Assessment of postoperative pain in children and family participation
Incluido en la revista CADICE. Vol. I . N.º 8 – Agosto 2026
Pág. Inicial: Vol. I; N.º 8:216
Autor principal (primer firmante): Clara Benítez Romero
Fecha recepción: 03/07/26
Fecha aceptación: 06/08/26
Fecha de publicación: 13/08/26
Ref.: CADICE. 2026;1(8):216
Autores:
Clara Benítez Romero
Álvaro Molina Serrano
Nerea Castillo Pardo
Categoría: Enfermería
Palabras clave: Dolor en niños; Salud infantil; Enfermería pediátrica; Informes de casos; Proceso de Enfermería; Escalas de dolor; Niño; Dolor postoperatorio; Cuidados de Enfermería; Familia
Keywords: Pain; Child Health; Pediatric Nursing; Case Reports; Nursing Process; Pain Measurement; Child; Pain, Postoperative; Nursing Care; Family
Resumen
Introducción: El dolor postoperatorio en la infancia constituye un problema asistencial de alta relevancia para Enfermería por su impacto sobre el confort, la recuperación funcional, el descanso, la alimentación y la vivencia emocional del proceso quirúrgico. Su valoración presenta particularidades derivadas del desarrollo evolutivo del niño, de su capacidad de comunicación y del papel que desempeña la familia en la interpretación de signos, la contención emocional y la continuidad de los cuidados.
Objetivos: Analizar, a partir de una situación clínica pediátrica, la valoración enfermera del dolor postoperatorio y el modo en que la participación familiar puede contribuir a una atención más individualizada, segura y centrada en el niño.
Metodología: Se expone una situación clínica del ámbito hospitalario estructurada mediante el proceso de Enfermería. El abordaje se organiza a partir de la valoración inicial, la identificación de problemas de cuidados, la planificación de intervenciones, el seguimiento evolutivo y la incorporación de la familia como agente colaborador en el manejo del dolor.
Resultados: La valoración sistemática permitió reconocer manifestaciones conductuales y fisiológicas compatibles con dolor agudo postoperatorio, junto con ansiedad del niño y preocupación familiar. El uso de una escala adaptada a la edad, la observación continuada, la reevaluación tras las intervenciones y la implicación de la madre en medidas de consuelo favorecieron una mejor expresión del dolor y una respuesta clínica progresivamente más estable. El acompañamiento familiar facilitó además la adherencia al plan de cuidados y la anticipación de necesidades.
Discusión/Conclusiones: La valoración del dolor en pediatría no debe limitarse a un registro puntual, sino integrarse en una observación clínica continuada y contextualizada. La familia aporta información de gran valor sobre la conducta basal del niño y puede colaborar en intervenciones no farmacológicas, siempre bajo orientación enfermera. Un enfoque individualizado, con comunicación terapéutica y reevaluación frecuente, puede mejorar la calidad de los cuidados postoperatorios y reducir el sufrimiento evitable.
Abstract
Introduction: Postoperative pain in childhood is a relevant clinical issue for nursing because of its impact on comfort, functional recovery, rest, feeding, and the emotional experience of surgery. Pain assessment in children has specific features related to developmental stage, communication skills, and the role of the family in recognizing behavioral changes and supporting care.
Objectives: To analyze, through a pediatric clinical situation, nursing assessment of postoperative pain and the way family participation may contribute to more individualized, safe, and child-centered care.
Methodology: A hospital-based clinical situation is presented using the nursing process as an organizing framework. The approach includes initial assessment, identification of care problems, planning of interventions, follow-up, and family involvement in pain management.
Results: Systematic assessment identified behavioral and physiological manifestations consistent with acute postoperative pain, together with child anxiety and family concern. The use of an age-appropriate pain scale, continuous observation, reassessment after interventions, and maternal participation in comfort measures contributed to better pain expression and a progressively more stable clinical response. Family support also improved adherence to the care plan and anticipation of needs.
Discussion/Conclusions: Pain assessment in pediatric patients should not be restricted to isolated recording, but integrated into continuous and contextualized clinical observation. Families provide valuable information about the child’s usual behavior and may collaborate in non-pharmacological measures under nursing guidance. An individualized approach based on therapeutic communication and frequent reassessment may improve the quality of postoperative nursing care and reduce avoidable suffering.
Introducción
El control del dolor postoperatorio en la edad pediátrica representa una responsabilidad asistencial compartida en la que Enfermería ocupa una posición central. El niño intervenido quirúrgicamente puede presentar dolor de intensidad variable, miedo, desorientación al despertar, dificultad para verbalizar lo que siente y respuestas conductuales que, en ocasiones, se interpretan de forma incompleta si no se valoran dentro de su contexto evolutivo y familiar. Llorar, mostrarse irritable, rechazar la movilización o aferrarse al cuidador principal no siempre reflejan exclusivamente ansiedad; con frecuencia forman parte de una expresión compleja en la que dolor, temor y necesidad de seguridad aparecen superpuestos.
En la práctica clínica, la valoración del dolor infantil requiere integrar indicadores subjetivos y observacionales. Cuando el desarrollo madurativo lo permite, el autoinforme debe priorizarse; no obstante, en muchos niños el profesional necesita apoyarse también en expresiones faciales, postura, respuesta al contacto, cambios en el patrón de sueño, tolerancia a la movilización o actitud ante la ingesta. La evaluación aislada y descontextualizada puede infraestimar el problema, especialmente en el periodo inmediato tras la cirugía o en presencia de sedación residual.
La familia ocupa un lugar particularmente relevante en este proceso. Los progenitores conocen la conducta basal del niño, identifican cambios sutiles y actúan como fuente de seguridad afectiva en un entorno extraño. Su participación, sin embargo, no debe reducirse a un acompañamiento pasivo. Informar, orientar y hacer partícipe a la familia de la observación del dolor y de determinadas medidas de alivio puede contribuir a una atención más coherente, humanizada y adaptada a las necesidades reales del menor.
Desde la perspectiva enfermera, el manejo del dolor postoperatorio no se limita a la administración de analgésicos prescritos. Incluye la valoración repetida, la prevención del sufrimiento evitable, la detección de barreras de comunicación, la adecuación del ambiente, la educación sanitaria y la coordinación con el resto del equipo. El proceso de Enfermería ofrece un marco útil para organizar este abordaje, especialmente cuando se pretende vincular la respuesta del niño, la colaboración familiar y la evolución clínica.
El interés de presentar una situación clínica radica en mostrar cómo la evaluación del dolor y la participación de la familia se concretan en decisiones cotidianas de cuidados. Más que ofrecer un protocolo cerrado, se pretende poner de relieve elementos prácticos de observación, comunicación y seguimiento que resultan aplicables a distintos entornos hospitalarios pediátricos.
Objetivos
Analizar el abordaje enfermero del dolor postoperatorio en un niño hospitalizado, con especial atención a la valoración clínica, la utilización de herramientas adaptadas a la edad y la participación de la familia en el proceso de cuidados.
De forma específica, se plantean los siguientes objetivos:
- Describir los elementos de la valoración enfermera inicial y evolutiva ante dolor postoperatorio en un paciente pediátrico.
- Identificar problemas de cuidados relacionados con el dolor agudo, la ansiedad del niño y la preocupación familiar en el periodo postquirúrgico.
- Exponer intervenciones orientadas a mejorar el confort, favorecer la expresión del dolor y apoyar la colaboración de la familia.
- Reflexionar sobre la utilidad de la reevaluación continua y de la observación contextualizada en la toma de decisiones enfermeras.
Metodología
Se desarrolla una situación clínica del ámbito hospitalario organizada mediante el proceso de Enfermería. El caso se centra en un niño en edad escolar ingresado en unidad de hospitalización pediátrica tras una intervención quirúrgica programada de complejidad habitual. El interés del abordaje reside en la necesidad de valorar el dolor en un contexto en el que confluyen malestar físico, reactividad emocional y presencia activa de la familia.
La metodología clínica se estructura en cuatro momentos. En primer lugar, una valoración inicial tras el ingreso procedente del área postanestésica, atendiendo a estado general, conducta, capacidad de comunicación, confort, postura, respuesta al movimiento, descanso, tolerancia a estímulos y percepción familiar de la situación. En segundo lugar, la identificación de problemas de cuidados prioritarios, considerando tanto la experiencia dolorosa como las necesidades emocionales del niño y de su cuidadora principal. En tercer lugar, la planificación de cuidados con medidas de vigilancia, alivio del dolor, apoyo emocional y educación sanitaria adaptada. Por último, el seguimiento evolutivo con reevaluaciones sucesivas, registrando la respuesta del niño y la participación familiar.
Para la valoración de la intensidad del dolor se incorpora una escala visual adaptada a la edad, complementada con observación conductual y con la información proporcionada por la madre sobre la forma habitual del niño de expresar malestar. El análisis no se apoya en resultados cuantitativos de investigación ni en comparaciones entre intervenciones, sino en la descripción razonada del proceso asistencial y de sus implicaciones para la práctica enfermera.
Resultados
Presentación de la situación clínica
Niño de 7 años, identificado con las iniciales M.R., ingresado para control postoperatorio tras cirugía abdominal de carácter programado. A su llegada a la unidad se encuentra despierto, somnoliento por momentos y acompañado por su madre. Presenta facies de malestar, tendencia al llanto intermitente y rechazo a cambiar de postura en la cama. Responde a preguntas sencillas, aunque de forma breve, y señala la zona quirúrgica cuando se le pregunta dónde le molesta. La madre refiere que habitualmente verbaliza poco el dolor y que, cuando se encuentra incómodo, se muestra irritable y evita moverse.
Durante la primera observación enfermera se aprecia inquietud ante la manipulación, protección de la zona intervenida, tensión corporal y necesidad de proximidad física con la madre. La herida quirúrgica presenta apósito limpio y no se observan incidencias locales llamativas. El niño tolera mal la movilización mínima necesaria para el acomodamiento inicial y manifiesta que “le duele mucho” cuando intenta incorporarse. También refiere sed y expresa temor a que vuelva a doler si se mueve o si alguien le toca.
Valoración enfermera inicial
La valoración se orienta a distinguir qué parte del malestar se relaciona con el dolor agudo postoperatorio y qué parte con el miedo, el cansancio o la desorientación transitoria. Para ello se combinan observación directa, entrevista breve adaptada al nivel de comprensión del niño y contraste con la madre. La escala visual elegida facilita que señale una intensidad elevada del dolor en reposo y mayor al movilizarse. Esta información resulta congruente con la conducta observada.
Además del problema principal de dolor, se identifican otros aspectos relevantes para los cuidados. El niño presenta ansiedad situacional, expresada mediante llanto, hipervigilancia ante la manipulación y búsqueda constante de la madre. La cuidadora principal, por su parte, muestra preocupación por no saber interpretar cuándo el niño tiene dolor y cuándo está asustado. Pregunta repetidamente si es normal que llore al moverse y si debe insistirle para que cambie de postura. Aparece así una necesidad clara de información y acompañamiento.
En la valoración funcional inicial destacan disminución de la movilidad espontánea, dificultad para el descanso, escasa disposición a iniciar tolerancia oral y dependencia parcial para actividades básicas durante las primeras horas. No se detectan signos que, por sí solos, orienten a complicación quirúrgica inmediata, aunque se mantiene vigilancia clínica continuada por tratarse de un periodo especialmente sensible.
Problemas de cuidados identificados
La situación clínica permite priorizar varios problemas enfermeros. El primero es el dolor agudo secundario al procedimiento quirúrgico, manifestado por verbalización de dolor, conducta de protección, llanto, rechazo al movimiento e inquietud. El segundo se relaciona con ansiedad del niño ante el entorno hospitalario y la experiencia postoperatoria, favorecida por la sensación de pérdida de control y por el temor a que las intervenciones aumenten el malestar. El tercero corresponde a la preocupación de la madre y a su necesidad de orientación para colaborar de forma eficaz en los cuidados sin aumentar involuntariamente la tensión del menor.
Junto a estos problemas prioritarios se considera riesgo de deterioro del confort, alteración del patrón de descanso y limitación temporal de la movilidad por miedo al dolor. Aunque son problemas previsibles en el contexto postquirúrgico, su abordaje resulta importante porque condicionan la recuperación y la experiencia asistencial del niño.
Planificación de cuidados e intervenciones enfermeras
La planificación se centra en disminuir la intensidad del dolor, facilitar una expresión comprensible del mismo, reducir la ansiedad asociada y apoyar a la familia en su papel cuidador. Para ello se establecen reevaluaciones programadas, especialmente tras la administración de analgesia prescrita y después de movilizaciones o cuidados potencialmente molestos.
Entre las intervenciones desarrolladas destacan la observación sistemática del comportamiento, la utilización repetida de la misma escala para favorecer consistencia en el seguimiento y la adaptación del lenguaje al nivel madurativo del niño. En lugar de preguntas abstractas, se emplean formulaciones concretas: si el dolor le impide descansar, si aumenta al toser, si nota alivio en alguna postura o si desea avisar antes de ser movilizado. Esta estrategia mejora la participación del menor y reduce la sensación de imprevisibilidad.
La administración del tratamiento analgésico pautado se acompaña de medidas no farmacológicas orientadas al confort: colocación cuidadosa en una postura que reduzca la tensión sobre la zona intervenida, limitación de estímulos innecesarios, ambiente tranquilo, anticipación verbal antes de cada maniobra y empleo de distracción sencilla mediante conversación, respiración acompasada y objeto de apego traído por la familia. La presencia continuada de la madre se aprovecha terapéuticamente, indicándole cómo sostener la mano del niño, cómo validar su malestar sin alarmarle y cómo avisar al personal si observa cambios respecto a su comportamiento habitual.
La educación a la madre se realiza de forma progresiva. Se le explica que el dolor en el postoperatorio debe vigilarse de manera frecuente, que el llanto o la evitación del movimiento pueden ser manifestaciones válidas de dolor y que su observación es útil para completar la valoración profesional. También se le orienta sobre la conveniencia de no forzar movilizaciones bruscas, de colaborar en cambios posturales cuando el equipo lo indique y de reforzar verbalmente que pedir ayuda o expresar dolor no supone “portarse mal”.
Evolución durante el seguimiento
Tras las primeras intervenciones y la reevaluación posterior, el niño muestra disminución progresiva del llanto y mayor capacidad para responder a preguntas sobre su malestar. Continúa protegiendo la herida, pero tolera mejor pequeños cambios de postura cuando estos se anuncian con antelación y se realizan con apoyo de la madre y de la enfermera. La intensidad de dolor referida pasa a situarse en un rango más moderado, con aumento puntual durante la movilización.
La madre comienza a distinguir mejor entre expresiones de dolor y respuestas de miedo. Refiere sentirse más segura al saber que puede observar signos como gesto facial, rigidez corporal o rechazo al movimiento y comunicarlos al equipo. Esta seguridad disminuye su ansiedad visible y repercute favorablemente en la interacción con el niño, que se muestra más tranquilo cuando ella mantiene un discurso sereno y predecible.
En las horas posteriores se observa mejoría del descanso entre cuidados, inicio prudente de tolerancia oral según indicación médica y aceptación de movilización mínima con apoyo. La reevaluación continuada confirma que el dolor no desaparece por completo, pero se mantiene más controlado y permite avanzar en objetivos de confort y recuperación funcional temprana. No aparecen signos clínicos que obliguen a modificar de forma urgente el plan de vigilancia.
El elemento más significativo de la evolución no es solo la reducción de la intensidad dolorosa, sino la mejora en la capacidad para detectarla y abordarla de manera compartida. La familia deja de situarse exclusivamente en una posición de preocupación y pasa a desempeñar un papel de colaboración observacional y emocional, con mejor integración en el plan de cuidados.
Discusión/Conclusiones
La situación descrita ilustra varios aspectos relevantes del dolor postoperatorio infantil. En primer lugar, confirma que la valoración enfermera debe ser multimodal. Confiar únicamente en una puntuación aislada puede resultar insuficiente, sobre todo en niños cansados, asustados o poco expresivos. La observación del comportamiento, la respuesta al movimiento y la información aportada por la familia completan la interpretación clínica y ayudan a individualizar los cuidados.
En segundo lugar, pone de manifiesto que la familia no es un elemento periférico del proceso asistencial. La madre de este caso aporta datos que permiten contextualizar la conducta del niño y colabora de forma eficaz cuando recibe indicaciones concretas. Esta participación no sustituye la responsabilidad profesional, pero sí puede mejorar la calidad de la valoración y favorecer intervenciones de consuelo, anticipación y apoyo emocional. Para que resulte útil, debe estar guiada por Enfermería, evitando tanto la exclusión de la familia como la delegación inapropiada de funciones clínicas.
También merece atención la relación entre dolor y ansiedad. En pediatría ambos fenómenos suelen interactuar de manera intensa. El miedo al movimiento, a la manipulación o a una nueva experiencia dolorosa puede amplificar la vivencia del malestar y dificultar el descanso, la movilización y la ingesta. Por ello, las intervenciones enfermeras no deberían limitarse al control farmacológico, sino integrar medidas de comunicación, preparación del niño antes de las maniobras, adaptación ambiental y validación emocional.
La reevaluación frecuente constituye otro punto central. El dolor postoperatorio es dinámico: cambia con el paso del tiempo, con el efecto de los analgésicos, con el grado de actividad y con el estado emocional del menor. Registrar la respuesta antes y después de las intervenciones permite ajustar el plan de cuidados, detectar si el control resulta insuficiente y comunicar de forma más precisa la evolución al resto del equipo. Además, esta continuidad evaluativa favorece la seguridad clínica al diferenciar patrones esperables de malestar de posibles cambios que requieran una valoración más amplia.
Desde una perspectiva práctica, el caso subraya la conveniencia de emplear siempre herramientas de valoración adaptadas a la edad y al nivel de desarrollo, manteniendo la misma escala cuando sea posible para facilitar la comparación evolutiva. Del mismo modo, conviene explicar al niño qué se va a hacer, permitir que anticipe el momento de la movilización y reforzar que expresar dolor ayuda a cuidarle mejor. Son medidas sencillas, pero con repercusión directa en la relación terapéutica y en la percepción de control.
El abordaje presentado tiene límites inherentes a toda exposición clínica individual. No pretende generalizar respuestas ni sustituir la adaptación a cada procedimiento quirúrgico, edad, situación cognitiva o protocolo institucional. Tampoco permite establecer comparaciones entre estrategias analgésicas. Su utilidad reside en mostrar cómo la práctica enfermera puede articular una valoración continua del dolor con un acompañamiento familiar estructurado, orientado al confort y a la recuperación.
En el postoperatorio pediátrico, cuidar el dolor implica reconocer que el niño no siempre lo expresa de forma lineal y que la familia, adecuadamente acompañada, puede convertirse en una aliada valiosa. Cuando la valoración es sistemática, la comunicación es comprensible y la participación familiar se integra de manera ordenada, aumenta la capacidad del equipo para responder de forma temprana al sufrimiento y sostener una experiencia asistencial más segura y humanizada.
Conflicto de intereses
No se identifican conflictos de intereses por parte de los autores en relación con el tema tratado en este artículo.
Financiación
No se ha recibido financiación externa para el desarrollo, redacción o publicación del presente trabajo.
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