Educational program for wound care in homeless people
Incluido en la revista CADICE. Vol. I . N.º 8 – Agosto 2026
Pág. Inicial: Vol. I; N.º 8:221
Autor principal (primer firmante): Alba Fernández Molina
Fecha recepción: 06/07/26
Fecha aceptación: 06/08/26
Fecha de publicación: 14/08/26
Ref.: CADICE. 2026;1(8):221
Autores:
Alba Fernández Molina
Iván Herrera Santos
Categoría: Enfermería
Palabras clave: Acceso a la atención; Recursos comunitarios; Salud comunitaria; Educación del paciente; Participación comunitaria; Equidad en salud; Educación para la salud; Vulnerabilidad social; Personas sin hogar; Heridas
Keywords: Health Services Accessibility; Community Resources; Community Health Nursing; Patient Education; Community Participation; Health Equity; Health Education; Social Vulnerability; Homeless Persons; Wounds and Injuries
Resumen
Introducción: Las personas sin hogar presentan con frecuencia condiciones de vida que dificultan la prevención, la detección precoz y el cuidado continuado de las heridas. La exposición ambiental, la limitada disponibilidad de agua y material higiénico, la movilidad geográfica, la coexistencia de problemas de salud mental o consumo de sustancias y las barreras de acceso a los servicios sanitarios pueden favorecer la cronificación de lesiones cutáneas y complicar su seguimiento. En este marco, la Enfermería comunitaria ocupa una posición relevante para desarrollar intervenciones educativas adaptadas, realistas y coordinadas con recursos sociales y sanitarios.
Objetivos: Diseñar un programa educativo enfermero dirigido a personas sin hogar con heridas o riesgo de presentarlas, orientado a mejorar el autocuidado posible, favorecer la identificación temprana de signos de complicación, promover conductas seguras y facilitar la vinculación con dispositivos comunitarios.
Metodología: Se plantea una propuesta de intervención educativa grupal e individual en el ámbito comunitario, estructurada a partir de necesidades habituales de esta población, principios de educación para la salud y criterios de accesibilidad, baja exigencia y continuidad flexible. El programa contempla valoración inicial, adaptación de contenidos al nivel de alfabetización en salud, uso de materiales visuales y coordinación con recursos de proximidad.
Resultados: El programa se organiza en sesiones breves y repetibles sobre higiene posible, observación de la herida, manejo básico del apósito, prevención de nuevas lesiones, solicitud de ayuda y utilización de recursos comunitarios. Se asigna a Enfermería un papel central en la valoración, la enseñanza práctica, el refuerzo motivacional, la detección de barreras y el enlace con otros dispositivos. La evaluación incluye aprendizaje observado, participación, capacidad para reconocer signos de alarma y grado de contacto mantenido con la red asistencial.
Discusión/Conclusiones: Un programa educativo de estas características puede contribuir a mejorar la seguridad del cuidado cotidiano de las heridas y a reducir discontinuidades asistenciales evitables, siempre que se adapte al contexto vital de la persona y se integre en una respuesta interprofesional. La utilidad de la intervención depende menos de la complejidad técnica del contenido que de su aplicabilidad real, su flexibilidad y la confianza terapéutica construida desde la Enfermería comunitaria.
Abstract
Introduction: People experiencing homelessness often face living conditions that hinder prevention, early detection and ongoing wound care. Environmental exposure, limited access to water and hygiene supplies, frequent mobility, coexisting mental health problems or substance use, and barriers to healthcare access may contribute to persistent skin lesions and difficult follow-up. In this context, community nursing has an important role in delivering tailored, realistic and coordinated educational interventions.
Objectives: To design a nursing educational programme for homeless persons with wounds or at risk of developing them, aimed at improving feasible self-care, supporting early recognition of warning signs, promoting safer practices and facilitating linkage to community resources.
Methodology: A community-based educational intervention is proposed, combining group and individual activities and structured around common needs in this population, health education principles and accessibility criteria, with a low-threshold and flexible continuity approach. The programme includes initial assessment, adaptation of contents to health literacy, use of visual materials and coordination with nearby social and health services.
Results: The programme is organised into short, repeatable sessions on feasible hygiene measures, wound observation, basic dressing management, prevention of new lesions, help-seeking and use of community resources. Nurses play a central role in assessment, practical teaching, motivational support, identification of barriers and connection with other services. Evaluation includes observed learning, participation, ability to identify warning signs and degree of sustained contact with the care network.
Discussion/Conclusions: This type of educational programme may improve the safety of everyday wound care and reduce avoidable discontinuities in care, provided that it is adapted to each person’s living circumstances and integrated into an interprofessional response. Its usefulness depends less on technical complexity than on real-life applicability, flexibility and the therapeutic trust established through community nursing.
Introducción
El abordaje de las heridas en personas sin hogar requiere una mirada clínica y social simultánea. La lesión cutánea no puede interpretarse únicamente como un problema local de la piel o de los tejidos, sino como una expresión de vulnerabilidad acumulada. Dormir en espacios no acondicionados, caminar largas distancias, mantener un acceso irregular a la higiene, usar calzado inadecuado, demorar la consulta o interrumpir tratamientos por inestabilidad residencial son circunstancias que modifican de forma sustancial la evolución de una herida y la viabilidad de cualquier plan de cuidados.
En la práctica asistencial, el cuidado de estas lesiones suele verse condicionado por factores que desbordan la indicación técnica del apósito o la limpieza local. Puede haber dolor no comunicado, rechazo previo al sistema sanitario, dificultad para conservar material, imposibilidad de mantener la herida cubierta, problemas para acudir a revisiones programadas o prioridades vitales más urgentes que desplazan el cuidado corporal. Desde esta perspectiva, la educación para la salud no debe limitarse a transmitir instrucciones, sino que ha de traducir el conocimiento enfermero a decisiones concretas que la persona pueda aplicar en su entorno real.
La Enfermería comunitaria dispone de competencias especialmente adecuadas para esta tarea. Su práctica integra valoración de necesidades, acompañamiento, trabajo en red, enfoque de reducción de daños y continuidad asistencial fuera de los entornos convencionales. En personas sin hogar, educar sobre el cuidado de heridas implica construir mensajes breves, comprensibles y adaptados; negociar objetivos alcanzables; identificar recursos accesibles; y sostener la relación terapéutica aun cuando el seguimiento sea discontinuo.
Además, la equidad en salud obliga a reconsiderar cómo se organiza la intervención educativa. No basta con ofrecer información de calidad si esta exige condiciones materiales que la persona no tiene. Un consejo técnicamente correcto puede resultar inviable cuando no hay acceso regular a agua, espacio privado, almacenamiento seguro o posibilidad de reposo. Por ello, el contenido educativo debe centrarse en medidas factibles, en la detección precoz de signos de alarma y en el uso de recursos comunitarios como parte integrante del cuidado.
Otro elemento relevante es la participación comunitaria. La experiencia acumulada en dispositivos de calle, albergues, centros de día y consultas de baja exigencia sugiere que el vínculo mejora cuando la intervención se articula con recursos ya frecuentados por la población destinataria. El programa educativo no puede concebirse como una actividad aislada, sino como una herramienta de conexión entre la persona, la Enfermería y la red comunitaria. Este enfoque favorece la continuidad, reduce pérdidas de seguimiento y permite adaptar el plan a trayectorias vitales cambiantes.
En este contexto, diseñar un programa específico para el cuidado de heridas en personas sin hogar resulta pertinente desde la práctica enfermera. La finalidad no es sustituir la atención clínica individualizada ni establecer un protocolo cerrado, sino ofrecer una propuesta estructurada, flexible y aplicable en entornos comunitarios diversos, con énfasis en accesibilidad, utilidad práctica y respeto a la autonomía.
Objetivos
El objetivo general es diseñar un programa educativo de Enfermería orientado al cuidado de heridas en personas sin hogar, que pueda desarrollarse en recursos comunitarios o dispositivos asistenciales de proximidad y que contribuya a mejorar la seguridad del autocuidado posible y la continuidad de la atención.
Como objetivos específicos se plantean los siguientes:
- Identificar las necesidades educativas más frecuentes relacionadas con la prevención y el cuidado de heridas en personas en situación de sinhogarismo.
- Definir contenidos formativos breves, comprensibles y adaptables a distintos niveles de alfabetización en salud.
- Favorecer el reconocimiento de signos locales y generales que aconsejen valoración profesional.
- Promover medidas de higiene y protección cutánea realistas según los recursos disponibles en el entorno inmediato.
- Reforzar conductas de búsqueda de ayuda y utilización de recursos sanitarios y sociales accesibles.
- Integrar el papel de la Enfermería como referente educativo, asistencial y de coordinación comunitaria.
- Establecer criterios cualitativos de evaluación del aprendizaje, participación y continuidad del contacto asistencial.
Metodología
Se presenta una propuesta de programa educativo aplicable desde Enfermería comunitaria, atención primaria con proyección comunitaria, unidades móviles, centros de acogida, albergues, comedores sociales, centros de día u otros dispositivos de atención a población en exclusión residencial. La intervención se diseña con un enfoque de baja exigencia, de manera que la asistencia irregular, la llegada tardía o la participación intermitente no invaliden el proceso educativo.
La población diana está formada por personas adultas sin hogar que presenten heridas agudas o crónicas, lesiones recurrentes, problemas cutáneos susceptibles de complicarse o factores de riesgo para nuevas heridas. El programa puede ampliarse a personas con alojamiento muy inestable o con escasa capacidad de autocuidado por deterioro funcional, cognitivo o social, siempre que la intervención se individualice y se valore la necesidad de apoyo adicional.
Principios de diseño del programa
La propuesta se apoya en varios principios metodológicos. El primero es la accesibilidad: la educación debe llegar a la persona allí donde se encuentra y en horarios compatibles con los recursos disponibles. El segundo es la utilidad inmediata: cada sesión debe proporcionar aprendizajes aplicables ese mismo día. El tercero es la repetición flexible: dado que la continuidad no siempre está garantizada, los contenidos se estructuran en módulos breves e independientes. El cuarto es la comunicación clara, apoyada en demostraciones, lenguaje sencillo, imágenes y comprobación de la comprensión. El quinto es la coordinación comunitaria, entendida como parte inseparable del cuidado.
Antes del inicio se propone una valoración enfermera básica centrada en localización y aspecto general de la herida, dolor referido, limitaciones funcionales, disponibilidad de agua y material, hábitos de movilidad, red de apoyo, capacidad para seguir indicaciones y posibles barreras de comunicación. También conviene explorar experiencias previas con el sistema sanitario, expectativas y motivos de no adherencia, sin adoptar un enfoque culpabilizador.
Formato y planificación
El programa puede desarrollarse en cuatro a seis sesiones breves, de periodicidad flexible, con posibilidad de impartirlas de forma grupal o individual. La duración orientativa de cada encuentro se sitúa entre veinte y cuarenta minutos, ajustándose al estado clínico, la tolerancia de la persona y las condiciones del entorno. Cuando sea posible, resulta útil complementar la actividad grupal con demostración práctica durante la cura o con seguimiento oportunista en contactos posteriores.
Los grupos deben ser reducidos para facilitar interacción, observación directa y adaptación del mensaje. En determinados contextos, la intervención individual puede ser preferible por dolor, vergüenza, consumo activo, alteraciones cognitivas o necesidad de atender aspectos íntimos de la herida. La metodología combina explicación breve, demostración, práctica supervisada, resolución de dudas y refuerzo positivo. No se recomienda una enseñanza exclusivamente verbal ni demasiado extensa, ya que aumenta el riesgo de desconexión y olvido.
Recursos materiales y coordinación
Los materiales pueden incluir láminas visuales, tarjetas impermeables con mensajes clave, kits básicos de higiene y cura según disponibilidad del recurso, contenedores para residuos, muestras de apósitos de uso común y listados sencillos de puntos de atención sanitaria y social. Siempre que sea posible, la entrega de material debe acompañarse de una explicación práctica sobre su conservación y uso, teniendo en cuenta que la persona puede no disponer de un lugar seguro para guardarlo.
La coordinación con trabajo social, medicina, salud mental, equipos de calle y entidades comunitarias aumenta la utilidad del programa. Esta coordinación no se limita a derivar, sino que permite adaptar objetivos al contexto de vida, anticipar pérdidas de seguimiento y acordar circuitos asistenciales de acceso sencillo. En personas con heridas complejas o sospecha de complicación, la educación no sustituye la valoración clínica, sino que la acompaña y facilita.
Resultados
La propuesta educativa se articula en contenidos secuenciales pero independientes, de modo que cada sesión tenga valor por sí misma. A continuación se describen los componentes centrales del programa.
Acogida, vínculo y valoración inicial
La primera intervención no debe centrarse únicamente en la lesión. Resulta prioritario establecer una relación terapéutica respetuosa, libre de juicio y orientada a comprender qué puede hacer realmente la persona. En esta fase, la Enfermería explora conocimientos previos, prácticas habituales, temores, experiencias negativas anteriores y expectativas. La observación del estado general, del nivel de malestar y de las condiciones de vida ofrece información tan relevante como el aspecto de la herida.
El mensaje educativo inicial ha de ser concreto: qué problema se observa, por qué conviene vigilarlo y qué acciones sencillas pueden ayudar. El uso de preguntas abiertas permite identificar malentendidos frecuentes, como considerar normal el exudado persistente, minimizar el dolor o mantener apósitos sucios durante tiempos prolongados por falta de repuesto.
Higiene posible y cuidado cotidiano de la herida
Uno de los núcleos del programa es enseñar medidas de higiene factibles. En población sin hogar, la educación no puede basarse en condiciones ideales, por lo que se trabaja con alternativas adaptadas. La persona debe comprender que, cuando no sea posible realizar una cura completa, siguen existiendo acciones de protección que pueden disminuir el deterioro local: lavarse las manos cuando se disponga de agua o solución limpiadora, evitar tocar la herida innecesariamente, mantener el material lo más limpio posible y cambiar el apósito si está claramente húmedo, sucio o despegado.
La demostración práctica es especialmente útil. La enfermera puede mostrar cómo retirar un apósito con suavidad, cómo observar la piel de alrededor, cómo limpiar de forma sencilla según los recursos disponibles y cómo colocar una cobertura sin generar compresión indebida ni dejar zonas expuestas si ello resulta evitable. También se insiste en no compartir material de cura y en desecharlo de forma segura cuando el entorno lo permita.
El aprendizaje debe acompañarse de mensajes realistas sobre conservación del material. Si la persona no puede almacenar varios apósitos o carece de mochila, taquilla o espacio estable, conviene priorizar la entrega fraccionada y la indicación de puntos donde reponerlo. Esta decisión, aunque parezca organizativa, forma parte del contenido educativo porque condiciona la adherencia real.
Reconocimiento de signos de alarma
La identificación precoz de complicaciones es un objetivo prioritario. El programa enseña a reconocer cambios que requieren consulta: aumento del dolor, empeoramiento del enrojecimiento, calor local progresivo, hinchazón mayor, mal olor persistente, supuración llamativa, fiebre o sensación general de empeoramiento. En personas con trayectorias de atención irregulares, saber discriminar cuándo buscar ayuda puede ser más útil que memorizar instrucciones complejas.
Para facilitar el aprendizaje, conviene usar comparaciones visuales y preguntas de comprobación. Más que pedir a la persona que repita una lista completa, resulta práctico explorar si sabría actuar ante escenarios cotidianos: apósito empapado, sangrado inesperado, herida que duele más al caminar o aparición de malestar general. Esta forma de evaluación aproxima mejor la enseñanza a la toma de decisiones real.
Prevención de nuevas lesiones
La educación sobre heridas debe incorporar medidas preventivas. En personas sin hogar, las lesiones por fricción, presión, traumatismos menores o problemas en los pies pueden pasar inadvertidas hasta fases avanzadas. Por ello, se incluyen recomendaciones sobre revisión básica de la piel, especial atención a pies y zonas de roce, secado cuidadoso cuando sea posible, uso del calzado más protector disponible y consulta precoz si aparece una lesión incipiente.
Cuando la persona pasa muchas horas caminando o permanece largo tiempo en posturas forzadas, la enfermera puede reforzar estrategias para reducir fricción y humedad, así como la importancia de no ignorar pequeñas heridas por su aparente escasa relevancia. En quienes presentan edema, movilidad limitada, neuropatía conocida o antecedentes de lesiones recurrentes, el seguimiento debe ser más estrecho y el mensaje preventivo más repetido.
Dolor, descanso y barreras para el autocuidado
La experiencia del dolor condiciona de forma importante el cuidado de la herida. El programa incluye educación para expresar el dolor, relacionarlo con la evolución de la lesión y comunicar cambios relevantes. También aborda barreras frecuentes como el miedo a la manipulación, la vergüenza por el olor o el aspecto de la herida, la falta de privacidad, el cansancio extremo o la priorización de necesidades básicas inmediatas sobre la cura.
La intervención enfermera no debe reducir estas barreras a una supuesta falta de interés. Se trabaja desde la validación de dificultades y la negociación de objetivos asumibles. A veces, lograr que la persona acepte una revisión periódica o identifique dos signos de alarma es un avance más útil que insistir en un plan de cuidados difícilmente sostenible.
Uso de recursos comunitarios y continuidad asistencial
Un componente esencial es informar sobre dónde acudir. La educación sanitaria debe incluir recursos concretos del territorio: puntos de cura, centros de salud, dispositivos móviles, servicios sociales, duchas, roperos, albergues o entidades donde pueda obtener apoyo material. La información ha de ser simple, preferiblemente escrita en formato breve y explicada verbalmente varias veces si es necesario.
La continuidad mejora cuando la persona identifica lugares accesibles, conoce horarios aproximados y percibe que será atendida sin trabas innecesarias. La enfermera puede facilitar esta vinculación mediante recordatorios, acompañamiento puntual, coordinación con otros profesionales o indicación de circuitos de acceso de baja exigencia. De nuevo, la dimensión educativa y la asistencial resultan inseparables.
Papel de Enfermería en la implementación
La Enfermería asume funciones de valoración, priorización, enseñanza práctica, seguimiento y coordinación. Su papel no consiste solo en impartir contenidos, sino en traducir la complejidad del cuidado de heridas a decisiones comprensibles y sostenibles. Esto requiere competencia clínica para detectar situaciones que desbordan el espacio educativo, habilidades comunicativas para generar confianza y capacidad para articular respuestas con la red comunitaria.
La entrevista breve, la demostración durante la cura, el refuerzo en contactos sucesivos y la documentación clara de las necesidades detectadas son herramientas especialmente valiosas. En personas con escasa adherencia previa, el vínculo terapéutico puede ser en sí mismo el principal facilitador del aprendizaje.
Evaluación del programa
La evaluación se plantea con criterios predominantemente cualitativos y centrados en la factibilidad. Puede valorarse la asistencia a sesiones, la participación espontánea, la comprensión de mensajes clave, la capacidad observada para realizar pasos básicos de cuidado, la identificación de signos de alarma y el uso posterior de recursos comunitarios. También resulta útil registrar si la persona mantiene algún grado de contacto con el dispositivo y si acepta revisiones cuando aparecen cambios en la herida.
La evaluación no debe interpretarse en términos de éxito o fracaso individual, ya que la discontinuidad forma parte de la realidad asistencial en este colectivo. Más bien, interesa identificar qué mensajes se retienen, qué barreras persisten y qué ajustes organizativos facilitan mayor accesibilidad. Desde una lógica de mejora continua, el programa debe revisarse según la experiencia del equipo y las necesidades detectadas en el territorio.
Discusión/Conclusiones
El cuidado de heridas en personas sin hogar exige superar un enfoque exclusivamente procedimental. Una técnica de cura correctamente indicada puede resultar insuficiente si no se acompaña de educación contextualizada, accesibilidad material y continuidad flexible. La principal aportación de un programa educativo enfermero reside en convertir el cuidado en una práctica posible dentro de condiciones de vida adversas, sin culpabilizar a la persona por no ajustarse a modelos convencionales de adherencia.
Desde la perspectiva comunitaria, la intervención educativa tiene valor clínico y relacional. Clínico, porque favorece la observación precoz de signos de empeoramiento, reduce manipulaciones inadecuadas y orienta sobre cuándo buscar ayuda. Relacional, porque el proceso de enseñanza puede convertirse en una puerta de entrada al sistema sanitario para personas con experiencias previas de exclusión, estigmatización o abandono del seguimiento. En este grupo, la confianza no es un elemento accesorio, sino una condición para que cualquier consejo de salud tenga recorrido.
La propuesta descrita también pone de relieve que la equidad en salud no se alcanza solo ofreciendo el mismo contenido educativo a toda la población. Requiere adaptar objetivos, lenguaje, materiales y circuitos de atención a contextos de vulnerabilidad intensa. En ocasiones, el criterio de calidad no será la exhaustividad del programa, sino su capacidad para sostener mensajes simples, repetibles y útiles. Esta lógica es especialmente pertinente cuando la prioridad clínica convive con urgencias sociales no resueltas.
Entre las barreras previsibles figuran la alta movilidad, la falta de espacios adecuados para la cura, la dificultad para conservar material, los trastornos de salud mental, el consumo problemático, la escasa alfabetización en salud y la fragmentación entre recursos. Ninguna de ellas invalida el programa, pero sí obliga a concebirlo como una intervención flexible, interprofesional y adaptada al territorio. Del mismo modo, sus resultados no deben juzgarse exclusivamente por variables biomédicas inmediatas, sino también por la mejora del contacto asistencial y la detección más temprana de necesidades complejas.
La Enfermería puede liderar este tipo de iniciativas por su posición de proximidad, su capacidad educativa y su papel de enlace entre atención clínica y red comunitaria. Para ello, resulta conveniente disponer de espacios de coordinación con entidades sociales, circuitos de derivación claros y materiales docentes sencillos, además de tiempos asistenciales que permitan escuchar y negociar objetivos realistas. Sin estas condiciones, el contenido educativo corre el riesgo de quedar desconectado de las posibilidades reales de aplicación.
En suma, un programa educativo para el cuidado de heridas en personas sin hogar puede aportar utilidad asistencial cuando se orienta a la factibilidad, al reconocimiento de signos de alarma, al acceso a recursos y al fortalecimiento del vínculo terapéutico. Su mayor potencial no reside en estandarizar respuestas, sino en ofrecer cuidados comprensibles, dignos y sostenibles para una población en la que la continuidad sanitaria suele estar comprometida por determinantes sociales de gran peso.
Conflicto de intereses
Los autores declaran que no existen conflictos de intereses personales, profesionales o económicos relacionados con este trabajo.
Financiación
La realización de este trabajo no recibió ayudas económicas ni financiación institucional específica.
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