Promotion of self-care in a patient with chronic musculoskeletal pain
Incluido en la revista CADICE. Vol. I . N.º 8 – Agosto 2026
Pág. Inicial: Vol. I; N.º 8:218
Autor principal (primer firmante): Cristina Moreno Vila
Fecha recepción: 08/07/26
Fecha aceptación: 08/08/26
Fecha de publicación: 13/08/26
Ref.: CADICE. 2026;1(8):218
Autores:
Cristina Moreno Vila
Daniel Ortega Medina
Patricia Serrano López
Categoría: Enfermería
Palabras clave: Promoción de la salud; Afrontamiento; Alfabetización en salud; Participación comunitaria; Ejercicio terapéutico; Salud comunitaria; Dolor crónico; Cuidados de Enfermería; Proceso de Enfermería; Calidad de vida
Keywords: Health Promotion; Adaptation, Psychological; Health Literacy; Community Participation; Exercise Therapy; Community Health Nursing; Chronic Pain; Nursing Care; Nursing Process; Quality of Life
Resumen
Introducción: El dolor crónico musculoesquelético constituye un motivo frecuente de consulta y se asocia a limitación funcional, alteración del sueño, fatiga, malestar emocional y pérdida de participación social. En este contexto, la Enfermería desempeña un papel relevante en la promoción del autocuidado, no solo desde la educación sanitaria, sino también mediante la valoración integral, el acompañamiento terapéutico y la coordinación con otros recursos asistenciales y comunitarios.
Objetivos: Describir un abordaje enfermero orientado a potenciar el autocuidado en una persona adulta con dolor crónico musculoesquelético, identificando necesidades de cuidados, estrategias de afrontamiento y líneas de intervención dirigidas a mejorar funcionalidad, manejo del dolor y calidad de vida.
Metodología: Se expone una situación clínica estructurada mediante el proceso de Enfermería. La valoración se organiza desde una perspectiva biopsicosocial, considerando percepción del dolor, impacto funcional, hábitos de vida, conocimiento del problema, adherencia, red de apoyo, afrontamiento y posibilidades de participación comunitaria. A partir de dicha valoración se plantea un plan de cuidados individualizado con seguimiento evolutivo.
Resultados: La intervención enfermera permitió identificar una combinación de inactividad física, temor al movimiento, uso irregular de medidas no farmacológicas, baja confianza en la propia capacidad de manejo y escasa integración de rutinas saludables. El plan de cuidados se centró en educación para la salud, establecimiento de objetivos realistas, ejercicio terapéutico adaptado, higiene del sueño, estrategias de conservación de energía, refuerzo del afrontamiento y vinculación con recursos comunitarios. Durante el seguimiento se observó mejor comprensión del proceso, mayor implicación en el cuidado diario y mejoría funcional referida por la paciente.
Discusión/Conclusiones: La promoción del autocuidado en el dolor crónico musculoesquelético requiere intervenciones sostenidas, individualizadas y sensibles al contexto social y emocional. La Enfermería puede contribuir de forma significativa a la mejora de la autoeficacia, la adherencia y la participación activa de la persona, especialmente cuando integra educación, seguimiento, apoyo motivacional y continuidad asistencial.
Abstract
Introduction: Chronic musculoskeletal pain is a frequent reason for healthcare consultation and is commonly associated with functional limitation, sleep disturbance, fatigue, emotional distress, and reduced social participation. In this setting, nursing plays a relevant role in promoting self-care through comprehensive assessment, health education, therapeutic support, and coordination with healthcare and community resources.
Objectives: To describe a nursing approach aimed at enhancing self-care in an adult patient with chronic musculoskeletal pain, identifying care needs, coping strategies, and intervention lines intended to improve function, pain management, and quality of life.
Methodology: A clinical situation is presented and structured through the nursing process. Assessment follows a biopsychosocial perspective, including pain perception, functional impact, lifestyle habits, understanding of the condition, adherence, support network, coping, and opportunities for community participation. Based on this assessment, an individualized care plan with follow-up is outlined.
Results: Nursing intervention identified a combination of physical inactivity, fear of movement, irregular use of non-pharmacological measures, low confidence in self-management, and limited incorporation of healthy routines. The care plan focused on health education, realistic goal setting, adapted therapeutic exercise, sleep hygiene, energy conservation strategies, coping reinforcement, and linkage to community resources. Follow-up showed improved understanding of the condition, greater involvement in daily self-care, and patient-reported functional improvement.
Discussion/Conclusions: Promoting self-care in chronic musculoskeletal pain requires sustained, individualized interventions that address social and emotional context. Nursing may contribute meaningfully to self-efficacy, adherence, and active patient participation when education, follow-up, motivational support, and continuity of care are integrated into practice.
Introducción
El dolor crónico musculoesquelético representa un problema de salud de elevada complejidad asistencial. No se limita a una sensación dolorosa persistente, sino que suele acompañarse de cambios en la movilidad, en la tolerancia al esfuerzo, en la calidad del descanso y en la capacidad para sostener actividades laborales, familiares y sociales. A ello se suma, con frecuencia, una vivencia prolongada de incertidumbre, frustración o desánimo que condiciona la forma de afrontar el problema y la adherencia a las recomendaciones terapéuticas.
Desde la práctica enfermera, el abordaje de estas personas exige superar una visión centrada exclusivamente en la intensidad del dolor. La experiencia dolorosa se construye sobre factores físicos, emocionales, cognitivos y contextuales. Por este motivo, la promoción del autocuidado adquiere especial relevancia. No se trata solo de transmitir información, sino de favorecer capacidades para que la persona comprenda su situación, participe en las decisiones, incorpore rutinas de cuidado viables y mantenga objetivos funcionales ajustados a su realidad.
El autocuidado en este ámbito incluye conductas diversas: reconocimiento de factores que agravan o alivian el dolor, práctica de actividad física adaptada, organización equilibrada del esfuerzo y el descanso, utilización correcta de recursos analgésicos prescritos, manejo del estrés, prevención del aislamiento y búsqueda de apoyo cuando sea necesario. La alfabetización en salud condiciona de manera directa la posibilidad de poner en práctica estas conductas. Cuando la persona recibe mensajes fragmentados, contradictorios o poco comprensibles, aumenta el riesgo de evitación, dependencia asistencial y abandono de medidas beneficiosas a medio plazo.
La Enfermería se sitúa en una posición estratégica para detectar barreras, reforzar capacidades y acompañar procesos de cambio. En atención primaria, consultas de seguimiento, unidades de rehabilitación o programas comunitarios, el contacto continuado permite valorar la evolución funcional y el grado de autoeficacia, así como adaptar el plan de cuidados a fases de reagudización, desgaste emocional o dificultades de adherencia. Esta continuidad, unida a una comunicación terapéutica cuidadosa, favorece un modelo menos pasivo y más participativo.
El presente artículo desarrolla una situación clínica centrada en la promoción del autocuidado en una persona con dolor crónico musculoesquelético. El interés del caso reside en mostrar cómo la valoración enfermera puede identificar elementos modificables y orientar un plan realista, progresivo y coordinado con recursos comunitarios, con el propósito de mejorar la funcionalidad y la calidad de vida.
Objetivos
Describir el abordaje enfermero de una persona con dolor crónico musculoesquelético orientado a fortalecer el autocuidado y la participación activa en su proceso de salud.
Objetivos específicos
- Explorar el impacto del dolor sobre la funcionalidad, el sueño, el estado emocional y la vida cotidiana.
- Identificar factores que interfieren en el autocuidado, incluyendo creencias limitantes, miedo al movimiento, dificultades de alfabetización en salud y escasa estructuración de rutinas.
- Plantear intervenciones enfermeras dirigidas a mejorar el conocimiento del proceso, la autoeficacia y la adherencia a medidas no farmacológicas y farmacológicas prescritas.
- Promover hábitos de ejercicio terapéutico adaptado, conservación de energía y regulación de actividades diarias.
- Favorecer estrategias de afrontamiento más funcionales y el uso de apoyos familiares y comunitarios.
- Valorar la evolución del paciente en términos de participación, percepción de control y mejoría funcional referida.
Metodología
Se desarrolla una situación clínica del ámbito ambulatorio estructurada mediante el proceso de Enfermería. El abordaje parte de una valoración integral y continúa con la identificación de problemas de cuidados, la planificación de intervenciones, el seguimiento evolutivo y la reorientación del plan según la respuesta observada.
La persona atendida es M.R., mujer de 58 años, con dolor musculoesquelético de larga evolución localizado de forma predominante en región lumbar y cintura escapular, con periodos de exacerbación relacionados con sobreesfuerzo y sueño no reparador. Convive con su pareja, mantiene autonomía básica para las actividades de la vida diaria, pero refiere dificultad para tareas domésticas prolongadas, paseos largos y mantenimiento de actividad social. Había realizado consultas previas en diferentes momentos, con uso irregular de medidas analgésicas pautadas y abandono repetido de ejercicios por temor a empeorar.
La valoración enfermera se organizó en entrevistas sucesivas y observación clínica de la funcionalidad cotidiana. Se exploraron antecedentes relevantes, percepción de salud, descripción del dolor, limitaciones en el movimiento, hábitos de descanso, alimentación, actividad física, comprensión de la enfermedad, expectativas de mejoría, estado de ánimo, recursos personales, red de apoyo y experiencias previas con los tratamientos. También se recogió la disposición al cambio y el grado de participación en la toma de decisiones.
Como marco de actuación se consideraron principios de promoción de la salud, educación terapéutica, entrevista motivacional y continuidad asistencial. La planificación no se orientó a la desaparición completa del dolor como único objetivo, sino a la mejora progresiva de la funcionalidad, el manejo cotidiano de los síntomas y la recuperación de actividades significativas para la paciente. El seguimiento se realizó mediante contactos programados, revisión de objetivos y ajuste de recomendaciones en función de la tolerancia y de las dificultades expresadas.
Resultados
Valoración inicial de la situación de cuidados
En la entrevista inicial, M.R. describía el dolor como persistente y variable, con días en los que cualquier esfuerzo le generaba sensación de bloqueo y mayor preocupación. Manifestaba cansancio acumulado, despertares frecuentes y percepción de pérdida de control sobre su cuerpo. Refería haber reducido de forma progresiva la actividad física por miedo a lesionarse más. Esta evitación había derivado en menor tolerancia al esfuerzo y mayor dependencia para algunas tareas del hogar, lo que incrementaba su malestar emocional.
La paciente expresaba ideas frecuentes de inutilidad de los ejercicios, al considerar que solo eran adecuados en periodos sin dolor. También interpretaba determinadas molestias posteriores al movimiento como señal de daño, lo que favorecía el abandono precoz. En el plano social, había disminuido salidas y encuentros con amistades por temor a no poder mantenerse activa o por cansancio posterior. Aunque disponía de apoyo de su pareja, la ayuda cotidiana se estaba orientando a sustituir actividades en lugar de facilitar una participación adaptada.
Desde la perspectiva enfermera se identificaron necesidades relacionadas con el manejo ineficaz del régimen terapéutico, deterioro de la tolerancia a la actividad, alteración del patrón de sueño, afrontamiento poco efectivo en algunos momentos y déficit de conocimientos sobre estrategias de autocuidado aplicables al dolor persistente. También se consideró relevante la disminución de la confianza en la propia capacidad para influir sobre su estado funcional.
Priorización de problemas y planificación
La priorización se centró en cinco ejes: comprensión del problema, recuperación progresiva del movimiento, reorganización de actividades diarias, mejora del descanso y fortalecimiento de la autoeficacia. Se acordaron metas concretas, asequibles y revisables. Entre ellas, realizar periodos breves de caminata adaptada, incorporar una secuencia sencilla de movilidad y estiramientos indicada por el equipo tratante, registrar factores de alivio y agravamiento, reorganizar tareas domésticas en bloques de menor exigencia y establecer rutinas de sueño más consistentes.
La planificación incluyó educación sanitaria individualizada. Se trabajó la diferencia entre dolor persistente y daño agudo, la utilidad de la progresión gradual del ejercicio y la importancia de mantener actividad adaptada en lugar de alternar sobreesfuerzos y reposo prolongado. La información se ofreció con lenguaje claro, comprobando comprensión y resolviendo interpretaciones erróneas. Esta intervención fue especialmente necesaria por la presencia de mensajes previos poco integrados y creencias de fragilidad corporal.
Se abordó además la pauta farmacológica prescrita por el equipo médico desde una perspectiva de seguridad y adherencia, revisando horarios, finalidad de cada fármaco y señales que justificaban consulta. La actuación enfermera no modificó tratamientos, pero sí reforzó el uso responsable, la identificación de efectos no deseados y la evitación de automedicación impulsiva en días de reagudización.
Intervenciones dirigidas al autocuidado
Uno de los componentes principales del plan fue el entrenamiento en autorregulación de la actividad. M.R. tendía a concentrar tareas en los días de menor dolor y a permanecer casi inactiva cuando aumentaban las molestias. Se introdujo el concepto de ritmo sostenible, con alternancia entre actividad y descanso, fraccionamiento de tareas y priorización de actividades significativas. Esta reorganización buscó reducir picos de sobrecarga y aumentar la sensación de control.
En relación con el ejercicio terapéutico, la recomendación se planteó de forma progresiva y adaptada a su tolerancia. Se reforzó que el movimiento debía ser regular, dosificado y compatible con una percepción razonable de seguridad. La paciente comenzó con caminatas breves y ejercicios suaves previamente indicados por profesionales responsables de su seguimiento. Enfermería realizó acompañamiento educativo para favorecer adherencia, resolver temores y valorar barreras prácticas, como la falta de hábito o la anticipación de dolor posterior.
La higiene del sueño constituyó otro objetivo de cuidado. M.R. presentaba horarios irregulares, periodos prolongados de siesta y uso continuado de pantallas antes del descanso nocturno. Se pactaron cambios graduales: regularidad horaria, reducción del tiempo en cama despierta, ambiente más favorable para el descanso y revisión de conductas que incrementaban activación vespertina. La finalidad no fue ofrecer reglas rígidas, sino facilitar un patrón más estable y compatible con menor fatiga diurna.
El afrontamiento emocional se trabajó mediante escucha terapéutica, validación del malestar y reorientación hacia metas funcionales. La paciente asociaba mejoría exclusivamente a ausencia de dolor, lo que generaba frustración cuando persistían síntomas. Se introdujo una visión más amplia del progreso, centrada en dormir algo mejor, caminar con más regularidad, retomar tareas placenteras o reducir la necesidad de ayuda en actividades concretas. Este cambio de enfoque ayudó a disminuir la vivencia de fracaso.
También se intervino sobre la red de apoyo. Con consentimiento de la paciente, se orientó a la pareja para que su colaboración favoreciera la autonomía y no la sobreprotección. Se recomendó apoyar la planificación de actividades, acompañar en paseos cuando resultara útil y reforzar los logros funcionales sin sustituir de forma sistemática aquello que M.R. aún podía realizar con adaptación.
Finalmente, se exploraron recursos comunitarios de bajo umbral de acceso, como grupos de paseo, actividades suaves en el entorno comunitario o espacios de educación para la salud. La finalidad fue ampliar oportunidades de participación, reducir aislamiento y consolidar el autocuidado fuera de la consulta.
Evolución durante el seguimiento
En los contactos posteriores, M.R. refirió mejor comprensión de la relación entre inactividad, rigidez y empeoramiento funcional. Aunque persistían episodios de dolor, comenzó a identificar que la dosificación del esfuerzo y el mantenimiento de rutinas estables le permitían afrontar mejor los días desfavorables. Mostró mayor adherencia a las caminatas y a los ejercicios pautados, con menor abandono ante molestias leves transitorias.
La paciente describió una reducción subjetiva del miedo al movimiento y una mayor capacidad para anticipar actividades domésticas exigentes. Empezó a distribuir tareas a lo largo de la semana, introduciendo pausas programadas y evitando esfuerzos concentrados. También informó de cierta mejoría del descanso nocturno y de una sensación más realista de control sobre su proceso, aunque seguía necesitando refuerzo educativo y acompañamiento en fases de desánimo.
Desde la valoración enfermera, la evolución fue favorable en términos de implicación en el autocuidado, uso de estrategias no farmacológicas, comunicación de dudas y recuperación parcial de actividades significativas. No se interpretó la persistencia del dolor como fracaso del plan, sino como parte de un proceso en el que la mejora funcional y la autoeficacia constituían indicadores clínicamente relevantes.
Discusión/Conclusiones
La situación presentada muestra que el dolor crónico musculoesquelético no puede abordarse de forma eficaz si el paciente queda situado en un papel pasivo. La experiencia clínica sugiere que muchas dificultades no derivan únicamente de la intensidad del dolor, sino de la interacción entre creencias, evitación del movimiento, desorganización de rutinas, fatiga, sueño no reparador y pérdida progresiva de confianza en la propia capacidad de manejo. En este escenario, la promoción del autocuidado forma parte del tratamiento de soporte y de la continuidad de cuidados.
La aportación específica de la Enfermería reside en su capacidad para integrar dimensiones que con frecuencia aparecen fragmentadas. La valoración continuada permite detectar barreras prácticas, interpretar la conducta de evitación, adaptar la información al nivel de comprensión y sostener pequeños cambios conductuales que, acumulados en el tiempo, pueden traducirse en mejor adaptación funcional. El acompañamiento enfermero resulta especialmente útil cuando el paciente ha recibido mensajes diversos o ha vivido experiencias previas de poca mejoría, circunstancias que favorecen escepticismo y abandono precoz.
La alfabetización en salud merece una consideración particular. En dolor persistente, comprender por qué se recomienda actividad gradual, por qué el reposo continuado puede ser contraproducente o cómo diferenciar una reagudización de una señal de alarma condiciona la adherencia. No basta con entregar instrucciones; es necesario verificar comprensión, explorar expectativas y negociar objetivos alcanzables. La educación para la salud, cuando se vincula a problemas cotidianos concretos, suele resultar más operativa que la mera información abstracta sobre el proceso.
Otro aspecto relevante es la autoeficacia. Muchos pacientes describen su situación en términos de pérdida de control y dependen de la evolución del dolor para juzgar cualquier avance. Reorientar la mirada hacia metas funcionales y observables puede reducir frustración y favorecer persistencia en las conductas de cuidado. Caminar de forma regular, completar una tarea con pausas adecuadas o descansar mejor constituyen logros clínicos con impacto real en la vida diaria, aunque el dolor no desaparezca por completo.
La participación familiar y comunitaria también influye en los resultados. La sobreprotección puede reforzar la pasividad, mientras que un apoyo bien orientado facilita autonomía y adherencia. Del mismo modo, la conexión con recursos comunitarios puede ampliar oportunidades de movimiento seguro, interacción social y mantenimiento de hábitos saludables. Para Enfermería comunitaria, esta dimensión resulta especialmente valiosa porque conecta el cuidado individual con el entorno de vida de la persona.
El abordaje descrito tiene límites. La respuesta al autocuidado es heterogénea y depende de factores clínicos, emocionales, sociales y laborales que deben individualizarse. Algunas personas precisarán seguimiento más intensivo, coordinación estrecha con otros profesionales o reevaluación diagnóstica si aparecen cambios relevantes en el patrón de síntomas. Además, las estrategias educativas y de ejercicio deben adaptarse a la tolerancia, a las comorbilidades y a los recursos disponibles en cada contexto asistencial.
Pese a estas consideraciones, la promoción del autocuidado constituye una línea de actuación pertinente y realista en el dolor crónico musculoesquelético. El proceso enfermero ofrece una estructura útil para valorar necesidades, pactar objetivos, sostener cambios graduales y revisar la evolución desde una perspectiva centrada en la persona. Cuando este trabajo se desarrolla con continuidad, lenguaje comprensible y sensibilidad al contexto vital, puede contribuir a mejorar la funcionalidad, el afrontamiento y la calidad de vida.
Conflicto de intereses
Los autores manifiestan que no existe ningún conflicto de intereses que haya podido influir en el contenido del presente trabajo.
Financiación
La elaboración de este artículo no contó con financiación externa pública ni privada.
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