Procedimiento de vigilancia del riesgo de hemorragia posparto

Surveillance procedure for the risk of postpartum hemorrhage

Incluido en la revista CADICE. Vol. I . N.º 9 – Septiembre 2026

Pág. Inicial: Vol. I; N.º 9:425

Autor principal (primer firmante): Rosa Beltrán Jiménez

Fecha recepción: 13/08/26

Fecha aceptación: 19/09/26

Fecha de publicación: 23/09/26

Ref.: CADICE. 2026;1(9):425

Autores:
Rosa Beltrán Jiménez
Enrique Salas Ortega
Ángela Medina Pardo
Carlos Vega Roldán

Categoría: Enfermería

Palabras clave: Valoración clínica; Lactancia materna; Salud materno-infantil; Signos vitales; Protocolos clínicos; Enfermería obstétrica; Hemorragia posparto; Intervenciones de Enfermería; Puerperio; Valoración de Enfermería

Keywords: Clinical Assessment; Breast Feeding; Maternal-Child Health Services; Vital Signs; Clinical Protocols; Obstetric Nursing; Postpartum Hemorrhage; Nursing Interventions; Postpartum Period; Nursing Assessment

Resumen

Introducción: La hemorragia posparto constituye una complicación de elevada relevancia clínica en el puerperio inmediato y exige una vigilancia continuada, estructurada y sensible a los cambios del estado materno. La Enfermería obstétrica ocupa una posición central en la detección precoz del sangrado anómalo, en la valoración hemodinámica, en la observación de la involución uterina y en la coordinación de la respuesta asistencial inicial.

Objetivos: Describir un procedimiento orientativo de vigilancia enfermera del riesgo de hemorragia posparto, centrado en la valoración inicial, la monitorización clínica, la identificación de signos de alarma, las intervenciones de cuidados y los criterios de comunicación y reevaluación durante el puerperio.

Metodología: Se presenta una guía de intervención de carácter práctico y profesional, elaborada desde el proceso de atención de Enfermería y orientada al entorno asistencial obstétrico. El contenido se organiza a partir de la valoración materna, los principales factores de riesgo, la observación sistemática del sangrado y del tono uterino, el control de signos vitales, la revisión de la respuesta clínica y la adaptación al protocolo vigente de cada centro.

Resultados: La vigilancia enfermera debe iniciarse desde el alumbramiento y mantenerse con especial intensidad en las primeras horas del puerperio. Resulta prioritario valorar la cuantía y evolución del sangrado, la consistencia uterina, el estado del periné y de la vía del parto, la perfusión periférica, el nivel de consciencia, el dolor, la diuresis cuando proceda y la tolerancia materna al contacto precoz con el recién nacido y al inicio de la lactancia. La identificación temprana de cambios clínicos sutiles puede favorecer la activación rápida de medidas terapéuticas y de soporte.

Discusión/Conclusiones: Un procedimiento enfermero claro, integrado en la dinámica de la unidad y adaptado al riesgo individual, puede contribuir a mejorar la seguridad materna y la continuidad de cuidados. La vigilancia del riesgo de hemorragia posparto no debe entenderse como una tarea aislada de control del sangrado, sino como una valoración global de la mujer puérpera que incorpora estabilidad clínica, bienestar, vínculo inicial y comunicación eficaz con el equipo.

Abstract

Introduction: Postpartum hemorrhage is a major clinical concern during the immediate postpartum period and requires structured, continuous surveillance focused on early maternal deterioration. Obstetric nursing plays a key role in the prompt recognition of abnormal bleeding, hemodynamic assessment, uterine monitoring and coordination of the initial response.

Objectives: To describe a nursing surveillance procedure for the risk of postpartum hemorrhage, focusing on initial assessment, clinical monitoring, warning signs, nursing care interventions, and criteria for communication and reassessment during the postpartum period.

Methodology: A practice-oriented intervention guide is presented from a nursing care perspective in obstetric settings. The content is organized around maternal assessment, risk factors, systematic observation of bleeding and uterine tone, vital sign monitoring, clinical response and adaptation to local clinical protocols.

Results: Nursing surveillance should begin immediately after placental delivery and remain especially close during the first postpartum hours. Priority areas include assessment of bleeding amount and progression, uterine firmness, perineal and birth canal status, peripheral perfusion, level of consciousness, pain, urine output when relevant, and maternal tolerance to early newborn contact and breastfeeding initiation. Early recognition of subtle changes may support timely therapeutic and supportive measures.

Discussion/Conclusions: A clear nursing procedure, integrated into unit workflow and adapted to individual risk, may improve maternal safety and continuity of care. Surveillance of postpartum hemorrhage risk should be understood as a comprehensive assessment of the postpartum woman rather than as isolated bleeding control, incorporating clinical stability, well-being, early bonding and effective team communication.

Introducción

El puerperio inmediato es un periodo de alta vulnerabilidad clínica en el que pueden aparecer complicaciones de instauración rápida. Entre ellas, la hemorragia posparto ocupa un lugar prioritario por su potencial impacto sobre la estabilidad materna, la necesidad de intervenciones urgentes y la repercusión que puede generar en la experiencia del nacimiento, en el inicio de la lactancia y en la relación temprana madre-hijo. Su abordaje no depende únicamente de medidas terapéuticas, sino de una vigilancia continua que permita reconocer precozmente desviaciones respecto a la evolución esperable tras el parto.

Desde la práctica enfermera, la observación del sangrado puerperal requiere superar una mirada centrada solo en la cuantificación visible. La valoración clínica debe integrar el estado general de la mujer, el tono y la altura uterina, la evolución de los signos vitales, la perfusión tisular, la sintomatología referida y la presencia de factores obstétricos o asistenciales que incrementen la probabilidad de sangrado relevante. En ocasiones, la expresión inicial puede ser poco llamativa; por ello, la detección precoz descansa en la suma de hallazgos y en la reevaluación seriada.

La Enfermería obstétrica se sitúa en una posición de proximidad que favorece la identificación de cambios tempranos. La frecuencia del contacto con la puérpera, la supervisión del puerperio inmediato y la continuidad en el cuidado permiten advertir signos de alarma antes de que se produzca un deterioro más evidente. Esta responsabilidad incluye la observación clínica, la ejecución de medidas iniciales indicadas en el ámbito competencial, la comunicación oportuna con el resto del equipo y el acompañamiento de la mujer y su entorno durante una situación potencialmente desestabilizadora.

La vigilancia del riesgo de hemorragia posparto debe enmarcarse, además, en un enfoque de seguridad del paciente. No basta con saber actuar ante un sangrado manifiesto; resulta necesario establecer una secuencia de valoración, registro y comunicación que reduzca omisiones, facilite la priorización clínica y permita adaptar la intensidad de la monitorización al riesgo individual. La existencia de protocolos institucionales es fundamental, pero su efectividad práctica depende en gran parte de cómo se integran en el trabajo asistencial cotidiano.

En este contexto, disponer de un procedimiento orientativo de vigilancia enfermera puede mejorar la coherencia de los cuidados, favorecer la toma de decisiones temprana y apoyar una atención materna segura, individualizada y centrada en la evolución clínica real de cada mujer.

Objetivos

Describir un procedimiento de vigilancia enfermera del riesgo de hemorragia posparto aplicable al puerperio inmediato, con énfasis en la valoración clínica sistemática, la detección precoz de signos de alarma y la coordinación asistencial.

Como objetivos específicos, se plantean los siguientes:

  • Definir los elementos de valoración inicial que deben explorarse tras el parto para estimar el riesgo de sangrado anómalo.
  • Organizar la monitorización enfermera del sangrado, del tono uterino y del estado hemodinámico materno.
  • Describir intervenciones de cuidados orientadas a la prevención del deterioro, al reconocimiento temprano de complicaciones y al apoyo inicial a la puérpera.
  • Delimitar criterios clínicos que aconsejan intensificar la vigilancia, comunicar cambios al equipo responsable y priorizar la respuesta asistencial.
  • Integrar la seguridad materna con otros aspectos del cuidado posparto, como el confort, la información a la mujer y el inicio de la lactancia cuando la situación clínica lo permita.

Metodología

Se desarrolla una guía de intervención dirigida a profesionales de Enfermería del ámbito obstétrico y de hospitalización puerperal. El planteamiento responde a un enfoque práctico de cuidados, basado en la valoración clínica materna y en la secuencia habitual del proceso enfermero: recogida sistemática de datos, identificación de problemas prioritarios, planificación de actuaciones, reevaluación y comunicación interdisciplinar.

El ámbito de aplicación comprende el puerperio inmediato tras parto vaginal o cesárea, con especial atención a las primeras horas posteriores al alumbramiento o a la finalización del procedimiento quirúrgico. La guía se orienta a la vigilancia de mujeres con evolución inicialmente estable, sin excluir la necesidad de intensificar controles en presencia de factores de riesgo o de signos precoces de sangrado significativo. No sustituye a los protocolos asistenciales del centro, sino que aporta una estructura de observación y actuación enfermera que debe adaptarse al contexto organizativo, a los recursos disponibles y a las indicaciones médicas vigentes.

Para la organización del procedimiento se consideran cuatro ejes asistenciales:

  • Valoración basal materna al inicio del puerperio inmediato.
  • Monitorización seriada del sangrado, de la involución uterina y de la respuesta hemodinámica.
  • Intervenciones de cuidados y medidas iniciales de seguridad ante hallazgos sugestivos de empeoramiento.
  • Registro, comunicación clínica y continuidad asistencial.

La guía incorpora, además, variables frecuentemente relacionadas con la práctica diaria: tolerancia al dolor, estado emocional, contacto piel con piel, posibilidad de inicio de lactancia y necesidad de apoyo a la familia. Estos aspectos no desplazan la prioridad hemodinámica, pero forman parte de una atención integral y permiten valorar el impacto funcional del sangrado o de la sospecha de complicación sobre la experiencia puerperal.

La intensidad de la vigilancia debe individualizarse. La presencia de antecedentes obstétricos de interés, parto instrumentado, trabajo de parto prolongado, sobredistensión uterina, retención placentaria sospechada, laceraciones del canal del parto, alteraciones de la coagulación conocidas, anemia previa o necesidad de maniobras obstétricas puede justificar una observación más estrecha. Del mismo modo, una mujer sin factores de riesgo aparentes puede presentar cambios clínicos que obliguen a reconsiderar la situación.

Resultados

Valoración inicial tras el parto

La primera valoración debe realizarse de forma inmediata y ordenada. Conviene confirmar el estado general de la mujer, su nivel de consciencia, coloración cutaneomucosa, temperatura periférica, percepción de debilidad, mareo, náuseas o sensación de inestabilidad. En paralelo, se revisan los signos vitales según la práctica del centro, prestando atención no solo a valores aislados, sino a su tendencia y a la relación entre frecuencia cardiaca, presión arterial y respuesta clínica observable.

La exploración uterina constituye un elemento central. Debe valorarse la altura uterina, su localización y, de manera especial, la consistencia del fondo uterino. Un útero firme y bien contraído suele acompañar a una evolución más favorable, mientras que la atonía o la pérdida de tono obligan a intensificar la vigilancia y a actuar de acuerdo con el protocolo local. La palpación debe realizarse con técnica adecuada, explicando el procedimiento a la mujer y procurando minimizar el disconfort.

La valoración del sangrado incluye la observación del volumen aparente, el ritmo de empapamiento del material absorbente, la presencia de coágulos y la persistencia o progresión del sangrado durante las sucesivas reevaluaciones. Aunque la estimación visual tiene limitaciones, sigue siendo una herramienta inicial útil si se acompaña de observación repetida y de correlación con el estado clínico. Deben revisarse asimismo el periné, la episiorrafia o desgarros si existen, así como el sangrado procedente de la vía quirúrgica en el posoperatorio de cesárea.

En mujeres con sondaje vesical o control estricto de diuresis, la observación del débito urinario puede aportar información sobre la perfusión y la respuesta hemodinámica. También conviene valorar si la vejiga distendida puede interferir con la adecuada contracción uterina. Cuando la situación lo permita, la movilización inicial, el confort postural y la capacidad para sostener el contacto con el recién nacido ofrecen datos clínicos complementarios sobre la tolerancia global al puerperio inmediato.

Factores que aumentan la necesidad de vigilancia

La planificación de los cuidados debe contemplar la presencia de situaciones asociadas a mayor probabilidad de sangrado posparto o a peor tolerancia clínica del mismo. Entre ellas pueden encontrarse antecedentes de hemorragia en partos previos, alteraciones placentarias, parto múltiple, fetos de gran tamaño, sobredistensión uterina, trabajo de parto prolongado o precipitado, uso de instrumentación, cesárea, traumatismo del canal del parto, retención de restos placentarios sospechada o trastornos previos de la coagulación.

No todos los factores tienen el mismo peso ni implican la aparición de la complicación, pero su identificación permite ajustar la frecuencia de controles y anticipar la necesidad de recursos. También debe considerarse la situación basal de la mujer: anemia previa, enfermedad cardiovascular, procesos infecciosos, agotamiento físico, dificultades de comprensión de las instrucciones o barreras de comunicación pueden modificar la presentación clínica y la respuesta al sangrado.

Monitorización continuada en el puerperio inmediato

Durante las primeras horas, la monitorización debe ser seriada y suficientemente próxima para detectar cambios de instauración rápida. El intervalo de valoración dependerá del riesgo individual y del protocolo local, pero en todos los casos resulta aconsejable mantener una observación más estrecha al inicio y espaciarla solo si la evolución es estable. En cada reevaluación se recomienda revisar los mismos parámetros para poder comparar tendencias: tono uterino, sangrado, signos vitales, dolor, perfusión, estado general y necesidad de apoyo.

La comparación entre valoraciones sucesivas es tan importante como el hallazgo puntual. Un aumento progresivo del sangrado, la aparición de coágulos repetidos, la disminución del tono uterino, la taquicardia relativa, la hipotensión, la palidez, la sudoración fría, la agitación, la somnolencia inhabitual o la sensación subjetiva de empeoramiento pueden preceder a un cuadro más evidente. La enfermera debe prestar atención a estos cambios incluso cuando la cuantificación visual no parezca inicialmente alarmante.

La observación del dolor también es relevante. Un dolor abdominal creciente con útero mal contraído puede orientar a empeoramiento de la involución uterina, mientras que el dolor perineal intenso, el aumento de la tumefacción o la desproporción entre hallazgos visibles y malestar referido deben hacer pensar en sangrado oculto o hematoma. En el posoperatorio de cesárea, la vigilancia incluye además el estado del apósito, la herida y los signos de sangrado no exteriorizado.

Intervenciones enfermeras ante sospecha de sangrado anómalo

Cuando la valoración sugiere un aumento del riesgo o evidencia signos de sangrado relevante, la prioridad es combinar medidas inmediatas de seguridad con comunicación precoz al equipo responsable. Entre las actuaciones iniciales puede incluirse la reevaluación rápida y completa de constantes, la comprobación del tono uterino, la valoración del sangrado activo y de la permeabilidad de los accesos venosos disponibles, así como la preparación del material necesario según la organización de la unidad.

La Enfermería puede contribuir de forma decisiva mediante el masaje uterino cuando esté indicado en el protocolo del centro y exista formación específica para su realización, la colocación materna que favorezca la estabilidad clínica, la administración de tratamiento prescrito, la verificación de la perfusión intravenosa y la recogida de muestras o controles complementarios si han sido solicitados. Estas medidas deben ejecutarse sin demora, con asignación clara de tareas y manteniendo una observación continua del estado de la mujer.

La comunicación clínica ha de ser precisa y orientada a la toma de decisiones. No basta con informar de que la paciente sangra; resulta más útil transmitir la evolución temporal, los cambios en el tono uterino, los signos vitales, la presencia de coágulos, el aspecto del periné o de la herida y la respuesta a las primeras intervenciones. Una comunicación estructurada favorece la priorización y reduce el riesgo de infravalorar la situación.

Junto con las medidas dirigidas al control del sangrado, deben mantenerse cuidados de soporte: preservación de la temperatura, prevención del aislamiento de la mujer, información breve y comprensible sobre lo que está ocurriendo y atención al impacto emocional inmediato. Si el estado materno lo permite, es recomendable proteger en la medida de lo posible el vínculo con el recién nacido; cuando no sea viable, conviene facilitar a la familia información clara sobre el motivo de la separación temporal y sobre la reorganización de los cuidados.

Cuidados relacionados con lactancia y vínculo en una situación de riesgo

El inicio de la lactancia y el contacto precoz con el recién nacido forman parte de la atención posparto, pero su desarrollo debe supeditarse a la estabilidad clínica materna. La vigilancia del riesgo de hemorragia no excluye promover la lactancia; al contrario, exige valorar de forma individual si la mujer puede colocarse al pecho con seguridad, mantener una postura confortable y tolerar el esfuerzo que supone la toma en ese momento inicial.

Si la situación hemodinámica es estable, la enfermera puede facilitar apoyo postural, observación de signos de fatiga, ayuda en el agarre y acompañamiento emocional. Cuando existe sangrado activo, inestabilidad o necesidad de actuaciones urgentes, la prioridad será la seguridad materna. En esos casos, debe procurarse una comunicación respetuosa, explicando la necesidad de priorizar la atención clínica y retomando el apoyo a la lactancia tan pronto como la evolución lo permita. Esta transición reduce sentimientos de fracaso o de pérdida de control en una etapa especialmente sensible.

Registro y continuidad de cuidados

Un procedimiento de vigilancia eficaz requiere registros clínicos claros, cronológicos y orientados a la evolución. Deben documentarse la valoración inicial, la frecuencia de los controles, la descripción del sangrado, el tono uterino, los signos vitales, las intervenciones realizadas, la respuesta observada y las comunicaciones efectuadas. La calidad del registro no solo tiene valor legal y organizativo; también facilita la continuidad asistencial entre turnos y entre áreas.

En el traspaso de información conviene identificar a las mujeres que precisan observación reforzada, los factores de riesgo presentes, los cambios detectados y las medidas ya instauradas. Cuando la puérpera pasa a una unidad de hospitalización con evolución favorable, la vigilancia no debe interrumpirse de forma brusca. Persisten necesidades de observación del sangrado, del dolor, de la movilización, del vaciado vesical, del estado emocional y del establecimiento de la lactancia, especialmente si en las horas previas existió cualquier incidencia.

Criterios orientativos para intensificar la respuesta asistencial

Aunque la interpretación final depende del juicio clínico y de los protocolos locales, existen situaciones que justifican aumentar de inmediato la vigilancia y comunicar la incidencia al equipo responsable: sangrado que aumenta de forma visible o sostenida, empapamiento rápido del material absorbente, útero blando o difícil de mantener contraído, expulsión repetida de coágulos, signos de compromiso hemodinámico, dolor desproporcionado, sospecha de hematoma, deterioro del nivel de consciencia o percepción subjetiva de empeoramiento por parte de la mujer.

También debe intensificarse la respuesta cuando la mujer presenta factores de riesgo conocidos y una evolución que deja de ser lineal, aunque los hallazgos aislados sean todavía discretos. La prudencia clínica aconseja evitar la banalización del sangrado posparto en fases tempranas, ya que la rapidez de instauración puede hacer que la situación cambie en poco tiempo.

Discusión/Conclusiones

La vigilancia del riesgo de hemorragia posparto exige una práctica enfermera experta en observación clínica, priorización y respuesta coordinada. El valor del procedimiento no reside en ofrecer una secuencia rígida de actuaciones, sino en ordenar la atención de manera que la evaluación del sangrado se integre con la valoración global de la mujer puérpera. Esta visión amplia resulta especialmente útil en situaciones iniciales de incertidumbre, en las que los signos pueden ser aún incompletos.

Uno de los principales retos asistenciales es evitar la falsa sensación de normalidad que puede acompañar a un sangrado aparentemente moderado cuando no se interpreta junto con otros indicadores. La tendencia de las constantes, la calidad de la perfusión, la firmeza uterina, el dolor y la clínica subjetiva de la mujer deben leerse de forma conjunta. La Enfermería dispone de una posición privilegiada para detectar estas variaciones por la cercanía mantenida durante el puerperio inmediato.

Otro aspecto relevante es la necesidad de que los procedimientos locales sean conocidos, entrenados y accesibles. La capacidad de respuesta ante una hemorragia no depende solo de conocimientos teóricos, sino también de la claridad de roles, de la disponibilidad de recursos y de la comunicación interprofesional. En este sentido, la vigilancia enfermera actúa como un puente entre la observación continua y la activación ordenada de medidas diagnósticas y terapéuticas.

La seguridad materna debe convivir con un cuidado respetuoso del inicio del puerperio. La posible aparición de sangrado no anula otras necesidades: información, contención emocional, intimidad, apoyo al vínculo y acompañamiento en la lactancia. Integrar estos elementos no supone restar prioridad al control clínico, sino reconocer que la recuperación posparto es una experiencia compleja en la que los acontecimientos agudos dejan huella sobre el bienestar posterior.

Como orientación general, este procedimiento debe adaptarse al nivel de complejidad de la unidad, al tipo de parto, a la situación basal de la mujer y a los protocolos asistenciales vigentes. La individualización del seguimiento, la reevaluación frecuente y la comunicación oportuna continúan siendo los pilares más sólidos de una vigilancia enfermera segura frente al riesgo de hemorragia posparto.

Conflicto de intereses

Los autores declaran no presentar conflictos de intereses relacionados con la elaboración y publicación de este artículo.

Financiación

Este trabajo no ha recibido financiación externa ni apoyo económico específico para su realización.

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