de la ingesta y la permanencia prolongada en cama o sillón aumentan la vulnerabilidad tisular. En el contexto paliativo, este abordaje debe integrarse con el control de síntomas y con la preservación del confort, evitando intervenciones desproporcionadas y adaptando los cuidados a la situación clínica y a las preferencias de la persona y su familia.

Objetivos: Describir el abordaje enfermero de una persona en cuidados paliativos con baja movilidad y alto riesgo de lesión por presión, centrado en la valoración integral, la planificación de cuidados, la prevención del daño cutáneo y el acompañamiento al cuidador familiar.

Metodología: Se expone una situación clínica estructurada mediante el proceso de Enfermería. La valoración se organiza a partir de la funcionalidad, el estado cutáneo, la capacidad de movilización, la presencia de dolor, la humedad, la ingesta, el descanso y el entorno de cuidados. A partir de dicha valoración se identifican problemas prioritarios y se planifican intervenciones enfermeras orientadas a la protección cutánea, el alivio del malestar y la continuidad asistencial en el domicilio.

Resultados: La intervención enfermera incluyó inspección periódica de la piel, redistribución de la presión, cambios posturales individualizados, manejo cuidadoso de la humedad, adecuación de superficies de apoyo, educación práctica al cuidador y coordinación con el equipo paliativo. La evolución mostró mantenimiento de la integridad cutánea en zonas de mayor riesgo, mejor tolerancia a los posicionamientos y reducción de la ansiedad familiar asociada al cuidado corporal.

Discusión/Conclusiones: La prevención de lesiones por presión en cuidados paliativos requiere una mirada clínica realista, centrada en objetivos alcanzables y en el equilibrio entre protección tisular y confort. La aportación de Enfermería resulta especialmente relevante en la valoración precoz del riesgo, en la adaptación de medidas preventivas al estado funcional y sintomático y en el apoyo continuado a la familia cuidadora.

Abstract

Introduction: Preventing pressure injuries in people with advanced illness and reduced mobility is a nursing priority, particularly when skin frailty, functional dependence, reduced intake, and prolonged bed or chair rest increase tissue vulnerability. In palliative care, this approach should be integrated with symptom management and comfort preservation, avoiding disproportionate interventions and adapting care to the clinical condition and to the preferences of the patient and family.

Objectives: To describe the nursing management of a palliative care patient with limited mobility and high risk of pressure injury, focusing on comprehensive assessment, care planning, skin damage prevention, and support for the family caregiver.

Methodology: A clinical situation is presented and organised through the nursing process. Assessment addresses functional status, skin condition, mobility, pain, moisture, intake, rest, and care environment. Based on this assessment, priority care problems are identified and nursing interventions are planned to promote skin protection, relieve distress, and ensure continuity of care at home.

Results: Nursing interventions included regular skin inspection, pressure redistribution, individualised repositioning, careful moisture management, adaptation of support surfaces, practical education for the caregiver, and coordination with the palliative care team. Clinical evolution showed preservation of skin integrity in high-risk areas, better tolerance to positioning, and reduced family anxiety related to body care.

Discussion/Conclusions: Pressure injury prevention in palliative care requires a realistic clinical approach focused on achievable goals and on balancing tissue protection with comfort. Nursing plays a relevant role in early risk assessment, in tailoring preventive measures to functional and symptom burden, and in providing ongoing support to family caregivers.

Introducción

Las lesiones por presión representan una complicación frecuente en personas con movilidad reducida, deterioro funcional y elevada dependencia para las actividades básicas. En el ámbito paliativo, la situación adquiere una complejidad adicional, ya que la inmovilidad suele coexistir con fatiga intensa, dolor, debilidad, alteración del nivel de tolerancia al esfuerzo, cambios nutricionales, incontinencia o sudoración, así como con una progresiva necesidad de ayuda para el autocuidado. Todo ello incrementa la susceptibilidad cutánea y obliga a un abordaje enfermero continuado, sensible a la evolución clínica y a los objetivos asistenciales.

La prevención del daño tisular en esta etapa no puede plantearse como una sucesión rígida de medidas mecánicas. El cuidado debe orientarse a proteger la piel sin aumentar el sufrimiento, respetando los tiempos de descanso, la tolerancia a las movilizaciones y el deseo de la persona. En pacientes con enfermedad avanzada, algunas maniobras preventivas habituales pueden necesitar ajustes en frecuencia, intensidad o prioridad, especialmente cuando provocan dolor, disnea, agotamiento o agitación. Desde esta perspectiva, la prevención de lesiones por presión no se separa del control de síntomas, sino que forma parte del mismo plan terapéutico de confort.

Enfermería ocupa una posición central en este proceso por su capacidad para realizar valoración continuada, detectar cambios tempranos en la piel y en el estado general, organizar cuidados corporales seguros y coordinar a la familia en tareas de movilización, higiene y observación domiciliaria. La educación del cuidador familiar resulta especialmente relevante cuando la mayor parte del tiempo asistencial se desarrolla fuera del hospital, con recursos limitados y con un alto componente emocional. Enseñar a mirar la piel, a reconocer signos de alarma y a reposicionar sin dañar ni generar dolor puede contribuir a prevenir complicaciones evitables y a disminuir la sobrecarga del cuidado.

El presente artículo desarrolla una situación clínica centrada en una paciente en cuidados paliativos con baja movilidad, en la que se analiza la valoración enfermera, la identificación de problemas prioritarios y la planificación de intervenciones dirigidas a la prevención de lesiones por presión y al mantenimiento del confort.

Objetivos

Objetivo general: exponer un abordaje enfermero integral para la prevención de lesiones por presión en una persona en situación paliativa con movilidad muy limitada, integrando protección cutánea, control sintomático y apoyo al cuidador familiar.

Objetivos específicos:

  • Describir los elementos de valoración enfermera más relevantes en una situación de alto riesgo de deterioro cutáneo.
  • Identificar problemas de cuidados relacionados con inmovilidad, dolor, humedad, dependencia y fragilidad tisular.
  • Plantear intervenciones dirigidas a redistribuir la presión y minimizar la fricción y el cizallamiento, adaptadas a la tolerancia clínica de la paciente.
  • Integrar medidas de higiene, hidratación cutánea, manejo de la humedad y adecuación del entorno de descanso.
  • Destacar el papel de la educación sanitaria al cuidador familiar en el domicilio.
  • Analizar la evolución clínica desde una perspectiva centrada en el confort y en objetivos realistas de cuidados.

Metodología

Se desarrolla una situación clínica del ámbito domiciliario estructurada mediante el proceso de Enfermería. El abordaje se organiza en cuatro momentos: valoración inicial, identificación de prioridades, planificación de cuidados y seguimiento evolutivo. La exposición se centra en aspectos clínicos habituales de la práctica paliativa y en decisiones enfermeras orientadas a prevenir el deterioro de la integridad cutánea en una persona con movilidad gravemente reducida.

La valoración inicial contempla dimensiones físicas, funcionales y contextuales. Se consideran la capacidad de cambios posturales, el tiempo de permanencia en una misma posición, el estado de la piel y de las prominencias óseas, la presencia de dolor al movilizar, la humedad asociada a incontinencia o sudoración, la tolerancia al aseo, la ingesta y la hidratación, el patrón de sueño, la carga del cuidador y la disponibilidad de recursos materiales en el domicilio. También se incluye la observación del colchón, la ropa de cama, el uso de absorbentes y la técnica empleada por la familia para transferencias y movilizaciones.

La formulación de problemas de cuidados se realiza de manera priorizada. En una situación de estas características suelen coexistir riesgo de deterioro de la integridad cutánea, deterioro de la movilidad física, dolor relacionado con movilización y procedimientos, déficit de autocuidado y cansancio del rol de cuidador. La planificación se orienta a objetivos alcanzables en el corto plazo: mantener la piel íntegra o limitar el daño, disminuir el dolor asociado a los cuidados, mejorar la tolerancia a los cambios posturales y aumentar la seguridad y confianza del cuidador familiar.

El seguimiento se basa en reevaluaciones periódicas del estado cutáneo, de la respuesta al posicionamiento, del control de síntomas y de la capacidad familiar para mantener las recomendaciones. Este enfoque permite ajustar la intensidad de las medidas preventivas según la evolución clínica, evitando intervenciones uniformes que no tengan en cuenta la fragilidad del final de la vida.

Resultados

Presentación de la situación clínica

M.R., mujer de 81 años, se encuentra en seguimiento paliativo domiciliario por enfermedad oncológica avanzada con deterioro funcional progresivo. En las últimas semanas ha presentado debilidad marcada, escasa deambulación y necesidad de ayuda completa para el aseo, el vestido y las transferencias. Alterna periodos en cama con permanencia prolongada en sillón, aunque cada vez tolera menos la sedestación mantenida por fatiga y dolor lumbar. Convive con su hija, cuidadora principal, que asume la mayor parte de los cuidados cotidianos.

En la valoración enfermera inicial destaca movilidad muy limitada, dificultad para realizar alivio espontáneo de presión, ingesta escasa, piel fina y seca, episodios de humedad relacionados con incontinencia urinaria y dolor con determinadas maniobras de movilización. La familia refiere temor a moverla por miedo a hacerle daño y expresa dudas sobre la frecuencia de los cambios posturales, la forma correcta de colocar almohadas y la importancia de observar enrojecimientos. La paciente verbaliza cansancio, necesidad de descansar y preferencia por posturas que disminuyan el dolor, aunque permanezca mucho tiempo en la misma posición.

La inspección revela enrojecimiento no blanqueable en zona sacra de aparición reciente y eritema tenue en ambos talones, sin pérdida de continuidad cutánea. No se identifican lesiones abiertas, pero sí elevada vulnerabilidad al deterioro. El entorno domiciliario muestra cama convencional con colchón de firmeza media, ropa de cama con algunas arrugas, uso continuado de absorbentes y técnica de movilización familiar basada en arrastre sobre la sábana.

Valoración enfermera y problemas prioritarios

La prioridad clínica inmediata es reducir la presión mantenida en sacro y talones y evitar la progresión hacia lesión establecida. Sin embargo, esta meta debe compatibilizarse con un segundo objetivo igualmente importante: no incrementar el sufrimiento mediante movilizaciones bruscas, frecuentes o mal coordinadas. A ello se suman otros problemas de cuidados: dolor asociado a los cambios de posición, dependencia total para el autocuidado, riesgo de maceración cutánea por humedad y sobrecarga emocional de la cuidadora.

Desde la perspectiva enfermera, la situación requiere interpretar la fragilidad cutánea no como un fenómeno aislado, sino como la expresión de múltiples factores concurrentes. La inmovilidad reduce la descarga espontánea de presión; el dolor limita la colaboración; la debilidad y la enfermedad avanzada disminuyen la reserva funcional; la ingesta insuficiente puede dificultar el mantenimiento de tejidos; la humedad deteriora la barrera cutánea; y la falta de entrenamiento del cuidador favorece fricción y cizallamiento durante las movilizaciones. La interacción de estos elementos justifica un plan de cuidados intensivo, pero proporcionado a la situación paliativa.

Planificación de cuidados

Se establecen como metas inmediatas mantener la integridad cutánea en sacro, talones y otras prominencias óseas; disminuir el dolor durante el cuidado corporal y los cambios posturales; mejorar la calidad del descanso; y capacitar a la hija para realizar movilizaciones más seguras y para reconocer signos precoces de deterioro cutáneo. En paralelo, se acuerda con la paciente y su familia priorizar posturas tolerables, evitando forzar cambios que desencadenen dolor intenso o disnea.

La planificación contempla intervenciones relacionadas con vigilancia de la piel, redistribución de la presión, manejo de la humedad, adecuación de superficies de apoyo, educación al cuidador y coordinación con el equipo responsable del control sintomático. La toma de decisiones se basa en reevaluación continua y en la aceptación de que, en una fase avanzada de enfermedad, los objetivos de prevención deben individualizarse y centrarse en la mejor relación entre beneficio y carga terapéutica.

Intervenciones enfermeras desarrolladas

Inspección periódica y cuidados de la piel. Se realiza valoración sistemática de sacro, caderas, talones, maléolos, codos y región escapular durante el aseo y los cambios de postura. Se instruye a la cuidadora para identificar enrojecimiento persistente, aumento de temperatura local, endurecimiento, dolor a la palpación o aparición de ampollas y exudado. El aseo se recomienda con productos suaves, secado sin fricción y aplicación de productos hidratantes en piel seca, evitando masajes vigorosos sobre prominencias óseas.

Manejo de la humedad. Dado el uso continuado de absorbentes, se refuerza la revisión frecuente de la humedad y el cambio precoz cuando sea necesario. Se insiste en la limpieza cuidadosa de la zona perineal, el secado minucioso y la utilización de productos barrera cuando la piel esté expuesta a humedad reiterada. La medida no se orienta solo a la higiene, sino a preservar la función protectora de la piel y a reducir el riesgo de maceración.

Redistribución de la presión y posicionamiento terapéutico. Se ajusta el plan de cambios posturales a la tolerancia real de la paciente. En lugar de insistir en una frecuencia rígida, se pactan reposicionamientos suaves y planificados, anticipando analgesia cuando procede y aprovechando momentos de menor dolor o mayor descanso. Se utilizan almohadas para descargar sacro y talones, mantener alineación corporal y evitar el contacto directo entre prominencias. En decúbito lateral se procura un apoyo que minimice la presión sobre trocánteres; en supino se elevan ligeramente las piernas con protección adecuada para descargar talones sin favorecer hiperextensión ni incomodidad.

Prevención de fricción y cizallamiento. Se corrige la técnica de arrastre utilizada por la familia. La enfermera enseña a movilizar con ayuda de sábana entremetida, coordinando el movimiento entre dos personas cuando sea posible y elevando ligeramente el cuerpo para reducir rozamiento. También se revisa la posición en cama cuando la paciente permanece incorporada, con el fin de limitar el deslizamiento hacia abajo y la presión sobre la región sacra.

Adecuación del entorno de descanso. Se reorganiza la cama para evitar pliegues, costuras prominentes y objetos que generen puntos de presión. Se aconseja mantener la ropa de cama limpia, seca y estirada. Según disponibilidad del domicilio y valoración del equipo, se plantea la conveniencia de superficie especial de apoyo para mejorar la redistribución de la presión, teniendo en cuenta tolerancia, accesibilidad y situación evolutiva.

Control sintomático vinculado a los cuidados. El dolor se reconoce como barrera principal para la prevención efectiva. Por ello se coordinan los cuidados corporales con el tratamiento analgésico pautado, intentando que el aseo y el reposicionamiento coincidan con periodos de mayor alivio. Se minimizan maniobras innecesarias y se promueve una comunicación anticipatoria con la paciente: avisar antes de mover, hacerlo de manera lenta y detener la maniobra si aparece malestar intenso.

Educación y apoyo al cuidador familiar. La intervención educativa se realiza de forma práctica, a pie de cama, con demostración y repetición supervisada. Se abordan cuatro contenidos prioritarios: cómo mirar la piel, cómo movilizar sin arrastrar, cómo colocar almohadas para descargar presión y cuándo consultar por empeoramiento cutáneo o intolerancia al cuidado. Junto a ello se valida la carga emocional de la hija y se refuerza que la prevención no consiste en mover por sistema, sino en cuidar con criterio, observando el confort y el estado general de su madre.

Continuidad asistencial. Se programan visitas de seguimiento para revisar la respuesta a las medidas adoptadas, ajustar posicionamientos y resolver dudas. La coordinación con el equipo paliativo permite revisar el control del dolor y otras molestias que interfieren con la movilización. Esta continuidad resulta determinante, porque el riesgo cutáneo varía con rapidez cuando progresa la debilidad o disminuye aún más la tolerancia al esfuerzo.

Evolución

En los días posteriores, la paciente muestra mejor aceptación de los cambios posturales cuando estos se realizan de forma menos brusca y coincidiendo con mejor control analgésico. El enrojecimiento sacro no progresa a pérdida de integridad cutánea y los talones presentan menor eritema con las medidas de descarga. La cuidadora adquiere mayor seguridad en la movilización y refiere comprender mejor qué signos requieren vigilancia. También disminuye su sensación de culpa al entender que el objetivo no es imponer movimientos constantes, sino combinar prevención y bienestar.

Persisten limitaciones derivadas de la evolución de la enfermedad avanzada: periodos de somnolencia, ingesta muy reducida y creciente fatigabilidad. Estas circunstancias obligan a reevaluar de forma continua la intensidad de las intervenciones, manteniendo como horizonte principal el confort. Aun así, el plan de cuidados permite sostener una vigilancia clínica útil y evitar, durante el seguimiento descrito, la aparición de lesiones abiertas en las zonas inicialmente comprometidas.

Discusión/Conclusiones

La situación presentada refleja un problema frecuente en cuidados paliativos: la coexistencia entre alto riesgo de lesión por presión y baja tolerancia a algunas medidas preventivas convencionales. Esta tensión obliga a abandonar enfoques automáticos y a priorizar decisiones proporcionadas. En una persona con enfermedad avanzada no siempre es posible aplicar esquemas estandarizados de movilización, ya que el dolor, la disnea, el agotamiento o el deseo de descanso pueden convertir una medida técnicamente adecuada en una fuente de sufrimiento evitable. La práctica enfermera debe moverse, por tanto, entre la prevención del daño y el respeto a la experiencia corporal del paciente.

Uno de los aprendizajes principales del caso es que la valoración enfermera continua tiene más valor que la aplicación aislada de una medida preventiva. Observar la piel, interpretar la humedad, explorar cómo se moviliza la familia y detectar el momento del día en que la paciente tolera mejor el aseo permite construir intervenciones ajustadas. La prevención de lesiones por presión no depende únicamente de la frecuencia de los cambios posturales, sino de la calidad de la movilización, del alivio del dolor, del cuidado de la barrera cutánea y de la coherencia del plan domiciliario.

También destaca el papel del cuidador familiar. En el domicilio, muchas de las acciones que preservan la integridad cutánea recaen sobre personas sin formación sanitaria previa. La educación debe ser sencilla, demostrativa y repetida, evitando tecnicismos innecesarios y favoreciendo habilidades concretas. Enseñar a no arrastrar, a revisar talones y sacro, a mantener la piel limpia y seca y a pedir ayuda ante cambios sugestivos de deterioro puede contribuir de manera relevante a la seguridad del paciente. Además, el acompañamiento emocional del cuidador forma parte del cuidado enfermero, porque la ansiedad y el miedo a hacer daño suelen interferir con la movilización y con la toma de decisiones.

La adecuación de superficies de apoyo y dispositivos de alivio de presión puede ser útil, pero no sustituye la valoración clínica ni resuelve por sí sola el problema. Del mismo modo, la hidratación cutánea, los productos barrera o las almohadas de descarga solo alcanzan sentido dentro de un plan integrado que tenga en cuenta pronóstico, carga sintomática, recursos disponibles y preferencias de la persona. En fases muy avanzadas, algunos objetivos preventivos deberán reformularse desde una lógica paliativa: limitar el daño, disminuir el dolor y evitar manipulaciones innecesarias puede ser más razonable que perseguir metas difíciles de sostener.

Entre las implicaciones para la práctica enfermera cabe subrayar la necesidad de incorporar la prevención del deterioro cutáneo al plan global de confort, no como una tarea secundaria. La inspección de la piel durante el aseo, la coordinación de la movilización con el tratamiento analgésico, la revisión de la humedad y la enseñanza estructurada a la familia son intervenciones de alto valor asistencial. Igualmente, la continuidad entre visitas y la comunicación con el equipo paliativo permiten ajustar los cuidados cuando cambia la situación funcional.

La prevención de lesiones por presión en pacientes paliativos con baja movilidad exige, en suma, un enfoque individualizado, clínicamente prudente y centrado en la persona. Enfermería aporta una mirada integradora que enlaza observación, técnica, alivio sintomático y educación familiar. Cuando este trabajo se realiza de forma anticipada y adaptada a la tolerancia del paciente, puede favorecer el mantenimiento de la integridad cutánea o, al menos, reducir la probabilidad de deterioro evitable sin apartarse del objetivo esencial de los cuidados paliativos: preservar el mayor confort posible.

Conflicto de intereses

Los autores manifiestan que no existe ningún conflicto de intereses que haya podido influir en el contenido del presente trabajo.

Financiación

La elaboración de este artículo no contó con financiación externa pública ni privada.

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