Transition from ICU to ward: continuity of care after critical illness
Incluido en la revista CADICE. Vol. I . N.º 7 – Julio 2026
Pág. Inicial: Vol. I; N.º 7:44
Autor principal (primer firmante): Cristina Moreno Vila
Fecha recepción: 28/05/26
Fecha aceptación: 04/07/26
Fecha de publicación: 09/07/26
Ref.: CADICE. 2026;1(7):44
Autores:
Cristina Moreno Vila
Daniel Ortega Medina
Patricia Serrano López
Categoría: Enfermería
Palabras clave: Paciente crítico; Monitorización fisiológica; Ansiedad; Síndrome post-UCI; Continuidad asistencial; Unidades de cuidados intensivos; Rehabilitación; Cuidados críticos; Proceso de Enfermería; Cuidados de Enfermería
Keywords: Critical Illness; Monitoring, Physiologic; Anxiety; Post-Intensive Care Syndrome; Continuity of Patient Care; Intensive Care Units; Rehabilitation; Critical Care; Nursing Process; Nursing Care
Resumen
Introducción: La transferencia de una persona desde una unidad de cuidados intensivos a una unidad de hospitalización supone un punto de inflexión clínico y emocional. Aunque la mejoría hemodinámica o respiratoria permite el traslado, persisten con frecuencia necesidades complejas relacionadas con la fragilidad física, la ansiedad, la alteración del sueño, el deterioro funcional, la dependencia para las actividades básicas y la incertidumbre ante la recuperación. Para Enfermería, esta transición exige mantener la continuidad asistencial y anticipar complicaciones que pueden pasar inadvertidas fuera del entorno de vigilancia intensiva.
Objetivos: Analizar el abordaje enfermero de la transición de UCI a planta mediante una situación clínica hospitalaria centrada en la valoración integral, la planificación de cuidados y el seguimiento evolutivo tras una enfermedad crítica.
Metodología: Se expone una situación clínica estructurada con el proceso de Enfermería. La información se organiza a partir de la valoración por patrones funcionales, la identificación de problemas de cuidados, la priorización de necesidades, la planificación de intervenciones y la reevaluación tras el traslado a planta.
Resultados: La continuidad efectiva de cuidados se apoyó en un traspaso de información clínicamente relevante, en la detección precoz de vulnerabilidades persistentes y en intervenciones dirigidas a la tolerancia a la actividad, el manejo de la ansiedad, la prevención de complicaciones respiratorias y cutáneas, el apoyo al descanso y la implicación familiar. La evolución mostró estabilización clínica, mejora progresiva de la movilidad y mayor comprensión del proceso de recuperación, aunque persistió cansancio marcado y preocupación por la autonomía.
Discusión/Conclusiones: La salida de UCI no implica resolución completa del proceso de cuidados. El paciente postcrítico puede presentar necesidades menos visibles que requieren seguimiento sistemático y comunicación interprofesional. El papel enfermero resulta determinante para sostener la seguridad, reducir discontinuidades y favorecer una recuperación funcional y emocional más ordenada.
Abstract
Introduction: Transfer from an intensive care unit to a general ward is a relevant clinical and emotional transition. Even when respiratory and hemodynamic stability allows discharge from critical care, many patients still experience physical frailty, anxiety, sleep disruption, functional decline, dependence in basic activities and uncertainty regarding recovery. From a nursing perspective, this transition requires continuity of care and early recognition of complications that may become less visible outside the highly monitored ICU setting.
Objectives: To analyse the nursing management of the ICU-to-ward transition through a hospital-based clinical situation focused on comprehensive assessment, care planning and follow-up after critical illness.
Methodology: A clinical situation was developed using the nursing process. Data were organised through comprehensive assessment, identification of care problems, priority setting, planning of interventions and reassessment after transfer to the ward.
Results: Effective continuity of care was supported by a structured handover, early identification of persistent vulnerabilities and nursing interventions aimed at activity tolerance, anxiety management, prevention of respiratory and skin complications, sleep support and family involvement. Clinical progress included physiological stability, gradual improvement in mobility and better understanding of the recovery process, although marked fatigue and concern about functional independence remained.
Discussion/Conclusions: ICU discharge should not be interpreted as complete resolution of care needs. Post-critical patients may have less evident but clinically meaningful problems that require systematic monitoring and interprofessional communication. Nursing plays a central role in preserving safety, reducing discontinuities and promoting a more coherent functional and emotional recovery.
Introducción
La transición desde cuidados intensivos a una unidad de hospitalización convencional constituye una fase particularmente sensible del itinerario asistencial. En términos clínicos, el traslado suele responder a una estabilización suficiente para abandonar la vigilancia continua propia de la UCI. Sin embargo, esta mejoría no equivale a una recuperación completa. Muchos pacientes llegan a planta después de un periodo de enfermedad crítica con debilidad adquirida, pérdida de masa muscular, necesidades respiratorias todavía activas, alteraciones del ritmo sueño-vigilia, labilidad emocional y un grado variable de dependencia.
Para el equipo enfermero, esta etapa no se limita a un cambio de ubicación física. Implica reinterpretar el estado del paciente en un entorno con menor monitorización, diferentes ratios asistenciales y una dinámica de cuidados distinta. Lo que en UCI se vigila de forma continua en planta requiere observación clínica deliberada, capacidad para reconocer signos precoces de deterioro y una transmisión de información suficientemente detallada para evitar vacíos asistenciales. La continuidad de cuidados depende, en buena medida, de la calidad de ese enlace.
El enfermo que sobrevive a una situación crítica puede presentar manifestaciones persistentes compatibles con secuelas físicas, cognitivas y emocionales. Entre ellas son frecuentes el miedo a una recaída, la desorientación temporal, la dificultad para comprender lo sucedido, la intolerancia a esfuerzos mínimos, la disnea con movilizaciones básicas, la anorexia, la alteración del descanso y la ansiedad asociada a la pérdida de control. La familia, por su parte, puede experimentar alivio ante la salida de UCI y, simultáneamente, inseguridad respecto a los cuidados posteriores.
Desde la perspectiva enfermera, el reto consiste en sostener un plan de cuidados adaptado a una fase subaguda, donde convergen la prevención de complicaciones, la recuperación funcional, la educación sanitaria progresiva y el acompañamiento emocional. La salida de UCI representa, por tanto, una transición de alta complejidad relacional y clínica. Analizarla a partir de una situación hospitalaria permite identificar elementos aplicables a la práctica diaria y subrayar la necesidad de una continuidad asistencial verdaderamente operativa.
Objetivos
Analizar el proceso de continuidad de cuidados en la transición de UCI a planta tras una enfermedad crítica, con especial atención al papel de Enfermería en la valoración integral, la identificación de necesidades persistentes, la planificación de intervenciones y el seguimiento evolutivo.
De forma específica se pretende:
- Describir los principales problemas de cuidados que pueden mantenerse tras el alta de UCI a pesar de la estabilidad clínica inicial.
- Exponer una valoración enfermera orientada a la detección de vulnerabilidades respiratorias, funcionales, emocionales y de seguridad.
- Plantear intervenciones dirigidas a favorecer la adaptación del paciente y su familia al nuevo entorno asistencial.
- Mostrar la relevancia del traspaso estructurado de información entre equipos para reducir discontinuidades.
- Reflexionar sobre las implicaciones enfermeras de la recuperación postcrítica en la unidad de hospitalización.
Metodología
Se desarrolla una situación clínica del ámbito hospitalario estructurada mediante el proceso de Enfermería. El abordaje se organiza a partir de la valoración inicial al ingreso en planta, la revisión de la información procedente de UCI, la identificación de problemas de cuidados prioritarios, la planificación de intervenciones y la reevaluación durante los primeros días de evolución.
La valoración integra dimensiones fisiológicas, funcionales, emocionales y sociales. Se consideran, entre otros aspectos, el patrón respiratorio, la tolerancia a la actividad, el estado de la piel y las mucosas, la eliminación, el descanso, la percepción del proceso de salud, la capacidad de comprensión, el nivel de dependencia para las actividades básicas y la respuesta del entorno familiar. El análisis enfermero se centra en necesidades observables y en problemas clínicos potencialmente relevantes durante el periodo de adaptación al nuevo nivel asistencial.
La planificación de cuidados se formula de manera individualizada, atendiendo a la situación clínica, la evolución esperable y la necesidad de coordinación con el resto del equipo. El seguimiento se describe a partir de la respuesta del paciente a las intervenciones y de la aparición o no de incidencias en la unidad de hospitalización.
Resultados
Situación clínica al traslado
Varón de 68 años, M.R.P., ingresado previamente por insuficiencia respiratoria aguda en el contexto de una enfermedad médica grave que requirió estancia en UCI, soporte ventilatorio y monitorización estrecha. Tras varios días de evolución favorable, se decide el traslado a planta de hospitalización por estabilidad clínica, sin necesidad de soporte vasoactivo y con requerimientos respiratorios decrecientes. Llega consciente, colaborador y orientado globalmente, aunque con fatiga marcada, voz débil y escasa tolerancia al esfuerzo.
En el informe de continuidad constan antecedentes de hipertensión arterial y diabetes mellitus tipo 2, sin dependencia previa para las actividades básicas. Durante la estancia en UCI ha presentado inmovilidad prolongada, sueño fragmentado, pérdida de apetito y episodios de ansiedad relacionados con la dificultad respiratoria. En el momento del ingreso en planta necesita ayuda parcial para el aseo, la sedestación prolongada le resulta costosa y refiere sensación de inseguridad al moverse fuera de la cama. La esposa acompaña de forma continuada y expresa dudas sobre la evolución y sobre la posibilidad de que el paciente vuelva a empeorar.
Valoración enfermera inicial en planta
La primera valoración pone de manifiesto un patrón respiratorio todavía vulnerable. El paciente mantiene respiración espontánea, pero presenta disnea con movilizaciones, tos poco eficaz y cansancio tras conversaciones prolongadas. Aunque no se observan signos inmediatos de descompensación, requiere vigilancia de la tolerancia al esfuerzo, del trabajo respiratorio y de la necesidad de apoyo en la higiene bronquial. La disminución de la capacidad para eliminar secreciones y la fatiga condicionan un riesgo de complicaciones respiratorias si no se refuerzan medidas de movilización y ejercicios respiratorios.
En el plano funcional destaca una importante limitación de la movilidad. Precisa ayuda para transferencias, adopta posturas antiálgicas por debilidad generalizada y muestra temor a la bipedestación. La debilidad adquirida tras el periodo crítico condiciona dependencia parcial para actividades básicas, con riesgo de caídas, intolerancia a la actividad y retraso en la recuperación si no se establece un plan progresivo.
La valoración cutánea identifica piel frágil, sequedad y enrojecimiento en zonas de apoyo, sin lesiones profundas. Se observa además edema leve en extremidades inferiores y presencia de dispositivos recientes, circunstancias que hacen recomendable mantener prevención activa de lesiones asociadas a presión, vigilancia de puntos de inserción y revisión periódica del confort postural.
En la esfera nutricional, el paciente presenta apetito escaso y saciedad precoz. Refiere alteración del gusto desde el ingreso y manifiesta cansancio al comer. La hidratación oral es aceptable con supervisión, aunque se detecta necesidad de apoyo para fraccionar ingestas y registrar tolerancia. La eliminación urinaria es espontánea y la intestinal se muestra enlentecida, probablemente influida por inmovilidad, cambios dietéticos y tratamiento previo.
La dimensión emocional adquiere un peso relevante. M.R.P. verbaliza miedo a no recuperar su autonomía y preocupación por el significado de síntomas habituales en la convalecencia, como el cansancio o la falta de aire con pequeños esfuerzos. Pregunta de forma reiterada si su traslado implica que “ya está bien” y se frustra cuando comprueba que necesita ayuda para acciones que antes realizaba sin dificultad. La esposa, por su parte, interpreta la salida de UCI como una mejoría importante, pero se angustia ante la persistencia de la dependencia y demanda información frecuente.
Problemas de cuidados prioritarios
Tras la valoración se priorizan varios problemas: deterioro de la movilidad física, intolerancia a la actividad, patrón respiratorio ineficaz o vulnerable durante esfuerzos, ansiedad asociada al proceso de enfermedad y al cambio de entorno, riesgo de deterioro de la integridad cutánea, alteración del sueño y déficit de autocuidado parcial. Junto a ellos se identifica una necesidad transversal de educación sanitaria progresiva, orientada a clarificar expectativas realistas de recuperación y a reducir interpretaciones erróneas sobre la salida de UCI.
La continuidad de cuidados requiere además reconocer problemas menos evidentes pero clínicamente significativos, como la fatiga persistente, la posibilidad de descondicionamiento acelerado y la sobrecarga emocional familiar. Estos elementos no siempre motivan una alarma inmediata, pero condicionan la seguridad, la adherencia al plan terapéutico y la evolución funcional posterior.
Planificación e intervenciones enfermeras
La acogida en planta se realiza con explicación clara del entorno, horarios, sistema de llamada y objetivos inmediatos del ingreso. Esta intervención aparentemente básica tiene valor terapéutico, ya que reduce la sensación de desorientación tras abandonar un espacio de alta vigilancia y facilita que el paciente exprese síntomas o necesidades de forma más precoz. Se revisa con detalle la información procedente de UCI, incluyendo dispositivos retirados recientemente, tolerancia respiratoria, patrón de sueño, nivel funcional previo y respuesta emocional observada.
En relación con la función respiratoria, se establecen cuidados dirigidos a conservar una ventilación eficaz sin sobrecargar al paciente. Se promueven cambios posturales, sedestación progresiva, respiraciones profundas supervisadas y apoyo durante la tos para favorecer la movilización de secreciones. La monitorización en planta se adapta a la situación clínica, prestando atención a la aparición de disnea desproporcionada, aumento del trabajo respiratorio, agotamiento o disminución de la tolerancia a la movilización. La enfermera refuerza también pausas de descanso antes y después de actividades básicas para evitar espirales de fatiga-ansiedad-disnea.
Respecto a la movilidad, se acuerda un plan gradual con metas diarias realistas. El primer objetivo no es la deambulación independiente, sino recuperar tolerancia a la sedestación, mejorar transferencias y aumentar el tiempo fuera de la cama sin incremento significativo del malestar. La progresión se coordina con fisioterapia cuando está disponible y se integra en los cuidados cotidianos: higiene, paso al sillón, ejercicios activos o asistidos de extremidades y acompañamiento en las primeras puestas en pie. La observación enfermera resulta esencial para discriminar entre cansancio esperable, miedo al movimiento y signos de mala tolerancia clínica.
Para la prevención cutánea se mantienen cambios posturales, valoración de prominencias óseas, cuidado de la hidratación de la piel y adecuación de superficies de apoyo según disponibilidad. Se revisan apósitos y zonas previamente sometidas a presión o fijación de dispositivos. La recuperación funcional puede verse comprometida por lesiones cutáneas evitables, por lo que estas medidas se consideran parte del plan global y no actuaciones aisladas.
En el ámbito nutricional, se propone fraccionamiento de la dieta, adaptación del ritmo de las ingestas y observación de la fatiga durante la comida. La enfermera registra tolerancia, apetito y posibles factores que limiten el consumo, como el cansancio, la disnea o la falta de motivación. Además, se ofrece educación simple sobre la necesidad de una recuperación progresiva, evitando transmitir expectativas inmediatas de normalización del apetito o del peso.
El abordaje emocional se inicia desde el primer contacto. Se facilita una escucha activa centrada en las preocupaciones del paciente, sin minimizar sus síntomas ni reforzar interpretaciones catastróficas. Explicar que la persistencia de debilidad, necesidad de ayuda parcial o sensación de vulnerabilidad puede formar parte del periodo de recuperación ayuda a disminuir la incertidumbre, siempre dejando espacio para reevaluar cualquier cambio clínico. Se fomenta la participación de la familia como apoyo, pero también se delimitan mensajes claros para evitar una vigilancia informal excesivamente ansiosa.
La alteración del sueño se aborda revisando factores ambientales, organización de cuidados nocturnos y medidas no farmacológicas de confort. El paciente refiere haber dormido de forma fragmentada durante toda la estancia en cuidados intensivos y asociar el silencio nocturno a miedo a “descompensarse sin que nadie lo vea”. La respuesta enfermera incluye presencia terapéutica, información sobre la frecuencia de observación en planta y medidas para favorecer sensación de seguridad sin incrementar la hiperalerta.
Evolución en la unidad de hospitalización
Durante los primeros días en planta, M.R.P. mantiene estabilidad clínica sin signos de deterioro agudo. La disnea disminuye en reposo y aparece de forma más controlada con la actividad, lo que permite incrementar de manera gradual los periodos de sedestación y las transferencias. Continúa necesitando ayuda parcial para el autocuidado, pero comienza a participar más activamente en el aseo y en la alimentación.
La debilidad sigue siendo relevante, aunque se aprecia una mejor disposición al movimiento cuando comprende que la fatiga no implica necesariamente empeoramiento. La educación reiterada y coherente entre profesionales disminuye las preguntas repetitivas sobre la gravedad inmediata. La esposa pasa de una actitud muy vigilante a una colaboración más útil, centrada en apoyar tiempos de descanso, facilitar la ingesta y reforzar indicaciones del equipo sin sustituir la autonomía recuperable del paciente.
No se observan lesiones cutáneas nuevas y el patrón intestinal mejora con movilización progresiva, hidratación y ajuste de rutinas. El descanso nocturno continúa alterado, aunque con menor componente de miedo. Persisten cansancio acusado tras esfuerzos leves e incertidumbre respecto al alta domiciliaria, de modo que se orienta el plan de cuidados hacia la preparación del siguiente tránsito asistencial: nivel de ayuda esperado, necesidad de rehabilitación, signos de alarma y coordinación con recursos posteriores según la evolución.
La evolución descrita muestra que la recuperación no es lineal. El alta de UCI abre una fase de cuidados menos tecnológicos, pero no menos exigentes desde la observación clínica y la relación terapéutica. La mejora más significativa no se limita a parámetros fisiológicos, sino que incluye la capacidad del paciente para comprender su situación, tolerar mejor la actividad y participar en decisiones realistas sobre su recuperación.
Discusión/Conclusiones
La transición de UCI a planta concentra varios riesgos de discontinuidad. El primero es interpretar la estabilidad clínica como ausencia de complejidad. En muchos pacientes postcríticos, las necesidades respiratorias, funcionales y emocionales persisten, aunque se expresen de forma menos llamativa que en cuidados intensivos. Esta menor visibilidad puede favorecer infravaloración del cansancio extremo, del miedo al esfuerzo o del impacto de la inmovilidad sobre la autonomía. La valoración enfermera sistemática ayuda a identificar estos problemas y a priorizar intervenciones ajustadas a la fase de recuperación.
Otro elemento central es la calidad del traspaso de información. No basta con comunicar el motivo del ingreso o la evolución médica principal; también deben transmitirse datos relacionados con la tolerancia a la actividad, los desencadenantes de ansiedad, el patrón de sueño, el nivel funcional previo, las necesidades de ayuda para el autocuidado y las respuestas observadas ante el entorno. Esta información permite que la unidad receptora continúe el plan de cuidados con mayor coherencia y reduzca cambios innecesarios en objetivos ya iniciados.
La situación presentada subraya asimismo que el síndrome post-UCI no debe entenderse únicamente como un problema tardío o ambulatorio. Muchos de sus componentes empiezan a manifestarse ya en planta, donde se hacen visibles la debilidad, la inestabilidad emocional, las alteraciones del sueño y la dificultad para retomar actividades básicas. El seguimiento enfermero en esta fase puede contribuir a reconocer precozmente estas manifestaciones, orientar expectativas y promover una rehabilitación más integrada.
Desde una perspectiva práctica, la recuperación funcional requiere metas pequeñas, revisables y alineadas con la experiencia subjetiva del paciente. La insistencia prematura en objetivos demasiado ambiciosos puede aumentar frustración o temor al movimiento. Del mismo modo, un discurso exclusivamente tranquilizador, desligado de las limitaciones reales, puede deteriorar la confianza. La comunicación terapéutica debe equilibrar esperanza y realismo, validando el esfuerzo que supone recuperarse tras una enfermedad crítica.
La familia ocupa una posición ambivalente: es un apoyo fundamental y, al mismo tiempo, puede expresar ansiedad, sobreprotección o expectativas poco ajustadas. Incluirla en la información y en los cuidados básicos, con límites claros y mensajes consistentes, favorece la alianza terapéutica y mejora la preparación para etapas posteriores del proceso asistencial.
Entre las limitaciones del abordaje se encuentra la variabilidad clínica propia de los pacientes postcríticos, la diferente disponibilidad de fisioterapia o recursos de apoyo y la heterogeneidad en los modelos de traspaso entre unidades. Por ello, las actuaciones deben individualizarse y adaptarse a la organización de cada centro.
La continuidad de cuidados tras la enfermedad crítica no depende solo de trasladar a un paciente estable, sino de sostener una mirada clínica capaz de reconocer fragilidad residual, necesidades de rehabilitación y sufrimiento emocional. Enfermería desempeña un papel decisivo en esta etapa por su proximidad, su capacidad de observación y su función articuladora entre vigilancia clínica, educación, apoyo familiar y recuperación funcional. La salida de UCI, bien gestionada, puede convertirse en un punto de avance; mal acompañada, puede abrir una fase de incertidumbre evitable.
Conflicto de intereses
Los autores comunican que no tienen conflictos de intereses vinculados al desarrollo o publicación de este artículo.
Financiación
Los autores declaran que este artículo no ha contado con financiación externa.
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